No es un debate nuevo, ni de esta esta semana, en la que fue viral la cancelación a Rosalía por haber dicho en una entrevista con Mariana Enriquez que ella podía separar perfectamente la obra del artista. La escritora le preguntó cuál era su pintor favorito y Rosalía respondió: “Me gusta mucho Picasso y nunca me ha molestado diferenciar al artista de la obra, a lo mejor no me hubiera caído tan bien por las cosas que me han explicado, pero quién sabe, a lo mejor sí. No lo sé y no me importa, disfruto su obra”.

La entrevista salió como parte de la serie Spotify presenta, tras lo cual la cantante recibió una cantidad enorme de críticas, heateadas y cancelaciones: Picasso recibió múltiples denuncias a lo largo de su vida por maltrato y violencia doméstica. Esto me hizo pensar en dos grandes preguntas: la del millón: ¿Se puede separar la obra del artistita? y la otra: ¿Es justo cancelar a una persona, en este caso una artista, por sus opiniones?

La primera obviamente no tiene una repuesta cerrada, ni concreta, porque es una pregunta filosófica y ética que conlleva una tensión entre el mérito estético y la responsabilidad moral.

Se escribió mucho al respecto: un ensayo muy conocido de Claire Dederer,“Monstros“, aborda este dilema desde la perspectiva del fan que ama una obra, pero rechaza al autor. Roland Barthes, crítico y filósofo francés, escribió el libro “La muerte del autor” en el que sugiere que el autor no tiene control sobre el sentido de su obra una vez que se publica y lo que importa es la experiencia emocional de quien la ve.

Aquí me surge otra pregunta: ¿A quién pertenece una obra una vez que sale a la luz, que se populariza, que logra emocionar, hacer reflexionar y un sin fin de sentimientos y significados que le asigna cada persona en particular?

Escuché a varios compositores decir que cuando componen música sienten que la melodía no sale de ellos, sino que baja como información, como si fueran un canal donde la música ya existiese y ellos son la que la materializan.

Por otro lado, la obra expresa al autor, su ética, su mirada hacia el mundo. Una obra de arte también es un hecho político, por lo tanto, importa quién la creo. Al mismo tiempo, estamos en un sistema mercantilista donde el nombre del autor importa, sobre todo en obras como pinturas o piezas artísticas donde, dependiendo de quién la realizó, puede cotizar millones.

Es un dilema que nos pone contra las cuerdas, es incómodo, nos hace habitar nuestras propias contradicciones, nos da bronca; ¿Cómo es posible que alguien pueda crear tanta belleza y al mismo tiempo hacer tanto daño? ¿Qué hacemos con las obras que nos cambiaron la vida?

¿No escuchamos más ese tema que nos hizo emocionar hasta las lágrimas, no vemos más esa película que nos hizo reír y reflexionar al mismo tiempo? ¿Qué culpa tiene la obra de que su creador sea un cretino? ¿La calidad de la obra está por encima de la moralidad del autor?

Para abordar estas preguntas imposibles nos puede ayudar un poco Simone de Beauvoir con su libro ¿Hay que quemar a Sade?

Beauvoir plantea que la censura, o quemar una obra, es una forma de pereza intelectual, en términos modernos plantea que no hay que cancelar ni a la obra, ni al artista, porque hacerlo es una forma cómoda y vacía de borrar del mapa lo que no nos gusta y no nos sirve. Sugiere que hay que analizar la obra según quien la realizó, estudiar al autor y ahí recién apreciar y tratar de entender su obra.

En definitiva, plantea no censurar ni hacernos los desentendidos, una postura no polarizada, binaria, ni extremista, casi imposible en los tiempos que vivimos, donde no solo se cancela a un artista por ser misógino, maltratador o abusador, sino que se cancela a una artista por expresar una opinión con la cual no estamos de acuerdo.

Lo más grave es que se hace desde una superioridad moral donde se elimina la posibilidad de lo matices, la posibilidad de pensar, debatir, quedarse en el lugar incomodo de la contradicción de no tener para todo una respuesta, ni una fórmula de cómo se debe pensar y actuar.

Estas posturas dogmáticas, donde nos transformamos en policías, jueces de la moralidad y del arte se potencia con las redes sociales donde un artista es juzgado constantemente, no solo por lo que hace en su vida, sino por lo que dice o deja de decir –porque no hay una opción posible con la cual zafar- .

La cancelación hoy en día es un panóptico invertido, las redes sociales logran el fenómeno de juzgar y ser juzgados todo el tiempo. No hay categorización, da lo mismo que sea un abusador, un misógino o alguien que opina distinto, todos van a sentir el rigor de miles de dedos acusadores, mientras los verdaderos “cancelables” avanzan sobre todos nuestros derechos.

Por Irene Rasetto

Equipo de Comunicación Popular Colectivo Al Margen

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