En San Carlos de Bariloche, la basura nunca es solo basura. Es síntoma, evidencia y también consecuencia de un modelo de ciudad que creció más rápido que su capacidad de planificarse. Es la expresión concreta de políticas públicas fragmentadas, de decisiones postergadas y de una deuda ambiental que, lejos de saldarse, se profundiza.

La discusión volvió al centro de la escena con la presentación del pliego de licitación para la construcción de un nuevo relleno sanitario en el mismo predio actual, con una proyección de uso por al menos diez años más. La noticia no hace más que confirmar una tendencia persistente: frente a cada crisis, la respuesta vuelve a ser la misma. Ampliar, extender, ganar tiempo. Pero no cambiar.

El humo aparece primero

No siempre se ve, pero se siente. Se mete en la ropa, en la garganta, en los ojos. Hay días en que baja lento, como si dudara. Otros, en cambio, cae pesado sobre los barrios que rodean el vertedero y no deja dudas: la basura está ardiendo otra vez. En San Carlos de Bariloche, el basural no es un lugar. Es una presencia.

Está ahí desde hace décadas, creciendo en silencio, acumulando capas de decisiones postergadas. Montañas de residuos que cuentan una historia que la ciudad prefiere no mirar demasiado. Una historia que, cada tanto, vuelve. Como ahora.

Esta semana, la noticia recorrió los medios locales con un tono técnico, casi neutro: el municipio presentó el pliego de licitación para construir un nuevo relleno sanitario en el mismo predio, con una proyección de funcionamiento de diez años más.

En una ciudad donde las soluciones suelen ser provisorias, la basura acaba de recibir una década entera de continuidad.

El camino hacia el vertedero no figura en las postales. No hay selfies ahí, ni excursiones, ni relatos turísticos. Es otro Bariloche. El de los barrios populares y casas que conviven, todos los días, con lo que la ciudad descarta.

Las bolsas que salen de los hoteles cinco estrellas y de las cabañas premium. Los restos de comida de restaurantes llenos en temporada alta. Los envases, los plásticos, los descartables. La vida cotidiana convertida en residuo.

Más de 200 toneladas por día. Sin separación sistemática, sin circuito diferenciado, sin una estrategia sostenida que logre torcer la inercia. Apenas un esfuerzo persistente —y muchas veces invisibilizado, como el de la ARB— de quienes recuperan materiales en condiciones precarias, sosteniendo, casi en soledad, la única fisura en un sistema que sigue siendo lineal: CONSUMIR-DESECHAR-ENTERRAR.

La ilusión de lo técnico

El nuevo proyecto no llega vacío. Habla el lenguaje de la ingeniería: geomembranas, captación de lixiviados, control de gases. Promete orden donde hoy hay desborde. Y, en ese sentido, no miente: mejorar las condiciones actuales es necesario. Pero el problema es otro. Porque lo que se discute no es solo cómo enterrar mejor la basura. Es si esa debe seguir siendo la respuesta central.

La licitación, tal como fue presentada, no propone un cambio de modelo. Propone una mejora dentro del mismo modelo. Un perfeccionamiento del entierro. Diez años más en el mismo lugar no son una solución técnica: son una definición política. Provincial y Local.

La historia podría contarse como una secuencia de intentos. Planes que se diseñaron, ordenanzas que se aprobaron, emergencias que se declararon. El Plan GIRSU de 2010. La emergencia del vertedero en 2011. Las celdas transitorias de 2014 y 2015. La planta de reciclado. La ley provincial de 2020. La ordenanza de 2022 que hablaba de cierre y traslado. Todo eso existe. Todo eso, también, quedó a mitad de camino.

Mientras tanto, la ciudad creció. Más habitantes, más turistas, más consumo. Más basura. Siempre más basura. Y el vertedero, lejos de desaparecer, se consolidó como una solución de hecho. Una infraestructura que nadie elige, pero que todos usan, Dina Huapi usa, el parque Nacional Nahuel Huapi usa.

Hay algo que no aparece en los pliegos. No figura en los cálculos de ingeniería ni en los cuadros comparativos de costos. No tiene renglón presupuestario. Es la vida alrededor del basural.

Los barrios que lo rodean no son una abstracción. Son casas, escuelas, familias. Personas que conviven con olores persistentes, con humo que vuelve, con la sensación de que el aire —ese aire de montaña que se vende como marca— no es el mismo para todos.

Un relevamiento reciente, realizado por la residencia de medicina general del HZB, hablaba de afecciones respiratorias, irritaciones en la piel, problemas en los ojos. Pero más allá de los datos, hay una percepción más difícil de medir: la de ser el lugar donde termina lo que otros dejan.

La decisión de seguir en el mismo sitio no es solo logística. Es territorial. Y es profundamente desigual. En algún punto, el debate queda atrapado en una falsa disyuntiva: basural a cielo abierto o relleno sanitario. Caos o técnica. Desborde o control.

Hay otra pregunta posible, otra pregunta necesaria, otra pregunta urgente e imprescindible. ¿Qué pasaría si la basura dejara de ser, principalmente, algo que se entierra?

En Bariloche, casi la mitad de los residuos son orgánicos. Compostables. Otra parte importante es reciclable. Potencialmente recuperable. Convertible en insumo, en trabajo, en economía. Eso no es una utopía. Es un modelo. Uno que existe, que funciona en otras ciudades, y que incluso aparece en normativas locales que nunca terminaron de implementarse.

¡BARILOCHE BASURA CERO! No como una consigna utópica, sino como un horizonte de sentido. Separar en origen. Recolectar de manera diferenciada. Escalar el reciclaje. Apostar al compostaje masivo. Integrar a quienes hoy ya trabajan recuperando materiales. Reducir lo que se genera, reducir lo que llega al destino final.

En este esquema, el Relleno Sanitario sigue existiendo, pero sólo para el excedente NO recuperable. Deja de ser la atracción principal en la gestión de los residuos. Pasa a ser lo que es: el último eslabón, el menos importante. Y con relocalización urgente.

Diez años más. La cifra vuelve, como el humo. Diez años más.

Puede leerse como una solución razonable frente a una urgencia. O como la confirmación de una dificultad mucho más profunda: la incapacidad de salir de un modelo que, aun sabiendo que no alcanza, se sigue manteniendo.

Bariloche vive de su paisaje. De su naturaleza. De una idea de pureza que se vende al mundo. Pero hay otro paisaje, menos visible, que crece en paralelo. Uno donde la basura no desaparece, sino que se acumula. Donde las decisiones se patean hacia adelante. Donde el tiempo —otra vez— parece ser la principal herramienta de gestión.

Diez años, en ese contexto, no son solo un plazo. Son una forma de decir que, por ahora, todo sigue igual.

Por Fernando del Campo
Magíster en Políticas Públicas y Gobierno (UNRN).
Ex-Secretario de Desarrollo Económico municipal.

Equipo de Comunicación Popular Colectivo Al Margen

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