Álvaro Novoa, Novox, aprendió beatbox en las plazas de Bariloche y encontró en el rap una forma de descifrar su epilepsia. Mientras su cuerpo puede apagarse en cualquier momento, él entrena una voz cada vez más difícil de tumbar.

Es una tarde fría, en la plaza Belgrano treinta pibes y pibas con campera y gorros rodean a los raperos que están por comenzar la batalla. Novox, viene del beatbox, Jotaoh es un legendario freestyler. Esta vez Zonda no compite y Novox sabe que puede ser su oportunidad. Para Zonda improvisar es entrar en trance: mientras dice una palabra, la cabeza ya está varias líneas más adelante, buscando un remate que haga reaccionar al público. Después, cuando termina la batalla, no recuerda qué dijo en esos cuarenta segundos. Todas las finales terminan igual: Zonda versus Jotaoh. La noche anterior Novox se acostó y se despertó con el mismo pensamiento. “Si pierdo hoy, pienso dos veces si sigo rapeando”.
El maestro de ceremonias anuncia el premio: un pasaporte gratis de cerveza. Piedra, papel o tijera: empieza Jota Oh. Novox camina alrededor del círculo, escucha, pero no lo mira. Sabe que no tiene ese flow. “Vos sos bueno, tenés mucha bondad, pero esa luz no atraviesa la oscuridad”, canta Jotaoh y los pibes lo arengan. “…Vos tenés tus rodillas sanas, sabés por qué, porque la ciudad no la cargás en tu espalda.”
Se conocen bien y podrían lastimarse. Pero no hay insultos. Se miden con el filo de la rima. Novox sabe que su fuerte es el contenido de sus versos, para él rapear es hablar con la verdad. “Escuchaste ahora mi voz y ahora sacale la ve corta, retruca Novox, y vas a escuchar la hoz de tu Dios que soy”. El público se exalta. Son los últimos segundos, Novox mira a los jueces y les dice: “Denle el pasaporte al Jota, que yo no escabio, esa es la posta”.
Los raperos se abrazan. Novox sonríe. El jurado lo señala. Es el ganador.

Los primeros recuerdos de Novox (izquierda) ya están ligados al beatbox. Para Zonda (derecha) improvisar es entrar en trance: mientras dice una palabra, la cabeza ya está varias líneas más adelante.
Novox es Álvaro Novoa. Su primer recuerdo está ligado al beatbox. Tiene cinco años y le pone sonido a sus dedos como si estuvieran peleando. Ese mismo año se cae por el hueco de la escalera y se golpea muy fuerte la cabeza. A los siete tiene su primer ataque: su cuerpo se vuelve rígido y se desploma hacia atrás. Después le hacen estudios: electrodos, luces intermitentes, hiperventilación. El diagnóstico: epilepsia. Su cerebro puede apagarse, unos segundos, en cualquier momento, Cuando vuelve en sí, necesita descansar como si hubiera corrido una carrera. Empieza a tomar medicación.
A los doce años tiene cuatro convulsiones en un mes. Pierde parte de su memoria. Tiene que volver a aprender a multiplicar y a conjugar los verbos. Todo ese verano su madre le vuelve a enseñar contenidos de la primaria. Se vuelve un adolescente retraído. No usa mucho las palabras, pero se aferra al sonido y empieza a hacer beatbox. Todavía no hay redes, ni tutoriales, la información circula en las plazas. Ahí se junta con su grupo de Dina Huapi y prueban trucos. A los quince, un amigo le muestra el Mundial de beatbox, conoce a profesionales que viven de eso y se obsesiona. De los quince a los dieciocho practica ocho horas por día, todos los días.
“Como no me expresaba con palabras, mi manera de aflojar toda esa tensión era hacer beatbox. Mi beatbox tiene mucho de eso. Empiezo tenso, me trabo, me trabo más. Sigo acumulando presión hasta que algo se afloja. Con la epilepsia me pasa parecido. Muchas veces estuve al borde de un ataque y hacer beatbox fue lo que me sacó de ahí”, dice Álvaro.
Álvaro tiene un plan para su vida: ser un referente del movimiento urbano. Visita a su neurólogo para contarle su decisión. “Para algunas personas las crisis de epilepsia pueden traer experiencias místicas. Álvaro es uno de ellos” -dice el neurólogo Di Blasi-. En las competencias está siempre en la plaza haciendo la base para el duelo de raperos. Da talleres en escuelas públicas, lleva el beatbox a la Fiesta de la nieve, participa de “Batalla de poetas”, una miniserie sobre la escena hip hop patagónica. Mientras tanto, atiende un kiosko, limpia terrenos, vende fotos en Piedras Blancas en invierno, hace trabajos de electricidad y plomería. El médico, de a poco, le baja la dosis de la medicación hasta darle el alta.
Miguel Tapia está en segundo año de la ESRN 45, cuando Álvaro entra a su aula y les muestra las formas de hacer percusión con la boca. Miguel lo contacta por Instagram y lo llena de audios con sus juegos sonoros. Álvaro lo guía y lo invita a una competencia de freestyle en la plaza Belgrano. Llega a la semifinal y pierde contra Novox. “Me quedé con ese gusto a batallar y después del torneo me acerqué a Álvaro y le dije: Yo quiero ganar, quiero ser bueno en esto”, dice Miguel. Empiezan a entrenar. Cuatro años después gana el campeonato nacional y esto le abre la posibilidad de competir fuera del país. Además, Miguel también es campeón nacional de atletismo en 100 y 200 metros y salto en largo en la categoría T11 (ciego total). Este año, Álvaro lo va a acompañar a Colombia para las olimpíadas de beatbox.

Atenea, Golden y Cande (de izquierda a derecha). Protagonistas en la escena local.
“Hacer Beatbox es como estar en una frecuencia muy alta todo el día y rapear, si sos honesto, es meterte con lo más profundo de tu persona”, dice Álvaro. Ya escribía poesía, trabalenguas, adivinanzas, pero recién a los 22 años se anima a compartir las canciones que tiene en su cabeza. Vuelve a la plaza, pero esta vez como rapero y se enfrenta con los grandes del freestyle de Bariloche: Zonda, Jotaoh, Golden.
“Novox tiene una presencia sólida en la plaza, capaz de retrucar cualquier argumento y darlo vuelta”, dice Candela Becerra, organizadora de las competencias de Raperos de Barrio. Están batallando en el anfiteatro. Novox pierde, ella lo revive y siguen a dúo. Ella ataca con un golpe de rima y él defiende el verso hablando de las mineras, de la trata, de la gente que no quiere hacer nada para cambiar lo que está mal. En la plaza entienden rápido que esa solidez sale de lo que duele.

Álvaro tiene un plan para su vida: ser un referente del movimiento urbano. “Hacer Beatbox es como estar en una frecuencia muy alta todo el día y rapear, si sos honesto, es meterte con lo más profundo de tu persona”, dice.
Tiene recaídas. Prueba con las propiedades del cannabis medicinal. La última crisis sucede después de un evento de boxeo. Había pasado todo el día presentando peleas. No comió y se acostó tarde. El ataque le agarró cuando se iba a dormir. Se despertó con el cachete mordido y un vaso roto, el agua desparramada por el piso. No descansar bien es una de las cosas que más lo afectan.
Ahora tiene 31 años, escribe sus temas y quiere comprarse una loopera para llevar el show a otro nivel. En una de sus letras canta: “Mi familia me ha visto temblar en el suelo y ahora me ven en el escenario sacudiendo el mundo entero”.
Por Verónica Battaglia
Equipo de Comunicación Popular Colectivo Al Margen

