En redes sociales crece un ecosistema de foros, influencers y comunidades que ofrece a varones jóvenes respuestas simples para explicar sus frustraciones. La manosfera recupera mandatos patriarcales y señala culpables a las mujeres, el feminismo y otros grupos sociales. En un contexto de precariedad e incertidumbre, el desafío es construir otras formas de pensar la masculinidad.


En 2026, un número creciente de jóvenes varones llega a espacios digitales donde encuentra discursos que presentan la igualdad de género como una amenaza y los roles tradicionales como una solución. La manosfera reúne comunidades virtuales, influencers y foros que hablan de masculinidad, dinero, cuerpo y relaciones con mujeres, pero también difunden ideas machistas y misóginas. En esta nota abordamos estos temas, a partir de un intercambio y material que nos compartió Celeste Murillo, traductora, periodista argentina y columnista en el programa de radio El Círculo Rojo.

¿Por qué en 2026 algunos adolescentes y jóvenes siguen imaginando las relaciones de pareja desde modelos que parecen pertenecer a otra época? Cele Murillo explica que “la respuesta no puede reducirse a las redes sociales ni a la influencia de determinados influencers. La manosfera funciona sobre problemas materiales y culturales que ya existen, pero les ofrece una explicación sencilla, responsables concretos y una identidad desde la cual interpretar el mundo”.

La masculinidad tradicional todavía transmite una serie de mandatos. El varón debe ser proveedor, fuerte, heterosexual, protector y dominante. Pero lo cierto es que, las condiciones socioeconómicas actuales hacen cada vez más difícil cumplir con ese modelo.

El tema es cuando esa contradicción se transforma en resentimiento y el malestar encuentra una salida en discursos que responsabilizan a otres. En los espacios de la manosfera, algunos jóvenes encuentran la explicación de que existe un sistema que discrimina a los hombres, que el feminismo destruyó determinados valores o que las mujeres son responsables de sus dificultades afectivas.

Cele Murillo aclara que, “la manosfera es un ecosistema digital compuesto de foros, de influencers, de perfiles en redes sociales” donde los varones encuentran explicaciones sobre sus frustraciones, formas de relacionarse con las mujeres y modelos de masculinidad. Sus principales puertas de entrada suelen ser el dinero, la fuerza conectada con el cuerpo y las mujeres.

Esos tres elementos están relacionados con el poder dentro de la masculinidad tradicional. El proveedor, el hombre fuerte y el hombre heterosexual aparecen como modelos a los cuales aspirar. El problema es que muchos jóvenes llegan buscando consejos sobre ejercicio, finanzas, relaciones o autoestima y terminan expuestos a discursos mucho más amplios, que pueden incluir antifeminismo, machismo y posiciones políticas reaccionarias.

Del consejo personal al discurso de odio

La manosfera no inventó el machismo ni la misoginia. Las ideas que circulan allí son antiquísimas. Lo novedoso está en la velocidad con la que se difunden, en la manera en que se mezclan con problemas actuales y en la capacidad de los algoritmos para conectar a los usuarios con comunidades que refuerzan sus propias creencias.

“La misoginia, que viene del griego ‘misos’ que es odio y ‘gyne’ que es mujer, es el odio o el rechazo a las mujeres y a las niñas”, comparte Cele Murillo. “No es solamente un tema individual, es un sistema de hostilidad a las mujeres que no se ajustan a los roles que les asigna el patriarcado”. Pero ojo, la misoginia es el odio o rechazo hacia las mujeres y las niñas, y el machismo, en cambio, comprende ideas y prácticas que sostienen una jerarquía entre géneros en la que lo masculino aparece como superior a lo femenino. No son exactamente lo mismo, aunque pueden encontrarse juntos.

En los espacios más extremos de la manosfera aparecen términos como incel, utilizado para referirse a hombres que se consideran célibes involuntarios, o categorías como chads y stacys, utilizadas para construir una visión jerárquica de las relaciones entre hombres y mujeres.

La manosfera se encarga de mostrar las relaciones afectivas como una competencia desigual y convierten la frustración personal en una supuesta prueba de que existe un sistema diseñado para perjudicar a determinados hombres. Ese relato puede ser especialmente atractivo para adolescentes que todavía están construyendo su identidad. Un joven que se siente inseguro, aislado o frustrado puede encontrar allí una comunidad que valida sus sentimientos. El problema aparece cuando esa comunidad convierte el malestar en resentimiento y el resentimiento en desprecio hacia otras personas.

Los números detrás del problema

Los datos permiten dimensionar el fenómeno. Según un estudio de King´s Global Institute for Women´s Leadership y la consultora Ipsos el 31% de los varones de la generación Z considera que una esposa debe obedecer a su marido. “El 24% cree que las mujeres no deberían mostrarse independientes o autosuficientes y el 21% sostiene que una verdadera mujer no debería iniciar relaciones sexuales.”

Ahí Cele Murillo señala que la generación Z comprende a las personas nacidas entre 1996 y 2012. Y que además el dato adquiere relevancia porque, según la misma encuesta, la proporción de varones menores de 30 años que sostiene esas ideas duplica la registrada entre varones nacidos después de la Segunda Guerra Mundial, actualmente de entre 60 y 80 años. Otro dato profundiza la preocupación. El 57 por ciento de los varones menores de 30 años considera que la igualdad de género avanzó demasiado y terminó discriminándolos. En Argentina, esa cifra alcanza el 60 por ciento.

Estos números no significan que todos los jóvenes varones sean machistas ni que toda una generación piense de la misma manera. Sí muestran la persistencia de determinados valores tradicionales y la necesidad de comprender por qué encuentran nuevas formas de circulación entre personas jóvenes.

Un pasado que parece refugio

Una de las características de estos discursos es la recuperación idealizada del pasado. La imagen de un hombre que trabaja fuera de la casa mientras una esposa depende económicamente de él puede aparecer como una aspiración para jóvenes que nunca vivieron ese modelo.

Cele Murillo señala entonces, que el pasado funciona como refugio frente a un presente marcado por la precariedad, la incertidumbre económica y la dificultad para cumplir con el mandato tradicional del proveedor. También existe una búsqueda similar entre algunas mujeres, expresada en tendencias como las llamadas tradwives o esposas tradicionales. Sin embargo, las experiencias y los efectos no son necesariamente iguales.

Frente a ello, la manosfera ofrece algo especialmente potente para quien se siente perdido. Ofrece una explicación y también ofrece culpables. Ahí es cuando, las mujeres, el feminismo, las personas LGBTTTNBIQA+, la inmigración y otros grupos pueden aparecer como responsables de problemas que tienen causas económicas, sociales y culturales mucho más complejas.

Internet no creó estas ideas, pero cambió su capacidad de expansión. “Los algoritmos son un terreno muy fértil para los discursos de odio“ menciona Cele Murillo. Y esto es así ya que favorecen la permanencia del usuario y pueden amplificar contenidos que generan interacción. En ese entorno, el enojo puede convertirse en una herramienta de captación. La dinámica puede ser progresiva. Primero aparece un consejo sobre autoestima. Después llega un contenido sobre relaciones entre hombres y mujeres. Más adelante aparece una explicación sobre por qué los hombres estarían siendo perjudicados. Finalmente, pueden aparecer discursos abiertamente misóginos o político-partidarios.

No todos los usuarios recorren ese camino ni todos terminan en posiciones extremas. Pero el mecanismo permite entender por qué un problema de identidad puede convertirse en una puerta de entrada a comunidades radicalizadas.

El problema no empieza en internet

Reducir el fenómeno a los influencers sería insuficiente. Las sociedades siguen transmitiendo mandatos sobre lo que significa ser hombre y sobre el comportamiento esperado de las mujeres. “El patriarcado institucionalizado es cuando las mujeres no pueden votar, no pueden divorciarse o no pueden manejar o cualquier otra cosa porque hay una ley que prohíba hacerlo”, remarca Cele Murillo. Sin embargo, los prejuicios y valores asociados a esas estructuras continúan presentes.

La serie  ‘Adolescencia’ evidencia la preocupación social por la influencia de las redes sociales en los adolescentes. Aparece aquó el concepto de incels, jóvenes que odian a las mujeres por pertenecer al 80 por ciento de los varones que creen que nunca serán elegidos por ellas.  

Los jóvenes reciben mensajes contradictorios. Por un lado, crecen en sociedades donde las mujeres tienen mayores niveles de autonomía y donde existen debates públicos sobre igualdad. Por otro, todavía reciben mensajes que asocian la masculinidad con la fuerza, el control, el éxito económico y la capacidad de dominar. Esa contradicción puede generar frustración, pero el foco es que respuestas encuentran a ella.

El feminismo abrió nuevas posibilidades para que mujeres y personas LGBTTTNBIQA+  cuestionaran los roles tradicionales y pensaran otras formas de construir sus vidas. También existen debates dentro de los propios feminismos sobre el lugar de los varones y sobre la necesidad de construir alianzas contra distintas formas de discriminación y opresión.

Cele Murillo explica que la búsqueda de algunos varones no debería ser considerada un problema en sí misma. El problema aparece cuando las respuestas disponibles convierten esa búsqueda en una guerra contra las mujeres.

El desafío no consiste solamente en combatir los discursos de la manosfera. También implica ofrecer alternativas. Los varones jóvenes necesitan espacios donde puedan hablar sobre sus inseguridades, sus vínculos, su sexualidad, su cuerpo, el fracaso, la soledad y las expectativas económicas sin recibir como respuesta que deben dominar a otros.

La masculinidad también puede pensarse desde el cuidado, la cooperación, la expresión emocional, la amistad y la responsabilidad afectiva. Ninguna de esas posibilidades elimina los problemas que enfrentan los jóvenes, pero permite interpretarlos sin convertir a otras personas en enemigos.

Durante mucho tiempo, los mandatos patriarcales también hicieron más difícil la vida de los propios varones. La obligación de ser proveedor, protector y autoridad puede convertirse en una carga cuando las condiciones materiales hacen imposible cumplirla. La manosfera toma esa frustración y ofrece una salida regresiva. En lugar de cuestionar el mandato, propone recuperar el poder asociado con él. En lugar de discutir por qué muchos jóvenes se sienten solos o precarizados, identifica responsables. Ese mecanismo puede resultar atractivo precisamente porque simplifica problemas complejos.

La manosfera no apareció de la nada. Sus ideas recuperan discursos antiguos y los combinan con las frustraciones de una generación que crece en un contexto de incertidumbre económica, transformaciones culturales y cambios en las relaciones de género.

Los jóvenes necesitan herramientas para cuestionar los mandatos que recibieron, reconocer las desigualdades y construir vínculos sin dominación. Pensar la masculinidad no implica atacar a los varones. Implica darles la posibilidad de dejar de estar atrapados en un modelo que también puede dañarlos.

Por Inara Ocampo Rodríguez

Equipo de Comunicación Popular Colectivo Al Margen

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