A principios de 2024, cuando el precio de los libros cambiaba cada quince días y el nuevo gobierno libertario amenazaba la Ley del Libro, una librera de Bariloche ideó un plan de supervivencia: fundó el Club de Lecturas para el Fin del Mundo.

Gianina Covezzi, más conocida como Tani, armó una librería en un container en el kilómetro 14 de Bustillo, junto a una galería de arte y una tienda de objetos curiosos. “Era un lugar muy chiquito, los libros estaban acomodados en un rincón del container. Hasta que vi en un solo estante todos los autores que deseaba leer”, dijo la jugadora cuando entró por primera vez al club.
En marzo de ese año recibimos un mail de Tani con la invitación:
… Con un gran instinto de supervivencia les presentamos nuestro plan para seguir existiendo: El Club de Lecturas para el Fin del Mundo! Porque creemos que esta realidad necesita de nuestra imaginación y porque militamos, siempre, al arte de la escritura y de la lectura como nuestro modo favorito de existir…
Así se formó el equipo.
Primer tiempo
Ella tenía un método simple, bien estructurado y ambicioso: conducirnos por paisajes devastados, apocalípticos para mostrarnos el lugar donde podríamos llegar si no cambiamos el rumbo. Y una vez ahí, repensar nuestro presente. Buscar entre las ruinas qué cosas queremos salvar y cuáles pueden ser los puntos de fuga para imaginar otro futuro.

Hubo que acostumbrarse a esto de leer juntas. Una lectora es más bien alguien solitaria, silenciosa. Busca perlas entre las líneas, las guarda en su corazón. Y, como dice Juarroz, a veces esas palabras nos salvan el mundo, como un amor secreto. Pero estábamos desconcertadas, un poco perdidas. Las palabras en las que nos identificabamos parecían manchadas, envueltas en telas de araña. Entonces estuvo bueno juntarse. Las tardes de sol, en el jardín de la Sede. En invierno, traíamos almohadones y mantitas y nos amontonamos alrededor de los libros. (Aclaro que el equipo es mixto, pero la mayoría somos mujeres).
Nos contó que en su casa, en Buenos Aires, no había una biblioteca. El primer libro se lo regaló un chico. Descubrir a Clarice Lispector fue toda una revelación. Habló de una época dorada, cuando un libro de tapa dura todavía no era un artículo de lujo. Con su sueldo de profesora de Letras podía entrar a una librería y comprarse dos, tres o cuatro. Pasaba horas recorriendo las estanterías, hojeando libros para sentir el olor del papel nuevo, hasta que encontraba alguna señal, un llamado, y volvía a su casa con el entusiasmo de quien acaba de aceptar una cita a ciegas.
Conoce el juego desde sus distintas posiciones. Lee, escribe, da talleres, lleva adelante una librería. Publicó dos libros: Del otro lado y ¡Esta es una chica especial! Pero lo que la diferencia de otros directores técnicos es su capacidad para leer a las jugadoras. Sabe exactamente cuándo estamos listas para entrar a una historia. Y además tiene un estante entero de libros de autores de la zona. Algo muy difícil de encontrar en las librerías. Y los recomienda convencida de que desde el sur se hace muy buena literatura.

Niños 6, de Jesse Ball fue la prueba para saber quién estaba a la altura del club y quién no. El principio es durísimo: algo inexplicable ocurre en la ciudad y solo sobreviven los niños. Tani, cuando nos entregó el libro, nos advirtió que había que leerlo de una sentada. Que en este club íbamos a leer textos incómodos. Nada de libros donde la protagonista se parezca a mí, que me atrape rápido y que no me cueste.
Ella registraba nuestras jugadas: “Para Astrid la historia le había mostrado un camino, pequeño, humilde, de esperanza. Gabi rescató cómo lxs niñxs siguen jugando en ese paisaje desolado. Como si la destrucción de todo lo que era el mundo fuera una oportunidad de crearlo todo de nuevo”. Y definía nuestro entrenamiento como un acto de rebeldía: Tenemos que sostener la lectura, la atención, la empatía cuando todo parece querer hacerlas desaparecer.
El siguiente desafío fue Mandarino de Ezequiel Perez. El cronista de la expedición, sin estudios pero con un lenguaje singular y exquisito, observa cómo se construye una nueva comunidad sobre el agua y se pregunta “si es posible imaginar una forma de decir el futuro que no sea la pura catástrofe”.
Está demás explicar que la literatura no resolvía los problemas que acechaban a la salida del club. Pero ahí encontrábamos motivos para no resignarnos.
Segundo tiempo
En primavera Tani cambió de táctica. Ya estábamos listas para entrar en Clima. Para volver a nuestro mundo y mirarlo con otros ojos. Nos contó que, cuando pidió setenta ejemplares para el club, la editorial se sorprendió: ninguna librería había encargado tantos libros de Jenny Offill. Ella estaba convencida de que escondía algo extraordinario.

Nunca había leído algo así –nos puso en una carta-, una escritura íntima pero que saliera de la esfera de lo doméstico y personal, hacia preocupaciones nacionales y planetarias. El contexto político de la historia era demasiado parecido al que estábamos viviendo nosotros en ese primer mes de presidencia libertaria, y además, el final… me empujó a hacer ALGO.
En los tiempos difíciles una se aísla, se encierra. No queríamos que nos pasara como a la protagonista de Mi Suzuki: “A veces los humanos se me presentan como símbolos, caras que se parecen a ideas que tengo sobre esas caras”. Queríamos descubrir, como el empleado del local de Dorayakis (dulce japonés), las historias de las personas que se nos cruzaban en el camino.
El factor sorpresa era su golpe de efecto. Abrir el paquete donde se revelaba el libro del mes era una forma de apelar al asombro de una niña cuando abre un regalo de cumpleaños. Adentro también venía un sobrecito que guardaba las consignas de escritura y los stickers del club. De esta hermosa manera salíamos a la cancha. Con la llegada del verano, practicábamos a orillas del río Casa de Piedra. Buscábamos algo de lo que habíamos leído en las piedras, el vuelo de las aves, en el canto del agua. Una pausa en este mundo veloz para dejarnos permear por el entorno.
También nos arengaba a construir nuestro propio juego. Para ella, en tiempos de algoritmos, booktubers y redes sociales, cada vez quedaba menos espacio para la experimentación. Nos animaba a armar un canon personal. Sabía que algunas apenas teníamos plata para comprar un solo libro y que, en esas condiciones, era lógico ir a lo seguro. La Sede estaba siempre ahí para hacer un picadito de lecturas. Si el libro no era para vos, ella te lo cambiaba. E inventaba actividades y eventos gratuitos para que la literatura no se convirtiera en un privilegio.
Tiempo suplementario
Tani tuvo su segundo hijo. Aprovechó la ocasión para que dos poetas nos mostraran otro tipo de juego. Pensamos que era el fin. Que muchas podrían dejar el club. El verso tiene menos hinchada. Pero nos había dejado con las entrenadoras más apasionadas que pudo encontrar: Lola Halfon y Camila Vallendor.
En un posteo de instagram, Tani escribió que nunca había imaginado esa comunión entre el equipo, las entrenadoras y la poesía: La sensación de que nos juntamos para entrar en la mirada de otra persona -la del poeta- como una práctica colectiva de empatía muy potente. En la novela sucede lo inverso. Nos juntamos a debatir distintos puntos de vista sobre una misma cosa y en ese intercambio las interpretaciones individuales van creando una nueva mirada.

Para llegar a este nivel de conexión Tani tuvo que rescatar textos muy valiosos de poetas argentinos. Hacía mucho tiempo que libros como La mujer maravilla y yo de Claudia Masin o Napalpí de Emiliano Campos Medina estaban agotados y nosotras tuvimos la suerte de recorrer sus páginas.
Poco tiempo después, el alquiler del espacio aumentó. La Sede estuvo a punto de cerrar. Tuvo que achicarse a la mitad del container y nos quedamos sin lugar de encuentro. Entonces Tani puso su casa, que nos quedaba mucho más lejos que La Sede. Pero no nos importaba. Para ese entonces ya habíamos descubierto cómo desmarcarnos de un modo lineal de leer. La poesía exigía otras reglas: movimientos mínimos, toques limpios, precisos. Pocos pases que alcanzaban una belleza múltiple.
Mientras todo esto sucedía, nuestra D.T. empezó a proyectar la división cantera: Club de lecturas para el Nuevo Mundo. Así se sumaron chicos y chicas de cinco a doce años. Y otro club virtual de novela con Juli Schatzky de El Bolsón.
Penales
Por segunda vez Tani llegó a cuartos de final por el premio a la labor librera. Este concurso, organizado por la Feria de Editores (FED), es el encuentro más importante de las editoriales independientes. Cada año reconoce la trayectoria de una librería independiente del país.
Ahora, cuando el gobierno pone en jaque la Ley del Libro, la continuidad de espacios como La Sede se vuelve incierta. Una librería en el fin del mundo, que ya paga más por cada libro que llega a sus estanterías, va a tener que competir con los descuentos de las grandes cadenas y las plataformas digitales.
El escudo de La Sede convierte un libro abierto en una montaña. Y el señalador lleva un pájaro, un prisma, una carta, una casa y una flor. Lo usamos para no perder la página y para recordarnos que el futuro todavía está por escribirse.
Por Verónica Battaglia
Fotos: Pablo Candamil
Equipo de Comunicación Popular Colectivo Al Margen

