La vida le jugó una mala pasada pero él siguió jugando el partido de otra manera. En la actualidad, Pablo Noves ayuda y es referente de otras personas con discapacidad visual.

Foto gentileza Fundación Desafío Bariloche

La historia de Pablo puede describirse como una ironía trágica que se transforma en una paradoja de superación. Cuando tenía poco más de 20 años quería trabajar en el cerro Catedral, pero le dijeron que su elevada miopía podía ser un obstáculo y le recomendaron operarse.


“Nunca hice esquí porque no tenía el poder adquisitivo, es un deporte caro. Trabajaba con mi viejo en un taller mecánico, en una gomería. De vez en cuando hacía changas de larga distancia en camión. Tenía un Fiat 600 y un 125″, relata una mañana de septiembre, sentado en el patio de comidas del shopping de Catedral. “En ese tiempo me dijeron que en Bariloche no hacían esas operaciones y me recomendaron un lugar en Mendoza, donde se operó Susana Giménez y muchos famosos”,


Pablo llegó a la provincia cuyana con 25 años, mucha esperanza y expectativas. También con esfuerzo: no tenía obra social y debió reunir bastante dinero. “Pagué la consulta, en ese momento eran unos 700.000 pesos. Me dijeron que estaba apto para operarme y me recomendaron que no trabajara más en el taller mecánico porque ‘el ojo es miope y es como una pelota de rugby, se va a estirar. Y si te querés operar lo ideal es que no se estire más el ojito’. En ese momento la operación salía algo así como 4 millones de pesos. “Les dije que no tenía los recursos en ese momento. Vendí todo lo que tenía, los dos autitos, hice venta de empanadas con mi familia y junté la plata”.


Cuando cumplió 27, la edad que le habían recomendado para la operación, volvió a Mendoza: “Me operé primero un ojo y a la semana siguiente, el otro. Veía perfecto con un anteojo chiquito. Eso fue en 2008-2009. Cuando volví a Bariloche veía desde donde estaba el Todo viejo, en la escuela La Llave, la confitería del cerro Otto”, recordó con una sonrisa.


La alegría no duró más de un mes: “Fui a un control acá y me dijeron que tenía presión ocular. Pensé que se iba a resolver como la presión arterial, con una pastillita, perio se había disparado mucho y me dijeron que fuera a ver a quien me había operado. Hicieron otra intervención, una ventanita para que drenara el líquido, pero al ser tan joven cicatrizaba rápido y no drenaba lo suficiente. Así que de vuelta al quirófano. Estuve como un mes en Mendoza, no tenía obra social y me tenía que cubrir todos los gastos. Me pusieron unas inyecciones para que cicatrizara más lerdo. Me pinchaban en los cuatro laterales del ojo. Fue mala praxis. No hicieron un buen estudio antes y no previeron que me iba a agarrar glaucoma. Todos me preguntan por qué no les hice juicio. Lo empecé, pero después de una larga lucha y sin el dinero suficiente lo abandoné”, cuenta con cierta resignación, la suficiente para poder vivir su nueva vida.


Salir del pozo y vivir


Pablo debía ocuparse de poder vivir con el avance irreversible de la pérdida de su visión, primero el ojo izquierdo y después el derecho. Fueron tiempos difíciles: “Estaba con una depresión tremenda. De ver todo el mundo pasé a ver cada vez menos, se me fue el mundo abajo. Estaba encerrado en casa. Por suerte vivía con mi madre y mi padre. Fueron mi sostén junto con mis primos. Nunca tuve hijos, te imaginás con todo este caos … hoy no estaría acá, no se qué hubiera sido de mí”. Volvió a la clínica de Mendoza, “pero no se hicieron cargo”, cuenta. Pablo describe esa época como un pozo muy profundo en el que no entraba luz. Pero en algún momento hubo una soga de la que se agarró. Supone que fue la ayuda psicológica.


“Tuve que aprender a vivir con toda esta circunstancia: aprender a usar el bastón, que no quería, y aceptar mi discapacidad, que tampoco quería. Una psicóloga particular que pagué me ayudó a aceptar. Tramité el certificado de discapacidad y así pude tener la obra social de mi madre. Y pude consultar con un especialista en glaucoma en Buenos Aires. Ahí me colocaron una válvula en cada ojo. Más tarde, fui a un médico de Villa la Angostura que me aplicó láser. Y ya está, así quedó la vista. Todo nublado”, relata.


Tras la aceptación vino el uso del bastón y eso le permitió empezar a moverse con autonomía. No paró de moverse nunca más: “Quería hacer actividad deportiva. Encontré un grupo de la Municipalidad, unos chicos ciegos que se juntaban en la escuela especial 6. Eran cuatro, hacían actividad deportiva y se llamaban Los Búhos. Empecé con ellos. Era 2014 o 2015. En 2019 empezamos a tramitar nuestra personería jurídica, salimos de la Municipalidad, porque no nos ayudaba mucho. Ahora somos 15 o 16. Hace cuatro años que estoy como referente”.


Deslizarse por la montaña y volver a la infancia


La vista de Pablo quedó con luces y sombras, eso es lo que ve, manchas. Pero logró vivir del lado más luminoso. Su fuerza de voluntad individual y la que se genera con sus compañeros de Los Búhos lo llevaron a buscar y encontrar alternativas de actividad física para personas ciegas o con cierta discapacidad visual.


Esa búsqueda lo condujo al lugar al que había querido llegar años atrás: el cerro Catedral. En 2021 empezó a esquiar. “Conocí la Fundación Desafío Bariloche, que hacen esquí adaptado. Les mandé mensaje para ver qué posibilidades había de que pudiéramos esquiar. Me dijeron que se comunicarían en junio. Pensé que no iban a hacerlo, pero lo hicieron y me preguntaron cuántos éramos. Y así empezamos. Primero en las Magic, con la asistencia de dos guías y con palitos largos. Me agarraba y deslizaba. Ya eso era fantástico para mí. Más adelante, me pusieron punteras para que supiera cómo tenía que ir el esquí en forma triangular, hacer la cuña. Y este año logré llegar a Lynch; desde ahí hasta la base. Todo un desafío. Hay que estar atento al oído”, describe.

Foto gentileza Fundación Desafío Bariloche


“Me van diciendo ‘derecha, izquierda, cuña, girá a la derecha, girá a la izquierda’. No voy agarrado, voy suelto. El guía va a atrás o adelante. Este año implementamos el uso de unos intercomunicadores, entonces me dicen ‘ahora viene una pendiente grande hacé bien grande la cuña y girá a la izquierda’, por ejemplo. Todavía me cuesta poner los esquíes paralelos. Pero así, bajamos toda la montaña. Abajo se complica un poco más porque están los principiantes, tengo que hacer las vueltas más cortitas para esquivar personas. Pero ya lo hice varias veces”.


Todos los martes, como el que conversó con Al Margen, Pablo toma el 55 para llegar al cerro y deslizarse por la nieve. Los pases se los facilita Desafío Bariloche. Está contento, porque fue una temporada en la que pudo disfrutar mucha nieve: “Terminar empapado con la nieve fue fantástico, es como volver a la infancia cuando te largabas de una bajadita en tu casa, que llegabas todo mojado. Esa misma sensación tuve. Cansado de jugar. Ahora con otro sentido”.


Cuando la nieve se va, hace bicicleta: “Fue posible gracias a las bicis tándem de la Fundación Challenge. Andamos por distintos lugares de Bariloche y hacemos travesías. Ya hice en la zona de Cuyo y de La Plata Mar del Plata. Todo esto me ayuda a conocer gente, a hacer contactos. Ahora estoy preparando una travesía con un grupo de federados de ciclismo adaptado que se llama Atreverse, y vamos de Esquel a Puerto Madryn. Son varios días viviendo en otros lugares, cuando me memoricé un espacio ya tengo que cambiar a otro”, dice riéndose.


Tanto en invierno como en verano va al gimnasio que está en San Cruz y Elordi tres veces por semana. Sigue viviendo con su madre, su padre falleció hace dos años, en el departamento del IPPV que su familia adquirió en 1982. Todos los días se levante a las 7 y escucha la radio: “Estoy atento para ver si encuentro algo interesante para nuestro grupo. Así conseguí lo de las bicis y el esquí”.


Para leer las noticias y redactar notas para gestionar diferentes cosas -como procurar que las veredas de Bariloche sean accesibles- contó que usa “un magnificador de pantalla que te empieza a hablar. Algo parecido usamos en los teléfonos, vas pasando el dedo y te va diciendo lo que vas leyendo. Tuve que aprender a usar la computadora, aprenderme el teclado de memoria. Leo las noticias, veo el pronóstico, armo notas, un montón de cosas hago”.

Foto gentileza Fundación Desafío Bariloche


Cuando Pablo empezó el camino de su discapacidad “no había nadie que me asesore o me de una mano. Por eso, con Los Búhos dijimos cuando armemos algo tenemos que ayudar al prójimo, al que viene atrás y se sube a este colectivo, para que tenga un respaldo”, dice convencido en su rol de ser ahora el que tira la soga para que otro pueda salir del pozo.


Y agrega: “Me costó mucho. Me dio bronca, me quería tirar de cualquier lado. Toqué fondo y salí. Como siempre digo: me paro a mitad de cancha, veo para dónde salgo, veo a quien le paso la pelota y cómo sigo jugando este juego que me ha tocado vivir. Ahora ya está, a comerse la vida de vuelta”. Y con esa misma actitud y una sonrisa, deletreó su apellido antes de salir a equiparse para esquiar: “N-O- V corta-E-S. Noves, todo coincide”.

Por Ximena Linares Calvo

Equipo de Comunicación Popular Colectivo Al Margen

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