En septiembre se cumplen 60 años del día en que 18 militantes peronistas desviaron un avión de Aerolíneas Argentinas hacia Río Gallegos, para ponerlo luego rumbo a las Islas Malvinas. Los Cóndores, como se hicieron llamar, flamearon siete banderas argentinas durante 36 horas en suelo malvinense y, en los años siguientes, muchos de ellos pagaron con su vida aquel compromiso político. Para recordar aquella acción, el próximo lunes 28, a partir de las 17, organizaciones políticas de Bariloche realizarán un homenaje abierto a la comunidad en el Centro Cívico y en el Museo Malvinas.

Tenemos incorporada, desde chicos, la noción de que las Malvinas son argentinas. Crecimos con eso, vivimos con eso, lo vemos en todas partes. Así también nuestros padres y madres, abuelos y abuelas, generaciones pasadas. La causa Malvinas trasluce un axioma fundamental: la relación con la tierra es constitutiva de la identidad. Nos hablan desde la experiencia afectiva del mundo antes que cualquier análisis geopolítico. Malvinas no son un par de islitas en el Atlántico Sur, son una ventana que nos muestra aquello que va unido a lo que somos. ¿Qué pasa cuando esa integridad, unida a la posibilidad de habitar nuestro suelo, se ve amenazada por el imperio?
Esta pregunta vigente podría acercarse a las que rondaron a los 18 jóvenes de la Juventud Peronista de entre 18 y 32 años que en 1966 organizaron el Operativo Cóndor. Liderados por Dardo Cabo y Cristina Verrier, embarcaron en un vuelo que iba hacia Río Gallegos y forzaron al piloto a redirigir el rumbo hacia las Islas Malvinas. Cargaban distintas historias: había obreros, estudiantes, periodistas. Los unía el protagonismo de la Resistencia Peronista, 11 años de proscripción, un líder en el exilio, un contexto agitación popular creciente y una escalada represiva potenciada a partir del golpe militar del general Juan Carlos Onganía.
Algunos dicen que los pasajeros que iban en el avión estuvieron de acuerdo con el operativo. Cuesta creerlo: entre ellos se encontraba el Gobernador de facto de Tierra del Fuego.
El avión aterrizó en lo que hoy –después de la Guerra de Malvinas– denominamos Puerto Argentino. En ese momento, la capital llamada por los ingleses “Puerto Stanley” fue rebautizada por los cóndores como “Puerto Rivero”, en homenaje al gaucho Antonio Rivero, que resistió en 1833 la ocupación británica de las islas. Una paradoja: durante los primeros días del conflicto bélico de 1982, antes de que la Argentina decidiera oficialmente que Puerto Stanley sea nombrada Puerto Argentino, algunos medios de comunicación tomaron el antecedente de la gesta de los cóndores y la nombraban “Puerto Rivero”. Así quedó reflejado en la correspondencia de varios combatientes durante las primeras semanas.

Los cóndores flamearon durante 36 horas siete banderas argentinas. Luego fueron detenidos por las autoridades británicas y llevados a Tierra del Fuego, donde fueron apresados por la dictadura.
Los hitos de soberanía popular son importantes. Cuando marchamos a Lago Escondido y enfrentamos a los agentes locales del empresario inglés Joe Lewis, vamos conversando durante largas horas sobre las “pequeñas victorias que levantan la moral”. Aterrizar en las Islas Malvinas es importante. Hacer flamear nuestra bandera en tierra nuestra, bajo las narices del imperio, es importante. Pasar de la enunciación a la acción, ponerle el cuerpo a las ideas, la audacia y la creatividad, son importantes.
La Patagonia es objeto, desde hace décadas, de disputas por las posibilidades de explotación de su paisaje natural, gentrificación y especulación inmobiliaria. Es cada vez mayor la presencia de capitales extranjeros interesados en la región, poseedora de grandes reservas de agua dulce, además de otros bienes comunes fundamentales. Ante la profundización de los procesos de despojo territorial, de los que siguen siendo objeto las poblaciones originarias, como así también las poblaciones locales, el reclamo de plena soberanía nacional se vuelve necesaria.
Recuperar el sentido de nuestro vínculo con el territorio no es una nota de color, una efeméride. Nos devuelve a quiénes somos, a la importancia que tuvo y que tiene el lazo con el territorio, el lugar de donde venimos y donde queremos seguir viviendo -en nuestros propios términos-. La movilización social contra el capítulo de la extranjerización de la tierra impulsado por el Gobierno manifiesta qué anida en el ADN argentino.

El lunes 28 de septiembre a partir de las 17 vamos homenajear a los cóndores en la plaza del Centro Cívico con micrófono abierto. Después cruzaremos al Museo de Malvinas a izar siete banderas argentinas y leer un documento elaborado por el Centro de Estudios Históricos Compañero Dardo Cabo, la Columna Juana Azurduy, Patria Grande y el Equipo TRAMA (equipo de Trabajo sobre Representaciones y Agenciamientos de la Memoria y de Alteridades en la región trasandina). Se trata de un acto de reivindicación nunca suficientemente ponderado, por el que estos jóvenes pusieron en riesgo hasta sus propias vidas. Junto a ellos recordamos también a Roberto Pirles, estudiante de Ingeniería, que nació y cursó sus estudios secundarios en Bariloche, y murió luego de ser detenido el 6 de enero de 1977 en la Provincia de Buenos Aires, fusilado junto a Dardo Cabo.
El Operativo Cóndor se inscribió en la historia de reivindicaciones y reclamos que sostiene Argentina sobre el territorio. Conmemorar la gesta en nuestra ciudad significa recuperar una tradición de discusiones en torno a la soberanía nacional, el territorio y el acceso a los bienes comunes naturales. Quizás sea una buena oportunidad para preguntarnos cómo queremos integrarnos como comunidad, desde nuestro territorio, a una causa nacional que permite reafirmarnos en el antiimperialismo. Como decimos algunos malvineros: volveremos a Malvinas con América Latina. Si así fuera, nos queda por forjar esa unidad latinoamericana por sobre el nacionalismo conservador, siempre violento y elitista.
Por Camila Pareja y Pablo Bassi
Equipo de Comunicación Popular Colectivo Al Margen

