Nacer en el territorio

Esta semana en el mundo se reivindican los derechos de las mujeres, de las personas gestantes y de sus hijxs en el momento del nacimiento. Este año bajo el lema: “El respeto por las necesidades de la madre y el bebé en cualquier situación”. Conversamos con Luisa Quijada de la lof José Celestino Quijada para que nos relate sus recuerdos sobre la experiencia de nacer y parir en el territorio.

Luisa Qujada trae la memoria del part ancestral mapuche en la semana del parto respetado. Foto: Vero B.

Luisa y sus diez hermanos nacieron en la comunidad José Celestino Quijada, padre de Luisa, acompañó a Leonor, su mujer, en los partos y la asistió de acuerdo a la práctica ancestral Mapuche. Alrededor de 1960, José Celestino Quijada y Leonor Figueroa llegaron al cerro Otto para trabajar como leñeros en el campo de Luisa Capraro. Según un informe de Gemas*, la pareja pidió permiso para asentarse como pobladores vecinos en la ladera sur -todavía sin alambrar-. Cerca de un coihue muy antiguo construyeron su casa. Ahí nació su segunda hija y los siguientes hijos de la familia.

Leonor y José aprendieron el oficio de partería y la medicina mapuche -lawen- de la madre de Leonor, reconocida partera de la zona de Mallín Ahogado. “Mi madre -dice Luisa- había aprendido de mi abuela a atenderse sola. Se acomodaba al bebé sola, en uno de los partos parecía que la placenta venía primero y no sé cómo hizo pero la acomodó”.

Celestino cortaba el cordón umbilical y enterraba la placenta debajo del coihue antiguo para que sus hijos volvieran a la tierra donde nacieron. Además sabía leer el cordón como si fuera una línea de vida. “De acuerdo a la cantidad de bolitas del cordón -dice Luisa- se puede contar la cantidad de hijos que se va a tener. Si las bolitas están juntas es porque son mellizos.” En ciertas ocasiones el partero usaba el ombligo seco para hacerle curaciones al recién nacido. “Cuando un bebé nacía malito -cuenta Luisa- se guardaba el ombliguito seco y se ponía en agua caliente y se pasaba para los ojos enfermos o en la piel cuando había manchas”.

Celestino se daba cuenta que una mujer estaba embarazada por su pulso, por mirarlas caminar. Acompañaba los nacimientos de quién se lo pidiera. Su tarea consistía en el cuidado y la atención personalizada con la madre y su bebé y en el respeto de los tiempos de la naturaleza. Se quedaba en la casa de la mujer que paría los primeros tres días, ayudándola a lavarse, a lavar al bebé y le cocinaba caldo de gallina para recuperar la energía.

Frente a cierta industrialización del parto, estos recuerdos de Luisa sobre su padre tomándose el tiempo necesario para atender a una madre y al recién nacido, valiéndose de las hierbas de la naturaleza para cuidarlos y curarlos, quedará en la memoria de la comunidad aunque ya no se realice más esta práctica en el territorio. Ahora Celestino tiene 105 años, hace tiempo que dejó de acompañar partos, sin embargo muchas de sus recomendaciones se siguen compartiendo: el té de salvia, manzanilla o menta y el agua de ñaco (trigo tostado molido) dulce.

Nuestro país cuenta con una ley de parto humanizado sancionada en el 2004 y reglamentada en el 2015 que posiciona a la mujer y a las personas gestantes como protagonistas del proceso de parto. El respeto a la integralidad de sus necesidades incluyen no solo el acompañamiento de los tiempos fisiológicos y psicológicos del nacimiento al interior de las instituciones sino también el reconocimiento de su lengua, sus tradiciones y creencias.

*Gemas: Grupo de Estudios sobre Memorias Alterizadas y Subordinadas.

Por Verónica Battaglia, Gala D’angelo, Mayra Siegman 

Ilustración: @nico_mezca

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