Un grupo de autoconvocados organizados en el espacio Reconstruyendo Epuyén, se propone volver a levantar las viviendas quemadas por los feroces incendios de los últimos veranos. Ya hay anotadas más de 150 personas que tienen planificado seguir todo el año con las tareas de obra. 

En quechua, minccacuni es una forma de llamar al trabajo que se retribuye con un aprendizaje. Puede ser también un pedido de ayuda, o el trabajo colectivo en sí mismo. La reciprocidad de la minka, o minga, no se basa en un intercambio concreto -hoy por ti mañana por mi- sino en la voluntad misma de trabajo comunitario por un beneficio común

En lo de Nahuel y Carlos Fernández el bosque es empinado y cae directo al arroyo Blanco. Los árboles tienen todos el color gris oscuro del quemado. La mayoría son pinos, aunque también se distinguen otros tipos de tronco en la misma tonalidad. La minga de este sábado, con 27 voluntarios, llega primero a la casa que el padre de Nahuel levantó en la parte alta del terreno, un campo que compraron en grupo y del que se dividieron las hectáreas. Por el pronóstico de lluvia, esta vez la minga se dedicará a sacar pinos para prevenir futuros incendios, y a cortar los árboles ya quemados. 

Me mudé definitivamente acá hace tres años, después de sentir un impulso muy profundo de tener que venir a defender la tierra, porque creo que pertenece a quien la trabaja y quien la cuida. No a quien la puede pagar”, señala Nahuel, y cuenta que el día en que el fuego llegó a la Rinconada, en enero del 2025, tanto él como su padre y hermano estaban en El Hoyo: “Nos avisaron que había un foco cercano a las once de la mañana y para las tres de la tarde estaba en todo el pinar de enfrente. Llegamos, empezamos a mojar todo, a prepararnos por si llegaba el fuego. La verdad es que no sabés qué hacer en esa situación, qué rescatar y qué dejar. De pronto el fuego cruzó el arroyo, subió por el pinar y ya no podíamos salir. Sacamos todo lo valioso y lo cargamos a la camioneta, que mi hermano bajó al arroyo, donde hay una pampita. Teníamos los ahorros y nuestros cinco perros adentro de la camioneta. Con mi viejo nos quedamos intentando salvar la casa a baldazos. Cuando no tuvimos más que hacer bajamos al arroyo, pero ya estábamos encerrados por el fuego. Soplaba un viento de 70 kilómetros por hora. Cuando llegamos abajo, la camioneta ya estaba ardiendo. No pudimos sacar nada. Nos salvamos porque nos metimos en el arroyo, con lo puesto, en un lugar donde hay un paredón de agua”. 

La historia de Nahuel y Carlos es una de las tantas de las personas que viven en Epuyén, o de quienes estaban de paso. “Una mujer con su hija perdieron la casa entera. También están Katherine y Lautaro, que tenían un hijo de tres meses que ahora tiene más de un año, perdieron la casa y el galpón. Y dos chicas que estaban acampando y perdieron todo, se volvieron a comprar carpa, mochilas, bolsas de dormir, para irse a Mallín Ahogado, y se les volvió a quemar en el incendio que hubo allá. Así podría seguir enumerando”, afirma Estefanía Lentini, voluntaria de Reconstruyendo Epuýen.

De los pinares quemados resurgen brotes de pino por todas partes. Las jornadas de despinificación tienen como objetivo prevenir: sacar los pinos verdes y dejar lugar a los árboles y plantas nativas. Entre las raíces fuertes de los pinos brotan cipreses, maquis, palo piches. 

Paulina llegó a la Comarca Andina caminando. Desde Chile, fue primero hasta Lago Puelo, y ahí decidió acercarse a Epuyén para participar de las mingas. Hace tres semanas que se aloja en uno de los campings donde los voluntarios pueden dormir y bañarse. Otros duermen en el Gimnasio Municipal de Epuyén, donde hay habitaciones con cuchetas, una cocina y baños. Este sábado, el Mago no participó de la minga porque se propuso arreglar las duchas del gimnasio. Alguien dice: “Eso también es minguear”. Son las once de la mañana y sólo faltan llegar algunos voluntarios que fueron a descargar fardos que llegaron con las donaciones. 

Entre el incendio del verano del 2025 y el de este año, ciento quince familias de Epuyén denunciaron daños en sus viviendas: pérdida total o parcial, casas que supieron sostener las paredes, pero quedaron inhabitables. Terrenos enteros con bosque nativo, galpones y espacios de trabajo, colmenas, gallineros, huertas, talleres con herramientas. También se quemaron animales y fardo guardado para alimentar a los animales cuando terminase el verano. 

A 13 meses del incendio y con el 2026 apenas comenzado, el pueblo de Epuyén se tuvo que poner de vuelta en alerta. Los brigadistas, que todavía estaban reconstruyendo sus casas, volvieron a salir al terreno. “Este año el fuego fue más lento porque vino por el Cerro Pirque, quemando bosque nativo primero. Sin embargo, no hubo una contingencia suficiente desde el Estado como para frenarlo a tiempo, de vuelta tuvimos situaciones de personas que salvaron sus casas y las de sus vecinos con baldes de agua”, señala Estefanía.

El año pasado, cuando mermó el fuego activo, algunos vecinos empezaron a organizarse y formaron la asamblea de damnificadxs. El objetivo era conocer las situaciones en que había quedado cada familia después del incendio, reclamar fondos y recuperar las casas. Era difícil saber por dónde empezar, si resolver primero la demanda habitacional o enfocarse en la reconstrucción de las casas a largo plazo. 

En ese momento, Estefanía no estaba en el pueblo, pero no podía dejar de pensar en cómo dar una mano. Ella y su pareja se dedican a la cosecha y viajan a donde haya trabajo, según la época: “A través de una vecina que estaba compartiendo la información de las familias damnificadas, me contacté y me comentaron que se estaba haciendo un relevamiento en Mallin Ahogado pero que no daban abasto, entonces empezamos a hacer otro relevamiento en Epuyen, rastreando la situación de cada persona y sus necesidades, y sistematizando esa información”. 

Una vez relevados los casos y con los materiales que se habían conseguido para la construcción de las casas, empezaron las mingas, priorizando a quienes se habían marcado como casos prioritarios durante las asambleas de damnificadxs. Este año, cuando el fuego estuvo controlado, volvieron a convocar voluntarios para retomar las mingas de construcción. Ya se anotaron más de 150 personas y tienen planificado seguir todo el año con las tareas de obra, apuntando a recuperar aproximadamente 70 casas que quedaron inhabitables después del incendio del 2025, que afectó puntualmente a La Rinconada y el Barrio del Lago. 

Tras los reclamos del año pasado, una gran parte de la población afectada recibió 20 millones de pesos en materiales para la construcción. El dinero se gestionó a través del municipio de Epuyén y se destinó a las familias que sufrieron daños graves en las viviendas o que directamente las casas quedaron destruidas. “El problema es que no hay plata para la mano de obra. Hoy en día pudimos recuperar sólo dos habitaciones de todo lo que era la casa. Así está mucha gente, con el material, pero sin poder avanzar con la construcción. Y nosotros tenemos la suerte de tener la casa de abajo, para poder quedarnos, pero hay gente que tuvo que salir a buscar alquiler o lugares prestados”, cuenta Nahuel. También hubo subsidios para pagar alquileres por algunos meses, pero lo que reclaman desde la asamblea de daminificadxs es que las medidas no son suficientes, porque en gran parte de los casos, el fuego no sólo afectó a las viviendas, sino también espacios de trabajo y herramientas, teniendo un impacto directo sobre las economías personales

Las casas que se quemaron este año recibieron otra respuesta del Estado: a través de la Secretaría de Infraestructura, Energía y Planificación, en coordinación con el municipio, la Provincia de Chubut inició las obras de 57 casas en Epuyén, que estiman terminar antes de los tres meses de obra. Sin embargo, el reclamo de quienes se movilizaron el mes pasado en Epuyén es que la respuesta no alcanza: “Tenemos que hacer que esta organización comunitaria sea sostenible en el tiempo, porque es la única forma que tenemos de asegurarnos la supervivencia”, comenta Estefanía Lentini, de Reconstruyendo Epuyén. 

Son las dos de la tarde y el sol se empieza a notar en el cuerpo después de unas horas de trabajo. La despinificación consiste en remover los pinos nuevos: los más chiquitos pero también los grandes, que grupos de tres o cuatro personas se dedican a cortar con las motosierras. Los demás, sacan los árboles con la mano, haciendo un pozo y arrancando de raíz. O con sierras manuales, serruchos o machetes. Al otro lado del río, un pinar se extiende hacia arriba de la montaña. Los árboles altos están quemados, pero abajo, en el suelo, miles de brotes ya van mostrando sus troncos y ramificaciones. 

Hay que hacer esto todos los años”, dice Lino Pizzolón, biólogo, docente e investigador que vive en La Rinconada hace más de una década. “No queda otra, si no sacamos los pinos nosotros no lo va a hacer nadie. Lino perdió su casa en enero del 2025, se tuvo que mudar a Esquel y ahora acampa en el terreno, para poder participar de las mingas y avanzar con la reconstrucción. Siempre que puede va y viene con voluntarios en su camioneta. Su pelo cano se ve desde lejos, y alrededor siempre hay gente aprendiendo alguna técnica para ser más rápidos o más efectivos al remover los árboles. 

“La idea es que todos tengan su casa de vuelta”, comenta Estefanía, y cuenta que, a partir de las mingas del año pasado, surgió la cocina solidaria: voluntarios que cocinan para otros voluntarios. Los insumos para las comidas y las viandas son todas donaciones que llegan en formato físico o en dinero, a través de un alias. “En el incendio de este año fue clave que ya estuviera organizada la comida, para alimentar a lxs brigadistas. Durante el año, también se ayudó a las familias que se quedaron sin casa o sin trabajo, para que por lo menos tengan un plato de comida”

Termina la jornada y la cuadrilla de voluntarixs se junta de vuelta en la parte alta del terreno. Los restos de la casa hacen de punto de encuentro. En una de las habitaciones reconstruidas, Nahuel instaló su batería. Fernando, uno de los voluntarios, se pone a tocar una base, a la que enseguida se suma Santi con la guitarra. Se suma una flauta, alguien canta. El sol ya está atrás de la montaña y con eso refresca y alguien hace un mate. “Siempre me atrajo de este lugar el sentido de comunidad que hay, eso es lo que me trae a poner el cuerpo”, señala Estefanía. “Somos todos distintos y eso es lo interesante, esa diversidad. La escucha y el aprender del otro. Eso es lo que se llevan todos los voluntarios que vienen. Por mi parte, siempre que pueda volver voy a volver”. 

Para participar de las mingas de Reconstruyendo Epuyén, hay que anotarse a través del formulario que comparten en las redes sociales (@reconstruyendoepuyen), indicando disponibilidad de fechas y tareas. No hace falta vivir en Epuyén o alrededores, porque hay espacios donde lxs voluntarixs pueden alojarse. Además, en caso de no poder estar presente en tareas presenciales, hay una página web para ayudar directamente a las familias afectadas: https://www.donar.lat/

Por Lorena Bermejo 

Equipo de Comunicación Popular Colectivo Al Margen

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