En CreArte llevan más de 30 años trabajando con personas con discapacidad intelectual. Lo hacen a través del arte y la cultura como grandes puentes que incentivan la exploración, fortalecen el espíritu colectivo y atraviesan prejuicios y tabúes.

Algunas personas llegan en compañía de sus familias, o solas, derivadas de otras escuelas. Otras lo hacen en bondi, y con esfuerzo sortean las dificultades que se presentan a diario por la falta de accesibilidad al transporte público.
El movimiento es heterogéneo, aunque en todos los casos hay un denominador común: estas personas, en algún momento, atravesaron largos procesos en los que estuvieron a la deriva, sin actividades y sin saber qué hacer porque la educación formal no les dio respuestas ni oportunidades.
“Esto se constituye en el único lugar social que tienen disponible, entonces, en general, quieren venir todos los días”, nos cuenta Luis Chicho Suero, desde su escritorio, rodeado de fotografías y recuerdos que transmiten amor y alegría. Hace más de 30 años que, con mucho cariño y dedicación, Luis y el grupo humano que lo acompaña sostienen CreArte, un centro cultural para personas con discapacidad, en el centro de la ciudad de Bariloche.
Actualmente cerca de 70 personas adultas con distintas discapacidades intelectuales participan de este espacio, donde todas las actividades son grupales. Donde no hay tareas individuales, tampoco una mirada terapéutica de la discapacidad. “Nosotros laburamos desde un punto de vista educativo: esta es una escuela de formación a lo largo de toda la vida. Vos entras acá y te vas cuando querés. Aprendemos a ver y conocer a la persona”, explica Luis.
Las capacidades de las personas con discapacidad, entre prejuicios y tabúes
Quaglia 540. Murales y obras de arte plástico con una tonalidad diversa de amarillos, rojos, violetas y turquesas embellecen la puerta de entrada, logran armonía y nos dan la bienvenida. Son creaciones de los/as artistas de la escuela.
Primero comienzan con actividades de monitoreo para conocer cuáles son los intereses de cada persona, qué necesita. Y trabajan sobre eso, con una multiplicidad de propuestas: talleres de plástica, experiencias gráficas, fotografía, cerámica, música, teatro, títeres, utilería, creación de juegos, telar, cestería, costura, bordado, danza, reciclado, expresión corporal, computación, radio, cine y documental.

Al mismo tiempo proyectan y llevan adelante obras escénicas como lo son “Murga del Tomate”, “Watawo”, “Alas de Colibrí” y “Guardianes”. También hacen foco en el empoderamiento por medio del aprendizaje de oficios como la cocina –con la iniciativa El Bodegón-, carpintería y jardinería.
Juegan al fútbol, hacen yoga. Escriben cuentos y poemas. También disponen de espacios de reflexión con perspectiva de derechos y géneros para mujeres y masculinidades, enfocados en la construcción de ciudadanía, y de actores sociales comprometidos. Lo hacen a través del arte y la cultura como grandes puentes, como vías diferentes de comunicación, de comprensión y empatía. El arte en todas sus dimensiones, más allá de lo académico y el reconocimiento comercial.
“A nosotros no nos interesa el mercado del arte, nos interesa la idea del colectivo y lo que propone como producción cultural, histórica y fuera de lo que es el mercado. En general el acceso al arte está vedado para las personas con discapacidad. Las posibilidades de interactuar con otras cosas que sean más creativas y no con una perspectiva de trabajo alienante te brinda muchas más interacciones neuronales desde el punto de vista de la salud”, revela Luis Suero, en conversación con Al Margen.
Y agrega: “En general a las personas con discapacidad intelectual no se los forma para que sean gerentes o CEO de una multinacional; por el contrario, se los forma para que hagan una fotocopia, para que limpien el piso o sean mozos de un bar. Lo saludable es que te traten con dignidad. La mirada que se tiene de las personas con discapacidad recae sobre lo no pueden hacer, sobre lo que no son capaces. Cuando hablamos de las capacidades no hablamos sólo de lo que pueden construir, sino también del aporte fundamental a la construcción de la cultura y la historia que tiene esta comunidad. Perdernos eso como sociedad es un privilegio que no nos podemos dar”.

Emilia Herman, profesora en Crearte, refuerza el concepto y reconoce que en pleno siglo XXI, la discapacidad sigue siendo un gran tabú: “En lo intelectual suele aparecer ´el pobrecito, el no entiende´. A ciertas discapacidades se los trata a veces como ángeles, seres de luz. O viceversa: me dan miedo, desconfianza. Hay mucho de eso a trabajar, a modificar. Esto lo repensamos y reformulamos a través de todos los lenguajes que el arte brinda”.
Una escuela para toda la vida
Es hora del almuerzo. El menú de hoy es albóndigas de carne con puré de papas. Nos invitan. Con gusto aceptamos y compartimos un exquisito plato de comida, digno de bodegón.
En CreArte garantizan al menos cinco desayunos y cinco almuerzos abundantes a la semana. Lo hacen a pulmón, gracias a las donaciones y el aporte de las familias porque afuera es un campo arrasado y casi no hay líneas de financiamiento. “En algún momento tuvimos empresas y locales que aportaban, ahora está todo tristemente derrumbado. Antes conseguíamos algún proyecto de cultura. Siempre fue poco, pero había. Ahora no hay nada. El municipio hace muchos años que no hace aportes de ningún tipo, Bariloche particularmente no asiste en nada a las personas con discapacidad. Tampoco existe un plan de asistencia para las organizaciones que trabajamos desde abajo. No tienen estrategias, no tienen ideas, no les interesa”, se lamentan.
El almuerzo es un espacio donde las personas con discapacidad ríen y aprenden a vincularse con el otro. Donde se enriquecen y aplican valores. “Si aparece un conflicto tratamos de resolverlo desde la escucha y la comunicación, como deberíamos hacer realmente todos los seres humanos”, reconoce Emilia Herman.
“El enfoque está en el proceso, en la vivencia, en el desarrollo, en el crecimiento y no en la búsqueda de aprender contenidos preestablecidos. Eso permite la exploración, abrirse a los intereses y los placeres de las personas que comparten el espacio. Se aprende cuando uno sale de lo conocido y se acerca a espacios para vivenciar el mundo con otros ojos, con otros pies”, reflexiona Herman, sobre los deseos y anhelos de sus alumnos y alumnas.

Trabajan desde la formación cultural para que estas personas dispongan de herramientas que quizás se les han negado por su discapacidad. Cuestiones que para nosotros pueden resultar absolutamente cotidianas, como abrir una puerta, elegir la vestimenta que queremos usar, tejer ideas o nociones básicas de una vida independiente. “Para nosotros es un objetivo cumplido cuando eligen que no quieren venir más porque significa que esa persona encontró algo que le significa más, o que le encontró otros sentidos a la vida.”, dice Suero. “Eso les permite explorar otras cosas”.
Luis mira hacia atrás después de tanto recorrido. Confiesa que su vida no hubiese sido la misma y que ahora tiene una mirada mucho más abarcadora de las cosas. Ahora ve cosas que antes no. CreArte se ha transformado en algo inherente, un signo de identidad, indivisible en esta historia. Luis cuenta que hay casos de alumnos y alumnas que han regresado a la institución después de diez o incluso veinte años. Y que en definitiva casi todos y todas vuelven a vincularse. De alguna u otra forma.
Por Lautaro Romero
Equipo de Comunicación Popular Colectivo Al Margen

