Leonardo Saccomanno es un hombre tranquilo, tiene sentido del humor y le brillan los ojos cuando cuenta cómo conoció a su mujer, una morocha hermosa, en el colectivo. Explica con paciencia cada una de las causas judiciales en las que intervino. Habla como quien sabe que tuvo el valor y el rigor científico suficiente para cumplir con su deber. Nadie puede imaginar que esos ojos vieron cosas terribles, que pasó una vida leyendo en los cuerpos las huellas de una verdad, casi siempre en disputa.

Leonardo Saccomanno llegó a Bariloche pocos días antes de la gran nevada de 1984. Vino solo. La familia se quedó en Rosario. Había concursado el cargo de médico forense del poder judicial y lo ganó. La primera persona que conoció fue al patólogo Luis Samengo y su primer paseo por la ciudad fue acompañarlo a enterrar bulbos de tulipanes en la entrada del nuevo cementerio privado. Cuando la nieve empezó a acumularse, Leonardo todavía no tenía oficina. La morgue era una pequeña sala en el Hospital Zonal con una mesa de mármol, sin cámara frigorífica, ni equipos de radiología. Ni siquiera existía el servicio que había venido a dirigir.
Después del invierno, llegó su esposa con sus cuatro hijos. Se mudaron al barrio Levalle. Había reglas inquebrantables en la casa del doctor: jamás despertarlo de la siesta, no tocar lo que estaba envuelto en una bolsa de nylon negra en el freezer y no abrir el sobre con los negativos revelados. En un mismo rollo podía encontrarse registro de sus hijos soplando las velitas con un cráneo hundido de un balazo. El doctor era el primero en ver el contenido y separar las fotos de su trabajo.
-Como la morgue no tenía cámara frigorífica, mi viejo guardaba cosas en el freezer que después mandaba a analizar a Buenos Aires. -dice Martín-. Y esas cosas no se tocaban. El juego era invitar a mis amigos y pedirles que sacaran las milanesas. “¡No, esa bolsa no! No sabemos qué puede haber ahí adentro”, les decía. También nos divertía llamar a la radio para participar de un concurso y cuando nos preguntaban quiénes éramos, contestábamos: los hijos del destripador.
El doctor intervino en muchos casos mediáticos, pero solo una vez lo amenazaron. Fue durante la investigación de la empresa de transporte Tres de Mayo. A fines de 1992 asaltaron los talleres y en el tiroteo el policía que custodiaba fue baleado y murió en el hospital. Los compañeros buscaron a los sospechosos, los encontraron dentro de un auto y los fusilaron. Un médico de la policía realizó las autopsias. Poco tiempo después asumió una nueva jueza que convocó a Saccomanno y a Ernesto Martínez -doctor en física- para revisar el expediente. Analizaron la ropa de las víctimas y comprobaron que nada coincidía con lo consignado en el informe oficial.
-El médico había cambiado todas las descripciones de las heridas que tenían los muertos -dice Saccomanno-. No había existido ningún enfrentamiento, habían sido directamente acribillados. Y entre las fotos de la escena del crimen, se veía a los policías posando junto a uno de los cadáveres, como si fuera un trofeo.
Para el médico forense la complicidad no se limitó a la Policía. También alcanzó al Poder Judicial. Se ordenó un nuevo juicio que nunca se llevó a cabo y la causa prescribió.

La capacidad de dudar, de volver sobre la evidencia y buscar otra explicación posible, constituyó uno de los rasgos profesionales de Saccomanno de muchísimo valor. Foto: Pablo Candamil.
La misma frustración volvió años después con el asesinato de Lucas Muñoz en 2016. Como la víctima era un policía, la autopsia quedó en manos de Gendarmería. Alrededor de la investigación circulaban sospechas sobre vínculos policiales con el narcotráfico. Tiempo después el juez Campana le pidió que revisara el expediente. Saccomanno cuestionó la certeza del informe que establecía una diferencia temporal entre dos lesiones.
–A partir de sus observaciones -dice el juez Campana- pedimos una nueva evaluación que confirmó su hipótesis. Poseía esa capacidad de dudar, de volver sobre la evidencia y buscar otra explicación posible, ese rasgo como profesional y como funcionario, tenía muchísimo valor.
Saccomanno tenía la sospecha de que habían matado a Muñoz donde se encontró el cuerpo -veintisiete días después de su desaparición-. Junto al personal de Criminalística delimitaron sectores, zarandearon la tierra, excavaron el terreno hasta encontrar el proyectil. De todos modos, el crimen quedó impune.
De a poco se conformó el cuerpo médico forense. Apartados del hospital zonal se armó el servicio de patología y el pabellón de salud mental. Primero estaba la sala de anatomía patológica, llena de frascos con formol, luego el área de autopsia dominada por un camilla de metal bajo la luz blanca, por último, la morgue. Leonardo entraba a las siete de la mañana, se tomaba un café con las técnicas, hablaban de cosas de la vida y pasaba a la segunda sala. Ahí lo esperaba el eviscerador, que abría el cuerpo desde el mentón hasta el pubis para que el doctor pudiera leerlo.
-Las veces que tuve que participar de una autopsia –dice la anatomo patóloga Natalia Bassi-, entendí que no estaba hecha para eso. El cuerpo entero es escalofriante. Es la muerte delante tuyo. Los forenses, en cambio, tienen otra mirada. Han visto cosas tan terribles que aprenden a acercarse de una manera distinta.
Una vez por mes, Leonardo preparaba una comida para sus compañeros. En la cocina de patología, entre las muestras macroscópicas de tejidos, el doctor cocinaba una de sus especialidades. El pollo de Saccomanno había cobrado fama en la institución y se fue sumando gente de mantenimiento y personal del depósito a la mesa. También impulsaba encuentros y salidas fuera del ámbito laboral. Una de las técnicas recuerda la vez que le organizó su fiesta de cincuenta porque a ella le ponía triste la idea de cumplir años. El doctor decidió que, precisamente por eso, había que festejar.

Saccomanno siempre impulsó la fraternidad y el trabajo en equipo. Una vez por mes, preparaba una comida para sus compañeros en la cocina de patología, algo que se volvió ritual. Foto: Pablo Candamil.
En el juicio por la represión policial del 17 de junio del 2010, Saccomanno junto al físico forense Pregliasco fueron piezas clave para desarmar la versión de los oficiales de que los disparos provenían de armas caseras. Leonardo realizó las autopsias de las víctimas determinando que al menos once personas fueron heridas con postas de plomo dando cuenta de la gravedad y magnitud del operativo. Esta vez se hizo justicia y los responsables políticos y materiales de la muerte de Diego Bonefoi, Sergio Cárdenas y Nicolás Carrasco fueron condenados.
Uno de los últimos casos de repercusión nacional fue la muerte de Rafael Nahuel, asesinado por la Prefectura Naval durante la reivindicación territorial de la comunidad Lof Lafken Winkul Mapu en 2017. En esta oportunidad el doctor evitó dar detalles. Hizo una pausa y luego contestó: Sí, esa autopsia me tocó a mí.
–Trabajar con la muerte -dice la técnica Mirna Dufour- te hace ver lo frágil que es la vida. Pensás que el hombre que está en la camilla, se levantó a la mañana, desayunó y no se imaginó nunca que iba a terminar acá. Algunos profesionales con el tiempo se vuelven insensibles. Esto no pasó con Leonardo.
Cuando Saccomanno llegó a Bariloche se realizaban apenas una decena de estudios de muertes violentas o dudosas por año. Con el tiempo esa cifra creció, pero era solo una parte de su tarea. También evaluaba las lesiones por accidentes o por violencia, intervenía en conflictos familiares, procesos de adopción, disputas por la tenencia, y causas vinculadas a la salud mental. Durante los primeros tiempos viajaba con el psicólogo del poder judicial por la provincia para determinar casos de insania, que le permitía a las personas pedir la pensión por discapacidad. También armaron el primer refugio público para las mujeres, cuando todavía no existían las leyes que protegían a las víctimas de violencia de género. Su labor consistió en traducir las cuestiones médicas allí donde la justicia necesitaba comprender la condición humana.
-Yo tenía trece años cuando mi viejo vino con una chica del hogar Gutierrez –dice Martín– y tuvimos que darle un cuarto, compartir el sillón, ella tenía otras costumbres que no entendíamos. Nos juntamos los hermanos para decirle: “O se va Anita o nos vamos nosotros”. Muchos años después entendimos la historia que traía detrás. Un día volvió con su marido y sus hijos para agradecerle a mi viejo. Ahí me di cuenta de la cantidad de cosas que hizo por otra gente.
–En casa cualquier dolor tenía la misma explicación: “Estás creciendo” -dice Tania-.Te dolía una rodilla, la cabeza o estabas angustiada y la respuesta era siempre esa. Supongo que, después de ver cosas tan duras todos los días, tendía a minimizar lo que nos pasaba. De los sentimientos era mejor hablar con mamá.

Saccomanno llegó a Bariloche pocos días antes de la gran nevada de 1984. Después del invierno, llegó su esposa con sus cuatro hijos. Los ojos todavía le brillan cuando cuenta cómo conoció a su mujer. Foto: Pablo Candamil.
A los setenta años lo invitaron a jubilarse. Él quería seguir trabajando hasta los ochenta.
Ninguno de sus cinco hijos siguió una carrera tradicional. Pero de algún modo hicieron propias algunas de sus causas. Tania es docente en una escuela en el barrio Frutillar. Martín y Leo trabajan para la Fundación Desafío Bariloche en el programa de esquí adaptado. Marcelo es músico y da clases en el centro cultural Cre-Arte e invita a Matías a filmar las obras de música y danza que hacen sus alumnos.
Ahora Leonardo colabora con la fundación Innocence Project Argentina para revertir sentencias injustas. También es codirector de la revista de ciencia y justicia del CONICET: “A propósito de un caso”. El resto del tiempo lo pasa en el jardín, con sus nietos. Cada verano desentierra los bulbos de tulipanes para volver a sembrarlos en otoño, como en aquel abril de 1984.
Después de haber visto tantas muertes injustas o imprevistas, conserva una certeza:
-La excepción es estar vivo.
Por Verónica Battaglia
Fotos: Pablo Candamil
Equipo de Comunicación Popular Colectivo Al Margen

