El 11 de septiembre se cumplieron 53 años desde el último golpe de estado en Chile, que derrocó a Salvador Allende. En el marco de esta dictadura, que duró 17 años, hace 40 años se efectuaba la detención y desaparición de 12 militantes de izquierda en la ciudad de Valdivia. En esta crónica, Camila Pareja narra la historia de su abuelo, Pedro Mella, militante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. En un presente marcado por el negacionismo, e inclusive la reivindicación de las dictaduras del Plan Cóndor, mantener viva la memoria es más que nunca una tarea urgente.

Pedro y Briselda, con la memoria intacta, marchan a 53 años del golpe de Estado.

Fragmento de un relato sobre la detención de Pedro Mella, militante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, en Valdivia, Chile, en 1986. Pedro permaneció una semana desaparecido y fue torturado en una dependencia de la CNI, antes de ser trasladado como preso legal a la cárcel de Isla Teja, donde permaneció cuatro años sin que se diera curso a las causas en su contra. Hoy Pedro y su compañera, Briselda, son los referentes de la agrupación de Familiares y Ex Presos Políticos de Valdivia.

Briselda encontró la casa revuelta y por unos instantes se paralizó. Lo primero fue su pulso acelerado y una intuición, aunque no había que tener un sexto sentido para percatarse de que algo había sucedido. Se quedó quieta en el umbral mirando en derredor, intentando captar pistas en el caos. Si no hubiera sabido, un robo era lo más plausible. Se movió, constató que faltaban cosas de valor, aunque otras todavía estaban ahí. Un robo y algo más.

La puerta había quedado abierta, y por ahí se asomó Cristian, el dueño de la casa, quien había enviado el telegrama urgente para que volviera a Valdivia.

– Cheli… – La llamó con cuidado, le tembló la voz confirmando lo que ella ya sabía – Cheli se lo llevaron a Pedro.

Habían pasado las fiestas patrias, y en el fragor de los festejos las fuerzas represivas habían operado desde las sombras. Por la mañana, en ese silencio viejo y desordenado que gobierna cuando se apaga la música y se aquietan los últimos “viva Chile”, varios hogares valdivianos se levantaron despejando confusas ausencias para descubrir que sus seres queridos, de pronto, no estaban. Se habían esfumado en el entrevero de la noche con sus bengalas rojas, blancas y azules.

Briselda había partido ese fin de semana a reencontrarse con su familia, poco más al norte. No era de Valdivia, como Pedro, sino de Los Ángeles. Él se había quedado para reunirse con sus compañeros del cuartel de bomberos. Se habían conocido hacía casi diez años, cuando ella entró a trabajar en la notaría, y Pedro en un banco. Debido a su labor, se dirigía todos los días a la notaría y se plantaba esperando a que la muchacha recibiera su documentación.

Día a día se apostaba y perdía minutos ante la mirada suspicaz de aquella joven que se desempeñaba con presteza detrás de sus gafas con aumento fenomenal. Motivos sobraban para su reserva. Su ida a Valdivia había sido promovida por la micropolítica silenciosa del viejo, que había dejado sin trabajo a personas en todos los parajes en todos los rincones del país. Lo que había llevado a su hermana y cuñado a mudarse a Valdivia, y a ella seguirlos un año después, había sido parte de este enroque más grande y respirado, de pasaje de unos sitios a otros, por parte de una fracción importante de la población. 

Briselda, crecida en el seno de una familia comunista conocida de Los Ángeles, en Valdivia cumplía con su labor metódica y silenciosamente. Conocía poco más que a su hermana y a su cuñado, y se ocupaba de mantenerse al margen de la política valdiviana. Muchos militantes de izquierda se habían marchado por ser demasiado conocidos en el medio local, y en los nuevos lugares desconocían y desconfiaban, por lo general, de todo y de todos.

Pero, quizás porque todavía no se había sentido o comprendido la magnitud de este gran éxodo, Pedrito se empeñaba, aunque no supiera hablar más que del servicio militar que había experimentado hacía poco. Aún no conseguía ordenar del todo la experiencia, que se le formulaba a Briselda como un aluvión de palabras atolondradas que buscaban, más allá de su contenido, expresarle una pregunta, un pedido, un nosequé: que fuera con él a pasear.

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En un bodegón chileno en la ciudad de Buenos Aires, anuncian las fiestas patrias de septiembre con varias semanas de anticipación. Venimos saliendo del acto por el 11 de septiembre, después de 53 años del bombardeo a la Moneda en Santiago. Pero yo quisiera estar lejos, del otro lado de la Cordillera, en mi patria al sur. Los compañeros de la comisión de Derechos Humanos de chilenos en Argentina también. Muchos se vinieron exiliados después del golpe, llevan muchos años de vivir en el país. Varios supieron ser, o son todavía, miristas, frentistas.

Ex presos, sus familiares y otras organizaciones de derechos humanos, marcharon por las calles de Valdivia, mientras Kast llamaba a recordar el atentado a las Torres Gemelas.

Al final, nos juntamos porque, como dijera una compañera, seguro estar este día solos en nuestras casas nos pondría tristes. No somos tantos, lo que me sorprende por encontrarme en Buenos Aires, y me pregunto si acaso habrá otro grupo de chilenos que se estén juntando en otras partes de la ciudad. Veo mucha gente mayor, pero también jóvenes, que conducen el acto y las intervenciones artísticas. Bailan la cueca sola. Hacen música. Después Miguel, de la comisión, dice que los jóvenes no están involucrándose políticamente como antes. Me pregunto por qué lo dice, por quién lo dice, y qué imágenes de juventud se le cruzan por la mente cuando va diciendo sus palabras. 

Más tarde me encuentro contándole a un amigo:

– A Pedro el Partido Comunista lo dejó afuera durante varios años, porque cuando fue el golpe él estaba haciendo el servicio militar.

Pensar que él fuera de aquellos jóvenes que revolucionaron los liceos. Pensar que después, cuando volvió al partido, al final lo pusieron preso. Quizás en esos jóvenes iba pensando Miguel, a los que hablara Allende en su discurso por Radio Magallanes: “Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y su espíritu de lucha”.


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En ese 1986, Briselda se puso a buscar a Pedro moviendo cielo y tierra. Por su trabajo en la notaría tenía conocidos que pudieron facilitarle recursos legales, así como lo hizo su contacto con la Vicaría de la Solidaridad, que para ese entonces se encontraba ya desbordada de casos y pedidos de amparo. Al desespero por desconocer su paradero se sumaba otro, de una urgencia entre absurda y atroz: en enero del año anterior Pedro había sido hospitalizado y se le había diagnosticado una enfermedad autoinmune. Al momento de su desaparición se encontraba bajo un tratamiento que involucraba altas dosis de corticoides.

La siguiente semana discurrió al margen del tiempo. De pronto se descubrió como una entre decenas que buscaban a los suyos, o que si los habían encontrado estaban muertos, o presos, o expulsados del país. Pasó malamente los largos ratos en los que intentó asociar a su compañero con el destino que ahora los acuciaba. ¿Qué iba a haber hecho Pedrito, que podía apenas moverse del dolor que su enfermedad le producía? Tenía que ser un error. Pero en la enorme seguridad de que se trataba de un desacierto, o una suerte de revanchismo que se había cernido azarosamente sobre su compañero, había desde el principio asomado un cosquilleo de duda. 

Pedro permaneció una semana desaparecido y fue torturado en una dependencia de la CNI, antes de ser trasladado como preso legal a la cárcel de Isla Teja.

Casi no dormía, no hablaba de otra cosa. Resultó que una de las mujeres que había caído la misma jornada que Pedro, Beatriz, era alemana, y la embajada de su país pidió por ella. Años después dirían que eso salvó al grupo de detenidos que cayó con Beatriz. Lo cierto es que a los días los procesaron como presos legales y los trasladaron de la dependencia de la CNI a la cárcel de Isla Teja. El proceso que le iniciaron a él por violar la ley antiterrorista y de tenencia de armas nunca terminó, se mantuvo en vilo durante los cuatro años que siguieron.

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En la casa de Pedro y Cheli hay una foto de Neruda y de Allende. Está la bandera del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, y cuadros y frases de Víctor Jara. En la pared de la cocina hay fotos de sus viajes, y en las repisas van salpicando los reconocimientos y conmemoraciones de los años de lucha con la agrupación de Familiares y Ex Presos Políticos. Atrás, en el taller, está enmarcada la causa penal de Pedro, hecha a máquina de escribir.

En mi recuerdo la radio está siempre prendida, ambientando la calma, aunque es posible que no sea cierto. Trato de imaginarme si habrán escuchado por la radio lo que dijo Kast este día: que es importante acordarse, el 11 de septiembre, del atentado a las Torres Gemelas.  El gobierno no hizo un acto conmemorativo este año, en cambio el presidente anduvo paseando por la Región de los Ríos. Mientras tanto, los ex presos, sus familiares y otras organizaciones de derechos humanos, marcharon por las calles de Valdivia.

En los últimos años la agrupación había conseguido recuperar la ex cárcel de Isla Teja como sitio de memoria, declarando las torres de celdas como monumento histórico nacional. El lugar, sometido a un proceso acelerado de deterioro en las últimas décadas, estaba empezando a restaurarse y acondicionarse. También se venía trabajando en el archivo de la ex cárcel con un proyecto de la agrupación, junto con la Universidad Austral de Chile. Sin embargo, desde que llegó al poder Kast, el financiamiento de estos proyectos se fue terminando.

Visita guiada a la ex cárcel de Isla Teja con un grupo de estudiantes: en los últimos años se había conseguido recuperar el espacio como sitio de memoria, declarando las torres de celdas como monumento histórico nacional.

Hoy las agrupaciones de Derechos Humanos vuelven a encontrarse con las puertas cerradas. Con una mayoría que da la espalda a la urgencia de sus reclamos. Con apenas algunos refugios, fragmentados, en donde seguir sosteniendo los reclamos de verdad y justicia. Tarea nunca acabada -demostrado por la reversión del silencio dantesco, la negación del terror-.

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Valdilluvia engañaba la determinación de arrancar el día. Cuando se levantaba temprano se veía tentada a esperar a que el sol saliera, y así volver su paso por la calle menos inhóspito. Pero ese momento podía no llegar nunca. No iba a dejar de llover, y la luz sería apenas -y solo apenas- menos lúgubre que de madrugada. Si había días que el gris era tan opaco que parecían no transcurrir las horas. Por eso Cheli salía igual. Se envolvía como más podía y hacía las rondas obligadas por la alcaldía, la comisaría, el juzgado.

La Vicaría era un lugar sagrado inclusive para los milicos. Allí el cónsul alemán había armado una intensa campaña para reclamar la aparición de Beatriz. A través de ellos Cheli fue enterándose de algunas cosas, como por ejemplo que cerca de la Vicaría estaba la central de la CNI. Con el correr de los años se habían ido escurriendo rumores de los vecinos y de los chicos y chicas de la escuela que lindaba con aquella casa. Se trataba de un edificio grande, de al menos dos pisos, y posiblemente un sótano -por encima del muro, si se miraba hacia el enorme jardín abandonado, podía espiarse una boca de escalera que descendía-. Allí un enorme perro negro se entretenía con el cementerio de pelotas que se le escapaban a los estudiantes, y que nunca se atrevieron a intentar recuperar. 

Con Kast, el financiamiento para restaurar y acondicionar espacios como la ex cárcel se fue terminando. Desde que asumió el nuevo Gobierno, las agrupaciones de Derechos Humanos vuelven a encontrarse con las puertas cerradas.

Cheli pasaba todos los días y miraba de reojo, desde el portón. Esperaba en aquellos breves instantes obtener una señal, una pista, una confirmación. Pasaba e iba derecho a reunirse con los embajadores, y con otros familiares de secuestrados que se habían congregado con ellos. Apostaron a la presión internacional sobre el régimen por parte de Alemania, y esperaron a que la misma tuviera un efecto de radiación sobre sus seres queridos.

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Cuando Pedro fue secuestrado, hacía trece años que Pinochet había dado el golpe. Trece años. Había jóvenes que no habían conocido otra cosa que la censura y la represión. Chicos y chicas que crecieron imbuidos en una reforma atroz, que neoliberalizó hasta la raíz a toda la sociedad chilena. Diecisiete años duró la dictadura en Chile. A los diecisiete años, Pedro estaba en la cúspide de la movilización estudiantil, en la alegre primavera allendista, presto a cumplir con el servicio militar obligatorio. ¿Qué estaban haciendo los jóvenes chilenos de diecisiete años en 1990? No todo se perdió, pero el horror caló hondo.

Me apena estar lejos a cuarenta años del secuestro de Pedro. Más me apena ver a un lado y otro de la Cordillera otro proceso que va quedando estancado: con sus matices, la transmisión de la memoria a las siguientes generaciones. 

Tenía un profesor en el secundario que aseguraba pertenecer a “la generación de los que quisimos cambiar el mundo y perdimos”. Es posible, pero entonces ¿por qué sentimos que seguimos perdiendo? A lo mejor no todo está dicho. Quizás porque todavía nos quedan cosas por perder, también nos quedan cosas que pelear. Entonces la memoria no era, como quieren ahora hacernos creer, un lamento lastimero que se queda estancado en otro tiempo. Es una reafirmación, una voluntad de futuro

Es decir, seguirnos juntando aun si estamos lejos, porque solos estaríamos también tristes y desesperanzados, y no podríamos decirnos, recordarnos:

– Venceremos, compañeros.

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Ella empezó a saber las cosas a cuentagotas, sin conseguir atar cabos con los que nunca antes había contado. Una tarde hizo el largo camino que tantas veces había andado con Pedro, a lo largo de las playas que recorrían desde Niebla hasta Curiñanco. Sorteando restingas y algunos pasos complicados, con el interludio de la arena, expuesta al viento y a las olas que de a ratos la alcanzaban, fue avanzando. Se imaginaba a su compañero con ella. Se sustraía de ese presente inhóspito en donde debía enterarse de que las manos de artesano que cosían amorosamente tapas de libretas con motivos arbóreos y rupestres, eran manos que bajo otra luz circulaban prensa clandestina y urdían las acciones del Frente. Y no era otra persona, sino él mismo. Aquel cuya voz se ocupaba de nimiedades, o repetía un par de veces lo que no tenía que olvidarse de comprar en el mercado, también articulaba órdenes y coordenadas.

Cuarenta años después de su detención en manos de los militares, Pedro no baja los brazos. Parece no solo estar dispuesto a recordar el pasado, sino mirar con esperanza el futuro: Venceremos, compañeros.  

Los mismos ojos vieron arder hogares valdivianos antes de sofocar las llamas con autobombas, y también asistieron a las llamaradas que despidieron las centrales de comunicación al hacerlas volar por los aires. Con la misma templanza provocó apagones en toda la ciudad, y devolvió cándido la luz en su propio rincón apartado del mundo, encendiendo velas en la madrugada para alejar el miedo. No podían escaparles, sin embargo, a estos miedos, pues no estuvieron nunca solamente afuera, sino que Pedrito los andaba cargando consigo. Aquellos ojos afiebrados que despedían a su compañera con un eco esperanzado, que le iba peleando al dolor de su enfermedad, se fijaban en un horizonte que no solo esperaba, sino que se ponía a edificar, mejor o peor, pulseando la fuerza a los milicos con sus pobres armas de pueblo.

Por Camila Pareja

Equipo de Comunicación Popular Colectivo Al Margen

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