La novena Marcha por la Soberanía a Lago Escondido, espejo de agua usurpado por el magnate inglés Joe Lewis, volvió a reclamar por el libre acceso al territorio. A pesar del hostigamiento, la columna avanzó a paso firme, y también con brazadas que abrieron las aguas. Esta crónica narra la gesta y resguarda la memoria y las impresiones de un territorio y una lucha que se sostiene con la insistencia de lo que se sabe justo.  

Antes de las 7 de la mañana la pileta es un espejo de agua liso. Mediados de febrero, en el pueblo clarea, pero empieza a notarse el declive de la temporada cálida. Todavía no encendieron todas las luces dentro de la pecera, y la gente permanece en los vestuarios, vistiéndose en cámara lenta. Alguien espera en el borde, como cuidando que ningún cuerpo perturbe la quietud del agua, que no tarda en romperse ante las voces y los pasos que van arribando por el pasillo. Imperceptible, la superficie se estremece. El momento se acabó.

Nadie pronuncia tres palabras que vibran desde hace días en el aire, en todos los rincones de la Comarca: acciones directas pacíficas. Alguien lo dijo y pareció sacado de una crónica idealista y contenta, poco acorde a las más de 50.000 hectáreas arrasadas por el fuego en los últimos dos meses. Pocos tienen ánimos de hablar de paz, y unos cuantos menos tienen fuerzas siquiera para hablar de acción.

Sin embargo, estas tres palabras se acumulan en una nubecita que anda persiguiendo el ánimo desgastado de los que hace mucho no hallan con qué. Es difícil saberlo cuando no se es de acá, pero cuando sobreviene inevitablemente el fuego en el verano, todo queda para después. Hay un minuto, un día cero. Una incierta cuenta regresiva hasta la próxima lluvia, una impotencia muy difícil de contrarrestar. Y bien pues la nubecita, un buen día, precipita.

Cerca del mediodía el lago de a ratos se agita con las ráfagas de viento, de a ratos se calma y asoma el sol en alguna rendija del cielo encapotado. Caminando hace calor, sobre todo cuando se viene acarreando con las mochilas, los bolsos con los kayaks inflables, y la anticipación a los sucesivos encuentros con la policía y los gauchos de Lewis. Estos se sucederán a lo largo del día.

La acalorada columna de marchantes siguió su camino, en parte conversando, en parte en silencio, con expectación. Todavía nadie canta. En Playa Dignidad, sobre el lago Soberanía, quedaron diez de los cincuenta, aguardando la señal para largarse por el agua.

La espera se alarga, entretenida en conversaciones sobre cualquier cosa. Alguna broma que apaga el nerviosismo, un cálculo aproximado de tiempos, de distancias. Por handy van avisando el avance de la columna, que parece ir tanto más lenta cuando la espera es en malla al borde del lago, a la intemperie de la brisa gélida. El agua tiene una temperatura que sobrepasa la sensación térmica en el exterior, pero aun así entrar no es una buena opción. Hay que aguardar a que confirmen si no hay un bloqueo en la otra orilla.

Puede más el ansia y cuando avisan que faltan diez minutos salen los nadadores, que van desenrudeciéndose a medida en que se ponen en movimiento. Primero con brazadas apresuradas, un poco para aplacar el cosquilleo del estómago, otro poco para entrar en calor; después con un ritmo sostenido, cómodo, rompiendo el espejo de agua nunca del todo quieto. Los kayaks todavía se quedan un poco más, se crea tensión.

Los nadadores se alejan, despacio, pero sin detenerse, salvo para mirar hacia atrás cada pocos minutos y constatar que sus compañeros aun no dejaron la playa. Puede que tengan que regresar si no los ven salir pronto. Algunos remeros acumulan nerviosismo mientras los puntos naranjas de los torpedos se van volviendo más pequeños. Otros permanecen apacibles, confiando en que van a poder salir. Y sucede, en pocos minutos alcanzan a los nadadores, que sobrepasan por poco la mitad del lago. El sol salió y cerca de las orillas, donde crecen alerces y chilkos, la superficie se repara, se plancha y reverdece.

Un detalle algo tonto, faltaba uno de los remos. No se sabía bien si por un descuido no lo habían traído, para empezar, o si alguien lo había robado durante la noche del sitio en donde los habían dejado escondidos. Parecía una chiquilinada robarse un solo remo, cuando si hubieran querido sabotear a la Columna podrían haber llenado los kayak de agujeros. Sin embargo, el poder obra en formas misteriosas, y nadie se hubiera atrevido a descartar un boicot, por más idiota que este pareciera a simple vista. Quizás de eso se trataban las maniobras de los defensores del magnate inglés: pequeños obstáculos que desalentaban la fluidez del cronograma de la Columna en su marcha hacia el Lago Escondido.

El operativo para desarmar los kayak, envolverlos, cambiarse la ropa mojada por ropa de marcha y seguir tomó apenas unos minutos, con una precisión quirúrgica, casi ensayada. El camino de traza larga es precioso. El de montaña es el único camino que la justicia rionegrina había reconocido en el año 2023, revocando fallos previos de tribunales inferiores. A pesar de que se había apelado, elevando el reclamo a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, todavía no se contaba con una resolución, por lo que la única manera de acceder al Lago Escondido era a través de ese sendero. Los mallincitos de altura parecen un sueño, y el bosque húmedo, en su voluptuosidad, hace olvidar durante algunas horas el paisaje incendiado que inaugura el Circuito Troncal del Área Natural Protegida.

***

No habían llegado todos a sus casas cuando se circuló un video en el que se lo puede ver a Ricky – Ricardo Capdevila, nadador de aguas abiertas que participó de las marchas al lago usurpado por Joe Lewis y fue el primero en cruzarlo a nado- sentado en la vereda con las manos a la espalda, conversando con otra persona en su misma situación. Esta no se alcanza a distinguir, ya que queda tapada por uno de los policías que componen el numeroso operativo donde fueron detenidos manifestantes que se reunieron ese miércoles 11 de febrero frente al Congreso.

Lleva puesta la remera de la Columna y su expresión es casi aburrida. Probablemente le está contando otro manifestante que una semana atrás cruzó nadando el Lago Soberanía dos veces e incursionó en el Escondido. Es de noche. En el senado continúan discutiendo la Ley de Reforma Laboral, que, por la madrugada, rato después de que lo largan a Ricky, obtiene media sanción. Unas 24 horas antes de ser detenido por averiguación de antecedentes había llegado desde el sur en la Paconeta –un minibús que habían apodado de esta manera por haber sido facilitada por el padre Paco.

Ricky cambió a la policía de montaña por la de la ciudad de Buenos Aires, todavía marchando. A la persecución con gases y camiones hidrantes los manifestantes respondieron con piedras, y unos pocos con molotov, lo que desencadenó una cacería que logró dispersar a la gente en la plaza. Él se había alejado y se encontraba en Lima y Avenida de Mayo cuando decidió regresar a ver qué pasaba en el Congreso. Es entonces cuando lo detienen, en la vereda de Rivadavia, bajo el cargo de resistencia a la autoridad.

Los mantienen a él y a los demás durante algunas horas en exposición, como rehenes, para desanimar la protesta ante una reforma laboral esclavizante. Extensión de la jornada laboral hasta 12 horas diarias, con la figura gris del banco de horas; salarios sujetos a criterios de productividad según “acuerdos” mediados por evidentes asimetrías de poder; endurecimiento de las condiciones para reunirse en asamblea –con la consecuente restricción de sus posibilidades reales de suceder– y otros puntos que vuelven vanguardistas las normativas de principios de siglo XX.

En la Comarca Andina está nevando.

De pronto el grupo se detiene y se puede observar a dos de sus líderes apartarse y forcejear con una antena. Las conversaciones se van apagando conforme los marchantes van llegando al punto donde se compactan con los demás. Predomina el silencio y el murmullo: adelante se encuentra la primera faja de seguridad. Se reanuda la marcha mirando la nuca al de adelante, callados. Pisar fuera del sendero es equivalente a lanzarse por un campo minado.  La aceleración ante el inminente encuentro con la policía desentona con los sonidos de una tarde apacible y soleada de febrero en la cordillera.

Luego de la primera barrera, donde la policía declara no estar de parte de ningún bando, sino como garantes de que no se desencadene ningún conflicto, la columna se mueve hasta la segunda faja. Como si nadie supiera de qué lado iban a ubicarse los policías en una gresca. Sin embargo, y aunque los amigos de lo extranjero lo hubieran querido, los marchantes no pretenden irse a las manos con nadie, ni caer en ninguna provocación, sino tan solo ejercer un derecho.

Los lagos como el Escondido son bienes públicos, según el Artículo 235 del Código Civil y Comercial de la Nación. El lago y su playa o lecho pertenecen al pueblo argentino. La Columna tenía que poder acceder al Lago Escondido a través de la servidumbre legal de paso. Dos días después de que los marchantes habían dejado la tierra hostil, dos paseantes comentaron con ingenuidad que habían ido hasta el Lago Escondido y que no se habían cruzado con nadie. En cambio, ese día, despliegue. En el segundo cordón se agrega un anónimo grupo embanderado, que observa a los marchantes como una exoticidad fascinante y peligrosa, de la que pueden mofarse por encontrarse del lado exterior de la jaula invisible. La solemnidad recubre a la Columna Juana Azurduy, que mantiene la vista entre desafiante e indiferente, fronteando las cámaras que se pasean a centímetros de sus rostros imperturbables para amedrentarlos.

Una conversación inaudible y enojosa se mantiene con representantes de Joe Lewis. Gente que vive en la Comarca. Los integrantes de la columna miran de lejos las expresiones endurecidas de sus vecinos, que por casualidad o ironía compartieron más de una vez otros terrenos que hubieran creído más neutrales, pero que preparaban a unos y otros para estar, ese día, de lados diferentes de la línea que los dividía.

***

Miro las pequeñas olitas que se forman en la pileta, que ya no volvería a estar quieta hasta que las luces se apagaran, por la noche. El sol está a punto de salir. Un compañero me saluda y me felicita por la movida del lago. Le sonrío. ¿Cuántos en la pileta sabrían?

Había llovido mucho la última semana. Era la hora última del verano, arrimando el alivio de la humedad otoñal, que se auguraba tras unas atípicas nieves en febrero. Falta poco, por ende, para la carrera del lago. 21 kilómetros. Me fagocitan los nervios que nacen en mi estómago con tres semanas de anticipación. ¿Por qué hago lo que hago? No quiero ganar. No puedo. No quiero.

Acciones directas pacíficas.

Quiero nadar en el lago. Porque puedo. Porque quiero. Porque todavía no lo han vendido al extranjero.

Ricky había dicho que muchos nadadores de la región habían rechazado su propuesta de nadar en Lago Escondido. Algunos le habían contestado que preferirían antes pedirle permiso a Lewis. La Columna no pedía permiso, porque no había qué. Ese día se navegó sin permiso de nadie en los lagos del sur.

***

Los marchantes pasan el segundo bloqueo, seguidos de cerca por el personal de la estancia, que está para recibirlos una vez divisan la orilla que tanto habían anhelado alcanzar. Entonces sí, cantan. El personal los mira socarronamente, conteniendo la rabia. Los hacen caminar por el sotobosque, sin permitirles transitar la servidumbre de paso, que ocupan yendo y viniendo en el lomo de sus caballos. Llegan junto al muelle, se abrazan en la arena. Plantan sus banderas. De un lado y otro de la línea que divide la propiedad privada del bien público se ven, a rebosar, banderas argentinas. Si tan solo alguien se atreviera a asegurar si éramos o no compatriotas.

Personas con las caras cubiertas por pañuelos y lentes oscuros observan inmóviles desde el muelle. El grupo vive una tarde de playa típica, montando la escena para quienes permanecen a la sombra de los árboles que empiezan poco más allá de la arena.

El día que la columna salió hacia Los Laguitos empezó a llover después de un mes. Cubremochilas y a caminar. El agua, tímida al principio, caía sobre el polvoriento suelo desnudo bajo las copas incendiadas el verano anterior. La lluvia llegaba, como casi siempre, demasiado tarde. ¿Aplacaría el fuego en Epuyén y en Alerces? ¿Traería alivio al pueblo de Cholila? En los próximos días los marchantes sabrían poco, y como un espejo, la Comarca sabría poco de ellos. La urgencia se lo va tragando todo. En los veranos hay poco tiempo para ocuparse de otras cosas. ¿Qué lugar quedaba para las acciones directas pacíficas?

Pocos días antes Ricky había llegado de una travesía de 500 kilómetros en bicicleta entre La Plata y Quequén. Se había querido visibilizar y apoyar la posición de la Asamblea por la Soberanía de Puerto Quequén, que es de la Provincia de Buenos Aires, pero que a términos prácticos se conduce como si estuviera privatizado. Ahora, por delante, una travesía de 100 kilómetros e inmersiones en los lagos de montaña.

¿Qué es un cuerpo, diez, cincuenta, arrojados a una patriada? Enfrentados a la devastación, inabarcable para unos ojos que conocieron el bosque, y otros tantos que nunca lo han visto, ni lo verán jamás, cincuenta cuerpos avanzan por el sendero. No tienen el blindaje del poder, ni de la cobertura mediática, ocupada en la tragedia del fuego. Mientras tanto otras tragedias, más silenciosas, operan para seguir despojando a los pueblos de sus tierras, de su soberanía.  Por eso los cincuenta, con la euforia de quien se ampara de las causas justas, van pisando polvo bajo la lluvia, que ojalá el viento lleve hacia Alerces y Epuyén.

Tanto paisaje que tan poca gente de mi pueblo llegará jamás a conocer. Trato de imprimirlo en mi memoria para contar lo que he sentido frente a los cerros, a los bosques, a los cuerpos de agua. A los pastos, a las flores, al trino que se escurre entre los árboles, al zumbido que se percibe entre tanta quietud. A deslizarse prestos por el sendero sabiendo que cumplimos una misión de una magnitud que de a ratos se nos escapaba del entendimiento.

Antes de entrar, hago lo que hice desde que tenía uso de memoria en las aguas abiertas. Le pido permiso al lago.

Por Camila Pareja

Equipo de Comunicacion Popular Colectivo Al Margen

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