Al servicio del Señor y ocultas a los ojos del mundo, las carmelitas descalzas gozan de un amor que perdura intacto en el tiempo, como la miel de las abejas. Entregan su vida a la oración y ejecutan, en la sombra, una tarea prodigiosa para el bien de toda la iglesia.

Me acerqué al monasterio rosado en el kilómetro diecinueve de la avenida Bustillo, en la ciudad de Bariloche. Toqué el timbre y entré a un pequeño hall con una vitrina llena de esculturas: San José durmiendo, la Virgen de la Nieves con Jesús en brazos, ángeles y rosarios. Unos segundos después, se abrió una pequeña ventana y una religiosa me indicó que la puerta de la sala de visitas estaba abierta. Tres hermanas esperaban detrás de un enrejado suficientemente amplio como para saludarnos con un beso.

Las carmelitas descalzas son monjas de clausura, se apartan del mundo para ofrendar el amor más puro a Dios. La plegaria es una forma de hablar con Él y de interceder en nombre de otros. No están solas, viven en comunidad, con ese mismo fervor austero que el historiador Jaime de Vitry atribuye a los primeros carmelitas: “…estaban metidos en las grutas del monte Carmelo, como las abejas en el panal, fabricando la miel dulcísima de la contemplación”.

-Dios buscó los modos de enamorarnos -dice Cecilia-. Llamó y esperó nuestra libre respuesta. Así comenzó una historia de amor hermosa que nos cambió la vida.

Cristina había empezado a estudiar Bellas Artes, tenía el pelo largo y vendía sus artesanías en el parque Centenario. Sobre una pollera larga acomodaba sus aros y cuando venía el control policial escondía sus cosas y salía corriendo. Dios me engatusó, yo caí como un chorlito. No imaginaba que iba a ser monja, dice Cristina. Tenía un cuadro de Cristo pintado por el Greco que para todos era tétrico y a ella le encantaba. Era risueña, tenía amigas, iba al club, pero en la soledad de su cuarto atravesaba momentos de mucha angustia. Conversar con Jesús era lo único que la aliviaba. Luego se reconoció en las palabras de Santa Teresita cuando pregona que los pequeños actos si están hechos con amor pueden salvar un alma. Fue entonces cuando deseó que Dios la eligiera.

-Santa Teresita es culpable de muchas vocaciones -dice Cecilia-. Tenía ese fuego que contagia, quería ser misionera, sacerdote, mártir y yo también. Yo quería llegar a todos a través de la oración.

Cecilia tenía 19 años. Faltaban pocos días para Navidad. Viajó a la comunidad mapuche Chacaico Sur, cerca de Zapala, donde misionaba desde los trece años. La decisión estaba tomada pero no se animó a contársela a sus amigos y ahijados de la comunidad. Pero como si ellos intuyeran que ese encuentro iba a ser el último, la colmaron de gestos de cariño. Después de celebrar la palabra de Dios, bailaron y compartieron chavy -bebida tradicional a base de piñones-.

-¿Y usted se va a ir? – preguntó la mayor de las misioneras.

-Sí -contestó Cecilia.

En el último año del secundario, Victoria empezó a estudiar inglés en el instituto Greenfield para poder entrar con las hermanas de la Madre Teresa de Calcuta. Este apostolado atiende a los más necesitados, a los pobres entre los pobres, a los moribundos. A veces ni le hablan de Dios, están ahí para que la persona en su último aliento se sienta amado, dice Victoria. Sus compañeros de escuela sabían que ella profesaba la fe católica, algunos la entendían y otros la burlaban. Le cantaban la señal de la cruz en latín y ella les contestaba que no entendía lo que decían. Luego se dio cuenta que su camino era la oración y apenas terminó, sus padres la llevaron al convento y con mucho dolor la despidieron en la puerta. Una amiga cercana, se enojó y no le hablo nunca más.

Las tres atendieron al llamado de Dios, sintieron crecer ese fuego dentro suyo, lo mantuvieron oculto a las miradas ajenas. Atravesaron luego el tiempo de discernimiento hasta reconocer las señales que las confirmaban como las elegidas. En este camino hacia el amado, el mayor desafío fue revelar su decisión a los seres queridos. En la estadía de prueba Cecilia temía no ser comprendida, o que sus padres se sientan abandonados. Tuvo consuelo cuando un monje benedictino le aseguró que iban a entender que estar con Dios es estar con ellos.

El año pasado cuando su padre estaba muy enfermo, sintió el impulso de quebrar el encierro e ir a cuidarlo, pero se mantuvo fiel a su compromiso con Dios. Reconfirmó que su sacrificio era su mayor ofrenda. Nuestra labor es algo que no se ve como las raíces del árbol. Ahí radica su eficacia y su gran fecundidad, dice Cecilia. Alcanzó a despedirlo. Y fue un regalo inesperado volver a abrazar -treinta años después- a la gente de la comunidad mapuche que se acercó para acompañarla en ese adiós.

-Santa Teresa, nuestra fundadora -dice Cristina-, enseñaba que hemos dejado todo: entramos en la casa y cerramos bien la puerta, pero adentro nos encerramos con los ladrones. Y esto es verdad, dejamos el mundo, pero aún falta lo principal, que es dejarnos a nosotras mismas, ese amor propio, ese yo que tiene que morir para empezar algo nuevo. Ese es el cambio más difícil. Se hace poco a poco y con la gracia del Señor. Es un trabajo que dura toda nuestra existencia.

No todas perseveran. A veces, el tiempo revela que ese primer amor no era tan fuerte como parecía. Entonces se sigue otro camino. En el carmelo el “sí” no es una palabra dicha una vez: es una elección que se repite todos los días.

Dentro de la Iglesia católica existen congregaciones de vida activa, de vida contemplativa y también mixta. Las primeras viven en comunidad, algunas usan hábitos y otras no. Su vocación se desarrolla en el mundo a través de la educación, las misiones, la atención a los enfermos. El apostolado de las carmelitas descalzas es uno de los más estrictos. A los votos de obediencia, castidad y pobreza, se suma el voto de clausura. Viven y mueren dentro del monasterio. La institución está autorizada para enterrar a las religiosas en su recinto. Cuando expresan su profesión solemne reciben el velo negro y renuncian a sus bienes y a una posible herencia. Lo que les era propio pasa a la comunidad a la que pertenecen.

El carmelo de Bariloche, fundado en 1993, está conformado por diez hermanas. Todas las mañanas a las once asisten a misa en la capilla San José, a la que acceden sin salir al exterior. Se sientan en el coro, separado de los fieles por un triángulo de hierro, a través del cual reciben el Santísimo Sacramento. Victoria se sienta en el primer banco y es su voz la que más se escucha. Ella reza por los que no saben, no pueden o no quieren rezar.

-No entendía por qué en los salmos alabamos a un Dios de la venganza -dice Victoria-. Y un sacerdote me explicó que en esos cánticos canalizamos dolores muy profundos, como los de una madre a la que matan a un hijo. Por eso es importante orar en voz alta.

Además del tiempo de oración, está el momento del trabajo. Elaboran imágenes religiosas en cuero, madera y cerámica y preparan alfajores. También cuidan de su huerta y del jardín. La venta de estos productos, junto con las donaciones de los feligreses, sostiene el convento. Sobre los bancos de la parroquia hay un código QR para colaborar de manera concreta con la labor de las religiosas. Después del almuerzo y la cena comparten una hora de charla, risas y algo dulce antes de retirarse a sus celdas. No miran televisión, ni leen noticias, solo escuchan música sacra y ven películas de santos. Pero a través de las intenciones que la gente les confía para su intercesión se enteran de muchas cosas que suceden afuera. Las noticias que Dios quiere que sepamos nos llegan enseguida, dice Cecilia, y se comenta que las carmelitas son las primeras en enterarse de todo.

Hacía mucho tiempo que no daban entrevistas. La última fue en el 2014. Les mandé las preguntas por mail, las debatieron en asamblea y finalmente dijeron que sí. Supieron que había sido una buena decisión cuando se enteraron que yo cumplía años el mismo día que el beato Eduardo Pironio ascendió al cielo. Fue este sacerdote el que soñó con un monasterio de clausura en la Patagonia. Llegó a ser cardenal en Roma y cuando el papa Francisco confirmó que había curado a niño de forma milagrosa, fue beatificado.

Conversamos más de dos horas. Era el momento del almuerzo. Las otras hermanas aguardaban su presencia para sentarse a la mesa. Pero esperaron hasta que juntara mis cosas para cerrar la pequeña ventana, esa por donde reciben las peticiones y venden alfajores, esculturas de santos. 

Al salir a la luz del sol, recordé que, del otro lado de la avenida, unos días antes, había tenido lugar el festival de las tamboreras. Mujeres de distintos lugares fusionaron sus voces y sus ritmos sobre el escenario. Pidieron por el fuego en la comarca y los femicidios. Me pregunté si esa música habría traspasado las paredes de la morada religiosa. Si las monjas sintieron cuando la rockera punteó su guitarra eléctrica sobre el pulso antiguo del kultrún. En ese momento nuestras almas se elevaron. la luna se reveló perfecta: una hostia entre las montañas.

Por Verónica Battaglia

Fotos: Pablo Candamil

Equipo de Comunicación Popular Colectivo Al Margen

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