La socióloga Verónica Sforzin analiza el impacto de la IA y las plataformas en la educación. Advierte sobre el “extractivismo de datos”, la pérdida de subjetividad de los alumnos y la urgencia en construir un ecosistema tecnológico propio.

En un mundo donde la inteligencia artificial (IA), el 5G y las plataformas digitales parecen haber colonizado cada rincón de la vida cotidiana, el ámbito educativo se encuentra en una encrucijada histórica. No se trata simplemente de decidir si se permite o no el uso del celular en clase; el debate es mucho más profundo. Para la socióloga y doctora en Comunicación, Verónica Sforzin, lo que está en juego es la capacidad de la sociedad de apropiarse de estas herramientas o de quedar reducida a un simple objeto de consumo y extracción de datos.
“El ChatGPT y el ecosistema de aplicaciones y de redes sociales que utilizamos no están diseñados para fines educativos o para mejorar la calidad de vida, sino para captar nuestra atención y para el extractivismo de datos“, dice Sforzin tajante al señalar que la tecnología no es neutral: “Estas empresas son parte del sistema tecnológico industrial norteamericano y por lo tanto están al servicio de sus intereses, tanto económicos, porque corporaciones transnacionales, como de sus intereses geopolíticos y, en la situación actual, podríamos decir hasta militares”.
Para salir del rol de “consumidores pasivos”, la especialista propone un plan de acción basado en ejes fundamentales como la regulación: herramientas como ChatGPT no deberían lanzarse al mercado masivo sin pasar antes por protocolos estrictos de salud mental y sociabilidad. “Esta industria tendría que pasar por un conjunto de protocolos y regulaciones por parte de los Estados antes de salir al uso masivo. Vemos que está generando problemas de salud mental, de sociabilidad, de incorporación del lenguaje en los niños más chicos, de autismo. Entonces, es tanto el impacto que tienen en la sociedad estas tecnologías que hay que empezar a regularlas, sin duda”, señala.
Pero también destaca que con la regulación no alcanza y detalla la necesidad de pensar cómo se construye el ecosistema tecnológico y cómo la comunidad empieza a ser parte de esa construcción que necesita del extractivismo de datos permanente para el desarrollo de la inteligencia artificial. “Todo eso se hizo a escondidas de la sociedad: se le robaron los datos y esos datos se usaron y se usan para la acumulación en términos económicos de unas pocas corporaciones. Pero eso hay que empezar a hacerlo de cara a la comunidad porque no hay inteligencia artificial sin los datos”.

Para la socióloga y doctora en Comunicación, Verónica Sforzin, lo que está en juego es la capacidad de la sociedad de apropiarse de estas herramientas o de quedar reducida a un simple objeto de consumo y extracción de datos.
A este mapa se suma otra variable central: la educación digital crítica: actualmente, hay una “falta absoluta de formación docente” sobre el uso de las mediaciones tecnológicas y en este sentido, se propone una educación que hable de derechos, de género y de geopolítica, desnaturalizando lo que usamos todos los días.
“Necesitamos una educación que problematice las mediaciones, no solamente el uso, sino las mediaciones en general, de los medios de comunicación pero también de las redes sociales, que le dé una perspectiva de derechos, de género, que le dé una perspectiva comunitaria. Hablar de lo que usamos todos los días y que está naturalizado, invisibilizado porque es familiar (como dice el sociólogo Bauman). Hay que desfamiliarizarlo y ponerlo en un contexto histórico, geopolítico, económico actual. Eso empodera a los consumidores-usuarios”.
En este marco, se vuelve fundamental la construcción de un ecosistema tecnológico propio. Para Sforzin, el gran desafío es desarrollar una infraestructura nacional. “Que se haga con mano de obra argentina: ingenieros del CONICET, universidades públicas, financiamiento para ARSAT y cables de fibra óptica propios. Construir un proyecto social nuestro. Desde Argentina y desde el Sur Global tenemos que problematizar como sociedad y como ciudadanos qué hacer con estas tecnologías y, estas tecnologías, al servicio de quién se desarrollan”.
Desafío en las aulas
La realidad cotidiana en las escuelas secundarias y primarias es un escenario cruzado por múltiples problemáticas que necesitan ser foco de atención. “Estas corporaciones, al tener intereses económicos también fomentan la economía de la atención que es que los usuarios estén permanentemente conectados”.

El ChatGPT y el ecosistema de aplicaciones y de redes sociales que utilizamos no están diseñados para fines educativos o para mejorar la calidad de vida, sino para captar nuestra atención y para el extractivismo de datos.
La especialista describe situaciones que califica como pandemia: alumnos que llegan a las aulas sin dormir porque pasaron la noche entera en juegos de red o en aplicaciones de apuestas online. “El profesor o la maestra está dando clases y los chicos están usando aplicaciones o están apostando. Eso rompe la escuela, rompe esa comunidad”.
En este sentido, rescata medidas de regulación como las que están surgiendo en la Provincia de Buenos Aires y en países como Brasil (donde se prohibió el celular en las instituciones) pero advierte que la sanción es un límite “muy corto” si no se acompaña de una verdadera formación. “Hay un tironeo de intereses y eso principalmente es porque no hay una educación digital para nadie. No hay una formación de cómo utilizar las mediaciones de manera pedagógica y qué mediaciones se van a usar en el aula. Vemos que lo que muchas veces se produce es la expulsión de chicos de las escuelas, por la utilización indebida de ciertas aplicaciones, pero con las sanciones y las prohibiciones, no alcanza”.
En el nivel superior, el desafío se traslada a la construcción del conocimiento. Según Sforzin, la IA está generando una crisis en la subjetividad del estudiante: cuando un alumno le pide a un algoritmo que redacte una monografía, no solo ahorra tiempo; está cediendo su capacidad de ser sujeto de su propia historia. “Se pierde el lugar subjetivo. Si pongo a dos personas a hacer una monografía de un mismo tema, tendré aspectos diferentes porque hay una historia y una mirada diferente. Esa es la capacidad de transformar la historia, en cambio si las hace ChatGPT hay una delegación de la construcción de los puntos de vista subjetivos, por una verdad revelada solo a través de la tecnología. Una tecnología cargada de sesgos”, reflexiona.

Sforzin destaca la importancia de que los chicos puedan dialogar con los padres y los profesores: “Pensemos que los más chicos están construyendo su subjetividad en ese mundo digital”.
El resultado es preocupante: jóvenes que, al leer un texto académico, no saben qué extraer de él porque han perdido el hábito de interpelar la realidad desde un lugar propio. “No hay un uso por parte de los estudiantes de esta tecnología de una manera crítica o de una manera que permita consolidar el proceso de enseñanza y aprendizaje, sino que lo que hace justamente es romperlo”.
En todo este entramado, otro actor central es el rol de la familia, y la necesidad de romper el corte generacional. Las estadísticas muestran que, ante casos de grooming o bullying, los chicos y chicas no suelen acudir a adultos. “Así como preguntamos cómo te fue en la escuela, hay que preguntar cómo te fue en las redes hoy, qué te pasó, cómo te sentiste. Hay que ayudarlos a salir de esa hipersensibilización que promueven las corporaciones para que puedan racionalizar y tomar distancia“.
Destaca así, la importancia de que los chicos puedan dialogar con los padres y los profesores. “Es clave, porque en el intercambio, se va pudiendo salir de esa hipersensibilización y pudiendo racionalizar un poco más, sabiendo igualmente que del otro lado hay una corporación que quiere que esta generación sea hipersensible y poco racional. Por eso es fundamental poder charlarlo, hablarlo, preguntar para problematizar como comunidad algo que nos atraviesa a todos y se ha convertido en un medioambiente en el cual habitamos. Necesitamos tener herramientas para tomar distancia de lo que vemos todos los días y nos hace llorar, nos hace alegrarnos, nos hace enojarnos. Todos los días estamos con una emoción nueva. Pensemos que los más chicos están construyendo su subjetividad en ese mundo digital corporativo privado. Si la comunidad, no tiene herramientas para para ayudarlos a construir su subjetividad de otra manera, quedan cooptados por los intereses de estas corporaciones”.
Así, surge la necesidad de empezar a ver que el problema es mucho más amplio, mucho más profundo, y tiene que ver con que ni las familias, ni los docentes están pudiendo abordar el mundo digital. “Hay algunas organizaciones que están empezando a trabajar, a dar algunas herramientas básicas y es fundamental, acompañar a los chicos no solamente en el mundo físico, sino en el mundo digital”. No se trata así de incorporar más pantallas a la vida cotidiana, sino de recuperar al sujeto humano frente a ella, construyendo una verdad que, como dice Verónica, “siempre se construye en comunidad”.
Por Violeta Moraga
Equipo de Comunicación Popular Colectivo Al Margen
Seguir leyendo más contenido en el Dossier de Educación

