La gran guerra de Malvina

Malvina Arriagada fue uno de los primeros casos de Covid 19 positivo en Bariloche. Esta crónica cuenta sus 24 días en el territorio del coronavirus.

Malvina junto asu mamá cuando regresó a su casa luego del aislamiento.

Dicen que Malvina tiene novio. Dicen que su novio trabaja en la PSA. Dicen que la fue a visitar – quebrando la cuarentena- y la contagió.

Dicen que Malvina fue a trabajar -sabiendo que podía portar el Covid 19- y transmitió el virus a sus compañeros.

Dicen que Malvina salió de vacaciones, contrajo coronavirus y fue la que expandió la enfermedad en la ciudad de Bariloche.

El 15 de mayo Malvina cumplió treinta y ocho años y tuvo el mejor regalo de su vida: festejarlo junto a su mamá -que acababa de volver a la casa -con oxígeno- después de un cuadro grave de Covid 19- y junto a sus dos hijas: Agustina y Kiara -que hacía veinticuatro días que no veía-.

Malvina es cajera del supermercado Todo de Brown y Beschtedt. El 2 de abril se retiró antes porque no se sentía bien. Fue a la guardia y le dijeron que tenía bronquitis aguda. Tres días después la internaron en la clínica San Carlos como caso sospechoso. Durante una semana se repitió la misma escena: amanecía con ánimo, parecía que estaba mejor pero con el paso de las horas volvía la fiebre. Primero le daban pastillas, luego le inyectaban antifebriles, pero el dolor de cabeza era cada vez más insoportable.

Cuando pasaron tres días sin síntomas la trasladaron al hotel.  Las instrucciones se dieron una única vez: las enfermeras los hicieron salir al pasillo -había una chica en la habitación de al lado y un señor mayor en frente- y desde la escalera les explicaron cómo era el funcionamiento en el centro de aislamiento. Desde ese momento no volvió a sentir la presencia de la voz humana.

Le enviaban mensajes de texto: “Ya está la comida afuera”. Salía al pasillo desierto y recogía la bandeja apoyada sobre una silla. Si necesitaba algo escribía: “Habitación 217 una botella de agua por favor” o “Habitación 217 hoy no voy a almorzar”. También le dejaban una bolsa con sábanas limpias y elementos desinfectantes del otro lado de la puerta.

Cuando el silencio se volvía un exceso, abría la ventana sobre la calle Palacios -solo por unos instantes-; la mirada de los vecinos la incomodaba. En esa habitación que sonaba a nada, sentada en la silla de madera Malvina se enteró que su madre -que se había contagiado el virus unos días después que ella- estaba grave. Cristina tiene 70 años, vive en el mismo terreno que su hija en el barrio Nueva Esperanza. En cuestión de días la hospitalizaron, la anestesiaron y la conectaron a un respirador.

En esa habitación Malvina dormía -no por cansancio-. Dormía con la intención de tragarse el tiempo. Lo único que se distinguía sobre esa espera inevitable eran los ojos queridos de sus hijas -en las videollamadas- y la entonación profesional de la médica -en las conversaciones telefónicas del atardecer. Esta vez fue la llamada de un hombre desconocido la que rompió esa letanía. Era el psicólogo del hospital. La médica consideró que Malvina necesitaba ayuda. A él le contó que sus hijas estaban solas en la casa, que la más chiquita tenía asma y que no podía más de la culpa. 

Cumplida la primer semana, salió de la habitación, bajó al subsuelo y dejó que dos enfermeras le realizaran la prueba del coronavirus. Resultado: positivo. Volvió al cuarto sabiendo que la posibilidad de escapar no tenía sentido. Aunque lograra sortear los obstáculos hasta la puerta del hotel, ¿adónde iría? Podía contagiar a sus hijas, si volvía a su casa. Tenía que escapar de ella misma y eso era imposible.

Una semana después sucedió la misma secuencia: los pasos retumbando en el hueco del pasillo, cada vez más graves a medida que descendía los escalones hasta el subsuelo. Le introdujeron una sonda de aspiración por la nariz y otra por la boca para recabar la muestra. Esta vez el resultado fue negativo. Al día siguiente, otro hisopado negativo.

El 28 de abril a las 19 horas y 48 minutos Malvina recibió el alta médica. En ese mismo instante se volvió a su casa. Con barbijos, petardos y papel picado, sus familiares celebraron su llegada. Como un soldado que regresa a su hogar después de la guerra.

Por Verónica Battaglia

Equipo de Comunicación Popular Colectivo al Margen

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