En Bariloche distintas propuestas solidarias acercan la lectura a través de actividades y estrategias lúdicas que despiertan el entusiasmo y abren otros mundos. En tiempos de pantallas, los libros siguen circulando con “fe en que la lectura no desaparecerá si seguimos sosteniéndola con nuestras manos y nuestra mirada“.

Un día cálido de septiembre de 1931 Federico García Lorca volvió a su pueblo natal -Fuente Vaqueros, en Granada, España- para inaugurar la primera biblioteca pública. En su alocución describió el pueblo, sus habitantes y el sentido artístico que, según afirmó, los caracterizaba. Y dijo: “No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio del Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social”.
En Bariloche hay muchas personas que aman los libros, que son solidarias y que desarrollan distintas actividades y estrategias para poder acercar alimento para el estómago y para el alma. En tiempos de pantallas, los libros siguen circulando y en algunos casos son lindas excusas para ayudar, reunir, acompañar, abrir nuevos mundos.
Carolina Arraigada Juárez está juntando libros donados para niños de 4 a 12 años con el objetivo de armar una biblioteca viajera y hacerla andar por los merenderos de Bariloche. “Es una idea que tengo desde hace mucho. Trabajé en la biblioteca Sarmiento y desde hace cinco años hago promoción de lectura. Empecé con adultos y continué con adolescentes. Lo hago porque a veces hay lugares en los que no se accede tan fácilmente a los libros”, contó la joven a Al Margen.
Uno de esos lugares era el Centro de Atención Integral para Niñas, Niños y Adolescentes (CAINA), que aloja y brinda contención a quienes por distintas circunstancias fueron separados de sus familias. “Junté unos 300 libros. Un escritor regaló cuatro ejemplares de su autoría y Libros Bariloche hizo un aporte. También organicé el armado de una biblioteca con maderas porque no tenían y de nada sirve que les lleve los libros en cajas”, recordó Carolina, que estudia Letras y se formó en mediación de lectura.
Aunque en diciembre último se quedó sin trabajo, no se desanima y le dedica más tiempo a su proyecto: “Lo que queda de septiembre seguiré juntando donaciones. Luego, mi idea es armar bolsas con libros y hacerlas circular por los merenderos. Un segundo paso sería organizar meriendas literarias con los chicos. Se trata también de mostrar que leer no es sólo algo de la escuela”, relató Carolina.
La joven recordó que cuando era chica “tenía solamente tres libros. Los libros son caros, sin embargo esa no es la única barrera. Podés ir a una biblioteca, pero hay gente que siente que no es parte de ese espacio”. Para colaborar con donaciones o informarse sobre el avance de la colecta los interesados puede seguir la cuenta de Instagram @compartiendoliteratura.
Un acto de fe
En la biblioteca Popular Carilafquen, situada en Villa Los Coihues, se desarrolla la propuesta “Medio pan y un libro”. “Surgió de la inquietud del grupo de voluntarias y voluntarios que llevamos adelante la biblio de tener una mirada sobre el territorio que es nuestro y también ajeno en muchos puntos. Arrancó en diciembre de 2018, cuando un nuevo contexto neoliberal empezaba a dar sus frutos, notamos que nuestros vecinos comenzaban a tener carencias materiales”, relató Alejandro Verné.

Y agregó: “Como centro cultural también pensamos en hacer un aporte cultural como un derecho. Entonces se nos ocurrió empezar a cocinar, nos juntábamos un domingo al mes. Hacíamos viandas para todo el mes, para las familias que lo necesitaran. Eran entre 10 y 12. El material lo conseguíamos de donaciones y aportes económicos. Hacíamos comidas saludables, nutritivas, ricas. Eso era todo al principio, más la invitación a las familias a participar de talleres y a llevarse un libro”.
La propuesta de fondo de esa actividad solidaria era acercar a las familias y sus chicos a la biblioteca del barrio. Cuando llegó la pandemia clausuró la posibilidad de juntarse y cocinar. Entonces, cambiaron el sistema: “Imprimíamos una especie de vales, con la confianza de los almacenes del barrio, y cada vez que alguien de la familia de Medio Pan iba y compraba atrás íbamos nosotros, le pedíamos el vale al comerciante y le dábamos el dinero”, explicó Alejandro.
“Así funciona el proyecto ahora, sólo que a los vales le llamamos coihuenses, tienen como formato de billete. Diez mil coihues cada uno. Fuimos sumando gente al proyecto para conseguir aportes y sistematizamos todo: creamos una comunidad de Whatsapp donde al unirse los integrantes reciben la información de la biblio, a principio de mes les detallamos en un informe lo realizado el mes pasado con ese dinero (cuántas familias asistimos) y les regalamos literatura con audios del programa radial Tinta y papel. También aportan la Junta Vecinal, la cooperadora de la escuela, la radio del barrio, el centro de personas mayores El Viejita y así vamos”, detalló Diana Román antes de irse a hacer las tareas con una decena de niños y niñas.
Es que hace tres años el proyecto abrió un taller de apoyo escolar: “Fue pensado para los chicos de Medio Pan pero es abierto a todo el barrio. Estrechamos vínculos con la escuela y colaboramos con los estudiantes al momento de hacer tareas. Vienen 15 chicos y chicas de 43 familias de la comunidad de Medio Pan y un libro. Esos mismos chicos hacen otros talleres en la biblioteca, cocina, juegos”, relató Diana mientras los niños esperaban sentados a la mesa comiendo una torta de chocolate y con sus carpetas abiertas.

Esas 43 familias reciben tres billetes de 10.000 coihues, el equivalente a 30.000 pesos, y los pueden utilizar en los comercios del barrio que adhirieron a la iniciativa. “Es un proyecto bien comunitario porque de alguna forma también le damos una mano a los comerciantes”, dijo Diana. Con la ayuda de dos trabajadoras sociales que integran la biblioteca se hizo una encuesta para lograr que los aportes económicos sean distribuidos de acuerdo con la necesidad de cada familia: “Así, pudimos establecer prioridades y también detectar algunas cosas. Pudimos poner patas en espacios de vulnerabilidad. Por ejemplo, pudimos hacerle un baño a una familia con tres chicos que no lo tenía. Para nosotros fue una fiesta”, sintetizó Alejandro.
¿Qué sucede cuando le devolvemos al libro su lugar en nuestras manos? En las experiencias relatadas las respuestas son múltiples, ocurren muchas cosas. Pero la pregunta se la hizo Jorge Piccini, fotógrafo barilochense cuya muestra “Siempre un libro” puede apreciarse en la biblioteca Sarmiento durante todo el mes, de lunes a viernes, de 10 a 16 y con entrada libre y gratuita.

“Fotografío personas leyendo en la calle, bosques, en playas, en la montaña, en cocinas silenciosas y en habitaciones apenas iluminadas por la tarde. En cada imagen hay una pausa. Un tiempo suspendido. Un gesto que sigue siendo profundamente contemporáneo: el acto de leer”, expresó el fotógrafo. Y concluyó que cada fotografía de una persona leyendo “es un pequeño acto de fe. Fe en la imaginación. Fe en la concentración. Fe en que la lectura no desaparecerá si seguimos sosteniéndola con nuestras manos y nuestra mirada”.
Por Ximena Linares Calvo
Colectivo de Comunicación Al Margen

