Trigo transgénico y modelo agroalimentario. Tratando de separar la paja del trigo

El trigo HB4 aprobado recientemente por el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación es el primer trigo transgénico autorizado en el mundo. Su ADN (código genético) ha sido modificado al introducirle genes que le confieren cierta resistencia a la sequía y a un herbicida. De completar el proceso de aprobación, su cultivo se sumaría a los millones de hectáreas de transgénicos que se cultivan en Argentina desde mediados de los noventa. ¿Y esto es bueno o malo? Enterate en este informe de Cientifícxs y Universitarixs Autoconvocados.

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Trigo HB4, desarrollo cientifico argentino ¿liberación o dependencia?

Como toda tecnología, depende de con qué fines y cómo se use, y del contexto social, ambiental y económico en que se implemente. Analizar las múltiples dimensiones que tiene esta noticia, en el contexto del modelo agroalimentario hegemónico es un primer paso para darnos un debate constructivo, que evidencie los intereses en juego y que permita vislumbrar alternativas superadoras.

El trigo, junto con el arroz y el maíz, es uno de los cereales más cultivados del mundo. De sus granos se obtiene la harina para elaborar el pan, uno de los alimentos más populares de nuestro país y el mundo. En Argentina la superficie sembrada con trigo es de aproximadamente 6 millones de hectáreas, con un rendimiento medio de 2,7 Tn/ha. Parte de esta producción se destina a la exportación y en el caso del trigo transgénico, conocido como “HB4”, su producción y comercialización en Argentina dependerá de la aprobación de Brasil, principal importador del trigo argentino.

¿Qué es un organismo transgénico?

En pocas palabras, un organismo transgénico, también conocido como “organismo genéticamente modificado” (OGM) es aquel al cual se le ha introducido genes de otro organismo en su ADN, dándole nuevas características que no se encontrarían de manera natural. La humanidad ha direccionado cambios en el ADN de distintos seres vivos a lo largo de su historia (en el caso del trigo desde hace 10.000 años), seleccionando y cruzando distintas especies y variedades para lograr cultivos con atributos de interés para el ser humano (mayor producción, mejor adaptación a distintos hábitats, etc.). Lo novedoso de esta tecnología es que permite intercambiar material genético entre especies que en la naturaleza no podrían hacerlo. Actualmente se utilizan organismos genéticamente modificados en la producción de alimentos, medicamentos y otros usos industriales.

El trigo HB4 modificado genéticamente puede adapatarse a climas con mayor sequía.

Ventajas y potencialidades del trigo HB4

La principal innovación del trigo HB4 es la tolerancia a la sequía, lo que permitiría su cultivo en regiones más áridas que aquellas donde actualmente se cultiva este cereal, y podría significar también una adaptación a futuros escenarios de mayor aridez como consecuencia del cambio climático. Dado que globalmente la combinación de sequías y pobreza representa uno de los mayores desafíos para la seguridad alimentaria, y que el trigo es uno de los cultivos más importantes del mundo, la resistencia a la sequía toma mayor relevancia. Sin embargo, para que esta innovación contribuya a la alimentación de las poblaciones más vulnerables a la sequía y el hambre, el acceso a estas semillas y a la tecnología asociada por parte de dichas poblaciones debe estar garantizado bajo condiciones equitativas y justas.

Desarrollo nacional y soberanía científico-tecnológica

La tecnología “HB4” fue desarrollada por el Laboratorio de Agrobiotecnología de la Universidad Nacional del Litoral y el CONICET, en colaboración con la empresa argentina de biotecnología agropecuaria Bioceres-INDEAR. Como innovación, se trata de un hito, fruto de la colaboración público-privada, que muestra la capacidad y el potencial de nuestro sistema científico-tecnológico y nos pone a la vanguardia entre los países del mundo capaces de dominar este tipo de tecnología. A su vez, el fuerte protagonismo de las instituciones públicas debería permitir al Estado un mayor control en la toma de decisiones sobre un sector estratégico como es el agroalimentario.

Desde un punto de vista geopolítico, los países “centrales” industrializados pujan por mantener sus posiciones de poder económico a través del dominio de la tecnología, mientras que los países periféricos, como el nuestro, tienen reservada una posición subordinada en la división internacional del trabajo, como productores de materia prima. La participación del entramado científico-tecnológico y productivo argentino en un mercado global, dominado por corporaciones multinacionales mayoritariamente extranjeras, otorga márgenes de soberanía e independencia científico-tecnológica. En este sentido, el desarrollo local de esta tecnología puede ser una herramienta que impulse el desarrollo del país o, por el contrario, puede servir para afianzar y profundizar nuestra subordinación como país agroexportador y perpetuar las condiciones de dependencia y atraso que una economía basada en el extractivismo y producción primaria lleva aparejado. El desafío es, entonces, cómo y con qué fines se aprovecha esta ventaja comparativa para modificar la matriz productiva en forma progresiva, para que esta soberanía científico-tecnológica se traduzca en independencia económica, justicia social y bienestar para las generaciones actuales y futuras.

El trigo HB4 fue desarrollado por la Univ Nac del Litoral, CONICET en colaboración con la empresa Bioceres.

Riesgos e impactos

En Argentina existen 61 eventos transgénicos aprobados para su siembra, comercialización y consumo desde 1996 (de los cuales el 42% fueron aprobados en los últimos 4 años) ¿Por qué, entonces, una eventual aprobación del trigo HB4 genera tantas repercusiones y rechazo por parte de un amplio sector de la sociedad? Algunos de los posibles riesgos pronosticados obedecen a características específicas de este cultivo y sus modificaciones, sin embargo, la mayor parte de los impactos esperados se basan en lo que sabemos a partir de 25 años de experiencia de cultivos transgénicos en nuestro país, principalmente de soja, pero también en menor medida, de maíz y algodón, entre otros. Como ejemplos, y de manera no exhaustiva, citamos los siguientes puntos.

Desde el punto de vista sanitario, existen temores sobre los posibles efectos en la salud humana del consumo directo de alimentos derivados de trigo transgénico. A diferencia de la soja, el trigo es una de las principales fuentes de carbohidratos en nuestra dieta, y la ausencia de una legislación que obligue al fabricante a etiquetar los productos alimenticios derivados de transgénicos, podría implicar la ingesta de cantidades considerables de este trigo, sin siquiera saberlo. En el caso del trigo HB4, la aprobación por parte de la autoridad regulatoria argentina se basa en la conclusión de la Comisión Nacional de Biotecnología Agropecuaria (CONABIA) que establece que los riesgos no difieren significativamente de los inherentes al cultivo convencional, en tanto el SENASA dictaminó que el presente trigo HB4 es inocuo para la alimentación humana y animal. Si bien hasta la fecha no hay evidencias de efectos adversos del consumo de alimentos en base a organismos transgénicos, en tanto y en cuanto no se pueden descartar posibles efectos a largo plazo, es necesario que se impulsen investigaciones independientes que monitoreen la aparición de posibles impactos negativos sobre la salud humana que hoy son desconocidos. Si este fuera el caso, la actual autorización sobre el trigo HB4 debería quedar sin efecto, según consta en la Resolución 2020-41-APN-SABYDR#MAGYP. No obstante, estos mismos riesgos y por lo tanto estas mismas precauciones, deberían ser tenidas en cuenta para la soja y maíz transgénicos, presentes en innumerables productos comestibles elaborados, desde hamburguesas hasta bebidas y galletas.

Un impacto indirecto, pero mayúsculo sobre la salud humana asociado al cultivo de transgénicos, es el derivado del uso de grandes dosis de agroquímicos, en particular de herbicidas a los cuales estos cultivos son resistentes. Además de modificaciones genéticas para resistir mejor la sequía, el trigo HB4 tiene modificaciones genéticas para resistir al herbicida glufosinato de amonio. La resistencia a herbicidas, es un atributo deseable desde la perspectiva agronómica, ya que permite eliminar las “malezas” de un lote sin que se vea afectado el cultivo de interés. En la práctica, ha implicado la aplicación masiva e indiscriminada de estos herbicidas sobre vastas superficies. Dado que las mismas “malezas” se vuelven cada vez más resistentes a estos herbicidas, las dosis aplicadas han ido en aumento. Además, la combinación con otros compuestos, genera mezclas (o “cócteles”) de agroquímicos, cuyos posibles efectos conjuntos no siempre han sido sometidos a pruebas toxicológicas. Un cuarto de siglo de cultivo de soja transgénica nos ha dejado un triste legado de pueblos enteros fumigados, y trabajadores del campo y sus familias con enfermedades producidas directa o indirectamente por la exposición a agroquímicos. El científico argentino Andrés Carrasco fue un pionero en demostrar experimentalmente los daños embriológicos provocados por el glifosato (1), el herbicida más utilizado en Argentina y el mundo. Desde el Primer Encuentro de Médicos de Pueblos fumigados en 2010, la Red Universitaria de Ambiente y Salud viene reportando y denunciado el aumento de malformaciones congénitas, abortos espontáneos, patologías neurológicas, respiratorias y varios tipos de cáncer, entre otras patologías emergentes en comunidades sometidas a la fumigación con agroquímicos. Si bien hay controversias en cuanto a si el glufosinato de amonio es más o menos tóxico que el glifosato, el principio de precaución debería imperar ante la falta de consenso científico. En todo caso, la comercialización y uso de ambos herbicidas deberían estar estrictamente regulados.

Desde el punto de vista ambiental, uno de los riesgos que genera el trigo HB4 resistente a la sequía es el impulso que podría otorgarle al avance de la frontera agropecuaria hacia zonas áridas y semiáridas, como por ejemplo sobre los bosques secos de las eco-regiones de El Chaco y El Espinal. La experiencia “sojera” está asociada a la deforestación de millones de hectáreas de bosque nativo en el centro y norte del país y la proliferación de incendios forestales. La destrucción de ecosistemas naturales, conlleva la pérdida de las funciones ecosistémicas que estos proveen, como son el ciclado de nutrientes, la regulación de la erosión del suelo, el flujo hídrico. Dicha pérdida de ecosistemas naturales combinada con la aplicación masiva de herbicidas de amplio espectro y de pesticidas que puede eliminar la flora y microfauna silvestre en los agroecosistemas, también lleva a una reducción de la biodiversidad y los beneficios que esta brinda, como, por ejemplo, la polinización de cultivos y el control biológico de plagas. Dado que los agroquímicos se infiltran con el agua de lluvia contaminando las napas freáticas, sus impactos trascienden el agroecosistema.

Desde el punto de vista de la diversidad agrícola a diversas escalas, otro riesgo potencial es que este trigo transgénico termine desplazando a otras variedades de trigo cultivadas, con la consecuente pérdida del patrimonio genético, ya sea porque dejan de cultivarse o por el riesgo de contaminación genética de variedades de trigo afines por medio del flujo natural de polen entre cultivos transgénicos y no transgénicos. En términos más generales, el monocultivo a gran escala (favorecido por los cultivos transgénicos, pero no exclusivo de este tipo de cultivos), atenta contra la diversidad de cultivos a escala local y también nacional. Desde la implementación de la soja transgénica, que ha llegado a ocupar más del 50% de toda la tierra cultivada, Argentina ha sufrido una pérdida considerable de su diversidad agrícola.

La dominancia de unos pocos cultivos y variedades, y la reducción de la diversidad agrícola puede tener impactos económicos y sociales considerables. Desde el punto de vista económico, puede aumentar la dependencia de la economía nacional de los vaivenes de los precios internacionales de unos pocos productos primarios o “commodities” (cultivos genéricos que se comercializan sin diferenciación cualitativa). Desde el punto de vista social puede implicar la pérdida de soberanía alimentaria y el encarecimiento de los alimentos que consume la población, tanto por el reemplazo de cultivos orientados al mercado interno por cultivos para exportación, como por la transformación de cultivos alimenticios en bienes transables en el mercado internacional.

Como vemos, muchos de estos riesgos ambientales, sociales y sanitarios, no son exclusivos del trigo transgénico. El problema es entonces este modelo agroalimentario, también llamado de agricultura industrial o “agronegocio” concentrado en pocas manos, de grandes extensiones de monocultivos, que intenta suplir los déficits de rindes a base de aplicar insumos agrícolas, en particular herbicidas, en altas dosis o sin control, y dejando grandes pasivos ambientales al resto de la sociedad.

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El modelo agroexportador reemplaza mano de obra intensiva por el paquete tecnológico de las multinacionales del agronegocio.

El modelo agroalimentario y el rol del Estado

En Argentina a partir de mediados de los 90 se fue consolidando un modelo agroexportador de producción primaria, principalmente de soja, favorecido por un contexto internacional de mayor demanda y alto valor de dicha oleaginosa. El desarrollo de un paquete tecnológico basado en el uso de herbicidas sistémicos cuyo componente activo es el glifosato, el cultivo de semillas transgénicas resistentes a dicho herbicida, la modalidad de labranza conocida como “siembra directa” (inicialmente concebida como una manera de disminuir la erosión de los suelos) y el uso de maquinaria sofisticada y de gran tamaño para la siembra y la cosecha otorgaron un gran impulso a este modelo. Este paquete tecnológico permitió simplificar, aumentar la eficiencia y reducir los costos de producción y transporte al ser implementado a gran escala, aumentando los márgenes de ganancia de los propietarios (o contratistas) de grandes extensiones de tierra (del orden de miles de hectáreas.). Todo este proceso generó enormes cambios en el campo argentino, entre ellos una mayor concentración de los sistemas de producción, hoy en pocas manos, un uso cada vez mayor de insumos agrícolas (herbicidas, plaguicidas, fertilizantes, maquinaria pesada, etc.), y como consecuencia una profundización de las economías de escala y de la apropiación de la renta extraordinaria generada por la exportación de estos productos por parte de pocos actores (grandes terratenientes, pooles de siembra, fondos de inversión, corporaciones proveedoras de insumos, etc.). Como contrapartida, este modelo desplazó otras formas de producción y otras actividades agropecuarias (ganadería, otros cultivos, apicultura), promoviendo desmontes, incendios forestales, contaminación y desplazamiento de pequeños productores, comunidades campesinas y pueblos originarios. Además, el proceso de concentración de la posesión de la tierra y de su explotación, expulsa a miles de familias campesinas a las periferias pobres de las grandes ciudades.

Las empresas que han desarrollado y manejado este gran negocio, a través de la provisión de insumos, como herbicidas y semillas transgénicas, han sido principalmente corporaciones internacionales muy poderosas, entre las que se destacó Monsanto, que ha recibido muchas críticas a nivel internacional, incluyendo un juicio y condena simbólica internacional en La Haya en 2017. Si bien transgénicos y herbicidas han sido piezas claves de este modelo en la Argentina, sería un error asociar el agronegocio sólo a esta combinación de transgénicos y herbicidas. En países europeos, como Francia, donde ambas tecnologías se encuentran limitadas o prohibidas, las variedades que se cultivan también se cuentan con los dedos de la mano y las semillas e insumos necesarios los venden las mismas multinacionales. Por eso uno de los interrogantes en torno al desarrollo del trigo HB4 es si será un aporte más para consolidar este modelo o, por el contrario, el hecho de que instituciones científicas del Estado entiendan y dominen dicha tecnología permitirá un mejor control sobre este “territorio” dominado por grandes corporaciones extranjeras.

Para que el estado pueda transformar esta tecnología en una ventaja estratégica es necesaria voluntad política y un amplio consenso sobre cómo se distribuyen socialmente los costos (sanitarios, sociales y ambientales) y beneficios (económicos) de este modelo, para evitar pasivos ambientales costeados por toda la sociedad, con ganancias exclusivas de los grandes productores. En este sentido, los costos se pueden reducir por medidas regulatorias concretas como, por ejemplo, el etiquetado de productos a base de transgénicos, la regulación y el control periódico del uso de agroquímicos y su cadena de comercialización, la prohibición de fumigaciones próximas a poblados y severas sanciones a los desmontes ilegales y los incendios forestales intencionales. En cuanto a los beneficios, la aplicación de retenciones a las exportaciones es una herramienta legítima que tiene el Estado para distribuir la riqueza, participando de la renta extraordinaria que genera el agro (renta que, en parte, es explicada por los desarrollos tecnológicos en los cuales el mismo Estado invirtió a través de su sistema de Ciencia y Técnica).

La transición a la agroecología no será rapida ni fácil.

Sembrando alternativas

En Argentina, la reciente recuperación del Ministerio de Ambiente y la creación de una Dirección de Agroecología, sumadas a otras iniciativas provinciales y locales en favor de un modelo agroecológico y de apoyo a la agricultura familiar, sugieren al menos una intención del actual gobierno nacional, y de algunos gobiernos provinciales y locales, de cambio hacia un sistema de producción alternativo. En la Provincia de Buenos Aires se está implementando un plan de promoción de la agroecología, y existen otras iniciativas a escala local y en otras provincias en el mismo sentido. Además, se ha creado en los últimos años una Red Nacional de Municipios y Comunidades que fomentan la Agroecología, RENAMA, con presencia en Bs As, Santa Fé, Entre Ríos, San Luis y Uruguay, y la Asociación Argentina de Agroecología, que nuclea a representantes del sector académico, organizaciones ambientalistas y productoras. La agroecología ha empezado a resonar cada vez más fuerte, como un sistema de producción agroalimentario más amigable con el ambiente, saludable e inclusivo y que abreva en saberes ancestrales y conocimientos científicos del campo de la ecología y la agronomía para potenciar la producción de alimentos sanos y accesibles. Es una forma de entender la ruralidad en toda su integridad, apostando a la diversificación de cultivos y el cuidado del entorno, a soluciones naturales a los problemas de plagas, de rindes, de polinización y fertilidad de suelos, al trabajo rural digno y con perspectiva de género, al arraigo y la soberanía alimentaria. Poco a poco la agroecología demuestra que no solo trae todos estos beneficios sociales y ambientales, sino que en muchos casos también iguala y supera los rindes del agronegocio. Es una visión que vienen construyendo desde hace décadas las organizaciones campesinas-indígenas, ONGs, organizaciones sociales y políticas, y parte del mundo académico-científico, que cada día suma más adhesión entre productores.

Sin embargo, hay que ser realistas en que esta transición desde el modelo agroalimentario dominante a la agroecología no será rápida, ni fácil. La fuerte resistencia por parte de la corporación “del campo” al Proyecto Artigas, que propone un modelo agrario sostenible, libre de agrotóxicos y explotación, resistencia que cuenta con el apoyo de parte del poder judicial y político, es un ejemplo de los conflictos de intereses subyacentes. Por lo tanto, es imprescindible que el Estado impulse políticas públicas que promuevan activamente dicha transición. Un plan de titularización de la tierra es un deuda pendiente y urgente con les campesines y trabajadores de la tierra con tenencia precaria. Desde el sector científico, el fomento de investigaciones orientadas a la diversificación y desarrollo de variedades cultivables que se adapten a las condiciones locales, que pueden contribuir a aumentar la calidad y productividad de las cosechas, por medio de un mejor aprovechamiento de las funciones que brindan los ecosistemas naturales y que atiendan a las necesidades nutricionales de la población (como por ej. la convocatoria Ciencia y tecnología contra el hambre lanzada recientemente por el Ministerio de Ciencia y Técnica) es otro aspecto clave.

Que la espiga de trigo no nos tape las millones de hectáreas de soja

El desarrollo del trigo HB4 es un aporte de soberanía científica, que podría contribuir con sus aprendizajes para entender y controlar mejor los modelos de producción hegemónicos, cuyas ganancias podrían direccionarse para apuntalar la transición hacia una agricultura más sustentable. Pero también podría ser un cimiento más en el agronegocio. Sin políticas de estado fuertes, prontas y de largo alcance, las decisiones quedan en manos de quienes dominan el mercado, beneficiando a los más fuertes, en este caso el agronegocio, y eventualmente a un puñado de laboratorios. El resultado dependerá tanto de decisiones políticas del gobierno, como de la presión que ejerza la ciudadanía para que se consolide la primera opción. Cuestionar el trigo HB4, en forma aislada, solo invisibiliza el problema de fondo, que es el agronegocio, y a sus múltiples actores; invisibilización que puede operar funcionalmente a intereses que poco tienen que ver con el cuidado de nuestra alimentación, nuestra salud, el ambiente y la redistribución de la riqueza. Por eso desde CyUAB sostenemos que debatir sobre el Trigo HB4 necesariamente implica también debatirsobre la soja, el modelo de producción y la acumulación de la renta, retenciones, liquidación de divisas, derecho a la tierra, a la alimentación, la salud y el ambiente, soberanía científico-tecnológica y, transversal a todos estos ejes, el rol de Estado como garante de los intereses del pueblo. Solamente con propuestas estructurales sobre estos aspectos vamos a poder desandar este modelo que genera ganancias exorbitantes para pocos y pasivos ambientales y pobreza para muchos, y empezar a caminar una senda de transición agroecológica hacia un modelo agroalimentario ambientalmente sustentable, y hacia un país con soberanía científica y política, independencia económica y justicia social.

  1. Carrasco AE, Sánchez NE, Liliana E. 2012. Modelo agrícola e impacto socio-ambiental en la Argentina: monocultivo y agronegocios. (ISSN 2314-1743)

Por Cientificxs y Universitarixs Autoconvocadxs Bariloche (CyUAB)