Circuito Verde, una asociación civil que se dedica a cuidar el medioambiente en Bariloche y la región, cumple 10 años. Recorremos su historia, que empezó como un proyecto universitario.

Hace 10 años, un grupo de estudiantes de ingeniería ambiental de la Universidad de Río Negro (UNRN) tuvo una idea. Se juntaron, la armaron y la presentaron a una beca de voluntariado universitario. Hoy son entre 50 y 60 voluntarios estables, tienen personería jurídica y siguen creciendo.
“Decidimos presentarnos a una convocatoria de Nación, con un proyecto que se enfocaba en la gestión de los residuos. Era un tema que nos preocupaba, y hoy en día todavía es una problemática en la ciudad”, cuenta Ailín Ríos, presidenta de la Asociación Civil Circuito Verde. En ese momento, Ailín tenía 20 años y estaba en segundo año de la carrera.
A través de esa beca, instalaron puntos verdes de reciclaje de plástico en escuelas de la ciudad, y articularon con la Asociación de Recicladores de Bariloche (ARB) para que pasara a buscar los plásticos, para clasificarlos y venderlos. “Hicimos la instalación en las escuelas y charlas de educación ambiental. Tuvo muy buena aceptación”, recordó Ailín, y señaló: “no nos imaginábamos que 10 años después íbamos a seguir y que iba a transformarse en una organización tan grande”.

En paralelo, también en el marco de esa beca, crearon un plan para los residuos domiciliarios: construyeron 50 composteras en casas y daban charlas para que las personas supieran cómo usarlas. “Entregábamos una balanza para calcular el residuo inicial y cuánto se disminuía”, relató la voluntaria de Circuito Verde. Para usar el producto compostado, construyeron invernaderos, también en las escuelas.
En 2018, presentaron el proyecto de extensión en la UNRN y el proyecto pasó a ser de la universidad. Fue pasando el tiempo y los cuatro amigos terminaron sus carreras, pero las ganas de seguir trabajando por el medio ambiente seguían intactas. “Incorporamos personas por fuera de la universidad al grupo de trabajo. Entraron personas de distintas áreas y formamos un equipo interdisciplinario que sumó un montón”, dice Ailín.
Recién en 2022 recibieron la personería jurídica como asociación civil, lo que impulsó a poder firmar convenios y presentarse a distintos fondos de financiamiento. “Fue un gran paso en la historia de Circuito Verde”, aseguró Ríos.
En esta nueva etapa, se organizaron en tres programas de trabajo, que son los que están vigentes en la actualidad: circulando saberes, de educación ambiental; sembrando comunidad, de huerta agroecológica, con talleres y cursos gratuitos; y plantando patagonia, de restauración de áreas degradadas, principalmente por incendios. En este último pilar suelen trabajar con distintas instituciones que colaboran con las restauraciones de especies, y gente de la sociedad que se suma a plantar.

“Tuvimos ya varias plantaciones en Bariloche y en Bolsón. Nuestro foco principal es sensibilizar a las personas que participan. Por eso elegimos a personas que no hayan participado anteriormente. Es una experiencia muy transformadora”, señala Ailín, y pareciera que cuando habla de plantar, no se trata sólo de una semilla que cae a la tierra, sino de plantar un compromiso, una idea, una relación distinta entre las personas y el entorno que habitan.
“Me llena de orgullo formar parte de esta organización. Acá me formé como persona, es una parte muy importante de mi vida. Le dediqué 10 de mis 30 años”, remarca Ailín Ríos, una de las estudiantes que fundó Circuito Verde, y agrega: “espero que siga creciendo y existiendo por por muchos años más”.
A pura voluntad, los integrantes de la asociación se juntan cada quince días -algunos semanalmente o más de una vez por semana- a pensar ideas, planificar los talleres y organizar las actividades que llevan a cabo todo el año. “Algunos tenemos dos o tres empleos. Hacer esto lleva muchísimo trabajo y horas de dedicación, y saber que hay tantas personas dispuestas a dedicar tiempo al bien común es muy gratificante”, afirma Ailín, convencida de que “ser voluntarios es nuestro mayor orgullo y a la vez nuestra limitante”.

Como si fuera poco con los talleres, las salidas de restauración, y las tareas cotidianas de educación ambiental, en épocas de incendios son una de las organizaciones que colabora con los brigadistas. “Cuando sucede no podemos evitar hacer algo. Nos empezamos a organizar para juntar donaciones. En algunos casos con nuestra cuenta para comprar cosas para damnificados o brigadistas”, relató Ailín y aclara: “aunque no sea nuestro objetivo formal, cada año tenemos más experiencia y nos ponemos a disposición para trabajar en esto”.
Con el aniversario como excusa, en la historia de Circuito Verde no sólo hay voluntades, esfuerzo y lo gratificante de actuar en colectivo, sino también la evidencia de que cuando se sostienen proyectos, por más pequeños que sean, pueden correr el eje, transformar una mirada, repensar la forma de hacer las cosas.
Por Lorena Bermejo
Equipo de Comunicación Popular Colectivo Al Margen

