La influyente escritora, guionista, directora y actriz estadounidense Lena Dunham estuvo en el centro de la polémica por haber tenido a su primera hija de un vientre subrogado. Nos preguntamos: ¿Tenemos todxs el derecho a ser madres? ¿Que sea legal lo hace incuestionable? ¿Quiénes son lxs que realmente pueden acceder a esta práctica? Lxs  cuerpos como mercancía: ¿Somos siempre libres de elegir lo que queramos? Vos: ¿De qué lado de la mecha te encontrás? 

La noticia me encontró viendo la 5ta temporada de Girls, serie que escribió y protagonizó Lena Dunham catapultándola a la fama y por la que ganó dos Globos de Oro. Aunque llegué tarde a la serie -sus temporadas fueron entre el 2012 y 2017- me sentí agradecida por esta versión brillante y desalineada de Sex and The City, con una mirada aguda, realista y mordaz, no solo sobre las relaciones humanas, sino del entramado social de Nueva York: el desempleo, los yonquis, lo indeseable. El lado B de esta ciudad que Carrie Bradshaw jamás escribió en sus columnas, con una clara visión feminista. En un momento donde todavía no había llegado la 4ta ola Girls dinamita la lógica de la belleza femenina y los cuerpos hegemónicos de la TV yanqui de su época.

Por eso resultó sorprendente -o no- que con tanta “naturalidad” su guionista haya escrito un ensayo sobre sus vivencias en el proceso de subrogación que podría haber sido escrito por alguna wives (esposa – mujer infértil-) del Cuento de la Criada.

Girls, ofrece una versión brillante y desalineada de Sex and The City,

La legalización como lavado de culpas

El tema de la subrogación es muy complejo, tiene muchas aristas. Por eso la intención es tratar, en lo posible, de no juzgar a quienes toman esta decisión, sino preguntarnos qué relaciones sociales y políticas se dan para que esto pueda suceder.

Cada vez más seguido escuchamos casos de famosas de Hollywood, feministas millonarias alquilando vientres: Lady Gaga, Lena Dunham, Lily Collins, Rebel Wilson entre otras. Estados Unidos es prácticamente el único país del mundo donde, en algunos de sus estados, esta práctica está legalizada mediante un intercambio comercial. En Canadá, Grecia y Sudáfrica, entre otros países, también está legalizada, pero con fines altruistas.

Argentina no posee una ley nacional específica que lo prohíba, pero se viene aprobando en algunos casos, bajo amparos judiciales. Y aquí surge el primer interrogante: ¿Está bien que sea legal habiendo dinero mediante?

Unos de los argumentos que se utilizan a favor del aborto legal es que el Estado debe normar ciertas situaciones que ya suceden en la sociedad, aunque no estemos a favor de ellas, ya que igualmente ocurren en la clandestinidad sin ninguna protección para la parte más vulnerable. Pero ¿en estos casos es suficiente el argumento de que el Estado lo avale habiendo tanta desigualdad entre lxs demandantes y lxs oferentes?

Para pensar en esto, trazo un paralelismo entre el alquiler de vientre, la venta de órganos y la prostitución. Salvando la diferencia y las distancias que hay entre cada uno de estos casos, hay puntos filosóficos, políticos y sociales que tienen en común. Uno de ellos es que la prestación de este servicio en cualquiera de esto tres casos, no es la fuerza de trabajo, no es algo intangible sino es la utilización, de un tercero, del cuerpo mismo de una persona. Y el cuestionamiento no es moral, ni religioso, sino el riesgo de la salud tanto mental como física de quien pone su cuerpo como mercancía.

En este sentido tiene más puntos en común la venta de órganos con el alquiler de vientre. Alguien podrá argumentar que un órgano no se recupera y un vientre sí. Aquí está unos de los puntos que refleja este conflicto: la subestimación de lo que implica gestar, los cambios físicos, hormonales y mentales que ocurren en un cuerpo gestante antes y después de parir. Esta falta de consideración y empatía no es nueva, ya lo vimos reflejado en los argumentos en contra del aborto cuando proponían poner en adopción al bebé recién nacido.

Estados Unidos es prácticamente el único país del mundo donde, en algunos de sus estados, esta práctica está legalizada mediante un intercambio comercial.

La trampa de mi cuerpo mi decisión

Un punto en común de estos casos es que cuando se defienden los mismos se habla de la libertad de elección. Nadie está obligado hacer algo que no quiere si está en pleno uso y facultad de consciencia. Aquí surge la pregunta filosófica del millón: ¿Somos siempre libres de elegir lo que queremos?

Esta pregunta me recuerda al debate que tuvo en el año 2022 Milei y Juan Grabois, en Periodismo Puro con Jorge Fontevecchia. El actual presidente señaló que, a su juicio, “una persona podría vender un brazo si así lo quiere, porque es libre de hacer lo que quiera con su cuerpo”, incluso si la opción fuese binaria: que muera su hijx de hambre o vender el brazo. Y aquí es donde el liberalismo de derecha se da la mano con el liberalismo de izquierda: cuántas veces escuchamos “Mi cuerpo, mi decisión”. Más allá que se entienda este postulado en la coyuntura que se planteaba, no deja de ser un planteo individualista.

Hay un ejercicio mental que hago cuando no sé en qué lado de la mecha encontrarme y es el siguiente: fantaseando un mundo donde las necedades básicas de todxs estén cubiertas y donde la brecha de desigualdad no sea tan grande como el 1% de la población concentrando el 63% de riquezas del mundo: ¿Cuántas trabajadorxs sexuales habría? ¿Cuántas mujeres alquilarían sus vientres o venderían sus órganos? Seguramente el número descendería abruptamente y quienes los hicieran sería solo por una cuestión altruista, de amor o de deseo. O, por qué no, eligiendo correr el riesgo que conlleva pero verdaderamente en libertad.

Pertenecer tiene su precio

Volviendo a Lena Dunham lo que juzgo no es la decisión tomada. Debe ser difícil siendo millonaria, teniendo la posibilidad económica de realizar su anhelado sueño, no hacerlo. No le pido tanto. Lo que choca realmente es que escribió un ensayo en la revista Vogue de todo este “viaje” (así lo expresa en su artículo) sobre la mujer subrogante como si la misma fuera una hermosa incubadora gestante.

Además de ser frívolo y mencionar una y otra vez que su preocupación por cómo iba a vestir a la beba cuando naciera; romantiza y naturaliza completamente la subrogación. No hay una pisca de sentimiento de contradicción, de culpa, de análisis, ni razonamiento mínimo sobre su privilegio de clase. Conociendo su obra, su desfachatez, su extremada transparencia, su capacidad aguda de análisis social, lo hubiera escrito brillantemente si realmente lo hubiese sentido. Pero evidentemente ser feminista y woke no implica tener conciencia de clase, sobre todo si sos blanca millonaria y querés pertenecer al jet set hollywoodiense.

No hay respuestas, ni soluciones acabadas para este tema, lo que sí espero es que siempre surja una incomodidad, un ruido, una pregunta cuando veamos a una mamá o un padre emocionados con su hijx rozagante en sus brazos gracias a otra mujer que puso mucho más que su cuerpo y su vientre en la gestación de esa criatura.

Por Irene Rasetto

Equipo de Comunicación Popuar Colectivo Al Margen

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