En 2022 el dueño de las 133 mil hectáreas que forman la hacienda Pucheguin, en el valle de Cochamó, Chile, puso esas tierras en venta en el mercado inmobiliario de Nueva York. Desde entonces, un grupo de pobladores, escaladores y vecinos del valle, con el apoyo de ONG’s y fundaciones, buscaron juntar los fondos para comprar los terrenos y convertirlos en un área protegida.

En línea recta, el valle de Cochamó está a sólo 50 kilómetros de Bariloche. El lugar, comparado con el valle de Yosemite en California, recibe cada año más visitantes y su biodiversidad, así como la economía local, dependen de las decisiones que se tomen de ahora en más. Según señalan escaladores locales, el éxito de este proyecto es un faro para otros sitios naturales de libre acceso que corren riesgo. 

Para algunos, el valle de Cochamó es un paraíso de escalada, para otros un buen sitio para acampar y pasar las vacaciones, pero para Daniel Seelinger y Silvina Verdún, fundadores del camping La Junta, se trata de su casa. Cuando llegaron, en 2004, Silvina estaba embarazada de Zen, y el valle todavía se conservaba oculto. Eran pocos los caminantes y escaladores que llegaban para explorar la zona, si bien ya existía el camino a pie desde Chile, y los viejos senderos que los pobladores de la zona usan para moverse con animales. El paso internacional el León, por ejemplo, que conecta el valle de Cochamó con el valle del río Manso, tiene infraestructura fronteriza desde 2002, pero hay rastros de su utilización para trasladarse entre la patagonia chilena y la argentina desde hace más de cien años.

“Cuando llegamos no había amenazas porque el lugar era super desconocido. Compramos un terreno y pusimos un cartel que decía ‘camping’, pero no llegaban más de quince personas por temporada. Sin embargo nos quedamos, acá fuimos criando a Zen, entre el camping y Bariloche, donde pasábamos las temporadas de invierno”, cuenta Silvina Verdún

La Junta es un predio con algunas instalaciones, como un baño seco, dos quinchos techados con mesas, lavabos, duchas. Para acceder hasta ahí, hay que recorrer unos 13 kilómetros a pie desde el estacionamiento donde llegan colectivos o autos particulares. En verano, La Junta multiplica día a día las visitas, acampantes que vienen a pasar los días en el río o escaladores que se instalan toda una temporada para abrir vías nuevas o repetir líneas históricas en las enormes paredes de granito, una roca de calidad superior a otros tipos de piedra, famosa por sus fisuras, que requieren una técnica particular de escalada. Por estos paredones de granito, los senderos y las cascadas, es que el lugar se suele comparar con el valle de Yosemite, en California, famoso entre aficionados a la escalada por sus formaciones de piedra como El Capitán y Half Dome, acantilados de 900 y 1.400 metros en vertical. 

Pero esta afluencia de gente no es algo de toda la vida. Recién en 2016 el turismo empezó a representar un problema en el valle. Antes, hubieron otros desafíos.  “El turismo fue un factor de doble filo, porque primero fue un argumento a favor de conservar el lugar frente al proyecto de la hidroeléctrica pero después empezó a llegar demasiada gente”, explica Seelinger, y Verdún agrega que “el turismo se usó para proteger el valle pero también hubo que protegerse del turismo”.

Equipo de La Junta, histórico camping que año a año multiplica visitas, un desafío sobre el que deben intervenir en busca del fino equilibrio. Foto: gentileza de Silvina y Daniel

En 2013, el proyecto hidroeléctrico Mediterráneo -a cargo de la empresa Mediterráneo S.A.- proponía la instalación de una central sobre el río Puelo -la continuación del río Manso en Chile- para generar energía eléctrica a partir del recurso hídrico. Ese año un grupo de pobladores, activistas y profesionales fundaron la ONG Puelo Patagonia, con el objetivo de frenar el proyecto por sus consecuencias medioambientales sobre la biodiversidad y el desarrollo turístico de la zona. En 2016, el Tribunal Ambiental de Valdivia falló en contra de la empresa, rechazando el estudio de impacto ambiental que había presentado para poder instalar la central hidroeléctrica, por no tener en cuenta el factor humano, es decir las poblaciones que viven en la cuenca y las consecuencias que podría tener la central sobre ellas. 

A partir de ahí empezó a llegar mucha gente, y se llenó de basura por todos lados. Y en ese momento la comunidad se organizó y fuimos los propios vecinos y pobladores, gente que vivía del turismo y otros que no, los que nos juntamos para resolver el problema”, cuenta Silvina Verdún, escaladora argentina instalada hace más de 20 años en Cochamó. Esos vínculos derivaron en la creación de la Organización Valle de Cochamó, la apertura de un centro de visitantes y el registro y control del flujo de personas que ingresan al valle. Es que son más de doce mil los turistas que ingresan sólo en temporada alta, es decir, durante los meses de verano.

Uno de los orígenes del problema de la falta de legislación es que el valle no es ni un parque nacional ni una reserva privada: a lo largo del río Cochamó, hay terrenos que pertenecen a distintas familias y pobladores históricos; al sur, la hacienda Pucheguin, que hasta diciembre del año pasado era propiedad de Roberto Hagemann y ahora pertenece a la organización Conserva Pucheguin; y al norte, las 11 mil hectáreas que fueron declaradas por el Estado de Chile un Santuario de la Naturaleza, lo que la convirtió en la primera área protegida de la comuna.  

La última batalla: el sueño de proteger Cochamó para siempre

Habían pasado pocos años desde la amenaza de la central hidroeléctrica cuando la noticia empezó a circular entre los pobladores, los trabajadores del turismo y todas las personas que habitaban el valle, ya sea para trabajar o escalar, o ambas: las 133.000 hectáreas de la hacienda Pucheguin estaban publicadas en Christie’s International Real Estate, una de las empresas inmobiliarias estadounidenses más grandes del mundo, que vende propiedades de lujo y grandes superficies. 

Mi primera visita a Cochamó me marcó para siempre. Fuimos con una amiga suiza y un amigo marplatense. Escalamos una ruta de mil metros. Fue uno de los días más largos, hermosos e intensos de mi vida. A partir de ahí, supe que siempre iba a volver al valle. Pero entre esa primera visita y la última, algo cambió. La cantidad de gente aumentó de manera exponencial. La erosión de los senderos, el desgaste del entorno, empezaron a ser visibles. Me resultaba difícil imaginar que, a ese ritmo y sin planificación, el valle pudiera sostenerse con cuidado. Ya habíamos visto ese final en otros lugares de escalada”, recordó Facundo Saubidet Torino, escalador y guía de alta montaña del Parque Nacional Nahuel Huapi, en Bariloche, y aclaró que “a Cochamó le dicen el Yosemite de sudamérica, como si fuese algo a lo que hay que aspirar, pero este caso se trata de todo lo contrario: si mirar hacia afuera nos sirve para algo, es justamente para entender que eso es lo que no hay que hacer si queremos cuidar los lugares”.

Cuando se enteraron de la puesta en venta de los terrenos, los integrantes de la OVC, junto con la gente de Puelo Patagonia, empezaron una gran campaña para conseguir el dinero y comprar las tierras.

“Al principio todos los esfuerzos estuvieron puestos en lograr la compra de las tierras. El Fundo Pucheguin era un sueño, no teníamos expectativas reales de que se lograse porque era algo gigante”, cuenta Silvina. Y Daniel agrega que “el límite para conseguir el dinero eran dos años y lo conseguimos en uno, eso hizo más fácil el trabajo con los donantes, que veían que el proyecto era firme y que venía bien, y ayudaba a que decidieran seguir adelante”. En 2024, con el apoyo económico de The Nature Conservancy, Freyja Foundation, Patagonia Inc. y Wyss Foundation, se consolidó la Fundación Conserva Pucheguin, quienes se encargaron de concretar, en diciembre del 2025, la compra de la hacienda para administrar su protección. 

El éxito de Conserva Pucheguin no es sólo la compra de la tierra, sino la transición de pasar de estar amenazados por loteos o explotaciones de los recursos, a plantear un modelo con una gobernanza y conservación comunitaria. Es un proyecto que logró integrar a los habitantes y la comunidad de escaladores convirtiendo a usuarios de un territorio en sus principales guardianes”, señala Seelinger, y afirma que “este modelo es un faro para sitios de escalada que enfrentan amenazas parecidas”. 

En este sentido, Saubidet coincidió en que “Cochamó es hoy una prueba concreta de que ese cambio de mirada no solo es posible, sino urgente, y que la conservación no es una tarea solitaria ni simbólica. Sobre la posibilidad de que este modelo se utilice en otros sitios naturales y de escalada en Argentina, Saubidet señaló que si bien cada caso es particular, se trata de celebrar una idea de Patagonia común. Existe una familiaridad profunda con estas tierras de granito y agua, que trasciende cartografías e intereses geopolíticos, y agregó que, en nuestra ciudad, “la Asociación de Escalada Bariloche se encarga de hablar en cada caso con privados, municipios, o parques nacionales, para pensar cuál es la mejor manera para que esos espacios -de escalada o cualquier otra actividad de bajo impacto en la naturaleza- se cuiden y se sostengan en el tiempo”.

De ahora en más: planificar y administrar

Ahora, el desafío de la Fundación Conserva Pucheguin es la administración de esas 133 mil hectáreas más las 11 mil que ya fueron declaradas área protegida en 2023 y desde entonces están a cargo de la OVC.

Lo que se estuvo haciendo este verano es juntar información. Hablar con la gente, ver qué hay que mejorar y qué cosas son prioridad para hacer. Y armar un plan de manejo, que ya tiene previsto que el 80% de las tierras estén destinadas a la conservación estricta, y el otro 20% va a seguir siendo un área de usos múltiples, para actividades que ya se dan como la escalada, los senderos y las zonas de acampe”, explica Silvina. 

Para Silvina y Daniel todos estos años fueron de gran aprendizaje. Y ahora, en su propio terreno, decidieron hacer un Derecho Real de Conservación a perpetuidad, un instrumento legal voluntario que permite a propietarios proteger el valor ambiental o cultural de sus terrenos a largo plazo.“No sabemos quién va a tener el terreno de acá a 200 años pero sea quien sea tiene que respetar las pautas que se incorporaron”, señala Verdún, y concluye que “lo más lindo de todo esto es que estamos hablando de gente común y corriente que se juntó con un sueño, el de cuidar un lugar, sin mucha claridad pero con ganas de que suceda”. 

Por Lorena Bermejo

Equipo de Comunicación Popular Colectivo Al Margen

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