Marita la pistolera

Hay escenas que indican tragedias. La noche que volví de la escuela y abrí la puerta de mi casa para encontrar una mesa con 5 platos servidos, sillas corridas, la salamandra todavía caliente y ni una persona, supe, sin hablar con nadie, que algo terrible había sucedido.
Inmediatamente llamé a mi mamá. Toda la familia estaba en el hospital porque mi tía Marita le había disparado a Fabián, su marido, y después se había tragado un frasco de veneno para hormigas. “Se volvió loca”, me decía mi mamá, “no sé qué decirte, se volvió loca”. Hacía rato que no la veíamos y esta noticia fue una bomba.
Caminé hasta la parada del 40 y fui hasta el hospital. El panorama era desolador. El veneno que se había tomado mi tía la había sumergido en un coma que los médicos sentenciaron como “irreversible”; pero si, en una de esas, se levantaba, Marita iría presa por intento de homicidio. Fabián estaba en otra sala, con el brazo derecho inmovilizado porque la bala había ingresado por el hombro y salido por la muñeca destrozando todo lo que encontró en el camino.
Con los días, mi tía fue mejorando. Transitó el camino de vuelta desde lo “irreversible” y una mañana abrió los ojos y tuvo que enfrentarse a la realidad de ser trasladada al Penal III mientras se resolvía su situación. Fuimos a la casa de ella para buscarle ropa y encontramos cartas de despedida, escritas por Marita, escondidas entre los calzones y las medias. Ella pensaba suicidarse antes de que ocurriera todo esto.
A los pocos días, resolvieron que mi tía había tenido un “infarto cerebral”, que le ocasionó un momento de locura, y le otorgaron la custodia a mi mamá. Fabián salió del Hospital y no lo vimos más. No presentó cargos, asíque nos fuimos todxs en montón a mi casa.
Me acuerdo de la mañana siguiente. Mi tía tenía los ojos hundidos y me repetía “no quiero sufrir más, no quiero sufrir más”. Yo la miraba desde mi distancia de adolescente y le decía “no te preocupes, te vas a poner bien, quedate tranquila que vas a estar bien” ¿Qué otra cosa iba a decir? Por dentro pensaba que mi tía se había vuelto loca y no quería estar mezclada con tanta locura. Yo intentaba salir adelante. Y la violencia siempre me dio miedo.
La historia de Marita se fue abriendo como una flor. Día a día ella iba contando detalles de una vida cargada de agresiones, insultos, humillaciones. El día de los disparos, Fabián había vuelto tarde a la casa, y cuando entró en el cuarto que compartían él tiró al piso el grabador en el que ella estaba escuchando un disco de Julio Iglesias. Ahí nomás empezaron los insultos de siempre: “qué hacés ahí gorda, ves que no servís para nada, siempre haciendo boludeces y yo laburando para mantenerte, me das asco, asco me das”. Ella cansada de tantas humillaciones, quebrada psicológicamente, buscó un arma que tenían en la casa, pero él la interceptó, forcejearon y logró quitársela. Entonces Marita fue en busca de una segunda arma, y cuando él intentó frenarla ella disparó, y la bala se fue hacia el hombro.
Esta fue una de las primeras paradas mentales que hicimos. ¿Por qué había dos armas en la casa de una mujer que quería terminar con su vida? ¿Él las puso ahí porque quería que ella se suicidara? No lo sabíamos. Ella no tenía plata propia. Él le había pedido que dejara de trabajar hace años porque la iba a “cuidar como a una reina”. Con un poco de humor comenzamos a llamarla “Marita la pistolera”. Había que ponerle algunas risas porque el asunto era bien pesado.
Durante el año que vivió en mi casa, una sola amiga de ella vino a visitarla, una sola vez. Lo que abrió otro interrogante. ¿No había nadie alrededor de mi tía? No trabajaba, no tenía amigas ¿A qué se dedicaba todos los días? De alguna manera esta pregunta se la pudimos hacer, y ella nos contó que de a poco se fue quedando sola, que dejó de ver a sus amigas, que se dedicaba a atenderlo, pero que nada lo satisfacía. Que incluso sexualmente Fabián le exigía cosas “feas” y que ella cedía porque era su responsabilidad como mujer. Y entre esas conversaciones dijo que la noche de los disparos, entre discusión y armas Fabián le había dicho que ella era la mujer de su vida. ¿Cómo? ¿Todavía había amor? Mi tía creía que sí, pero con mi mamá comprendimos que en las historias violentas, “el amor” aparece como forma de retener a la mujer que esta aislada, sola, que no tiene medios económicos para salir, y que esta quebrada emocionalmente. Entonces este tipo de frases “sos la mujer de mi vida” confunden todavía más y se abren espacios de esperanza en lugares donde no hay nada más que control y violencia.
“Juro que nunca me pegó, no soy tan estúpida”, repetía mi tía. Pero entre los relatos aparecían arrinconamientos contra la pared, empujones, sacudidas desde los brazos, agarradas del cuello. ¿Cuál es la diferencia entre esto que sucedía y que le pegue? ¿Por qué ella hacía una diferencia? ¿De qué quería convencerse?
La cuestión es que a medida que pasaban los meses mi tía se fue recuperando emocionalmente. Yo vi, en primera persona, nadie me lo contó, como Marita se reconstruyó como mujer, como persona. Dejó de llorar, de repetir las historias. De a poco fue ganando autonomía en sus acciones y empezó a decidir sobre sus asuntos personales. El amor, la contención, la transformaron y la salvaron. Lo que nos confirmó que en su relación con Fabián no había amor: había un maltrato sistemático y tan naturalizado que parecía no tener forma.
La frase “no soy tan estúpida” nos quedó rebotando. Una parte de nosotras tardó en comprender que efectivamente ella no era una “estúpida” por quedarse con él. A pesar de haber escuchado todo el relato, de ser mujeres, nos costó desandar el pensamiento de que ella se había vuelto “loca” y pasar a verla como una víctima. Cuando la violencia pierde su forma, es porque la persona sobre la que se ejerce perdió contorno. Y se vuelve difícil identificarla. Quiero decir, la violencia pierde su forma porque asume todas las formas: psicológica, emocional, económica, sexual, y física. La víctima ya no puede reconocerse como persona, ni reclamar su dignidad.
Al año mi tía se fue a vivir sola. Si bien pudo manejarse con autonomía, siempre sostuvo un dejo de tristeza. Marita tuvo una historia dura, y a veces creo que ella no llegó nunca a pensarse como una víctima. Con los años, entre talleres y encuentros de mujeres, escuché a muchas otras contar historias como esta, y peores. De a poco esa situación “traumática” que había vivido mi familia se convertía, adentro mío, en una historia social de las mujeres. Los traumas hacen que una viva estas situaciones de manera personal y que manejes el asunto como si fueras a la única que le pasa. Pero la flor que se fue abriendo con el relato de mi tía siguió abriéndose con las historias de otras. Y comprendí que Marita fue una mujer más. Con una historia más. De violencias.

por Florencia Taylor – Imagen Glazer

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