La medicina rural es un aspecto clave dentro del sistema de salud provincial, que tiene que cubrir la atención en un extenso y variado territorio por fuera de las ciudades. Visitamos el centro de salud de Villa Llanquín, un paraje a 40 kilómetros de Bariloche donde profesionales del Hospital Zonal viajan cada semana a atender a la población.

Cada jueves, desde la ciudad de Bariloche, un grupo de profesionales salen del Hospital Zonal Ramón Carrillo para atender en la posta sanitaria de Villa Llanquín. Esta es una de las áreas rurales que dependen del Hospital, donde se cursa la residencia de medicina general con orientación rural. “Ser generalistas quiere decir que atendemos todas las consultas de todos los procesos vitales. Me gusta decir que somos los anti especialistas especializados, porque atendemos lo prevalente, pero también acompañamos procesos que otra medicina no logra, como procesos de duelo o de crianza”, detalla Trilce Reyes, médica generalista y Jefa de Residentes en el Hospital Zonal.
En la ruralidad, el acceso a la salud es solo a través del sistema público. No hay farmacias, ni consultorios privados donde acudir en casos de emergencias. Puntualmente en Villa Llanquín, la atención sanitaria depende de esas visitas de los jueves y del acompañamiento indispensable de les agentes sanitaries.
Desde la salita, Daniela y Ernesto reciben, escuchan y sostienen emocionalmente a los más de 300 habitantes del paraje. “El rol del agente sanitario es promoción, prevención, y las visitas domiciliarias”, explica Daniela Curual, agente sanitaria desde 2019. Ernesto Rosas, su compañero en la posta de salud, agrega que, tanto en las visitas como desde la sala, se encargan de la vacunación, el control, de dar los turnos y hasta hacen de psicólogos: “Todo lo que podemos mientras no está el equipo de médicos del Hospital”.

En la ruralidad, el acceso a la salud es solo a través del sistema público. No hay farmacias, ni consultorios privados donde acudir en casos de emergencias. Foto: Pablo Candamil.
Durante la pandemia del coronavirus, Daniela tuvo que hacerse cargo de la atención de toda la población del paraje. “Como Ernesto era de riesgo, yo me hacía cargo de ir a ver a las personas con síntomas. No es gente que conocía recién, es gente que conozco de toda la vida. Y muchos que se fueron en ambulancia, no volvieron. Fue muy duro para mí”, recuerda Curual. Si bien vivió una parte de su vida en la ciudad de Bariloche, cuando su hija cumplió los tres años decidió volver a Llanquín, donde su padre trabaja campo adentro, unos 20 kilómetros alejado de la ruta, y donde vivió siempre su abuela. Más allá de las situaciones más difíciles, “acompañar a la gente en su vida, en su salud, y poder ayudarlos, es muy lindo”, señala.
Ernesto Rosas comparte esa visión con Daniela, aunque sus comienzos en el ámbito de la salud fueron diferentes: “Cuando empecé a trabajar, en el 87´, sólo venía un médico dos veces al año, el resto del tiempo nos arreglábamos solos”, cuenta el agente sanitario. Ernesto tenía 25 años cuando la Comisión de Fomento de Villa Llanquín lo eligió para ir a formarse al Hospital de Pilcaniyeu, del que dependía la posta sanitaria en ese entonces. Recién en 1998 la salita pasó a estar bajo la órbita del Hospital Zonal ubicado en Bariloche, y las visitas de los profesionales empezaron a ser más frecuentes. Para él, que se mantenía haciendo changas en diferentes campos, formarse en salud significó una salida laboral pero con el tiempo fue lo que le dio sentido a su rol dentro de la comunidad: “Menos de media hora no estás en ninguna casa. Mucha gente necesita hablar, contarte lo que le está pasando. De eso se trata el trabajo nuestro”, dira con algo de nostalgia: en octubre, después de 38 años de servicio, va a empezar su jubilación.

Ernesto tenía 25 años cuando la Comisión de Fomento de Villa Llanquín lo eligió para ir a formarse al Hospital de Pilcaniyeu. Foto: Pablo Candamil.
El poder de los yuyos
Alejandra vive en Villa Llanquín desde hace más de 20 años. Su esposo, y también sus suegros, vivían en el campo, en la zona de Arroyo Chacay, a unos treinta y cinco kilómetros hacia la montaña, saliendo desde el paraje. Su hija Diana está dentro del consultorio y ella espera su turno. Lo sacaron juntas, hace un par de semanas, para hacerse chequeos de rutina. Ellas viven dentro del ejido urbano, donde tienen el almacén que hoy en día es su sostén económico. En el mismo predio, cultivan paico, menta, y otras plantas de uso medicinal. “Aprendí a usar yuyos por mi abuela. Ella me enseñaba cuál es para la garganta, cuál para el resfrío, y así. Algunos los encontramos acá en la zona, también tengo plantas en casa, o hacemos intercambios con otras vecinas”, cuenta a Al Margen, desde la sala de espera de la posta sanitaria.

Los distintos saberes conviven en la ruralidad. Alejandra se acercó con su hija a la salita para hacerse chequeos de rutina. En su casa cultivan paico, menta, y otras plantas de uso medicinal. Foto: Pablo Candamil.
Quizás por el recuerdo de la abuela, o por el sol en la cara, Alejandra achina los ojos, sonríe, y recuerda que, cuando las cenizas del volcán Puyehue inundaron toda la región, ella empezó a tener problemas de alergia. Molestias en la nariz, dificultad en la respiración, fueron algunos de los síntomas que muchos pobladores tuvieron en los años posteriores al 2011. “Hice una consulta, pero la medicación no me hacía nada. Al final, me curé con la siete venas. Y no volví a tener más esa sensación en la nariz”, afirmó la vecina. La siete venas –plantago lanceolata en su nombre botánico- es una planta de uso medicinal con propiedades anti inflamatorias, cicatrizantes y anti bacterianas.
En la pequeña sala junto a la cocina, que hace de farmacia, el equipo de mediques reserva un estante para las hierbas y preparados de medicina natural: un gran frasco de aceite de paramela, para dolores musculares y reumáticos, y frascos más pequeños con neneo, menta, y otras hierbas de uso medicinal conviven con tabletas de comprimidos, inyectables, dosis de vacunas y elementos indispensables del trabajo diario en la salita de salud.

“La medicina hegemónica, centrada en el saber médico solamente, es avasallante sobre las personas y el saber propio que ellas tienen“, dice Trylce Reyes. Foto: Pablo Candamil.
“Tratamos de acompañar los procesos de salud desde el propio marco narrativo de la persona. Si alguien usa el neneo para el azúcar alto, no lo invalidamos, sino que usamos esa experiencia para aprender. La experiencia es suficiente para tener conocimiento”, explica la médica generalista Trilce Reyes. Además de haber cursado la residencia con orientación rural, Trilce realizó rotaciones en Ñorquincó, Pilcaniyeu y en el Manso, todas zonas rurales de la Patagonia. “En mi caso hay una historia familiar que me atraviesa desde ese lugar, de lo mapuche y lo rural”, agrega y enfatiza que “la medicina hegemónica, centrada en el saber médico solamente, es avasallante sobre las personas y el saber propio que ellas tienen. Hay una mirada más antropológica cuando uno está en territorio. No vamos en contra del sentir y el saber de cada uno”.
En este sentido, Matías Baez, residente de tercer año en el Hospital Zonal, detalla la forma de trabajo que llevan adelante desde la residencia, y en el área rural en general: “Lo particular es la perspectiva de la salud que tiene un médico generalista, que es integral, ver a la persona como un todo y no como un síntoma. Además se trabaja en equipo y es mucho más horizontal. Lo interdisciplinario está buenísimo porque quiere decir que no tenés que resolver vos como médico y ya, sino que podés consultar a otres”.

Matías Baez, residente de tercer año en el Hospital Zonal: “Lo particular es la perspectiva de la salud que tiene un médico generalista, que es integral”, dirá sobre el trabajo en el área rural en general. Foto: Pablo Candamil.
Acceso a la salud, un derecho a garantizar en cada rincón
Del consultorio de enfermería sale Doña Rosa, que pasó para completar la dosis de la Epatitis B que le faltaba. Más tarde llega León, a hacerse chequeos de rutina. Y Daniela y Trilce llegan de una visita domiciliaria a un poblador que bajó al paraje para el día del padre, y como la familia lo vio mal de salud le pidió que se quedara hasta el jueves, así podía consultar con las profesionales. “La atención por fuera del casco urbano es una de las partes claves de la orientación rural. No tenemos transporte propio, asi que no es fácil organizarse, pero intentamos llegar a todas las personas de la zona, al menos dos veces al año”, señala la Jefa de Residentes y agrega que “hay una realidad que es que la ruralidad no es una prioridad en la agenda de salud pública. Hasta no llegar acá no se entiende la dimensión del espacio y la forma de trabajo que tenemos”.
Hasta hace unos años, Ernesto, Daniela, y los residentes y mediques del Hospital, atendían en una pequeña sala construida detrás del salón de usos múltiples de la Comisión de Fomento. La mudanza al nuevo espacio, que cuenta con dos consultorios, una sala de espera, dos baños y una cocina, además de la pequeña salita que hace de farmacia, mejoró la posibilidad de contención en el paraje. Sin embargo, todavía hay grandes desafíos, como poder contar con transporte para las visitas en el área, donde hay cerca de 40 casas con población mayor.
“Si hay algo que atraviesa a la ruralidad en medicina es la accesibilidad: tanto de las personas de poder acercarse al espacio de atención, como de nosotros poder acercarnos a ellas”, afirma Reyes. Ante el achique del Estado, la brecha del acceso se hace aún más grande: “Las personas que tienen una enfermedad crónica y que dependen de una medicación, tienen que ir con una tarjeta a una farmacia a retirarla. Si viven en Llanquín, eso es imposible. Bajar a caballo tres horas, hacer dedo para ir a Bariloche, y que te digan que justo ese día el medicamento no está. Y eso mismo pasa en Ñorquinco y en todos lados. O que la receta sea electrónica: ¿y si la persona no tiene teléfono, conectividad o no sabe leer?”, se pregunta la profesional, y aclara que parte del trabajo es resolver ese tipo de desconexiones que tiene el sistema público de salud en la provincia.

La accesibilidad es uno de los ejes que atraviesa a la medicina ruralidad para que la comunidad pueda acceder a la atención. Foto: Pablo Candamil.
Si bien en el campo la falta de acceso se hace notar más, también en la ciudad se siente el recorte de personal e insumos para la salud pública. “La guardia está llena de personas enojadas porque no alcanzan los centros de salud de los barrios, donde se debería atajar la atención primaria. Está demostrado que la mejor estrategia de la salud pública es tener atención primaria, prevención, identificación de factores de riesgo. Es la idea del funcionamiento para los centros de salud en Bariloche, que son solo 14 para todos los habitantes que hay entre Circuito Chico y Dina Huapi, todo el sector oeste y sur”, afirma.
Sobre la puerta de la salita, un cartel anuncia: “estamos de paro, pero atendemos igual”. Las personas siguen llegando a sus turnos. En el consultorio principal, Matías y Marilú –residente de primer año- hacen “dupla” para atender. Es parte de la metodología de trabajo, tener siempre dos miradas sobre las cosas.

La humanidad en el trabajo que llevan adelante los agentes sanitarios y el trabajo en equipo parecen sostener una tarea imprescindible y sortear las dificultades que afrontan cada día. Foto: Pablo Candamil.
Ernesto conversa con Dani, y Trilce habla por teléfono con Clara, la coordinadora general del área rural. Afuera, a pesar del sol del mediodía, persiste la escarcha al costado de la calle de tierra, sobre los juegos de la plaza, en los techos de las casas. La estepa se abre amplia hacia ambos costados del río Limay, de uno y otro lado de la ruta nacional 237. Si bien han vivido en otros lugares, ni Alejandra, ni Daniela, ni Ernesto cambiarían por nada su vida en Llanquín.
Por Lorena Bermejo
Equipo de Comunicación Popular Colectivo al Margen

