De bandoleros y policías.

El farwest patagónico como máscara de violencia institucional.

La policía de Río Negro se creó a fines del siglo XIX sin un reglamento propio, siempre falta de pertrechos, con bajos salarios, carente de edificios propios. Todas cuestiones que hicieron de esta fuerza materia de discusión permanente incluso entrado el siglo XX. Mientras la Patagonia aparecía como un territorio sin autoridad, en donde regia la ley del más fuerte y en el que la inseguridad se reproducía entre cuatreros y bandoleros que robaban asciendas y asaltaban casas comerciales a su paso. Estas afirmaciones dieron letra a que se crearan cuerpos especiales de policías, las fronterizas, para terminar con el crimen y pacificar la sociedad. Pero, al mismo tiempo, las policías volvían reales las injusticias y desigualdades a partir de sus prácticas violentas al interior de una sociedad compleja y diversa. El poder policial, un problema polémico de ayer como actual.

¿Cuál fue la historia de la policía en Río Negro? ¿Eran el brazo armado del poder económico? ¿Un aparato de represión y/o prevención? ¿Una institución imprescindible del estado? ¿Una salida laboral posible para sectores pobres de la sociedad? ¿Los garantes de la seguridad? ¿Un eslabón en la cadena criminal? ¿Un poder dependiente del gobierno de turno? ¿o independiente? Difícilmente podamos responder estas preguntas sin entrar en contradicciones. Nos proponemos entonces pensar las policías de Río Negro a partir de su trayectoria para entender cómo se construye el poder policial y qué efectos tiene en la sociedad en que opera.

La jefatura de policía de Río Negro fue creada en 1887 como fuerza dependiente del gobernador del territorio, quien en estos tiempos territorianos era electo por el poder ejecutivo nacional (hasta 1955, cuando el territorio pasó a ser provincia). Su rol era principalmente mantener el orden y defender los bienes y la vida de los habitantes del territorio. Aunque a caballo de estos principios venía una larga lista de responsabilidades en los que intervenía la policía que iba desde la ayuda solidaria a ejercer justicia. La policía era el poder principal, sobre todo en el interior del territorio.

Si bien las primeras comisarias fueron situadas en los pueblos como Viedma, la Colonia Roca o el creciente Bariloche, también hubo algunas destinadas a las zonas donde se reunían los llamados “restos de tribus” como en Valcheta o Conesa. Hacia el interior de los territorios, era la policía la que sostenía el orden y dirimía conflictos amparados en una muy abierta legislación que permitía por ejemplo que la policía allanara propiedades si lo creía necesario. Aun así la policía tenía un presupuesto siempre menor al que necesitaba, razón que la obligaba a vincularse con los vecinos para conseguir adelantos de sus sueldos, locales, caballadas, alimento para las mismas, y así. La escasa preparación, los favoritismos, y su alcance limitado se volvían las principales excusas de los “vecinos” para demandar al estado nacional fuerzas especiales para terminar con el flagelo de la mentada inseguridad. La inseguridad para principio del siglo XX estaba encarnada en la figura de bandoleros –incluso algunos ilustres- o cuatreros.

Más o menos –con algunas diferencias regionales- así es la contada en relación a la policía en sus primeras décadas de existencia. Tendríamos que aclarar que cuando hablamos de “vecinos” nos referimos a aquellos que generaban vínculos y sinergia a partir de darle a la policía lo que ésta necesitaba a cambio de mutuos favores. Además estaban aquellos otros a los que la policía exigía alimentos, denunciaba injustamente y obligaba a tomar deudas para liberarse bajo fianza. También cuando nos referimos a inseguridad hablamos de las denuncias que muchas veces los “vecinos” hacían sobre la base de sospechas o supuestos o simplemente contra pobladores que iban a contramano de sus intereses (por ejemplo, indígenas ocupantes de tierras fiscales, turcos vendedores ambulantes o gitanos… por ser gitanos). Finalmente, podemos mencionar que aun cuando el gobernador o el jefe de policía (o los inspectores de tierra) supieran que el principal instigador del cuatrerismo fueran los bolicheros, cuando estos –junto con las compañías de tierras y las grandes casas comerciales- solicitaban más policía al estado nacional, apoyaban los reclamos.

Así en 1911 se creó la primera policía fronteriza (1911-1914)

La misma iba destinada a Chubut pero ante la solicitud del gobernador Gallardo se crearon las policías fronterizas del sur (en Chubut y Río Negro) en respuesta a las demandas de aquellos “vecinos”. Esta primera experiencia marcó fuertemente el carácter de “las fronterizas” ya que en su mismo proyecto de creación el ministro del interior preveía que tuvieran una acción tan contundente que perdurara aun cuando la fuerza policial dejara de existir. La fronteriza tenía “carta blanca”, podía actuar sin dar cuenta de sus actos y lo hacía con un nivel de violencia inusitado. La tropa fue traída del norte del país y reforzada con los propios peones de las estancias. Como buena práctica de un estado liberal, achicaba el gasto al mismo tiempo que involucraba la sociedad en su defensa por mano propia. La policía fronteriza nunca atrapó a los bandoleros ilustres pero torturó, robó y mató imprimiendo un respeto hacia la impunidad policial en los sectores más vulnerables. Sin embargo el bajo costo económico traía un alto costo político. Hasta con escándalos internacionales cuando algunos ciudadanos chilenos denunciaron en el consulado los abusos de esta policía. No obstante con el apoyo de la prensa local como La Nueva Era en Río Negro o el católico La cruz del sur en Chubut y potenciado por el temor a la organización de los trabajadores en 1918 se crearon

Las segundas policías fronterizas (1918-1924)  

Para los sectores capitalistas, y los “vecinos”, la policía corría a personas que representaban una amenaza o simplemente quienes les disputaban tierras o clientes. Para el estado estas policías permitían barrer zonas doblemente importantes como las fronteras. Una, porque las tierras eran consideradas aptas para que sean habitadas por inmigrantes europeos –el contexto es la salida de la Gran Guerra- o por emprendimientos y proyectos industriales o el del parque nacional. Dos, porque las policías a diferencia del ejército podían traspasar las fronteras nacionales en caso de que fuera necesario. En el margen la policía hacia también sus negocios propios. Los sucesos de la Patagonia trágica potenciaron igualmente la persecución y castigo de trabajadores y también la creación de una fuerza especial de represión: la “gendarmería fronteriza”.

Estas segundas fronterizas fueron creadas para todos los territorios del sur y también ampliaron su rango de acción hacia el interior de los mismos llegando en Río Negro hasta Jacobacci. Estas fuerzas especiales también entraban en conflicto con las policías de los territorios que operaban al mismo tiempo. Nuevamente el accionar violento, los conflictos con el resto de las fuerzas, y su escasa justificación trajeron el fin de esta policía. Aunque sus miembros, al igual que en la anterior fronteriza, fueron incorporados a las policías de los territorios.

Una fuerza inexistente y una violencia habitual “la fronteriza” (1930)

La crisis del capitalismo yanqui que afectó económica y políticamente la Argentina tuvo su alcance en la Patagonia en donde el precio de la lana cayó rotundamente afectando la principal actividad productiva. Junto con las memorias de estas dificultades de la crisis están las recorridas policiales en distintas zonas del interior rionegrinas. Las partidas buscaban hombres jóvenes, sin trabajo (léase sin trabajo asalariado), que estuvieran en sus casas en el campo y los obligaban a buscar trabajo o a migrar. También se organizaron, nuevamente a pedido de los “vecinos”, campañas depuradoras –tal y como la llamaron los oficiales- como la que ocurrió en la zona de Mencué. En este caso, la acción de un cuerpo policial reunido especialmente para barrer la zona de “elementos parasitarios” duró cerca de un mes. Este cuerpo policial fue llamado por los pobladores “la fronteriza”. Aun cuando no fue la policía fronteriza, su acción violenta que obligó a muchas personas a migrar –sin que sus familias o vecinos sepan hasta el presente qué pasó con ellos-, torturó hombres y mujeres, robó animales, sorprendió casas en horas nocturnas y violó mujeres remitía a aquellas prácticas policiales de antaño. La policía organizó y ejecutó el ataque. Lo hizo de la mano de la compañía de tierras del sur –ALSCo- y también de los comerciantes locales que pidieron, apoyaron y se beneficiaron de este proceso barriendo campos enteros. Años después este evento fue denunciado en la prensa y el único procesado resultó ser el jefe del operativo, Juán S. Álvarez (prócer de la policía que da su nombre a la escuela de policía de la provincia).

La policía y lo marginal

Pero ¿Quiénes son los bandoleros, cuatreros, criminales que las policías marcan? En breve, son aquellos que producen la inseguridad… ayer como hoy. Los grupos sobre los que se recorta esta abstracción son marcados por clase, por etnia, por prácticas cuestionables, por nacionalidad, por temor… En el primer periodo, son los indígenas que despojados, relocalizados y sometidos tras la Conquista del Desierto recorren en grupos más grandes o pequeños el interior del territorio. Cuando la primera fronteriza, los sectores sobre los que recae la violencia policial son también los fiscaleros de la zona cordillerana, acusados de robar o usurpar, la segunda fronteriza suma a los ya mencionados también la marcación política de trabajadores agremiados. En la década del treinta son claramente los pequeños productores ganaderos.

Las acusaciones y sospechas como el cuatrerismo, peligro habitual sobre el que se reclamaba la presencia policial, constituía un negocio con muchos involucrados de los diferentes sectores de la sociedad, aunque los que caían solían ser los más visibles. El bandolerismo por otra parte encubre varias denuncias y alarmas que muchas veces terminaban en la nada. Aunque en algunos casos sucedieron hechos de sangre lamentables, no reinaba el caos y estos casos eran exacerbados para obtener una respuesta a la (in)seguridad.

En este rápido recorrido por el primer medio siglo de la policía rionegrina nos aporta varios ejes sobre los que pensar la violencia policial como institucional. El abuso de la fuerza fue una práctica habitual en las policías del territorio, las que hasta el traspaso a provincia fueron también conocidas como “policías bravas”. Estas policías marcaban a los marginales y los hacían sus presas de abuso o explotación, al mismo tiempo que distinguían a “los vecinos” colaboradores y progresistas. Pero también la misma policía era una institución marginal con bajos sueldos, pocos recursos y colocados entre la desidia estatal y la ambición particular. La policía encarna las contradicciones del capitalismo, son pobres contra pobres que producen pobres para dejar de serlo. Pero también son los ejecutores de esa violencia. Sin embargo, no alcanza con pensar las policías actuando en su provecho propio, ni tampoco al servicio de los sectores capitalistas porque del mismo modo como señalábamos al principio la policía cumplía con largas listas de tareas que excedían sus funciones. El largo plazo nos permite también ver más allá de las contradicciones e incoherencias de las policías y pensarla como una institución capaz de generar marginalidad y una forma específica de presencia estatal en los territorios. En lo concreto, Las policías ordenan jerárquicamente el paisaje social que está muy lejos de ser un western de Hollywood.

 

Por Pilar Pérez ( profesora y doctora en historia por la UBA, especializada en historia patagónica, y trabaja como docente de la Sede Andina de la UNRN)

 

Entre los que hablaron estos asuntos:

Rafart, Gabriel. (2008). Tiempo de violencia en la Patagonia. Bandidos, policías y jueces

1890- 1940. Prometeo, Buenos Aires.

Suárez, Graciela (2005) “La seguridad y el orden: el accionar policial en la región.” En:

Rey, Héctor D. (comp). La cordillera rionegrina: economía, estado y sociedad en la

primera mitad del siglo XX. 2010 bicentenario, Viedma, 67-122.

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