Ecos del incendio: ¿qué modelo de desarrollo queremos?

La Comarca Andina, azotada por los incendios, se caracteriza entre otros aspectos por ser una zona de desarrollo de diversos proyectos productivos. ¿Cómo están atravesando estos productores y productoras las contingencias actuales que lo amenazaron todo?

El fuego arrasó chacras y años de trabajo en la producción agroecológica. Foto: Euge Neme.

Son muchas las familias que viven del trabajo de la tierra, abasteciendo a los propios, a la comunidad y a la región con lo que producen en sus chacras o en chacras comunitarias donde han ido creciendo en un mancomunado trabajo colectivo aportando a la construcción de otro modelo de desarrollo, que tenga en cuenta un sano equilibrio con la naturaleza.

No hace mucho desde Al Margen dábamos cuenta de algunas de estas experiencias que empujan una producción hortícola agroecológica con clara conciencia del respeto a la tierra y la salud. Es el caso de Chacra Rizoma, desde allí, Isabel Echenique, trabajadora agrícola de este proyecto ubicado en Camino de los Nogales en El Bolsón, repasa en medio de las idas y venidas de estos frenéticos días el impacto de la situación que se vive en la Comarca. “El primer incendio –y se refiere al de Cuesta del Ternero- estuvo muy cerca de nuestra chacra y estuvimos muy activos participando en el control del fuego”.

Aquellas primeras llamas ya lo habían amenazado todo. “Pudimos seguir sosteniendo el lugar productivo con amigos, compañeros, consumidores, gente cercana que se armaba en grupo para seguir sosteniendo la chacra, que se tiene que seguir manteniendo porque es nuestro sustento, y además entregamos parte de la verdura de ayuda a toda la comunidad. Poder trabajar y tener la disponibilidad para hacerlo con tranquilidad responde también a una gran red, a una propiedad emergente de la comunidad que reflorece en este tipo de situaciones y que pone en valor todo lo humano, todo lo colectivo y todo lo que uno indirectamente influye como proyecto y como red a la comunidad. Eso nos puso muy contentos, porque se vio reflejado inmediatamente, sin pedirlo, llegó la gente sola”, recuerda. “Lo que sucedió ahora con este último incendio es que tenemos muchos amigos, amigas y gente productora y cercana que lo perdió todo y de igual manera estamos participando, colaborando, ayudando, entregando viandas, herramientas, generando red, recursos, distribuyendo. Se valoriza de vuelta la comunidad y la autogestión y todo lo que se necesita para poder enfrentar el daño que generó este gran fuego que no para”.

Como retumba por estos días, la salida es colectiva para enfrentar las repercusiones de todo tipo: en lo material, lo humano, lo emocional, lo físico en medio de un ambiente y una sensación de tristeza infinita “no solo por la gente y lo que se perdió, sino también por los bosques, los animales, la fauna. El fuego arrasó con todo”.

Las manos se aúnan así para restituir la resiliencia, para seguir adelante, para ayudar a la comunidad trabajando en red. “Esto de alguna manera nos refleja todo el potencial que existe en este lugar, en su gente, en los productores y los consumidores, toda la red que siempre ha estado y que en este momento se fortalece y se tensa, se junta y se continua”, señala Isabel y cuenta que justo por estos tiempos están en la cúspide del trabajo de muchos meses. Se siente el agotamiento, que ya llega el otoño, pero hay que seguir dándolo todo”.

Santiago de Santo participa de la Fundación Colectivo Cultivo Ecológico, que comercializa la verdura en la feria franca de El Bolsón y también trae a Bariloche, al nodo de distribución que funciona en la comunidad Trypay Antu. “Abastecemos alrededor de mil familias de verdura fresca local y sin agrotóxicos. Es un proyecto colectivo organizado de manera horizontal con una intención de repartir voces y votos de igual manera y así también responsabilidades y trabajos”.

En los incendios de enero lxs productorxs alternaron el combate al fuego con el trabajo de las chacras. Foto: Mateo Silva Rey.

Las llamas no llegaron a afectar directamente la tierra donde producen, pero lógicamente los ha afectado a todos de manera indirecta. “Puedo nombrar muchas situaciones de compañeros y compañeras a los que el incendio ha afectado muchísimo, desde casas quemadas hasta sus chacras y eso es un golpe muy fuerte para todos en lo anímico. Puedo nombrar las sirenas, los aviones pasando cada cinco minutos, los helicópteros”, dice y da cuenta del estado de alerta que genera esta situación.

El cielo trasparente se ha llenado de humo oscuro y colorado, el aire caliente lo envuelve todo. Los invernaderos se cierran, la ceniza llega volando desde kilómetros de distancia. Varios integrantes del Colectivo Cultivo Ecológico no pueden asistir al trabajo en la tierra porque subieron a apagar el fuego, a prestar colaboración con las familias afectadas. Otros se quedan sosteniendo la chacra para no descuidar el trabajo de todos. “Nos repartirnos. Somos un proyecto colectivo y tenemos esa posibilidad, que algunos vayan a las primeras líneas y otros queden en la retaguardia sosteniendo todo esto con menos manos, pero llevando el trabajo adelante igual, dignificando el trabajo en la tierra y el de combate de un incendio, sin saber tanto, sin tener las herramientas”.

La emergencia los ha hecho improvisar de la mejor manera que pueden repartiendo las tareas y la energía. “Nadie previó esto y lo fuimos resolviendo como salía. Primero hubo miedo, después enojo -hacia la política, hacia las organizaciones gubernamentales, hacia los que deberían haber pensando en la prevención- luego todo pasó a ser tristeza”.

Un pedazo de cultivo a punto de cosechar que se salvó de milagro. Foto: Euge Neme.

Un monstruo grande 

En medio de todo, las preguntas sobrevuelan, las inquietudes frente a “eso” tan grande capaz de ir por todo, cruzan diversos ejes, la minería, los negocios inmobiliarios, la depredación del territorio, los distintos tipos de proyectos y hasta le modelo de desarrollo en disputa.

“Los trabajadores tenemos escaso acceso a la tierra y, siendo productor, en un lote de 500 metros no se puede producir nada. Entonces ahí empieza, incluso, la relativización de los planes de vivienda. Deberían existir proyectos que consideren espacios más amplios para poder plantar y generar acceso a comida segura. Entiendo que el sistema -el mercado comercial, los grandes monopolios de los productos primarios- no va a querer que cada vez más personas aprendan y logren cierta independencia de sus alimentos.  El alimento es algo básico y si lo tiene un monopolio terminamos siendo esclavos de ese monopolio”.

Santiago puntualiza así en la necesidad del acceso a la tierra productiva, pero señala otro eje importante: Con el acceso a la tierra viene el acceso al agua, porque tierra sin agua es igual a combustible con incendio, no se podría una cosa sin la otra”. Y es acá, otra de las intersecciones donde todo vuelve a cruzarse y el modelo de desarrollo productivo por el que se camine –cómo no relacionar el avance de los proyectos mineros en la región y el largo intento para establecer la zonificación- implicará necesariamente efectos en la zona.  Basta con recordar las grandes cantidades de agua potable –millones de litros diarios- que necesitan las mineras para sacar los metales. Santiago repara también en la necesidad de repensar el sistema de consumo en el que estamos inmersos, en el cual, hay que extraer cada vez mas minerales para que millones de humanos cambiemos de teléfono cada año. “No se trata de desconocer los beneficios de la tecnología en muchos aspectos: salud, higiene, en términos de urbanización, de medicación. También que en ciertos momentos de la historia, al aplicar la industria a lo alimenticio, de golpe se producía mas. Entonces, en épocas de guerra, de súper población, parecía la panacea que Monsanto saque una semilla resistente a todo, que venía con un paquete de venenos y no hacía falta desyuyar, y por sobre todo, que daba más ganancia para ese monopolio productivo que lograba acceder a esa tecnología. Entonces, me pregunto, qué pasaría si pensamos un modelo donde en vez de ser cuatro, haya pequeños productores a mediana escala, y se favorezcan mercados pequeños”.

La chacra La Pradera productora de harinas integrales logró salvar su campo y parte de la cosecha combatiendo el fuego.

– ¿Ves por ahí una salida?

-En lo personal siento que la salida viene por lo que comentaba: reducir, moderar, apuntar a algo más regional. Nos han vendido los monocultivos como la única opción de nutrición y resulta que al trigo le sacan todo para que la harina sea blanca y quede linda empaquetada, y después le tienen que agregar todo lo que le quitaron de forma química, involucrando a las farmacéuticas. La vitalidad de un alimento cosechado antes de llegar a tu mesa, no se pude reemplazar. Hay que apuntar a la frescura de los alimentos, a que estén cerca de los consumidores y a que productores y consumidores nos conozcamos cuales socios tirando para el mismo lado.

– ¿Cómo viene la ayuda para los pequeños productores?

-Muchas veces depende del gobierno de turno. Ha habido oscilaciones respecto al apoyo estatal, provincial, municipal. Se lee que salió tal o cual plan, tal o cual crédito, tal o cual subvención, pero muchas veces queda en las periferias de las grandes ciudades o grandes contactos que tiene la gente que maneja esos proyectos. Por más que la intención es que sea algo concreto, queda en la superficialidad de la verdadera necesidad. Las necesidades para mí son sencillas y claras: acceso a la tierra con acceso al agua, acceso a semillas para poder tener qué plantar y acceso a maquinarias. No grandes maquinarias, hablamos de dimensiones pequeñas. El tiempo que se pierde cuando uno tiene que poner el lomo en preparar la tierra, con un tractor pequeño se gana: en una hora haces el trabajo que cuatro o cinco personas hacen en 10 días. Ahí hay una gran diferencia. Pero cuando vas a los proyectos dicen: te sirve para muchas cosas, pero no para maquinarias, sirve para el plástico, pero no para la estructura del invernadero. Sirve para mangueras, pero no para la construcción de un canal.

Mientras tanto, seguimos con un sistema alimenticio que enferma, monopolizado por los mismos que rotan entre vender agrotóxicos y medicinas para las enfermedades que ellos mismos generan. Cómo revertir eso, es una gran pregunta. “No hay una sola respuesta, todos colaboramos con este sistema en más o menos medida y el tejido está muy intrincado como para ver una sola manera de encontrar la solución. Pero somos muchos buscando la vuelta para salir adelante, muchos los que queremos dejar un mundo con bosques, lagos, ríos, alimentos sanos, relaciones sanas. Estamos tocando fondo, pero no nos vamos a rendir y entre todos y todas vamos a llegar hasta lo último para vivir de manera digna, libre, saludable”.

Por Violeta Moraga

Fotos: Euge Neme

Cooperativa de Comunicación Popular Al Margen

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