¿Acaso la pérdida del Indio nos habilitó a sacar a flote la tristeza más entrañable en este presente anestesiado? Con el corazón al galope hecho pueblo y la esperanza tatuada de mirar crecer las flores desde abajo, ¿Serán tus canciones Indio la brújula que marque el norte de la resistencia y del sabor dulce de la victoria?

El tiempo se detuvo la madrugada del 5J. La monotonía cotidiana continuaba mientras desde los márgenes se entramaba la leyenda más conurbana y federal del rock del país. Trenes, motos, bicis, autos, micros, y la caravana ricotera cruzaba a pie el Puente Pueyrredón. La familia de la tribu de tu calle se embarcaba en la ruta para la última misa en el Parque Los Derechos del Trabajador.
¿Cómo no sentirme así?
Si hasta el cielo se tiñó de gris para tu partida. Fuiste la entrada a la facultad de Psicología en 2001, los fogones, la guitarreada de la plaza, el karaoke, la piba que cantó Vencedores Vencidos en San Bernardo y el tipo especial que cantó crack el hueso final en Puerto Pirámides. Los barcitos del conurbano y la casa suburbana. El lujo es vulgaridad pintado en las paredes y ambientado en la casa de mi tía. El pogo más grande del mundo y el nombre de mi hijo. El tren Roca y el furgón del Sarmiento.
La contraseña suburbana y el vinito callejero. Y ese beso y el otro también.

Último bondi a Avellaneda
El Diego nos dio la bienvenida a Avellaneda. Los murales de Darío y Maxi daban cuenta que de este lado del Riachuelo se respira lucha. Desde los balcones, las banderas azules y blancas. Y como si fuera una premonición, todas las bandas que rajaban del cielo anunciaban que el escenario para esa fecha era la calle.
Los parlantes al palo y las bocinas en alto. Hasta los trabajadores del camión de basura hacían flamear su bandera.

Mientras que el agite llegaba desde el oeste, las flores aprontadas desde la República Oriental del Uruguay se hacían esperar. Bariloche presente, Cutral Co y Santiago del Estero. Las pibas de Ushuaia y la banda de Mar del Plata. Cuadras y cuadras de caravana. Sin embargo, los claveles y las rosas daban la señal de que no todo era fiesta.
El Dios de los rotos
Los carritos empezaban a asomarse. El fernecito pasaba de mano en mano como gesto político. Los pasacalles y el desfile de remeras, la camiseta del barrio y las banderas abrazaban el último pogo más grande del mundo. Otros cantos empezaban a ser tarareados por la multitud de cientos de miles. Y las resonancias de otros llantos.

“Si me habrá salvado el Indio”, “me rescató tantas veces”, “se me fue un padre”, “se fue el Dios de los nadies”. Y como si fuese un dial interceptado por la desolación, desde el altoparlante se anunciaba que “iban a pasar a todos”.
La ternura acechaba y el amor sin escatimar se asomaba. La llegada de los Patricios, lxs Indias y lxs Indios. El Indio tatuado en el pecho se ensanchaba entre miles que en gratitud ofrecían su lealtad.
Los besos sin programar convivían con la soledad más profunda de quienes decidían ensimismarse y arrullar su rostro entre las manos en el cordón de la vereda. El calorcito humano del mate sellaba ese amor sin regatear.

El resplandor y la última misa ricotera
A medida que nos íbamos acercando al Microestadio Gatica, las penas más bailadas comenzaban a dar sus pasos.
Intenté descifrar sensaciones. Como si fuese una estaca poética mis lágrimas veladas revelaban las imágenes anacrónicas del rescate a tiempo de tus canciones. Se me venían las letras escritas de recuerdos de la banda de sonido del campamento.
El sonido del río fusionado con los acordes de la guitarra me transportaron al camping de Mauro en San Marcos Sierra, al de la orilla del río Paraná, y al último refugio de Bariloche. Me acordé de tu mística. De la solidaridad de las manos que me ayudaron a armar la carpa con 2 niños de 2 y 6 años. De las chicas que nos dejaron la caja con arroz y condimentos, y de la parejita de La Plata que nos hizo felices con las pizzas a la parrilla para todo el campamento.
Rompí en llanto y me sostuvo un abrazo. “Soltalo flaca, larga todo, llorate todo”. Y luego otro abrazo me arropó entre los fuegos artificiales de esa estrellada noche sin augurios de luna llena.
La marea de fueguitos avanzaba y los artistas te daban lo suyo con el tinte de la tristeza y el sabor de la alegría. Malabares de fuego, murales, poesía, pintadas, guitarreadas y la alquimia fundida en tus canciones.
Seguí caminando, me levanté y me volví a caer en otros brazos.

Mi cámara en mano despertaba una sonrisa y para mi sorpresa un pedido genuino “nos sacas una foto”. La felicidad de estar ahí brotaba por los poros. Piel de pollo. No pedían un retrato, pedían ser parte de la historia que se fue caminando con quienes ya no están. Con los caídos como Walter Bulacio. Y con quienes bancaron la parada en este día y cada día. Pedían ser históricxs de un álbum que será colectivo para siempre.
Y desde el fondo del dolor, los altares espontáneos. Las velas encendían la necesidad de ritualizar tu partida. Flores, puchos, palabras y vino como ofrenda de amor del más puro.

Ciertos fuegos no se encienden frotando dos palitos
Natalia Bericat refiere que duelar proviene del verbo doler y se pregunta ¿cuántos duelos entran en un cuerpo?, ¿cuántas lágrimas vale el olvido?
Una noche terminaba y la lluvia tal vez quería ser parte de esa mística. De ese eco colectivo que decía “acá estamos para abrazarte en este pogo”.
¿Acaso la pérdida del Indio nos habilitó a sacar a flote la tristeza más entrañable en este presente anestesiado?
Con el corazón al galope hecho pueblo y la esperanza tatuada de mirar crecer las flores desde abajo, ¿serán tus canciones Indio la brújula que marque el norte de la resistencia y del sabor dulce de la victoria?
Porque si eso no fue amor, que no haya nada entonces.
Hasta Siempre Indio!
Por Romina Moschella (@rominamoschella_)
Fotos: Romina Moschella
Equipo de Comunicación Popular Colectivo Al Margen

