Santiago Gonzalez Virgili lleva dos décadas reparando ojos. La intervención de sus manos vuelve a dejar pasar el reflejo de la luz a partir del cual captamos el mundo.

Buongiorno. Santiago entra al quirófano y saluda a la enfermera, la anestesista y la instrumentadora.

-¿Estás tranquila?, me pregunta.

Estoy acostada en la camilla, con la cara tapada salvo el ojo derecho. Es una operación sencilla, en no más de quince minutos me cambian el cristalino opaco por un lente nuevo y me vuelvo a casa. Si algo sale mal no va a ser grave: es mi ojo vago. Mi cerebro siempre usó el ojo izquierdo para interpretar las imágenes del mundo. Le cuento al doctor que fui profesora de su hijo. Me dice que Matías se fue a Buenos Aires a estudiar Ciencia de datos y que este año se recibe. Se prende una luz que me ciega. Escucho una secuencia de pasos vertiginosa, la coordinación entre la instrumentadora y el cirujano no necesita palabras, hace quince años que trabajan juntos. De fondo suenan Los Beatles. Mientras me revuelve el ojo, le digo que soy periodista. Le pregunto si puedo entrevistarlo, en otra ocasión.

Cuando propongo la nota en la reunión de sumario, el fotógrafo del equipo cuenta que se atiende con él. Si no te ponés las gotas te vas a quedar ciego, le advirtió el doctor un tiempo atrás. Tiene glaucoma, una enfermedad silenciosa que no da síntomas, pero una vez detectada se puede frenar a tiempo.

Bariloche cuenta con un hospital público con lista de espera para cirugías oculares, sanatorios privados con tecnología para diagnosticar y tratar problemas de la visión, muy buenos oftalmólogos, especialistas en retina y en vías lagrimales, pero sigue siendo un pueblo: en una fiesta me cruzo al cirujano, de pantalón bordó y camisa azul, bailando salsa con su pareja actual. Le sale bien. No lo saludo, no creo que me reconozca: me vio con cofia, camisolín y la pupila dilatada.

Vino a vivir a Bariloche con su esposa y sus tres hijos en el 2004. Lo había intentado en el 2001 pero la situación del país era demasiado inestable. Cinco años antes había hecho un internado rotatorio en el sanatorio San Carlos y estaba seguro de que volvería. Antes de estudiar medicina pensó en ser director de cine y probó ingeniería electrónica. Rápidamente entendió que ese no era su camino. Su padre era médico de familia. Sus pacientes lo llamaban a cualquier hora para comentarles sobre dolencias y cuestiones de la vida. Podían esperar durante horas por una consulta, esa conversación con él era parte de la cura.

Santiago estaba trabajando en una guardia en Balvanera, Buenos Aires, cuando recibió por mail una invitación del San Carlos para sumarse al equipo de oftalmólogos. Ahora es jefe del servicio de oftalmología del sanatorio y presidente de la fundación “Cien caminos” con la cual organiza campañas para combatir la ceguera evitable en la zona sur de Río Negro. Tres veces por año,  con un grupo de oftalmólogos y técnicos, viajan a los parajes de la antigua vía del tren e improvisan un consultorio en las aulas de las escuelas. En 2024 se sumó al equipo un kinesiólogo y un odontólogo que trabajaron sin descanso.

Estoy en la sala de espera. La pared está cubierta con la imagen de un ojo de medio metro. El tamaño real del órgano visual mide 2,5 centímetros, es transparente, se pueden estudiar los tejidos como en ninguna otra parte del cuerpo. En realidad, no vemos con los ojos sino con el cerebro. La retina capta la luz y transmite un impulso eléctrico que el cerebro decodifica en imágenes.

Veo una raya negra en el margen derecho cuando me despierto -indico la zona de la mancha con el índice-. Durante el día me olvido o desaparece.

Es normal -dice el oftalmólogo-. Es una medialuna temporal. Con los días el lente se acomoda y la disfotopsia negativa se va.

La catarata es la primera causa de ceguera reversible en Argentina y en el mundo. Si bien Río Negro cuenta con centros de atención oftalmológica en todas las ciudades, en los pueblos más apartados esta enfermedad sigue siendo un problema. La ceguera -dice la escritora Mercedes Halfon- es una caída hacia adentro de la persona. En un paraje o en el campo, quien ve cada vez más nublado empieza a necesitar de los suyos para hacer cosas que antes podía hacer solo. Y su mundo, de a poco, se repliega, se vuelve paisaje interior.

-Lo primero que hace la gente cuando vuelve a ver es reírse -dice el cirujano en la mesa de un café al lado del Sanatorio-. Primero viene el asombro y después la risa.

La simple prueba de anteojos puede cambiar la vida de los pobladores de Mamuel Choique, Colán Conhué, Río Chico, Laguna Blanca, Corralito, Aguada Guzmán. Fue el caso del joven que veía borroso todo lo que estaba a más de diez centímetros de su cara. Nunca trató su miopía: cuando le colocaron los cristales vio por primera vez su pueblo.

Cuando se detecta a alguien que necesita cirugía, se busca la forma de traerlo a Bariloche. Santiago le pide al paciente que no se saque el parche hasta el control postoperatorio. En las intervenciones de rutina se indica retirarlo una hora después de la operación. En el consultorio, se arma un pequeño ritual: se acercan los oftalmólogos que están atendiendo, el técnico, los familiares del paciente y rodean al cirujano que -como si destapara una pieza de arte- descubre el ojo. Su obra: un rostro encendido de luz. La persona que llega a la clínica con un bastón o de la mano de un familiar, recupera su autonomía, seducida por las sutilezas del mundo, se va caminando sola.

No alcanzan los oftalmólogos del planeta para operar la cantidad de gente que tiene cataratas. En Río Negro el personal médico está, pero aun falta conectar al paciente que vive en un lugar alejado y el cirujano que puede atenderlo. El agente sanitario es la figura clave en este enlace. En Mauritania, por ejemplo, no hay oftalmólogos -dice Santiago-. Una mujer que atendí en Nuadibú, había recorrido 1200 kilómetros por una ruta en el desierto de Sahara para operarse los dos ojos.

En 2024 participó, junto con su instrumentadora y otros voluntarios, en una campaña solidaria en la República Islámica de Mauritania organizada por la fundación española Elena Barraquer. En cuatro días operó trescientas cataratas. Cuando llegó a la clínica una multitud  que se estaba quedando ciega se agolpaba en la puerta. Si nosotros no entramos, acá no se opera nadie, gritó la jefa de la misión y el traductor repitió la frase en el idioma local. Se armó una fila, los hombres delante, las mujeres atrás. Había una secuencia de trabajo calibrada hasta el más mínimo detalle. Estuvo catorce horas inclinado sobre el microscopio: con una cuchilleta rompía la catarata -ese agujero negro que se traga la luz -y con otra la aspiraba.

-Fueron cuatro días sin ver la luz del sol -dice Zulma Gutierrez, la instrumentadora-. Operamos ochenta personas por día. No salíamos de la zona estéril: los asistentes nos cambiaban los guantes e higienizaban los instrumentos. Comíamos mucho en el desayuno y recién volvíamos a probar bocado en la cena del hotel. Todos los días había pulpo. Santiago había visto la película “Mi maestro el pulpo” y decía que era un animal muy inteligente y que no había que comerlo. Pero no tuvo otra opción.

En el sanatorio el ritmo es otro: se hacen trece cirugías los jueves y seis los martes por la mañana. Después de cada intervención, la instrumentadora se saca la ropa quirúrgica, limpia las cuchilletas, revisa que todo esté donde tiene que estar y vuelve a entrar a la zona estéril. La mayoría de las pacientes son viejitas de PAMI -dice Zulma- y todas se enamoran de él. Algunas llegan a declararse en el quirófano, es que es simpático y las trata muy bien.

Para ser cirujano se necesita cierta habilidad manual, buen pulso, estar atento al detalle y saber actuar bajo presión. La vida del cirujano de cataratas pasa por la cápsula del cristalino. Si se rompe empezás a perder años de vida -dice Santiago mientras explica el procedimiento de sacar la cápsula con la ayuda de sus manos. Hace un gesto como si abriera un paquete de galletas tirando de la cinta roja que rodea el envoltorio. Se hace una  muesca en esa membrana, solo una. Agarrás una solapa de tejido y la vas sacando en forma circular. Dejás un borde de un milímetro continuo para contener al cristalino. Si ese borde tiene más de una muesca, la cirugía se complica.

Tuvo buenos maestros durante la residencia. Aprendió observando a Jorge Malbrán -médico de una familia con cinco generaciones de especialistas en esta disciplina- y operando junto a su hijo Enrique. Este último tenía un método de enseñanza preciso y la paciencia necesaria para transmitirlo. Bajo su supervisión dominó la técnica sin dañar el ojo del paciente.

El iris tiene un patrón único como la huella dactilar. Una empresa americana ofrece criptomonedas a cambio del escaneo del iris con la promesa de crear un pasaporte digital capaz de distinguir humanos de robots. Santiago tiene una mirada escéptica sobre este invento. Es cierto que cada iris es distinto. Cuando lo ves magnificado en la lámpara de hendidura: las criptas, las rayitas, hay miles de detalles, es algo increíble, como meterse en una galaxia. ¿Qué pueden hacer con esos datos? Calculo que no mucho. También descree de la iridología, una terapia alternativa que busca leer en el ojo el reflejo de la salud. Cada ángulo del círculo se asocia a una parte del cuerpo; en el centro, dicen, está el estómago. Parece más preocupado cuando habla de los efectos de las pantallas en el futuro próximo. Se cree que el mundo enfrenta una epidemia de miopía:  los chicos pasan más horas frente a los dispositivos que jugando al aire libre. El ojo, acostumbrado a enfocar de cerca, pierde de a poco su capacidad para mirar lejos.

Tiene 55 años y no usa anteojos para ver. Tiene varios lentes de sol porque los pierde. Cuando se desconecta de su trabajo, pierde cosas. Los fines de semana corre, hace bici y sale a navegar. Con su pareja van a competir en un mundial de snipe -una embarcación a vela para dos personas- en Chile. Yo le dije a Mariana: ¿cuándo vamos a participar de un mundial? Nunca. Este es un mundial master, no por las habilidades que implica, sino por la edad. Te podés inscribir si sumás 80 pirulos entre los dos, dice Santiago.

Vuelvo a escuchar la entrevista cuando habla sobre las pantallas: frente a la computadora parpadeás menos, el ojo se reseca, se irrita. Por eso hay que descansar la vista cada media hora, mirar lejos, tomar un café y volver. Me levanto y salgo al jardín a cortar el pasto.

Por Verónica Battaglia

Fotografía: Pablo Candamil

Colectivo de Comunicación Popular Al Margen

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