Ya casi no existen pinos sobre la costa de la ciudad de Bariloche, luego del operativo de apeo que generó controversias por parte del Municipio, a quien multaron por cortar árboles sin autorización. Interrogantes, miradas y reflexiones, entre imaginarios sociales y desafíos a futuro. 

Podrían caerse y matar a alguien. Nosotros no vamos a llorar a ningún muerto, dijo el intendente Walter Cortés cuando a finales de mayo –con motosierra en mano-, impulsó el operativo de apeo de más de 80 pinos Oregón de casi 100 años de vida en la Costanera de Bariloche. ¿El motivo? Según Cortés, los árboles presentaban un estado sanitario desfavorable, con peligro ante vientos fuertes, nevadas o caída de ramas. En su momento el Municipio también sostuvo su decisión bajo el manto de una supuesta recuperación paisajística: Somos la única ciudad que esconde el lago, tenemos que mostrarlo”.

Ahora bien: ¿la medida era realmente necesaria para evitar riesgos, el procedimiento fue el indicado o debió realizarse de manera gradual? ¿Qué servicios ecosistémicos brindaban esos pinos? En este contexto: ¿es posible encontrar un equilibrio entre la seguridad pública, la preservación del arbolado como patrimonio natural paisajístico y la conservación de espacios verdes en una ciudad que crece a pasos agigantados?

Leyes perdidas entre árboles y cemento

La tala de los pinos en la Costanera generó un intenso debate y tocó fibras identitarias entre las personas que viven en Bariloche. Vecinos, vecinas, organizaciones ambientalistas, investigadores/as y especialistas con distintas visiones respecto al tema. Para colmo, recientemente el Servicio Forestal Andino labró un acta de infracción contra el Municipio por haber cortado árboles sin autorización. Hablamos de 40 árboles exóticos –pinos Oregón, Insigne y Macrocarpa- fuera de lo acordado; aunque desde la gestión de Cortés desconocieron la razón de la multa porque sostuvieron que la autonomía municipal se los permite. Vale destacar que el acta, además, señala que hasta la fecha no existen guías de traslado ni cálculo de aforo para la madera extraída, es decir que el destino de ese material forestal es, por ahora, desconocido.  

El operativo fue desastroso, no hubo una planificación. El intendente Cortés hizo lo que quiso, sinceramente no sé por qué se la agarró con los pinos de la costanera. Le labraron el acta por no cumplir con lo autorizado, cortó árboles de más, de la forma que lo hizo, fue desastroso. Se hizo todo de forma indebida”, asegura Juan José Paterno, de la Asociación Civil Árbol de Pie. 

Y amplía: “Dicen que desconocen la multa, pero lo que sabemos nosotros es que la Dirección de Bosques es quien debe autorizar todo lo relacionado a apeo, podas. Le pedimos información al Servicio Forestal Andino sobre las cosas que vamos detectando. No es cierto que la medida se tomó para evitar riesgos. Yo nunca vi que se cayera un pino, estaban controlados. Se sabía cuáles eran los pinos que debían sacarse, que fueron justamente los que Bosques autorizó. Los pinos iban a actuar como árboles nodriza para aquellos árboles que plantarán en el lugar, y a medida que fueran creciendo y teniendo un porte importante, se irían cambiando los pinos que hicieran falta. Esto fue una masacre por la brutalidad con la que actuaron. Esos pinos constituían una gran barrera contra los vientos”.

Paterno explica que además existía un amparo vigente que se hizo en 2009 con sentencia firme, basado en informes técnicos, en la Constitución de la Provincia de Río Negro y en la Carta Orgánica Municipal. 

Desarrolla: A esos pinos de la Costanera había que protegerlos porque eran patrimonio histórico. Según el artículo 61 de la Constitución Provincial, ´el Estado garantiza la preservación del acervo histórico y paisajístico, y todo patrimonio de bienes y valores del pueblo, que constituyan su cultura´. Ampliando ese derecho constitucional, el artículo 206, inciso 5 de la Carta Orgánica, dice: ´La Municipalidad dicta medidas para evitar el deterioro y la pérdida o destrucción de los bienes culturales y del patrimonio histórico´. Es decir que en este momento, la Costanera, incluyendo los árboles, están inscriptos en un Registro de la Municipalidad que reconoce a la avenida como ´sitio de valor patrimonial en el inventario del patrimonio arquitectónico y urbano de San Carlos de Bariloche, con la más alta categoría y el mayor grado de protección. Y debe ser protegido además por formar parte del entorno del Centro Cívico, en su carácter de monumento histórico nacional, en el entendimiento que la arquitectura, la naturaleza y el paisaje constituyan unidades inseparables en la definición de nuestra identidad cultural’. Eso es lo que el amparo estaba protegiendo”.

Paterno: “Es cierto que somos un Municipio autónomo, pero creo que debemos respetar el orden jerárquico de las leyes. No tenemos impunidad para hacer lo que queramos. El Municipio es el único responsable. Dicen que somos la única ciudad que tapa el lago, pero yo les recuerdo que mientras tanto siguen construyendo terribles edificios sobre la costa. Esos edificios son los que realmente tapan la vista del lago. Lo único que vemos es cemento”. 

Emociones y opiniones contrapuestas

El paisaje de la Costanera luce distinto. El impacto visual es innegable. De los pinos sólo quedan los recuerdos en fotos, y las raíces y tocones a merced a lo largo de toda la traza, que pronto serán extraídos: las autoridades plantarán especies de árboles nativos y ejemplares de rosales como parte del recambio forestal. También quedan algunos troncos de varios metros de altura, que según anuncian serán tallados por artesanos para “embellecer” el ingreso a la ciudad, con representaciones de animales autóctonos, y hasta una figura del Nahuelito. 

“Los que realmente tapan la vista del lago son los terribles edificios que construyen en la costa”, señalan otros: “Lo único que vemos es cemento”

Hay algo de nostalgia en el aire. Para colmo levanta viento, y esa fuerza perturbadora naturalmente gana intensidad a medida que nos acercamos al lago Nahuel Huapi, embravecido, imponente. Quizás sean esas las razones por las cuales casi no hay seres humanos sobre la Avenida 12 de octubre. 

Salvo Fernando, playero de una estación de servicio.

Al verlo, le preguntamos si está de acuerdo con que hayan sacado los pinos, si de algún modo esta decisión del Municipio le afecta en su trabajo, si ahora siente más el viento que arremete de frente y no da tregua. “Desde mi punto de vista no cambia mucho porque las ramas de los árboles estaban altas y recibíamos el viento igual”, cuenta Fernando. Pero nota una diferencia que le alegra: “ahora mientras cargamos combustible los clientes se bajan de los autos para sacar fotos al atardecer, se ve tras las montañas porque tenemos la vista del lago más despejada”.

Olga es una de las pocas personas que se encuentran caminando por la costanera. Olga es docente y está “horrorizada”. Nos habla casi con rabia, cuando nos acercamos para conocer su opinión: Los árboles son sagrados, no se tocan. ¿O acaso no saben que estamos rodeados de bosque nativo? El intendente ni siquiera se tomó el trabajo de hablar con especialistas que sepan del tema”

Mientras tanto, Tamara está refugiada en una de las intersecciones de las calles cercanas al lago. Es trabajadora del estacionamiento medido y pasa gran parte del día a la intemperie. “Al no haber pinos perdimos resguardo del viento, que se siente mucho sobre la costanera”, revela Tamara en conversación con Al Margen. Aunque sostiene una posición ambigua al respecto: “También sabemos que sacaron los pinos para prevenir posibles accidentes, hemos visto cómo se han caído ramas de los árboles sobre los autos. Los vecinos que viven en los departamentos frente al lago nos dicen que están contentos porque ahora tienen una mejor vista, y porque ya no tienen que preocuparse por los cortes de luz que a veces se generan cuando hay tormentas y los cables se enganchan en las ramas de los pinos”.

Juan Pablo es vecino y dice haber visto muchos accidentes cuando era chofer de turismo. “Me parece estupendo lo que hicieron porque el pino puede ser muy peligroso. Las raíces levantan el asfalto y cuando hay nevadas se caen las ramas. Además, el pino acidifica los suelos, lo que genera baja fertilidad. Ahora para plantar árboles nuevamente van a tener que fertilizar ese suelo. ¿No vieron que debajo de donde crecen los pinos no crece nada más?”, nos interpela.

Ana Wieman, integrante de Árbol de Pie, tiene una visión muy distinta a la de Juan Pablo, dice que “es mentira que los pinos levantan el asfalto. El problema es el asfalto, que según comprobamos en general es de mala calidad”. 

Por otro lado, sostiene que “otra de las cosas que dijeron es que los árboles y las ramas se caen y son un peligro. Efectivamente. Esto pasa por la acción del viento y porque los árboles se enferman por distintas pestes. Vivimos en un lugar que está rodeado de bosque nativo, entonces qué vamos a hacer: ¿vamos a tirar todo el bosque porque existe el peligro que se caigan los árboles? Los árboles ayudan a preservar el oxígeno del aire que respiramos, a capturar el agua en el suelo cuando cada vez son más escasas las lluvias. Seguir avanzando con la deforestación es criminal, y tiene que ver un poco con la negación del cambio climático”. Y sentencia: “Nunca comprobamos que se haya caído un solo pino de la Costanera. Se cayeron ahora que los cortaron”.

Imaginario social y desafíos a futuro

Pedro Laterra es Biólogo, investigador de la Fundación Bariloche y desde años forma parte de la Red PINOS, una red de gobernanza participativa que trabaja en Bariloche y regiones aledañas, y que nació a partir de una preocupación central: las invasiones de pinos exóticos en la Patagonia, en ambientes naturales y en interfases con los ambientes urbanos, en sus impactos sobre el riesgo de incendios, pérdida de biodiversidad, y sobre algunos servicios ambientales como la provisión de agua, entre otros.

Laterra nos comparte cuál es la posición de la Red como institución respecto a lo sucedido en la Costanera:

Valoramos la intención de reforestar este espacio con especies nativas, porque nosotros como un colectivo humano compartimos un imaginario, y creemos que ésta puede ser una oportunidad para fortalecer una identidad paisajística propia de Bariloche, más conectada con los ecosistemas que caracterizan nuestra región, y con los bienes y servicios ambientales que estos ecosistemas proveen para sostener nuestra calidad de vida. Y contextualiza: “Bariloche tiene un patrimonio natural extraordinario, y poner en valor ese patrimonio puede transformarse también en una manera de distinguirnos como ciudad. No tratamos de borrar nuestra historia, ni de imponer un único paisaje, sino que invitamos a preguntarnos qué les queremos dejar a las generaciones futuras, cómo nos queremos distinguir hoy, qué les ofrecemos a nuestros visitantes”.

Al mismo tiempo, Laterra nos invita a hacer una reflexión como sociedad acerca de qué podemos extraer de esta experiencia, y cómo debemos construir acuerdos frente a problemas ambientales complejos que irremediablemente surgirán a futuro.  

Dice: “¿Cómo incorporamos conocimiento científico y técnico sin dejar de lado los valores, esas opiniones que se ponen en juego? ¿Cómo logramos que las decisiones sean legalmente válidas, pero también socialmente legítimas? ¿Cómo evitamos que cada conflicto ambiental termine convirtiéndose en una discusión entre bandos irreconciliables?”. Y agrega: “Muchas veces pensamos que los debates ambientales se reducen a debates técnicos, pero en realidad también están atravesados por lo que llamamos imaginarios sociales, es decir esas ideas compartidas que tenemos sobre cómo es, o cómo debería ser el lugar donde vivimos”.

Además, desde la Red PINOS, expresan que “resulta razonable reconocer que la gestión del arbolado urbano involucra otras consideraciones vinculadas a la seguridad pública, la infraestructura, la planificación paisajística y la administración de los espacios públicos. Estas cuestiones forman parte de las responsabilidades y atribuciones de los gobiernos locales y suelen requerir la ponderación de múltiples criterios. Por esta razón, entendemos que el debate no debería reducirse a una discusión simplificada entre quienes celebran o rechazan la extracción de los árboles. La realidad es más compleja y exige reconocer la coexistencia de argumentos legítimos, sensibilidades diferentes y prioridades diversas dentro de la comunidad.

Creemos que ahí está el verdadero desafío, porque probablemente Bariloche va a seguir enfrentando debates parecidos en el futuro, sobre tema incendios, expansión urbana, restauración ecológica, conservación de ambientes naturales, uso del espacio público; y cuanto mejores sean nuestras capacidades para dialogar, coordinar y construir confianza entre los distintos sectores, mejores van a ser las soluciones que encontremos”, considera el Biólogo.

Laterra profundiza el debate. Se cuestiona si todo paisaje debe ser conservado en forma inalterada para siempre. Si todo elemento del paisaje constituye necesariamente un patrimonio intocable, como algo inherente al imaginario que creamos de Bariloche: “¿Qué lugar le damos al manejo activo de nuestro entorno cuando sabemos que muchos sistemas ya fueron profundamente transformados, que es difícil definir cómo era el paisaje prístino a eso que normalmente denominamos como natural? En Bariloche esto se ve muy claramente. Durante décadas se fue construyendo una ciudad relacionada a ciertos paisajes inspirados por modelos europeos. Para mucha gente los pinos ornamentales pasaron a formar parte de ese imaginario, era una postal que vendía. Para otras personas, en cambio, la identidad de Bariloche está más vinculada a los bosques nativos y a los ecosistemas propios de la Patagonia

Por Lautaro Romero

Equipo de Comunicación Popular Colectivo Al Margen

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