Su apellido definió la identidad chocolatera de Bariloche. Su nombre se lee en los carteles de las nuevas urbanizaciones de la zona este. Laura Fenoglio: un arco narrativo que abarca el pasado y el futuro del impulso emprendedor local.

La empresaria transformó su legado y hoy interviene en el trazado urbano que contiene la expansión de una nueva ciudad. Foto: Pablo Candamil

Laura nació y se crió en Bariloche. Sus desarrollos inmobiliarios parten de una idea clara sobre cómo debe vivirse este lugar. Su padre fundó la primera pastelería e hizo del frío patagónico la perfecta ocasión para probar el chocolate en rama. Su hermano creó su propia marca de bombones, multiplicó el legado familiar y llegó hasta el paladar de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Sus hijas siguieron ese gesto inaugural: Paula transformó el viejo cine en el teatro La Baita y Emilia abrió la primera galería de arte. Una familia que empezó con la artesanía del chocolate y hoy interviene en el trazado urbano que contiene la expansión de una nueva ciudad.

El gigante de chocolate

No existía el chocolate casero en la Patagonia hasta que en 1948 Aldo Fenoglio llegó -desde la Italia de la posguerra- a un pequeño pueblo en el sur y montó la primera confitería en la calle San Martín. La familia vivía en el primer piso: su esposa, Inés Secco, cocinaba la comida salada y él hacía la pastelería. En 1964 la marca Fenoglio abrió sus puertas en la calle Mitre con un nuevo producto: el chocolate en rama, que se convirtió en el sello de la industria chocolatera de la región. Cinco años después, su cuñado inauguró la fábrica Del Turista y más tarde su empleado, Bernardo Benroth, puso en marcha su propio emprendimiento. Eran buenos tiempos para el turismo y la producción nacional. Con ese viento a favor Bariloche pasó a ser la capital chocolatera del país, un título que cada año revalida con la elaboración de una barra de doscientos metros y más de dos toneladas de chocolate.

Según la revista Forbes, la mayoría de las empresas familiares no sobrevive más de tres generaciones. Uno de los desafíos es que el fundador sepa ceder responsabilidades, el otro, que los herederos puedan adaptarse a los nuevos tiempos. La vida de los Fenoglio giraba en torno a la cocina, sus hijos participaban en la cadena artesanal del chocolate y, cuando llegó el momento de ocupar su lugar, ya tenían en sus manos los secretos y el pulso de todo el proceso.

Aldo murió cuando Laura tenía doce años. Les dejó una empresa en alza y una cultura del trabajo. Los hermanos se hicieron cargo de la conducción pero tenían visiones muy distintas sobre las formas de hacerlo: Diego -en una entrevista con Letra P- dijo que la empresa familiar estaba enfocada en productos masivos y que había que cambiar el rumbo. Entonces Laura se quedó al mando del legado de su padre y su hermano -en 1996- abrió su propia marca: Rapanui con la idea de fabricar bombones y helados de autor. En el 2000 la empresa Fenoglio atravesó una crisis cuando pidió entrar en un proceso judicial para evitar la quiebra y poder renegociar las deudas. Entonces Laura decidió que la etapa chocolatera había llegado a su fin, vendió la firma a los dueños de Havanna y se dedicó por completo al desarrollo urbanístico.

El trazado de una empresaria

—El futuro de Bariloche va hacia el este —dice la empresaria—. Y está bien que crezca en esa dirección: son áreas poco sensibles, con bajo impacto ambiental. Solo entre los proyectos que tengo en marcha y los que vienen, estamos hablando de unos 1.400 lotes. Y si sumás a otros desarrolladores que avanzan en la misma zona, lo que aparece es un nuevo Bariloche.

El problema de esta ciudad es que no hay tierras, o más bien la tierra está en manos de unos pocos y los precios son inaccesibles para la mayoría de los vecinos. La capital del chocolate y la nieve creció de forma desorganizada hacia el oeste del lago Nahuel Huapi en un sinfín de cabañas turísticas mientras que los barrios populares se asentaron al pie de los cerros. Los sectores que permanecen libres no son aptos para vivir por cuestiones geológicas y de conservación ambiental.  El este -desde el arroyo Ñireco hasta el río Ñirihuau- se presenta como la oportunidad para ensanchar la vida urbana. Es una zona de estepa con mallines y bosque nativo donde se proyecta construir un nuevo casco urbano con un centro judicial, comercial y administrativo y edificios para la salud y la educación.

En febrero del 2024, el intendente Walter Cortés impulsó la emergencia habitacional con la promesa de ampliar la oferta de suelo para las familias barilochenses: la ordenanza establecía ciertas facilidades a los proyectos privados a cambio de un quince por ciento del terreno para loteo social. En ese marco, la desarrolladora presentó Terrazas del Este, un plan urbanístico de más de 25 hectáreas que en un principio iba a ser un barrio cerrado. El concejal Costa Brutten se opuso a su tratamiento alegando que la emergencia ya había vencido, lo que abría dudas sobre la oportunidad política del debate. También objetó que, antes de la aprobación formal del loteo, ya se hubieran vendido parcelas con una cláusula que garantizaba el reintegro del dinero si el proyecto no prosperaba. Aun así, la mayoría del concejo convalidó la operación al aceptar el argumento empresarial de que se trataba de una “venta de cosa futura”.

En septiembre de este año Terrazas del Este se aprobó con 428 parcelas de 300 a 400 metros cuadrados, 113 lotes sociales de 200 metros -que se incorporaron al banco de tierras municipal-, espacios verdes, un playón deportivo y una fracción destinada al Hogar Emaús.

—El intendente es un hacedor de obras —dice la desarrolladora—, está haciendo calles nuevas, está asfaltando, puso rosales a lo largo de la costanera. Estas son las cosas que necesita Bariloche, que es una ciudad turística. Nunca tenemos que perder el foco de lo que somos porque el turismo es lo que hace que todos podamos vivir mejor y acá el todos es absolutamente todos. Nadie escapa al derrame que genera el turismo.

Laura Fenoglio es también el nombre de su empresa. Está entre los tres principales actores locales, junto a Di Tullio y Gastón Martos, con la mayor cantidad de proyectos en curso. Sus desarrollos de tierras se extienden tanto hacia el este como hacia el oeste y los departamentos y oficinas se concentran en el casco urbano. La mayoría están destinados a familias y profesionales de clase media. Si bien reconoce que su trabajo es un negocio, asegura que lo que la moviliza es ver a personas que acceden por primera vez a un terreno después de años sin poder hacerlo. “Laura conoce Bariloche, está en todos los detalles del proceso de planificación y es muy trabajadora“, dice el urbanista de Terrazas del Este. Ahora quiere dar un paso más: ofrecer no solo el lote sino también pequeñas viviendas para que las familias puedan mudarse de inmediato y escapar del peso del alquiler. Esta iniciativa se encuentra en la ruta 40 y Esandi, pegado al predio donde su hermano piensa construir un estadio con pistas olímpicas para patín y hockey sobre hielo.

-Tengo dos miradas sobre Bariloche –dice la empresaria-. Veo la naturaleza y digo: “Esto es único en el mundo”. Y después miro nuestra ciudad y lo que aparece es preocupación. Tenemos muchos temas por resolver -el basural, el agua, la energía-. No es solo responsabilidad del intendente: tenemos que involucrarnos todos. Bariloche crece, crece y crece, y seguimos con problemas de base. La alternativa sería cerrar Bariloche y decir: “Acá no entra más nadie”. Y aun así hay más de diez mil familias que hoy alquilan y que sueñan con una vivienda propia. En mi caso que trabajo en desarrollo de tierras vamos resolviendo parte de la demanda pero al mismo tiempo los servicios quedan cada vez más atrás.

El arte no es negocio

Laura fue una mecenas de la cultura local. Apoyó a sus dos hijas en sus emprendimientos: a Paula conel teatro La Baita y a Emilia con la Galería de arte contemporáneo Ferrarons Fenoglio. Hasta entonces la ciudad no tenía ni un teatro ni una sala pensada para mostrar arte.

Rosa, ¿te acordás cuántos años estuvo la galería de Emilia? —pregunta la desarrolladora desde su estudio.

Tres años- constesta su secretaria desde su escritorio.

¿Y el teatro?

Fácil cuatro años.

El viejo cine Arrayanes se transformó en una gran sala con escenario, palcos y seiscientas butacas. Paula la bautizó La Baita -refugio en dialecto piamontés- como la discoteca que había tenido su abuelo en el norte de Italia. De pronto los barilochenses podían ver las producciones de la calle Corrientes a una cuadra del centro cívico. óperas, musicales, comedias para niños y obras locales. Cuando se presentaban espectáculos de renombre la sala desbordaba, pero muchas veces permanecía casi vacía. Esta iniciativa resultó deficitaria y fue vendida a la empresa Power Link con la promesa de darle continuidad. El mes pasado la concejal Julieta Wallace propuso declarar el edificio patrimonio histórico y cultural ante rumores de que el teatro se convierta en un bazar chino.

Los teatros no son rentables en ningún lado del mundo —dice la empresaria—. Todos tienen un sponsor, una compañía de aviación, un banco, una tarjeta de crédito. Acá en Bariloche no había nadie, ni el municipio ni la cooperativa colaboraron. Fue una pérdida tras otra.

Hoy Paula, martillera pública, administra la inmobiliaria Fórmula Sur y comercializa los desarrollos de tierras y edificios residenciales de su madre.

Emilia, artista plástica, inauguró la galería Ferrarons Fenoglio en 2013 en el Paseo de la Catedral. Entrar a la galería era como estar en un museo de París: paredes altas y blancas con una luminaria diseñada para resaltar los colores de las piezas de arte. El público deambulaba por el hall central y el primer piso entre obras de Ruth Viegener, Pablo Bernasconi, Soledad Escudero. En la trastienda se exhibían esculturas, joyas contemporáneas y libros de artista: “Dalí, tarot universal”, “El arte del baño, más de 40 recetas de baño y la mejor selección musical”. Nadie compraba. Tres años y medio después cerró sus puertas.

Laura y Livia

Laura se define como una mujer hacedora. Su oficina está en el tercer piso de la Galería Paseo de la Catedral, un edificio que ella construyó. Un sillón de cuatro cuerpos, una mesa baja, un sillón violeta donde se reúne con su equipo de arquitectos e ingenieros a imaginar el escenario de los futuros barrios con vista al lago y a la cordillera. Junto al ventanal que da a la calle Palacios, un atril sostiene los planos de su próximo objetivo: Gallardo Suites. Más atrás, el escritorio donde trabaja Livia, amiga de toda la vida y, ahora, su pareja.

Se reencontraron hace seis años. Laura tiene 68. Estuvo casada 23 años con el padre de sus hijas. Livia tuvo cuatro hijos. Celebraron su boda a orillas del Limay, vestidas en tonos marrones, con ramos de lavanda. Pasan casi todo el día juntas. Laura tiene mucha energía, le gusta hacer planes: ver una muestra de arte o pedalear por la naturaleza. Livia es más tranquila.

Con ella aprendí a disfrutar sin pensar que estoy perdiendo el tiempo —dice Livia.

—Livia, en mi vida —dice la empresaria—, tiene mucho que ver con esta sensación de plenitud.

Laura Fenoglio heredó una fortuna pero no un destino. Llevó su apellido más allá del packaging dorado y en ese gesto encontró la forma de trazar su propio legado.

Por Verónica Battaglia

Fotografía: Pablo Candamil

Colectivo de Comunicación Popular Al Margen

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