Claudio Scaletta: «El falso ecologismo es un pensamiento reaccionario funcional al imperialismo»

En una extensa entrevista con Agencia Paco Urondo, el economista y periodista (autor de «La recaída neoliberal») se refirió a los «ecolochantas» y a un discurso con mucha impronta en sectores del peronismo y el kirchnerismo. «Es preocupante que muchos dirigentes del campo popular hayan comprado el discurso retrógrado del falso ecologismo», describió. Compartimos el contrapunto  en Al Margen.

El conflicto en Chubut y la tensión con el problema de la «Restricción externa» Argentina. Foto: Alex Ducal.

 «Mi preocupación no son quienes fungen de teóricos locales de esta desviación, sino algo que considero mucho más preocupante como lo es que muchos compañeros e incluso dirigentes del campo nacional y popular, hayan comprado total o parcialmente este discurso conservador y retrógrado. Dicho de otra manera, los tenemos adentro. Hasta al mismísimo presidente utilizó la palabra ‘agrotóxicos’. Me pregunto si pensará que las vacunas contra el Covid son ‘farmatóxicos’«, describió.  

-En las redes sociales o en artículos suele discutir con los que llama «ecochantas» o «ecologismo falopa». Es una calificación del otro que no permite el debate. ¿Cree que hay un sector del ambientalismo con el cual no se puede entablar un diálogo sobre cómo pensar el desarrollo? ¿Por qué?

– Creo que la definición que me pertenece, por decirlo de alguna manera, es “ecolochantas”, no “ecologismo falopa», aunque también la he usado… En los escritos más serios que los intercambios en las redes sociales prefiero usar “ecologismo extremista”, lo que resalta que existe un ecologismo real, corriente de la que no sólo me siento parte, sino que es mi forma de vida. Después está lo que considero un “pseudo ecologismo”, algo que necesita ser explicado, que básicamente es una falsa agenda ecológica, que no sólo elige mal los temas, sino que los defiende con mentiras, de ahí lo de “chantas”, calificativo que para algunos parece ser un insulto terrible. 

En cambio, cuando explicás que no es verdad que la minería, la agricultura moderna o la energía nuclear son sinónimos de devastación ambiental y brindás argumentos para defender tu posición en cada uno de los temas, los interlocutores, los mismos que reaccionan como monjitas ofendidas y se victimizan cuando hablás de “ecolochantas”, te dicen que sos un mercenario a sueldo de las mineras y del “agronegocio”, entre comillas, y un cómplice del envenenamiento colectivo. A mi hasta me han dicho que me paga el dueño de un medio para el que solo escribo tres o cuatro veces al año y de quien obviamente sólo recibo la siempre magra retribución de las colaboraciones periodísticas. La verdad es que estoy perdiendo plata, debería pasarle mi CBU a las mineras, porque le pongo el cuerpo a un debate que deberían dar ellas y a mí solo me tocan los insultos. 

Vuelvo al corazón de la pregunta. ¿Por qué son «ecolochantas»?

-Mi debate no es con los representantes del falso ambientalismo, sino contra lo que representan: el irracionalismo anti iluminista, el discurso anti ciencia y anti productivista y el prohibicionismo obtuso, una forma de neoludismo verde que a mi juicio significa una verdadera deformación de la agenda ambiental real y que puede rastrearse en el marketing de “salvemos a las ballenas” o en las peleas entre multinacionales europeas y estadounidenses que dieron origen a la controversia por los transgénicos. 

En segundo lugar, mi debate es sobre todo contra las falacias económicas, que fue el punto de partida original de mi interés por la problemática ecológica. Finalmente soy economista, no biólogo ni doctor en ciencias ambientales. No hace falta aclarar que hablo siempre desde la economía. La controversia por los transgénicos, por ejemplo, no se originó por la “transgenitud” de las semillas, sino por el ingreso de un nuevo actor, las semilleras, al reparto de la renta agraria.

-Muchos de los debates o discursos de los que usted llama «ecolochantas» están presentes en actores del peronismo, el kirchnerismo o el progresismo popular. ¿Qué implica eso?

-Esa es otra cuestión, con quiénes y cómo dialogar. Como dije, considero que la mayor parte de los sedicentes ecologistas no militan el cuidado real del medio ambiente, sino el prohibicionismo de actividades y productos. Pero además mi preocupación no son quienes fungen de teóricos locales de esta desviación, sino algo que considero mucho más preocupante como lo es que muchos compañeros e incluso dirigentes del campo nacional y popular, hayan comprado total o parcialmente este discurso conservador y retrógrado. Dicho de otra manera, los tenemos adentro. Hasta al mismísimo presidente utilizó la palabra “agrotóxicos”. Me pregunto si pensará que las vacunas contra el Covid son “farmatóxicos”. 

Estas confusiones provocan, por ejemplo, que al mismo tiempo que existen áreas del gobierno trabajando para tratar de agregarle valor al maíz para exportar carnes de cerdo, es decir subir en la cadena de valor, que es lo contrario del “extractivismo”, existan también funcionarios del Ministerio de Economía que militan en contra de estas exportaciones.

Por supuesto que hay ecologistas serios con los que se puede debatir los problemas del desarrollo, pero no son los que hablan de extinciones, fracking, glifosato y en contra de la energía más limpia que existe, la nuclear, sino que los preocupados en cómo frenar el calentamiento global, reducir las emisiones de carbono o la huella hídrica, todos temas que ocuparán el centro del debate económico durante el siglo XXI, o al menos hasta que el número de la población mundial se estabilice. Considero en cambio que no hay nada que debatir con los prohibicionistas, cuyos argumentos son además muy malos y generalmente mentirosos, como quedó demostrado tantas veces. En lo que me interesa trabajar es en contrarrestar la difusión entre los compañeros de esta agenda falsa. Me parece que la tarea que tenemos por delante algunos economistas es sentarnos muy seriamente a explicar y desmenuzar estas falacias en cada sector, una por una.

– En esa tarea de desmenuzar falacias, le pregunto por discursos que circulan mucho en torno a la minería, por ejemplo. «La minería es pan para hoy y hambre para mañana (por su impacto ambiental y social)», «Las empresas mineras desarrollan un tipo de explotación en los países subdesarrollados que no hacen en sus países de origen», «La explotación minera en Argentina deja poca riqueza en el país». ¿Qué diría sobre esos planteos?

-La minería es el debate de la hora por los acontecimientos recientes en Chubut y Catamarca, pero hasta no hace mucho teníamos que dar el debate por la fracking en la actividad hidrocarburífera, por los mal llamados agrotóxicos y los transgénicos o por la instalación de una planta nuclear. El absurdo máximo llegó con la oposición a las exportaciones de carne de cerdo. Fijate que la lucha del pseudo ambientalismo incluye a todas las principales actividades de la economía local, las actuales y las potenciales, que son las que además compiten contra los países más desarrollados. En el caso de los cerdos a China el componente “geopolítico”, que es como ahora llamamos al viejo imperialismo, fue clarísimo en la firma de la carta de los primeros detractores. No podés creer los nombres que hay allí junto a los de algunos “progresistas”. 

Pero vayamos a tu pregunta: el relato antiminero se basa en otro concepto con bastante éxito de difusión, el “extractivismo”, también entre comillas. Acá creo que el “pinosolanismo”, esa idea vaga y marquetinera del “saqueo”, debe ser deconstruido. Es verdad, la minería “extrae” minerales y la industria petrolera “extrae” hidrocarburos. Hace a la esencia de la actividad. Los yacimientos tienen una duración acotada, unas pocas décadas. Los pozos de petróleo y gas se terminan, los minerales se acaban. Así es la explotación de recursos no renovables. El objetivo de los buenos gobernantes debe ser maximizar “el durante” y garantizar la continuidad de la actividad todo lo que se pueda mediante la prospección y los pozos exploratorios. También utilizar los ingresos extraordinarios que brinda la minería o el petróleo para diversificar la matriz productiva de las regiones.

Aquí aparece otra falacia que es la de las regalías y la fantasía de que las mineras, a las que tontamente se llama “megamineras” para que parezcan más feas, como si pudiesen existir pymes mineras en una actividad que es de escala por definición, se llevan todo y no dejan nada. Al respecto se suele decir que las regalías son muy bajas como consecuencia de la legislación de los ’90 que intentó promover la actividad. Aquí propongo hacerse una pregunta bien elemental: ¿si las regalías son tan bajas y regaladas por qué no estamos llenos de empresas mineras “saqueando” lo que se regala? ¿Por qué no estamos, por ejemplo, aprovechando el boom de los precios del cobre para llenar las arcas de las reservas del Banco Central? Gracias a este boom, Chile, por ejemplo, acaba de corregir fuertemente al alza sus proyecciones de crecimiento para este año. 

Si bien unos puntos más o menos de regalías son un debate válido, es un error conceptual creer que la actividad minera deja solo las regalías. No hace falta estar a sueldo de las mineras para entender que alrededor de dos tercios de lo que produce una mina queda en la economía local. La minería paga de manera directa los sueldos más altos del país, que promedian los 200 mil pesos, desarrolla infraestructura, redes de proveedores locales y paga todos los impuestos nacionales, provinciales y locales. No hablamos de hipótesis, son hechos, basta con mirar la evolución de los productos brutos geográficos y los indicadores sociales de las principales provincias mineras, mirar los números de Santa Cruz y San Juan. Neuquén, por ejemplo, es una provincia relativamente rica: ¿es por las regalías petroleras que pagan los salarios de quienes periódicamente cortan las rutas a los yacimientos o por el derrame del conjunto de la actividad vía impuestos, sueldos, infraestructura y proveedores? Lo que digo debería ser algo de sentido común, no algo que hay que explicar.

– ¿Las empresas mineras llevan a cabo en los países subdesarrollados un tipo de explotación que tienen prohibido en sus países de origen?

-En ese punto no hay que ser necios ni maniqueos. Las mineras persiguen maximizar ganancias como cualquier empresa capitalista. No son organizaciones sin fines de lucro. Desarrollar la tarea incluyendo un estricto cuidado ambiental es más caro que no incluirlo. Son los Estados quienes tienen que incluir la regulación y vigilancia adecuadas para que este cuidado se haga efectivo. Esto ocurre con la minería y con cualquier actividad económica. Cuanto más subdesarrollado es un Estado menor es su capacidad de vigilancia. Cuanto más anti Estado es la ideología del pseudo ambientalista menos va a creer en la capacidad de regulación pública. 

Otra vez, la historia de la experiencia minera local no está libre de accidentes ambientales, pero tenemos un Estado que regula y empresas que debieron proceder a la remediación. Estar a favor de la minería no significa hacer la vista gorda con sus problemas. Como dije, los desafíos ambientales de la producción serán uno de los debates más importantes del siglo XXI. Lo que es ridículo es decir “existe riesgo ambiental, entonces prohibamos la actividad” o la zoncera publicitaria de “no es no”. ¿Entonces no producimos hidrocarburos y no producimos minerales? ¿Qué hacemos, no los usamos, los importamos, esperamos que caigan como maná del cielo? Es realmente absurdo: ¿en serio hay que explicarlo? 

-En muchas ciudades donde se plantea la posibilidad de minería se generan muchos conflictos sociales que enfrentan a sectores muy intensos a favor y en contra. Más allá de minorías o mayorías (no es menor la discusión por supuesto), voy a este lugar: ¿Cuál es su explicación del rechazo que genera este tipo de explotación? ¿Por qué tiene relativo consenso la postura antiminera?

-Me estás pidiendo que no hable del rol de las minorías intensas, que es clave en estos procesos. Está bien, no hablo. Vamos al rechazo. No sé si hay una respuesta sencilla, creo que hay una sumatoria de elementos para configurar esa respuesta. El primero es el mismo que el de la historia universal del miedo. Siempre se teme a lo desconocido y a lo nuevo. Luego, si cada vez que se habla de minería en un medio de comunicación se ilustra con una foto de agua de colores en un dique de colas o con el cráter gigantesco de una explotación a cielo abierto y yo desconozco todo sobre los procesos de producción minera, lo más probable es que por lo menos sospeche y no me guste. Si además aparece un montón de gente en los medios de comunicación diciéndome que me van a envenenar el agua, que van a esparcir cianuro, que se contaminarán los ríos y que ya no nos quedará agua para la agricultura, lo menos que me va a pasar es que me voy a asustar. 

Aunque nada de eso sea cierto, seguramente no tendré elementos para analizarlo porque no todos están obligados a ser especialistas o conocedores. Te lo ilustro con un ejemplo personal. Resido en un lugar con una naturaleza bastante prístina. Una de las cosas que más disfruto es que no haya luces por las noches, que haya silencio y no ver nada vinculado a la civilización. Además trabajo en el sector servicios y exclusivamente para una región del país distinta a la de mi lugar de residencia. Si me dijesen que quieren instalar una mina o una planta nuclear cerca de mi casa seguramente me sentiría tentado a firmar el petitorio de rechazo. En mi caso sucede que, por ideología, prefiero que el prójimo también tenga ingresos y además tengo conciencia de los procesos productivos de todos los bienes y servicios que uso y consumo. Quizá la mayoría de la gente no haga la mediación que yo hago por inevitable deformación profesional. 

Hace poco, el dueño de una radio me decía a través de una red social que el pseudo ambientalismo era “un movimiento incipiente y con poco espacio en los medios”. Es difícil decir algo más alejado de la realidad. Ya tienen varias décadas en el país. Sólo por citar algunos hitos lograron prohibir la explotación de uranio, sacaron legislación antiminera en varias provincias, como Chubut, Río Negro y Mendoza, mantuvieron cuatro años los puentes cortados con Uruguay, demonizaron la agricultura moderna y, sobre todo, tienen mucho espacio en los medios, incluidos los de derecha, lo que a mi juicio los vuelve todavía más sospechosos.

Sintetizando, creo que el rechazo es por miedo y el miedo es por desinformación y la publicidad negativa e interesada montada sobre esta desinformación. La experiencia real de las provincias mineras, en cambio, es que allí donde hay minería mejoran las condiciones de vida y los indicadores sociales.

– Vuelvo a una pregunta sobre la que me gustaría se extendiera: ¿Por qué esas posturas antimineras tienen mucho consenso en sectores del peronismo, el kirchnerismo o el progresismo popular?

-Lo que pasa con la absorción del pseudo ecologismo por las fuerzas del campo nacional y popular es un fenómeno digno de ser abordado con bastante más profundidad que la que podemos darle ahora, pero creo que es, como dije, uno de los aspectos principales que deben ser repensados. Creo que la deriva del trotskismo, que parece haber cambiado la lucha de clases por las banderas del pseudo ambientalismo, si bien es muy ruidosa en términos de la manifestación callejera, de minoría intensa, no es algo para preocuparse en tanto nunca serán gobierno. Puede haber alguna correa de transmisión de este “neo trotskismo”, ya que lo de León era otra cosa, con los sectores más radicalizados de la coalición, como los ligados al gremio ATE. Aquí se repite lo que decíamos de quienes trabajan en el sector servicios y desconocen los procesos reales de transformación material. 

También hacen su aporte los movimientos sociales, en los que existe una idealización casi polpotiana de la ruralidad pre moderna, de la “vuelta al campo” y la producción de hortalizas en pequeña escala. Aclaro que soy el feliz poseedor de un vivero orgánico que yo mismo construí y cultivo, con su correspondiente abonera que me permite reciclar en casa los residuos orgánicos, pero eso es un privilegio diletante, no un medio de vida. Esta idealización de los movimientos sociales de la vida rural pre capitalista está asociada a una estigmatización del consumo entendido como algo malo y englobada bajo el concepto más general del “buen vivir”, lo que constituye una negación de los elementos más básicos de la teoría económica desde los clásicos al presente, como son los beneficios del aumento de la productividad y del producto per cápita, la clave de cualquier economía a lo largo de toda la historia humana para mejorar la calidad de vida del conjunto de la población.

En los sectores progresistas urbanos con mayores niveles educativos lo que existe es una permeabilidad con el ambientalismo de los países desarrollados. La izquierda europea hace rato que dejó de discutir el capitalismo y los estados de bienestar. Ahora sólo debate derechos civiles, inmigración y ecologismo. No debe olvidarse que estas corrientes ambientalistas no surgen de los saberes ancestrales del buen vivir, sino que son precisamente una reacción de las sociedades hiperdesarrolladas que se acercan al límite del uso de sus recursos naturales. Es allí donde nacen el neomaltusianismo y las teorías del “decrecimiento”. Aunque parezca increíble para el sentido común, al menos para el mío, existen personas que extrapolan este pensamiento de sociedades desarrolladas que ya explotaron sus recursos no renovables a una sociedad como la nuestra, de desarrollo medio y con todos los recursos sin explotar.

Otro factor que pesa es el “buenismo”, una categoría sociológica poco ortodoxa, pero algún nombre hay que darle. Defender el medio ambiente parece algo bueno, como no vamos a estar a favor… Personalmente pienso lo mismo, ya dije que es uno de los debates cruciales del presente. El punto es que hay que elegir bien la agenda y no comprar cualquier paquete. Y finalmente, buena parte de la dirigencia política propia sigue la corriente, prefiere no meterse con los temas conflictivos que tienen más costos inmediatos que beneficios, algo que conozco bien, sin darse cuenta de la gravedad que en estas cuestiones puede generar un mal diagnóstico. 

– Lo saco de la minería para una pregunta económica más amplia. ¿Qué otros discursos económicos deberían rediscutirse en el campo popular, discursos que son muy aceptados pero pueden ser tan perjudiciales como la militancia antiminera?

– Lo que me gustaría agregar no sé si es “otro discurso económico”, sino más bien la limitación de un discurso que está muy relacionada con lo que venimos hablando y cuya incomprensión puede ser realmente muy perjudicial. 

Creo que por incapacidad propia o por falta proporcional de espacios de difusión, o las dos cosas, los economistas heterodoxos no hemos sido del todo exitosos en explicar que la principal restricción de las economías como la nuestra es la escasez de dólares, lo que normalmente se denomina restricción externa. No haré la explicación técnica para no aburrir, pero me gusta contarlo con el ejemplo de los salarios. Si tengo un salario de subsistencia y empieza a aumentar, automáticamente empezaré a demandar bienes que tienen mayores componentes importados, empezaré con un celular, electrodomésticos, una motito, un auto, hasta servicios turísticos del exterior. Mejorar la calidad de vida de la población significa demandar más bienes de cadenas productivas que en la estructura económica local son deficitarias en divisas. Si quiero aumentar la inclusión necesito más dólares, no hay magia en esto. Y si no tengo esos dólares, la economía simplemente se frena. Los mecanismos son múltiples, pero el habitual es una crisis cambiaria, con devaluación, inflación y caída de salarios. Es un proceso que los argentinos experimentaron recurrentemente aunque la mayoría no ate los cabos de las causalidades. 

A veces observo en compañeros cierto voluntarismo del gasto, el creer que expandir el gasto es sólo cuestión de voluntad política, que luego actuará el multiplicador de la actividad y listo. Sin embargo, las restricciones materiales existen. Obviamente que esa restricción no es el déficit presupuestario como dice la ortodoxia, sino la falta de dólares. Bueno, todas las actividades que el falso ecologismo critica son precisamente las que pueden aportar más dólares, como la minería y la agricultura moderna, o lo que es muy parecido, ahorrarlos, como los hidrocarburos o la energía nuclear. A veces escuché azorado que hay una minería que sirve como la del litio, y otra que no sirve, como la del oro, como si las divisas que pueden generar una y otra fuesen distintas. Hay que entender definitivamente que si queremos mayor inclusión, mayor bienestar, necesitamos más dólares. Por eso siempre insisto en que el falso ecologismo es un pensamiento reaccionario funcional al imperialismo, una de las formas más perversas del antidesarrollo.

Por Enrique de la Calle Agencia Paco Urondo

Redacción

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