Verónica Goncalvez es la profesora que todos los estudiantes quieren tener. Los viernes nadie falta porque hay Arte. No es solo para escuchar música o probar técnicas nuevas, es por otra cosa: un permiso para dibujar lo que les importa, decir -sin decir- eso que les pasa, sin sentirse expuestos.

Creo que los estudiantes pueden cambiar su mirada a partir de una experiencia nueva. Ellos pueden ser agentes de cambio, dice Verónica. Foto: Pablo Candamil.
Hola, dice la profesora. Los estudiantes de tercero siguen en lo suyo. Hola, repite más alto. Es una de sus primeras clases en una secundaria técnica en Florencia Varela. Alguno que otro levanta la cabeza y responde. Los demás la miran de costado. Saca las láminas de Da Vinci, Cezanne, Carpani y los invita a dibujar la figura humana. Mientras ayuda al grupo de adelante a calcular las proporciones, la llaman del fondo. Cuando está por darse vuelta escucha que la insultan. Se queda quieta. No responde. Falta poco para el recreo.
La clase siguiente lleva revistas de tatuajes. Les propone hacerse un diseño con henna. Se entusiasman. Ensayan los bocetos. Después viene el paro: semanas sin clases. Los pibes no esperan a la profesora. Se juntan en el barrio, se pinchan con una aguja engarzada en una birome. Cuando vuelven a tener arte, los estudiantes se levantan la remera y le muestran la figura de Luzbelito, una hoja de marihuana, el logo de La Renga marcados sobre su piel. ¿Quiere que la tatuemos, profe?, dice uno de ellos.
Ese no era el plan. Estuvo bien despertar las ganas de crear, pero la actividad se le escapó de las manos. Eran chicos para tatuarse y compartieron la misma aguja.
Verónica está convencida que el arte hace bien. A ella le salvó la vida. Le permitió poner en imágenes lo que -a sus trece años- no podía nombrar: el accidente de su mejor amiga. Entendió que necesitaba más herramientas para trabajar con el arte en el aula.

Verónica está convencida que el arte hace bien. A ella le salvó la vida. Foto: Pablo Candamil.
Más tarde encontró en la técnica del mural un modo de hacer contacto entre los pibes, los adultos y la escuela. En un centro de escolarización para jóvenes, un grupo eligió una obra de Carpani para pintar en el patio: un paisaje glaciar, osos polares y un hombre con un diario en el bolsillo, pescando en el hielo. Proyectaron el dibujo en una pared, lo delinearon y cada uno fue encontrando qué hacer: pintar, mezclar los colores, registrar el proceso. Cuando terminaron, los compañeros de otros cursos los aplaudieron.
Se dio cuenta que, en el mientras tanto, los mates, la música y las charlas generaban algo más que se traducía en un clima distinto en el aula. Se trata de escuchar, poner en valor lo que quieren hacer y acompañar su proyecto, dice la profesora. Ayudar a darle forma a eso que quieren decir, para que tenga peso.
Hablar de Paula, su mejor amiga, le llevó mucho tiempo. Fue en Bariloche, en la escuela 99. El hueco de un piedrazo en la ventana la devolvió en el tiempo: Alfonsín, la hiperinflación, los saqueos. Ellas dos en el auto, en el asiento del acompañante. Esperaban a que el papá de Paula cerrara la persiana del almacén. Su amiga sacó un revólver de la guantera para mostrarle cómo se usaba. Apuntó. Miró por el cañón. Disparó sin querer. Verónica salió del auto aturdida. Volvió a buscar a su amiga. Vamos. Tu papá nos va a matar. La agarró de los brazos y la sacudió.¡Vamos! Cuando la soltó, Paula se desplomó sobre el asiento.
Después pintó un gran lago y una botella clavada en la nieve donde guardó lo que no podía nombrar. Su familia eligió el silencio. No digas nada, le dijeron. No hacía falta contar que habían jugado con un arma. Mejor no hablar.
Quince años después, Verónica pidió quedarse con esa hoja rota de la ventana. A partir de ese estallido del cristal armó la silueta de su amiga con las piezas faltantes de un rompecabezas.
Estudió el profesorado en artes plásticas en La Plata y arteterapia en la Universidad de las Artes. Trabajó en más de cien escuelas de realidades muy distintas, en Buenos Aires y en Bariloche. Hay dos dibujos que quedaron grabados en su memoria. El primero surgió a partir de una consigna simple: elegir un personaje para representarse, un color y una palabra. Un chico dibujó un lobo rojo. Debajo escribió: No puedo salir de aquí. La imagen le quedó dando vueltas. Lo compartió con el preceptor. Él le dijo que la madre se había acercado a la escuela el día anterior, preocupada por su hijo. Después se supo que el chico consumía. El dibujo fue un canal para pedir ayuda. El segundo fue una figura humana con una jaula entre las piernas. La institución activó el protocolo ante una posible situación de abuso.

La profesora encontró en la técnica del mural un modo de hacer contacto entre los pibes, los adultos y la escuela. Foto Pablo Candamil.
En treinta años tuvo más dificultades con los adultos que con los estudiantes. Su primer trabajo en Bariloche fue en Woodville. Cuando contaba que trabajaba ahí, alguno de sus compañeros de la escuela pública reaccionaba con un ¡Ay, en el Woodville!, como si hubiera algo raro en eso. Una vez una alumna le dijo que no podía participar en un mural en una escuela del Alto porque su mamá no la dejaba ir más allá de la calle 25 de mayo. Verónica le aclaró que no era una actividad optativa sino una propuesta institucional. Después de compartir una tarde pintando y amasando pizzas entre los distintos cursos, la alumna le dijo: No sé por qué no me dejaban venir, la pasamos re bien.
Me interesa cuestionar las etiquetas sociales, dice la profesora. Creo que los estudiantes pueden cambiar su mirada a partir de una experiencia nueva. Ellos pueden ser agentes de cambio. A veces los miedos también vienen de los adultos. Está bien cuidar, pero no en una sola dirección: no hay un único lugar peligroso en esta ciudad.
En el Primo Capraro pasó otra cosa. Los chicos se ilusionaron con la idea de hacer un mural en la fachada del colegio: un reloj de arena gigante donde caían árboles que al tocar el fondo se volvían una ciudad apretada. Desde la dirección dijeron que no se podía llevar a cabo, sin demasiadas explicaciones. Los estudiantes escribieron una nota. No fue una defensa en el sentido de oponerse, sino un pedido de escucha. Explicaron por qué querían ese mural, por qué importaba. Firmaron todos. La decisión estaba tomada: el mural no se haría. Y ella tampoco seguiría en la escuela.

En su taller reconstruye a mujeres famosas. Frida Kahlo con legos, sorbetes para la Venus de Botticelli y para Janis Joplin pastillas vencidas. Foto: Pablo Candamil.
Trabajó dos años en la Secretaría de Cultura de Bariloche. Entre otras cosas, impulsó el Laberinto Flúo: grafiteros, muralistas y artistas de caballete de la ciudad intervinieron el Puerto San Carlos. Las obras resplandecían bajo una luz violeta en la oscuridad de la sala. Ahí mismo colaboró con el mural del grupo de personas ciegas Los Búhos. Querían hablar de lo que les pasa en una ciudad que no está pensada para ellos. Eligieron la famosa tapa del álbum de los Beatles cruzando el paso de cebra. Todo en relieve, para que pudiera leerse con las manos.
El muralismo la llevó a Malasia. Una pieza de sus alumnos del colegio Qmark se ensambló en una obra de veinte metros de largo, frente a un centro de convenciones en Penang. En 2025, junto a las mujeres del taller TransformARTE (UPAMI)levantaron un mural en defensa de la Universidad Pública. A partir de pequeños mosaicos azules y blancos se recorta la diosa griega de la sabiduría y la guerra justa.
En su taller reconstruye a mujeres famosas. Frida Kahlo con legos, sorbetes para la Venus de Botticelli y para Janis Joplin pastillas vencidas. Verónica no habla de “expresarse”. Habla de cuando uno se reconoce en lo que dibuja. De trabajar con otros y ponerse de acuerdo. Que eso, a veces, alcanza. Lo demás queda afuera.
Por Verónica Battaglia
Equipo de Comunicación Popular Colectivo Al Margen

