Pesca de alto vuelo

El tiempo de largo confinamiento me trae cada tanto la nostalgia por aquellos momentos lindos y divertidos que me tocaron vivir rodeado de naturaleza. Obvio que también aparecen en la memoria esas cosas curiosas que cuando te pasan pensás en “esto no me lo va creer nadie”. Y menos que menos, si la anécdota se relaciona a la pesca.

Una pesca muy particular… Foto: Hernán Pirato Mazza.

El lago Meliquina estaba en estado pileta, un espejo perfecto. La trucha se movía por el fondo, y atenta solo al fondo. El lago estaba tan trasparente que se veía con claridad el pozón de 4- 5 m. Alejándose de la costa los detalles del fondo se perdían suavemente entre la falta de luz y el color oscuro del fondo. Pero la trucha se veía perfecto, 3-4 Kg decía mi ojímetro. Ya me imaginaba como podría cocinarla. La pesca es una excusa para pasar tiempo con la familia y/o amigos, pero también yo pesco para comer. Supongo que también hay cierto regocijo de ese instinto ancestral de conseguir la comida con mis propias manos. Siempre me costó entender la pesca solo por deporte. Erradamente algunos piensan que así solo molestan un poco a una especie exótica como la trucha.

Había estado largo rato pescando sin suerte. En tanto pasaba el tiempo de pesca, me había ido alejando de donde habíamos hecho base con mi familia. El pozón estaba justo a la vuelta de una pequeña península. Con lo cual estaba sólo con el lago y el paisaje. Esos momentos que regala un día de pesca de uno y sus pensamientos, rodeado de tan espectacular paisaje. El silencio solo lo cortaba cada tanto un Martín pescador, con sus vuelos rasantes sobre el agua o su grito característico, casi como diciéndome que él también estaba buscando un pez. Yo trataba de pescar parado en una piedra que sobresalía del agua a medio metro de la orilla y al frente mío ya empezaba el gran pozón. Mientras el Martin pescador revoloteaba cerca y cada tanto tocaba el agua en vuelo a metros mío. Cuando vi la trucha tranquila en el fondo, se me ocurrió cambiar de señuelo para llamarle la atención con un caimán dorado muy brillante. La trucha amagó un par de veces a picar y volvía al fondo. En una de las veces siguió el caimán hasta casi a mis pies.

El Martín pescador seguía revoloteando y pensé que la trucha era muy grande para que me la robara, pero que la podía espantar. Volví a tirar, no muy lejos. Lo único que se movía en el pozón era mi caimán brillante, que se veía perfecto en su imitación de movimientos de un pequeño pez dorado. Vi como la trucha se entusiasmaba con esa presa y comenzaba a acortar distancias lentamente. Yo recogía el señuelo también lento, mientras veía con entusiasmo la escena rodeado de un silencio hermoso. Le faltaba muy poco a la trucha para picar, y solo estaba a unos tres metros mío, así que veía muy claro sus movimientos de acecho. De pronto un ruido y chapoteo fuerte en el agua que casi me hace saltar. Un tirón fuerte en mi caña y el reel empezando a soltar tanza. El sobresalto no me hizo perder la concentración y di un suave tirón para asegurar el enganche. Pero para mi sorpresa, lo que había picado rompió la superficie cristalina y comenzó a volar. Así que de pronto lo que pensé que era la trucha inmensa, se reveló como un Martin pescador volando de un lado al otro, cayendo al agua y volviendo al vuelo, prendido cual barrilete a mi caña.

– ¡Qué carajo hago! No, no, no, no, no -atinaba a decir, entre puteada y puteada, mientras intentaba recoger lo más rápido posible. Mientras, el infortunado pájaro rebotaba de un lado a otro. La bizarra escena no la veía nadie, porque seguía teniendo la pequeña bahía para mí solo. – ¡Por suerte! – pensé. Sabía que gritar por ayuda servía de nada, estaba muy lejos el resto. Terminé de recoger casi toda la tanza y me metí al agua para agarrar el bicho. Me empapé entero y tuve que esforzarme para no caer al pozón. El bicho que comprendía menos que yo la situación, intentaba liberarse de mí tirando picotazos. Abrazándolo logré retenerlo para que no me lastime ni se lastime más con el anzuelo. Hice el intento de sacar el señuelo, pero el anzuelo había atravesado el pico y salía por la narina. Además de ligar varios cortes más en las manos por los picotazos, me daba cuenta que así solo iba lograr lastimar más a la pobre ave. Abrazado al pájaro, agarré la caña como pude y caminé hacia donde estaba mi familia. La mala suerte hizo que se hubiera instalado otra familia entre la mía y el pájaro y yo. Mamá, papá y dos nenas pequeñas. Me frené y pensé la escena. Yo y el pájaro mojados, llenos de sangre de los dos unidos por una caña y un anzuelo. Obvio, no era lo más lindo de ver. Entre el shock de la situación y con un poco de vergüenza pegué un grito de ayuda.  A las nenas les llamó en seguida la atención mi grito a su papá.

-Señor, me ayuda -dije a unos 20 metros-. Pero las nenas no, se van asustar, es un pájaro, está lleno de sangre –algo así dije, cuando vi que las nenas ya querían iniciar la carrera.

 No sé qué entendió el tipo, pero se acercó dejando las hijas un paso atrás.

-Esperen, esperen – les dijo. Obviamente, al acercarse empezó a entender y se le trasformó la cara.

Ensayé la explicación rápida, atropellándome con las palabras:

-Cazó mi señuelo de pesca, no puedo soltarlo, tiene el anzuelo clavado en el pico -creo que le dije-. ¿Me ayudas? ¿Se lo podés sacar?

El tipo entre extrañado, asustado y emocionado se fue acercando. Mientras, yo seguía teniendo al pájaro, que se había dejado de forcejear tanto, pero cada tanto me metía un certero picotazo. Yo en tanto sentía una rara sensación de ver de tan cerca a tan hermoso pájaro y al sentir su calor y respiración pausada contra mi pecho. Parecía la respiración de una persona. El tipo empezó ayudarme cuidándose de no recibir picotazos. Después de un par de intentos infructuosos, le dije al tipo que le meta ganas, que era peor seguir con el estrés que lastimar un poco más al ave para liberarla. Las nenas curiosas se habían acercado a ver el animal.

  • ¡Qué lindo, que lindo! ¿Qué pasó? ¿Esta lastimado? ¿Lo podemos curar? – decían atropellándose con las palabras.

La mamá con una cara de entre asombro, preocupación y asco trataba de convencer a sus nenas para que se alejaran. -Vamos, chicas –les decía- no se acerquen tanto.

En tanto yo, mientras sostenía el Martin pescador, trataba de llamar sin gritar a mi familia y veía como me miraban extrañados a lo lejos. No entendían mucho la escena y supongo que creía que estaba exhibiendo el fruto de la pesca. Bueno, era algo así, pero no era muy gracioso el momento. Finalmente, un “crac”, un poco de sangre que salpicó y el anzuelo estaba afuera del pico. Me debatí unos segundos entre ir con mi familia o soltar el pájaro. La duda se terminó al segundo cuando el ave volvió a forcejear. Decidí que ya era suficiente estrés para el animal.

Les pedí a la familia ayudante que se alejaran un poco y metiéndome en el agua intenté posar el pájaro en el agua. Apenas abrí un poco los brazos, el forcejeo se intensificó y atiné a tirar un poco hacia adelante al pájaro. Para mi sorpresa, apenas rozó un poco el agua y empezó a volar haciendo como patitos. Se posó unos segundos a 20 metros de la orilla, se acomodó un poco las plumas y volvió a volar posándose un poco más lejos.

  • Gracias, gracias – le dije al tipo y empecé a alejarme, todavía un poco conmocionado, pero a la vez con la adrenalina y emoción por haber vivido una situación tan particular.

El tipo se acercó a su familia y escuchaba como comentaban con cierta emoción lo que acaba de pasar.

Llegué junto a mi familia, que me miraban extrañados. – ¿Vieron el Martin pescador? ¿Vieron lo que pasó? – dije todavía acelerado y con una sonrisa.

– ¿Y la trucha? Lo vimos, que estaba ahí en la orilla nomas, les pasó re cerca. ¿No me digas que te llevó la trucha? – dijo riéndose uno de mis hermanos.

– ¡No, boludo! ¿Qué trucha? – le dije – ¡Lo pesqué! ¡Pesqué el Martín pescador!

– ¡¡ Ja, ja, ja, ja!! Pensamos que habías pescado algo y se te escapó cuando pasó el Martin pescador –dijo mi viejo todavía sin creerme del todo-. Lo vimos volar justo desde la orilla donde estabas con esa gente.

-En serio lo pesqué, miren -dije mientras les mostraba mis manos llenas de cortes y la remera ensangrentada.

Mi tono convencido mientras les daba más detalles de la anécdota y las pruebas aún sangrantes de mi lucha con el pájaro fue convenciendo a mi familia que lo que contaba era más real que fábula. Si ustedes me creen o no, lo dejo a su criterio.

Por Manu de Paz

Equipo de Comunicación Popular Colectivo al Margen

1 Trackback / Pingback

  1. El aire de papá – Al Margen

Los comentarios están cerrados.