A casi 30 años de la Carpa Blanca Al Margen dialogó con Marta Maffei para reflexionar acerca de lo qué pasó entre aquella lucha y fuerte el apoyo social que tuvo y la apatía y el desinterés que reinan en la actualidad.

Un 2 de abril de hace 29 años empezaba una protesta de trabajadores que hizo historia: las maestras y maestros instalaron la denominada Carpa Blanca frente al Congreso Nacional para reclamar por sus salarios y por un sistema que proponía un ajuste salvaje.
Corría el año 1997 y, a partir de la Ley de Transferencia de Servicios Educativos impulsada por el gobierno del entonces presidente Carlos Menem, la educación había pasado a manos de los gobiernos provinciales. En las administraciones provinciales se recibieron alumnos, docentes y escuelas, pero ni un peso para financiarlos. Fue así que el interior del país tomó el camino de las reducciones drásticas, los ajustes presupuestarios, las rebajas salariales y la precarización laboral de los educadores.
La idea de instalar la carpa fue impulsada por la Confederación de Trabajadores de la Educación de la República Argentina (CTERA) y se sumó el ayuno de muchos docentes. Esto hizo que el conflicto se nacionalizara. Una semana después de iniciada la protesta de los maestros frente al Congreso ocurrió la brutal represión de trabajadores en Cutral Có, donde murió Teresa Rodríguez.
Aquella carpa y aquellos docentes lograron el apoyo y la adhesión de la mayor parte de la sociedad y, al mismo tiempo, la contuvieron: por el espacio pasaron familiares del fotógrafo José Luis Cabezas y de María Soledad Morales; familias de víctimas de la AMIA y la Embajada de Israel; los padres Miguel Bru y Sebastián Bordón, muertos por el gatillo fácil; Madres y Abuelas de Plaza de Mayo; jubilados, y religiosos comprometidos como Marta Pelloni. También se acercaron a expresar solidariamente artistas como Joan Manuel Serrat, Luis Alberto Spinetta, Divididos, Los Caballeros de la Quema, Los Visitantes, Willy Crook y Memphis La Blusera entre otros.
La Carpa Blanca -también llamada de la Dignidad– permaneció 1003 días frente al Congreso de la Nación, fue el lugar de ayuno rotativo de 1500 docentes de todo el país y fue visitada por millones de personas de todas las provincias. Recién se desarmó casi tres años después, el 30 de diciembre de 1999, tras la aprobación de la Ley de Financiamiento Educativo luego del cambio de gobierno de Menem a la Alianza.
Pasaron 29 años de una de las protestas más largas y significativas del país en defensa de la educación pública y el financiamiento docente. El espíritu de aquella gesta y de quienes acompañaron parece haberse diluido en el aire. En la actualidad, la calidad de la educación no ha mejorado, los docentes siguen percibiendo salarios de hambre y la apatía de la sociedad es generalizada. ¿Qué pasó?
La educación como transformación social
Para encontrar posibles respuestas al interrogante, Al Margen consultó a Marta Maffei, docente que estuvo al frente de la Carpa Blanca y ex diputada autora de la Ley de Glaciares: “Se perdió la fe en la educación como herramienta de cambio y transformación y como insumo para que los jóvenes tuvieran un futuro asegurado. En un país que tenía desarrollo productivo, una cantidad importante de escuelas técnicas, y donde había una perspectiva de desarrollo industrial, la escuela era una herramienta de promoción social”.
Maffei recordó que “la pelea de la Carpa Blanca fue evitar que cada escuela cayera en las fauces de un sistema económico, político y cultural que no tenía recursos y que tenía muy poca idea de qué significa un proyecto nacional de educación. No es que las escuelas tengan dependencia nacional o provincial. La cuestión es que el sistema educativo funcione de acuerdo con un proyecto de nación. El planteo que en mi época hacía Paulo Freire ¿no? La conciencia crítica construida desde la escuela. No es que te enseñaba la verdad santa, sino que te daba herramientas para construir esa realidad y para organizarte con otros para construir esa realidad. Una escuela que te alejaba del individualismo. Eso me parece parte de lo que se perdió”.
La ex diputada ensayó una posible explicación sobre lo perdido en la era de la tecnología: “No se trata de competir con la tecnología. Se trata de poder controlarla, entenderla y desentrañar junto con los estudiantes la intencionalidad. Porque no hay tecnologías objetivas, menos aún las de la información. Cuando tenés el teléfono abarrotado de jueguitos y videos cortitos es una confluencia de estrategias de cooptación social. Eso tiende a evitarte el tiempo de la socialización, de la solidaridad, de entender al otro, de ver qué pasa y de entender cuáles son las raíces de los problemas. La escuela debería proveer herramientas para que vos entiendas por qué existe determinado problema y qué es lo que podemos hacer, si es que hay alternativas de solución”.
En este contexto cambiante y de avance tecnológico, es importante, consideró la docente, la formación de los educadores: “A esta altura necesitamos una formación permanente y un espacio muy articulado para intercambiar opiniones. Si no, somos avasallados y nos convertimos simplemente en herramientas para reproducir lo que el sistema quiere que hagamos en la escuela. Y lo que el sistema quiere es que del 50% de los alumnos proveamos mano de obra barata. Y que sepan un poco de inglés, para que no rompan las máquinas”.
Al ser consultada por la situación que cada año se repite de los gremios docentes en conflicto con los gobiernos por los bajos salarios, Maffei dijo: “Creo que es una estrategia mantener al sindicato ocupado en esto. Así, no podernos ocuparnos de mirar más allá. Es una estrategia de dominación también, de desvalorizar el rol de los educadores, de decir ‘no vales nada’. Tenemos una complejidad que deberíamos intentar comprender. Tal vez creímos que cuando se estableció la obligatoriedad de la escuela primaria ya habíamos tocado el cielo con las manos. Después, cuando se estableció la obligatoriedad del jardín y, más tarde, la obligatoriedad del secundario. Pensamos que con 14 años dentro de la escuela dábamos vuelta al mundo con el conocimiento. Pero no es la cantidad de años, sino que se trata de tener la capacidad, con más o menos horas, de entender dónde estamos parados, cómo son los procesos culturales de dominación y que la escuela es parte de un engranaje de los procesos de contaminación cultural”.
Marta estuvo al frente del aula durante cuatro décadas. Enseñó en todos los grados del nivel primario y luego en cuarto y quinto año de secundario, donde estuvo a cargo de Formación Cívica: “Buena parte del tiempo que enseñé estábamos en dictadura. Se supone que tenía que enseñar la Constitución y hacerme la tonta y creer que eso se estaba cumpliendo. Pero bueno, era hablar de gobierno de facto, del empresariado, de connivencia. La directora se desesperaba y me decía ‘Marta, no hables así, porque vas a terminar mal por favor’. Un día, tenía los cuatro pibes con varicela y decidí no ir a la escuela. Ese día me fue a buscar el Ejército. Y la directora rápidamente escondió mis papeles y dijo que yo ya no trabajaba allí, que estaría probablemente en Uruguay. Soy una persona muy afortunada”.
A casi 30 años de aquella lucha histórica de los docentes de todo el país, hay lugares que vuelven a la Carpa Blanca. En Santa Fe, los educadores iniciaron un plan de lucha por mejores salarios y condiciones de trabajo con la instalación de una carpa en la ciudad de Reconquista, en el norte provincial. Recorrerá 19 departamentos y se espera que a principios de abril llegue a Rosario.
Por Ximena Linares Calvo
Equipo de Comunicación Popular Colectivo Al Margen

