La guerra de Malvinas duró 74 días. Para Carlos Mazzocchi duró un mes más. Lo tomaron prisionero el día de la rendición. Treinta y nueve años después, un capitán inglés le devolvió un rollo de fotos que había perdido en las islas. Esas imágenes llegaron como una esquirla. Una pieza, en manos del enemigo, que había quedado suspendida en el tiempo. Esta vez no pudo esquivarla. Le imprimieron la necesidad de reencontrarse con los ex combatientes y contar su parte de la historia.

Carlos nació en Comallo. En la Escuela de Aviación Militar de Córdoba lo apodaron Panda, por su carácter templado. No pudo ser piloto por un problema en la vista. Se especializó en radares. Tenía 31 años cuando el Comandante en jefe del ejército, Leopoldo Fortunato Galtieri, ordenó el desembarco argentino en Malvinas y dijo, ante una plaza colmada de símbolos patrios: “Si quieren venir, que vengan, les presentaremos batalla”.

Fue una apuesta tardía. La dictadura de Galtieri, erosionada por denuncias de violaciones a los derechos humanos y la crisis económica, buscaba un golpe de efecto para sostenerse en el gobierno. Nadie imaginaba que Inglaterra entraría en conflicto por unas islas de las que prácticamente ningún inglés había oído hablar. Para Margaret Thatcher, una guerra era la oportunidad para consolidar su poder y avanzar con su proyecto neoliberal.

El 20 de abril Carlos se postuló como voluntario para operar el radar móvil 3D Westinghouse AN/TPS 43 junto con su compañero, Juan Domingo Egañas -alias el Pocho-. Llegaron a Puerto Argentino en una noche cerrada. Apenas se veían las luces de la pista. El pueblo estaba deshabitado. La mayoría de la gente se había ido al campo.

Primero enmascararon el radar para que pareciera un lugar abandonado, un chaperío. El rollo que Carlos perdió registraba la secuencia de esta tarea: soldados cavan la turba, rellenan bolsas de arpillera, las alzan y las apilan sobre el techo de la cabina. La neblina cubre el cielo; quedan el verde del uniforme y el azul de los barriles. Sonríen.

El rollo que Carlos perdió registraba la secuencia de enmascarar el radar para que pareciera un lugar abandonado. Foto: Gentileza Carlos Mazzocchi.

Pero todavía no sabían que los barcos ingleses estaban cerca: se enteraron cuando sintonizaron una radio uruguaya. El 1 de mayo fue el bautismo de fuego. A las 8:30 comenzaron los bombardeos. El escuadrón tomó el armamento y se refugió en los búnkers. Carlos, antes de esconderse, fue hasta una loma con la cámara y sacó una foto.

Le gritamos, pero él era así, no medía el miedo -dice Pocho en una entrevista telefónica-. Cuando bajó, le dijimos de todo. Siempre quería ir cuando llevábamos comida a los que estaban en primera línea. Preparábamos de más porque, con los bombardeos, muchas veces no les llegaba el carro. Era un viaje peligroso, había zonas minadas y él aprovechaba también para sacar fotos.

Los operadores hacían turnos de seis horas para vigilar el cielo. Su tarea principal era comunicar a los pilotos donde estaba el enemigo y guiárlos para el ataque. Casi todos eran compañeros de Carlos de la escuela de aviación. Él sentía el deber de cuidarlos.

Me tocó guiar a un avión de la Armada, un A-4 -cuenta Carlos, mostrando una foto en su casa en el centro de Bariloche-. Venía muy tiroteado, de regreso de bombardear los barcos. Lo dirigí hacia un corredor de entrada y ahí un mayor de la Fuerza Aérea siguió con el guiado hasta llevarlo a la zona de eyección. El piloto cayó al agua. Un helicóptero del ejército lo rescató en medio del oleaje. Lo sacaron casi desvanecido. Hay una famosa pintura del helicóptero con uno de los esquíes dentro del agua. Fue un gran trabajo en equipo.

El aeropuerto era el blanco más buscado por los bombarderos Vulcan. El radar era el segundo. El 31 de mayo a las 5 am Pocho estaba de turno en la cabina. Carlos intentaba descansar en una casita cerca de ahí. Estaba acostado en el piso para evitar que lo alcanzara alguna esquirla del cañoneo naval de todas las noches. Cuando una bomba cae, la energía de la explosión rompe la estructura en pequeños pedazos de metal que se proyectan a velocidades extremas.

Vimos que estaban triangulando -dice Pocho-. Detectamos tres puntos de referencia: un helicóptero, un barco y un avión que se aproximaban. Entonces apagamos el equipo para que no nos descubran. En ese mismo momento oimos un chiflido muy fuerte y quedamos patas para arriba. Cuando se fue un poco el humo, escucho al Panda, desesperado, gritando dónde estábamos.

Carlos se despertó con un ruido ensordecedor. Una llamarada roja hizo estallar los vidrios de las ventanas hacia dentro. Su primera reacción fue correr hacia el radar a buscar a sus camaradas. Saltó un cerco y se rajó el bolsillo del buzo donde guardaba el rollo. No recuerda si lo perdió ahí o cuando lo tomaron prisionero.

Fueron dos misiles. Destruyeron la bocina del radar: la parte que envía la radiofrecuencia para captar el eco de los aviones. También dañaron el shelter: el corazón del radar y el cable que lo unía a la cabina operativa. Quedaron desconectados. Pero antes de las 24 horas entró un Hércules, rompiendo el bloqueo naval inglés, y trajo los repuestos. Los mecánicos lograron repararlo en muy poco tiempo.

La Fuerza Aérea combatió hasta el último momento -dice Carlos-. Para sorprender a los barcos británicos, las aeronaves volaban al ras del mar, por debajo de la línea de la cubierta. En una misión, el capitán Varela, antes de atacar, les preguntó a los radaristas: ¿Ustedes me ven? Le respondieron que no, y él dijo al aire: ‘Ah, entonces ellos tampoco nos ven’. Levantó apenas la trompa, soltó las bombas y pasó rozando el barco. Hasta el 13 de junio hubo salidas. Ese día derribaron un Canberra y el piloto murió en el mar, no alcanzó a eyectarse.

El radarista alcanzó a salvar la cámara Yashica Reflex y el resto de las fotos cuando la derrota era inminente. Su jefe les dijo que guardaran sus cosas de valor. Un Hércules venía a buscar heridos y podía llevarlas al continente. Desde la cabina veían los combates encima, el final estaba cerca. El capitán Mark Willis encontró el rollo en la zona por donde pasaron las tropas rendidas para volver al continente. A metros de embarcar en el Bahía Paraíso, un general inglés ordenó que lo tomaran de rehén junto a otros soldados.

La familia de Carlos no supo nada durante treinta días. Primero lo llevaron a un campo de prisioneros en un frigorífico abandonado. En una esquina del techo, justo sobre ellos, colgaba una bomba de un paracaídas. Era argentina: la había lanzado un Canberra y había caído sin estallar. Ahí estuvieron once días. Después lo trasladaron al buque Saint Edmund. A bordo circulaban todo tipo de rumores sobre el destino de los prisioneros. El 14 de julio desembarcó en Puerto Madryn con ocho libras esterlinas que le dieron los ingleses.

El historiador Agustín Vázquez vio las fotos del rollo perdido en un posteo del capitán en un grupo de veteranos británicos. Reconoció al escuadrón de vigilancia y control Aéreo por una insignia en la chaqueta. Encontró al autor y los conectó.

Carlos recibió un sobre con los negativos, un cd con las fotos digitalizadas y una postal. Su prima, a quien él le había regalado la cámara Yashica, se enteró de este gesto por una nota en el diario El Cordillerano. Le propuso montar una exposición en la escuela Malvina Soledad donde ella trabajaba como directora. El radarista, después de mucho tiempo, volvió a narrar esa parte de su historia. Sus recuerdos se hicieron nítidos frente a los ojos fascinados de los alumnos de séptimo grado.

Recuperar esas imágenes lo llevó a reencontrarse con los ex combatientes de Bariloche, a participar de la vigilia en el centro cívico, a hablar de las islas en las escuelas cada 2 de abril y a ser parte del armado del museo Malvinas, Antártida y Atlántico Sur donde hoy están exhibidas.

También tendió un vínculo con el adversario y  su versión de los hechos. Carlos se involucró en varias misiones de ayuda humanitaria en la Organización de las Naciones Unidas y se retiró de las Fuerzas Aéreas con el grado de Comodoro. El capitán del regimiento de gurkhas, con el grado de Mayor. Uno se dedica a fotografiar las montañas de la Patagonia y el otro cuida de su jardín y su huerta. Están en contacto, se tratan con respeto y se felicitan para su cumpleaños.

El sentimiento que me queda es ansiedad -dice Carlos-, de saber cuándo, si alguna vez los que estuvimos ahí vamos a ver que el mundo reconoce, de manera legal, que las Malvinas nos pertenecen.

Por Verónica Battaglia

Equipo de Comunicación Popular Colectivo Al Margen

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