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Diálogos culturales Escribir y enseñar literatura

¿Por qué hacerlo? “Es una pregunta que contiene dos sentidos distintos, dos direcciones diferentes” –nos decía Carlos Skliar, investigador del CONICET y escritor–. “¿Por qué escribir?, y también, pero no como natural consecuencia, ¿porqué enseñar literatura?, es una pregunta que exige apartarse de toda falsa moralidad (la importancia del escribir, lo imprescindible de la literatura), y de toda pretensión esencialista (qué es escribir, qué es literatura), para comenzar a responder tímidamente, sin demasiado énfasis, sin olvidar que en la escritura hay escrituras y que en la literatura hay literaturas”.

Dibujo Andreina Poli

Ilustración Andreina Poli

 

La reflexión de Skliar nos conduce a pensar que son muchas las literaturas que podemos leer y enseñar. En cuanto a la lectura, la literatura es no más que un simple -y no tan simple-, encuentro de uno para uno y, en el instante en que el texto literario se perpetúa, un encuentro para cualquier otro. Leer literatura es un momento que trasciende toda realidad, un paisaje sin horizonte o un mar que no requiere ni reconoce límites. Es un encuentro íntimo. En esta soledad de uno, mía y para nosotros, pretendo, si es posible, transmitir el sentimiento (no significado) de por qué “enseñar” literatura. Y me atrevo a poner “enseñar” entre comillas en oposición a todo dogma que el uso de esa palabra pueda implicar.

“Si el libro que leemos no nos despierta como un puño que nos golpeara en el cráneo, ¿para qué lo leemos? ¿Para que nos haga felices? Dios mío, también seríamos felices si no tuviéramos libros, y podríamos, si fuera necesario, escribir nosotros mismos los libros que nos hagan felices. Lo que debemos temer son esos libros que se precipitan sobre nosotros como la mala suerte y que nos perturban profundamente, como la muerte de alguien a quien amamos más que a nosotros mismos, como el suicidio. Un libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro”, escribía Franz Kafka en una carta. Así, “enseñar” literatura es dar a otros la oportunidad de encontrar ese pico que les quiebre el mar de hielo interno.

Considero que, en la hospitalidad de la literatura –es hospitalaria toda lectura que nos (per)turbe–, escribir, leer y “enseñar” son un diálogo de un yo con otro, y de otro con algo. Una conversación en la que habla un parpadear, un abrir y cerrar de ojos. Literatura no es algo de intelectuales, sino una experiencia entre desconocidos que, en la ilusión de encontrarse, buscan, viajan, caminan, sueñan por alguna parte. Pues si el escritor no tiene intención de enseñar, mucho menos logra “enseñanza” una relación de fuerzas (docente- alumno) que imponga condiciones sobre qué es lo literario.

Si “enseño” no es a cómo escribir ni qué leer, sino a escuchar. Y no a escucharme a mí, porque ni yo llego a oír del todo. Si “enseño”, es para mostrar que en todos está la posibilidad de recorrer voces, que todos pueden hablar con cierto otro para escribir y hasta “enseñar”.

Le pregunté a Carlos Skliar qué pensaba sobre el significado de “enseñar literatura” y, en parte de su respuesta, comentaba: “Tomo la expresión ’enseñar‘ en el sentido antiguo de ’in-signare’: ofrecer signos, dar signos, poner en signos, que otros descifrarán a su tiempo y a su modo. En los cursos de escritura que coordino no enseñamos ni a escribir ni enseñamos literatura, sino bajo la forma de poder leer y saber leer la pluralidad de signos escritos que la humanidad ha creado: el lenguaje poético, narrativo, cinematográfico, dramatúrgico, ensayístico (filosófico y literario), la crónica y el periodismo cultural. El ejemplo sirve para confirmar que la vía de acceso a la escritura puede ser la escritura misma, pero es en mayor medida la lectura. Y para escribir literariamente hay que leer literariamente: sin prisas ni urgencias, explorando no los conceptos, sino las percepciones, quitando el ’yo mismo‘ como aparato de comprensión y de auto-referencia, y evitando hacer de lo literario una fórmula de legalidad o jurisprudencia”.

En este sentido, escribir y “enseñar” son un navegar de voces sin fin; una charla con un extraño que nos visita constantemente. Carlos explicitaba: “Esa marca de pluralidad de percepciones impide una respuesta acotada, cerrada, última, y solo puede ser singular en la medida que recorramos la infinidad de voces que ya han intentado responder la misma cuestión.”

Ideas encontradas de escritores y profesores: La literatura es un trompo en movimiento (Sartre), La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido (Borges); Escribir es buscar lo que sigue a lo escrito (Lispector), Escribir para ahuyentar la angustia que describe sus círculos de cóndor sobre la presa (Maillard), Se lee siempre en la oscuridad (Duras), Los lectores son cazadores furtivos (De Certau); Si todas nuestras disciplinas menos una debieran ser expulsadas de la enseñanza, es la disci­plina literaria la que debería ser salvada, porque todas las ciencias están presentes en el monumento literario (Barthes); Podemos abandonar de una vez por todas la ilusión de que la categoría ‘literatura’ es ‘objetiva’, cualquier cosa puede ser literatura y cualquier cosa que se considera literatura puede dejar de ser literatura (Eagleton).

 

Entre esos encuentros y desencuentros, no importa de qué lenguaje se trate, cómo el lenguaje se comprenda, quién lo haga o para quién, sino aventurarse para encontrar y relatar para permanecer y transformarse. Por ello, no hay poetas muertos. Hay travesura, vacíos, conquistas, incógnitas y millones de bifurcaciones que transitar.

Somos un mar de preguntas y dudas, de esperanzas y desilusiones, de melancolías y utopías; somos un oasis en el misterio: buscamos, paradójicamente en él, algún tipo de acierto y nos asombramos e iluminamos cuando no lo descubrimos. Enseñar literatura, nos decía Skliar, “es poner a disposición las obras literarias, con la salvaguarda de no caer en la trampa de un ideal humanista (‘la literatura salva’, ‘lo literario nos hace mejores personas’, ‘hay que leer para ser alguien en la vida‘) y de prestar atención permanente al problema de la selección (qué leer, quién lo decide), evitando restringirse a aquello que puede llamarse literatura ’angelical‘, la ’que no daña‘, y cuidándose de los siempre dudosos e inestables cánones industriales-culturales”.

Elegimos usar “literatura” no para hablar de un acervo, un patrimonio o un tipo de escritos ya valorados por la legitimación académica, sino de un tipo raro pero frecuente de energía humana que interviene la materia verbal de los intercambios y la altera. En el presente, la lectura de la literatura así entendida es, cada vez más, una herramienta posible para las necesidades emancipatorias de las mayorías, porque la inequidad cultural es funcional a la desigualdad social. Los modos de poder dominantes, los modos del mercado, solo requieren que muchos lean una lengua plana, veloz, aproblemática, que reduce extremadamente la experiencia del diálogo infinito. La “enseñanza” que pensamos y deseamos se resiste a eso. La “enseñanza” que pensamos y deseamos se escapa de la chatura del monólogo magistral por un sinnúmero de agujeros.

 

Por Magdalena Pascucci, con la colaboración de Ana Atorresi – ilustracion Andreina Poli

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