No hay pelota. Las jugadoras se chocan, caen, salen despedidas. Desde afuera, la adrenalina es visible. Parece violencia, pero es más caída que daño, más técnica que furia. Todo sucede en el cuerpo: ahí se ataca, se defiende, se hacen los puntos. Un deporte en patines donde lo raro no es excepción. Ellas lo saben, y no intentan disimularlo.

Maitén está terminando su tesis doctoral sobre la explotación de guanacos en el holoceno tardío. Una investigadora nota los moretones -uno, después otros- en los brazos de la becaria. Lo comenta en el departamento de género. Poco después se enteran que Maitén empezó a entrenar roller derby.
A primera vista parece un caos: cinco contra cinco, en patines, cuerpos que se empujan en una pista ovalada. Pero hay reglas. Estrategia. La jammer, que lleva la estrella en el casco, tiene que abrirse paso entre las bloqueadoras contrarias para sumar puntos. Todo pasa rápido. Dos minutos como máximo.
El roller derby nació en Estados Unidos en los años treinta como una carrera de resistencia. Luego fue más un espectáculo -en pista inclinada- donde valía todo. En el 2000 resurgió como un deporte de velocidad y contacto entre mujeres y disidencias. Argentina está entre las mejores del mundo. En Bariloche hay dos equipos: Huiñas y Revolución.
Se marca puntos pasando caderas contrarias. Las bloqueadoras pegan con el hombro para sacar a la jammer rival de la pista. León es bloqueador de Huiñas. Su nombre derby es Lyon. Su misión es cerrar el costado externo, impedir que pasen por ahí.

Para León el derby fue un refugio. Actualmente es entrenador físico y bloqueador. Foto: Pablo Candamil.
Después de su transición, León no se sentía cómodo en ningún deporte. No quería jugar con hombres. El derby fue encontrar un refugio. Lo conoció por instagram, fue a ver un torneo,se compró los patines y tuvo que esperar una pandemia para probarlos en la pista. “A mí me devolvió un lugar de pertenencia. No solo te sentís bien físicamente sino que te da autoestima, te hace sentir fuerte. Me parece maravilloso eso: sentirse fuerte en todos los sentidos”, dice León, desde la secretaría del Instituto de Formación Docente, donde trabaja.
En 2004, cuando se creó la WFTDA -asociación internacional de ligas de roller derby-, las jugadoras empezaron a escribir su propio reglamento. No solo cómo se juega, sino quién puede jugar. En otros deportes, la inclusión es un debate. Acá, es regla. Aunque también tiene sus tensiones internas. “El derby está pensado más desde lo under, como un espacio de resistencia, libre de discriminación. Aunque nunca los espacios son cien por ciento seguros, la idea es garantizar ese respeto”, dice León.
Daniela es biotecnóloga y entrenadora de Huiñas. Antes jugaba en Sailor City Roller en Buenos Aires. En el juego es Teniente Dan y bloqueadora pivot. La pívot tiene la capacidad de recibir el cubre casco de estrella y convertirse en jammer. El pase tiene que ser rápido, para que el rival no se de cuenta. “La magia del pase de estrella está en la conexión inmediata entre la jammer y la pívot, cuando sale sin hablar, sin hacer una sola seña”, dice Daniela.

Daniela es biotecnóloga y entrenadora de Huiñas, uno de los dos equipos que existen en Bariloche. Foto Pablo Candamil.
El silbato corta el aire. El choque es inmediato. Hombros contra hombros, caderas que empujan. La jammer intenta pasar por el costado de la barrera de bloqueadoras rivales. Rebota. Prueba otra vez. La encierran. Mira a su pivot. Ella avanza medio metro, se separa del resto, estira el brazo. La jammer se saca el cubrecasco y la estrella cambia de mano. La pívot acelera, salta la curva. El referí levanta la mano: un punto.
“Todas intentamos ser jammers alguna vez en la vida”, dice Débora, la reclutadora de nuevas semillas para Huiñas. Hay jammers que avanzan por fuerza. Van rompiendo la barrera de a poco, obligando a las bloqueadoras a soltarse hasta que queda una sola. Otras se mueven de punta a punta, esquivan, marean. No buscan romper sino encontrar un hueco. También pueden agacharse, así deja menos zonas legales de contacto y escurrirse entre las piernas de las rivales.

Débora fue parte del primer equipo de Bariloche, Malditas Bastardas, allá por el 2014. Foto: Pablo Candamil.
“Todas nos medimos”, dice Débora,“pero no es tan fácil, porque te agarran pibas que tienen técnica y no te dejan pasar y te llenás de frustración. Ya no soy jammer porque me da una adrenalina que no sé cómo manejar”. Débora tiene un restaurante de sushi en el centro y es bloqueadora. Fue parte del primer equipo de Bariloche, Malditas Bastardas, allá por el 2014. Pasó por muchos nombres derby: Italo pony, Bertislexia y ahora es Berta Marida. Nunca se olvida de llevar el glitter -la cábala- a las competencias.
La mayoría de las faltas tienen que ver con la seguridad. No se puede trabar los patines, no se puede agarrar con la mano, pegar con el codo. No se puede golpear la columna, pero el pecho sí. Algunas jugadoras usan corpiños con protección. Por eso hay siete referís en la pista.
Camila es árbitra, bloqueadora y la tatuadora del equipo. No le interesan las jugadas espectaculares, el golpe asesino, sino cuando la pared funciona: tres cuerpos que se mueven como uno y retienen a la rival unos veinte, treinta segundos. Pero lo que más le atrae es que, de verdad, es inclusivo: “es un espacio donde personas que quizá no encajan en otros deportes por la forma del juego o por la comunidad, acá sí. Se puede estar como una es, sin que eso sea un problema. Las diferencias pasan a ser condimentos, suman, en lugar de intentar normalizarlas”, dice Camila.

A Camila no le interesan las jugadas espectaculares, el golpe asesino, sino cuando la pared funciona: tres cuerpos que se mueven como uno. Foto Pablo Candamil.
Nadia es maestra de nivel inicial, trabaja doble turno. Quería hacer algo con el cuerpo y no le divertía el gimnasio. Una compañera del jardín la invitó a un entrenamiento. Volver a ponerse los patines a los 34 años fue como empezar de nuevo. Jugó primero para Revolución, luego se separó y con otras compañeras armó Huiñas. El nombre se refiere a un gato pequeño y salvaje que habita en la Patagonia. La camiseta tiene, adelante, la cara del felino delineada en blanco sobre negro. Atrás se lee el nombre derby y el número de cada jugadora en un vivo celeste y rosa.
“La gente que te viene a ver te dice: No, pero está jugando un varón ahí, ¿Por qué ese chico te estaba pegando?”, dice Nadia.“Entonces tenés que explicar sobre la autopercepción, y a veces cuesta que se comprenda.”

Nadia violvió a ponerse los patines a los 34 años: fue como empezar de nuevo. Foto: Pablo Candamil.
Son pocos los gimnasios que aceptan derby. Los patines marcan el suelo. Ellas compran la pintura para tapar las huellas de las frenadas. Ahora entrenan en la escuela 298. El orden es siempre el mismo: el casco primero, después las rodilleras, coderas, muñequeras, bucal y por último, los patines. Hacen planchas largas para fortalecer el centro del cuerpo, para recibir el golpe y no perder el equilibrio. Repiten ejercicios de reacción, saltos y giros. Practican cómo caer de forma segura. En verano el colegio cierra sus puertas. Se quedan sin pista.

El equipo fue declarado de interés municipal. Este año consiguió un subsidio para ir a Río de Janeiro a jugar el regional en la categoría B. Foto: Pablo Candamil.
Maitén terminó su doctorado y se mudó a Puerto Montt. Ahora es parte del equipo chileno Diosas Volcánicas. Las Huiñas viajaron para allá a jugar unos partidos amistosos y la vieron con la otra camiseta. Maiten había empezado de cero con Huiñas. Con ellas aprendió a subirse a los patines, a saltar, a hacer el látigo, el sandwichito. Verla con la figura de una diosa con alas de fuego fue impactante. “Apenas la vi fue como: .¿Qué hacés?, sacatela“, dice Débora. “Pero después es hermoso volverse a encontrar con las amigas con las que entrenaste. Con Mai compartimos el juego y todo lo que pasa alrededor del juego”.
Argenchamps es el torneo más importante del país. Ellas se organizan solas: juntan plata, pagan pasajes, estadías, árbitros. El equipo fue declarado de interés municipal. Este año consiguió un subsidio para ir a Río de Janeiro a jugar el regional en la categoría B. Antes de cada partido, juntaron las manos, una sobre otra: ¡Para una, para todes, Huiñas! Y salieron a dar batalla. Les fue bien. Ese animal pequeño y esquivo dejó de esconderse. Cuatro países de latinoamérica pronunciaron su nombre.
Por Verónica Battagllia
Equipo de Comunicación Popular Colectivo Al Margen

