A primera vista las cumbres de los andes patagónicos parecen desiertos de piedra y nieve. La bióloga Marcela Ferreyra cultivó una atención minuciosa, durante años, hasta que todo un reino de flores minúsculas y fascinantes se desplegó a sus pies. Pero nadie conocía sus nombres. Marcela ascendió ciento once cerros de Río Negro y Chubut para identificarlas. En su largo recorrido, descubrió dos especies nuevas.

Demasiadas coincidencias sucedieron para que Marcela encuentre una flor desconocida. Tuvo que ascender dos veces al cerro La Atravesada. La primera, el viento le cerró el camino hacia la cumbre. Un destacado biólogo que estaba explorando la zona tuvo que pasar muy cerca de la Viola y no verla. El sobrino de una amiga con quien subió después tuvo que preguntar qué flor es esta. Marcela no la reconoció, tomó una muestra para analizar su ADN. La científica que confirmó la novedad la bautizó Viola marcelarferreyrae.
Es un pequeño mandala gris que se camufla entre las piedras del cerro La Atravesada y Palau Mahuida a 2500 metros de altura. En invierno duerme bajo la nieve. En verano abre sus pétalos blancos y delicados que atraen a abejas y mariposas. Guarda agua en sus raíces leñosas que se anclan profundo en la tierra para resistir al viento. Sus semillas pueden quedar latentes durante años.

“La atención es el principio de la devoción”, dice la poeta Mary Oliver. Marcela observó durante diez años a la familia de las violas para sacarlas de su anonimato. Estudió cómo esa fuerza que nace en las raíces se despliega en luminosos pétalos para sortear su destino inmóvil. Está convencida de que el acto de nombrar estrecha el vínculo entre el observador y el mundo vegetal. Cuando no conoce el nombre de alguna flor, le pone uno de fantasía. “Saber el nombre acerca esas especies a tu campo afectivo. Después que sabés el nombre, sabés dónde vive, qué suelo le gusta, cuándo florece, qué polinizador la visita”, dice la bióloga.
Las violas existen hace miles de años. A medida que los Andes se elevaban y que el clima se hacía más frío, su estrategia fue volverse más pequeñas y compactas. A través de sus frutos y semillas treparon, enroscándose en las grietas de la roca para colonizar lugares cada vez más lejanos. “A mí me fascinan estas plantas porque viven en ambientes extremos. Ponen en funcionamiento mecanismos muy sofisticados para sobrevivir. Nos enseñan a florecer incluso en la adversidad”, dice Marcela.
Las glaciaciones aislaron estas poblaciones, por mucho tiempo, haciendo que algunas acumularan tantas mutaciones hasta convertirse en especies distintas. Marcela junto a unas colegas hallaron un subarbusto desconocido en el Cerro Carbón. “Las trajeron a la universidad para que las estudiemos -dice su colega Cecilia Ezcurra-. Era una planta que llamaba la atención, con las hojas cubiertas de unas cerdas blancas, muy rara. La comparamos con las otras especies de Senecio de Patagonia, que son como cien. Consultamos al mayor especialista de Argentina, el doctor Ángel Cabrera, y coincidió en que era una especie nueva”. Lo nombraron Senecio carbonensis.

La bióloga también recorrió la estepa junto a la artista plástica Lorraine Green para armar el libro Flores de la estepa patagónica, una guía de campo para que cualquiera persona conozca sus nombres y sus mecanismos de supervivencia. En un Fiat 147, con la lupa, la enciclopedia botánica, la tijera de podar, las acuarelas, el equipo de supervivencia -por sí se quedaban varadas en el camino- identificaron más de doscientas cincuenta especies distintas.
No son fáciles de encontrar, se puede pasar muy cerca y no distinguir esa pequeñas luces de colores entre el manto de coirones y neneos erizados de espinas. Hay que tener el ojo entrenado, saber sus costumbres. “Estábamos volviendo de Pilcaniyeu -cuenta Lorraine-, y Marcela dijo: ¡En esa zona seguro que hay una viola!. Frené de golpe y casi nos chocan de atrás. Bajamos, caminamos unos metros y ahí estaba una de sus flores favoritas”. Muchas veces dormían cerca de las vías del tren o debajo de los árboles hasta encontrar la flor que estaban buscando. Algunas son fugaces, abren sus pétalos pocos días al año y otras se cierran de noche. La bióloga era metódica, delimitaba un cuadrado de diez por diez metros, luego otro y así hasta cubrir toda la superficie a relevar.

Lorraine guardaba las plantas en una conservadora con hielo para que no perdieran su color. Luego pasaba días dibujando su forma y su volumen. Si se marchitaban tenían que volver a recolectar más. A veces aguardaban un año entero para volverlas a encontrar florecidas. Los amarillos de las orquídeas eran los más difíciles de sombrear así como los tonos traslúcidos de los pétalos de los cactus.
La artista aprendió mucho de su colega. Ya no puede ir a caminar sin prestar atención a las plantas. Y si reconoce el ambiente especial de una flor y luego ésta se deja ver, nunca deja de sorprenderse. Después de publicar el libro, Lorraine subió al cerro blanco con unas amigas, abrió el libro de cumbre encerrado en una lata y el último mensaje era de Marcela: “Por favor no pises las plantas”.
El padre de Marcela fue su primer naturalista, con él recorría en bicicleta o a caballo los campos de maíz de Río Cuarto, Córdoba. Juntaban cortaderas para jugar con sus flores como si fuera un cola de zorro. Recuerda una vez que su papá se había puesto a hacer barro. Papá, ¿qué estás haciendo? -preguntó- Estoy ayudando al hornero a terminar su nido porque el barro se le seca.

Pensaba que iba a estudiar biología para dedicarse a los animales, hasta que conoció al destacado botánico Milan Dimitri. En sus clases descubrió que existían un montón de plantas que ella nunca había visto. A veces, le hacía preguntas engañosas para probar a su profesor pero él conocía todos los nombres de las flores. Se sumó a su cátedra como ayudante y pasó a especializarse en el reino vegetal.
Tiempo después se casó y fue a vivir a Las Lajas. Luego se mudó a Bariloche. Con zapatillas de lona, una mochila muy pesada y una campera prestada subió al refugio Frey y se enamoró de la montaña. Ese mismo verano recorrió todos los refugios. Preguntaba el nombre de las plantas pero nadie los sabía. Decidió cambiar el tema de su tesis de doctorado y se dedicó a identificar la flora de alta montaña de la Patagonia.
Confía en que si la gente descubre la inteligencia de las plantas va a querer cuidarlas. Enseñó en varias escuelas. Explica los trucos de las plantas con palabras sencillas. “Las flores de la montaña son bien chiquititas y las hojas están cubiertas de pelitos, que las protegen del viento y del frío. Es como si te pusieras un suéter”. En el Instituto de Formación Docente armó un Club de Naturalistas. Escribió cuatro libros. A veces se desanima cuando piensa que no se está haciendo lo suficiente para revertir el daño que se está haciendo al planeta.
El último de esos libros: Flores de la Patagonia, ordenadas por colores, lo hizo por puro placer. Lo acaba de presentar en la feria del libro de Neuquén. “Son fotos que saqué de flores bonitas o las que yo considero bonitas porque todas son perfectas, a su modo, cada una es una obrita de arte. Yo quería que esto fuera un muestrario de la belleza de nuestras flores”, dice la bióloga.

Ahora tiene 66 años. Desde chica supo que no quería ser madre. Un día, cansada de que le pregunten por qué, dijo a sus colegas en la sala de profesores: “El día que yo pueda poner un huevo, recién ahí voy a tener un hijo”. Vive con sus dos perras Lupita y Chocolina. Ellas la acompañan a caminar a la estepa. A Chocolina la carga en una mochila porque está grande y le cuesta caminar.
Sigue guiando a aficionados que vienen de todas partes del mundo a observar de cerca la flora de la Patagonia. Muchos buscan la flor de seda, de vistosos pétalos fucsias. Cuando alguien quiere ver una flor en especial, le pide a esa planta que le indique el camino. Está segura de que las plantas se comunican con los individuos del entorno. Reconoce que la biología la ayudó a aproximarse a este reino. Pero también sabe que la ciencia tiene sus límites. “Hay un montón de cosas que todavía no podemos entender. Y todavía queda tanto por descubrir. Pero creo que nunca vamos a poder explicar la esencia de la vida. Ni siquiera a través de un Dios”, dice la bióloga.
Por Verónica Battaglia
Fotos: Pablo Candamil
Equipo de comunicación Popular Colectivo Al Margen

