Un amigo me contó que su padre lo llamó para preguntarle si estaba en el encuentro de Therians en el Centro Cívico. Pasó la adolescencia hace rato: ¿Por qué el padre pensó que podría estar en ese encuentro?

Mi amigo es gay y milita activamente por los derechos de la comunidad LGBTQ+.  ¿Será que el padre infirió por relación transitiva que tener una orientación sexual diferente a la normativa? o que identificarse con otro género que no es el asignado al nacer, es lo mismo que identificarse y jugar a ser un perro?

¿El padre de mi amigo se volvió loco? No. Simplemente, como la mayoría de la población consume medios de comunicación masiva que se inundaron, casualmente en plena discusión de la reforma laboral, de estos chicxs Therians diciendo que se identificaban como perros o como lobos. A la par de las exclamaciones de horror y vergüenza por estos adolescentes perdidos y sin remedio, las views, el raiting y las consignas conservadoras volaron: “Esto es culpa de la ESI”; las feministas jodieron tanto con que cada uno se puede sentir como quiere y mira como terminamos”, “esto pasa por naturalizar cosas que no lo son” “esto es muy peligroso”.

Entre tanto revuelo me pregunto: ¿Es lo mismo la identidad de género, que se conforma dentro de nuestra cultura, de nuestra historia política y social, que sentirse parte de otra especie? Claro que no. La lucha por la identidad es un derecho que muchas personas del colectivo LGTVQ+ demandaron incansablemente y lo que, justamente, las nuevas derechas quieren derribar.  

Lo que está en disputa, entonces, es cómo se conforma nuestra identidad. Desde algunos feminismos se instaló la premisa del constructivismo social que está basado en un modelo de escisión entre el cerebro y el cuerpo, sosteniendo que nacemos como páginas en blanco y todas nuestras conductas son moldeadas por la sociedad a través de la cultura.

“No se nace mujer, se llega a serlo” es la frase iniciática de Simone de Beauvoir en su Libro El segundo sexo escrito en 1949. Ya en los noventa la filósofa Judith Butler, unas de las principales referentes de la teoría Queer dijo que el género es performativo: se es mujer porque se repite un performance de ser mujer cada minuto todos los días. Se niega por completo la biología. El problema aparece cuando estas ideas son  tomadas de forma literal y taxativa y se transforman en dogmas;  transformándose así en campo fértil para los discursos ultraconservadores.

Reconocer diferencias biológicas no implica cuestionar a las personas transgénero, su lucha por la igualdad de derechos y abogar por un mundo sin discriminación y mandatos estereotipados.  En el pasado la sociobiología y el darwinismo social fue utilizado por el nazismo para fundamentar todo lo que suponía humano y natural. Pero no por ello hay que desechar años de estudios científicos y no reconocer que la construcción de nuestra identidad es una conjunción muy compleja entre nuestra cultural, nuestro entorno, nuestros genes y nuestra biología. Somos una conjunción de predisposiciones biológicas influenciadas por la cultura, el entorno y por supuesto los mandatos sociales.

Referentes libertarios como Agustín Laje y Nicolás Marques y sectores conservadores utilizan la teoría Queer para burlarse, justificar su transfobia sostenido que las personas transgénero son caprichosas por no adecuarse a su sexo de nacimiento. Justamente usan la analogía basada en que es lo mismo sentirse parte de otro género que sentirse parte de otra especie.  

Eduardo Feiman, cuando se discutía la ley de identidad de género, dijo furioso: “Entonces ahora me autopercibo un chimpancé y me dan un DNI”. Desconocen o desestiman el sufrimiento que se padece cuando el género percibido no coincide con el sexo biológico y que la identidad es mucho más compleja que una performance o un juego de adolescentes en la búsqueda de su personalidad.

Los therian (que ya existían desde los años 90) son conscientes de que no son perros o lobos  y no viven como tales las 24 horas del día, tampoco son una entidad política pidiéndole reconocimiento al Estado.  Los therians  no son más que una tribu urbana buscándole sentido y un lugar en  este mundo, revelándose ante una humanidad que en estos tiempos está mostrando su peor cara. Buscan un lugar de pertenencia como lo hicieron los hemo o los flogers  en los 2000. Lo novedoso ahora es que no se identifiquen con la raza humana y esto en estos tiempos de completa deshumanización y crueldad no solo puede ser entendible sino hasta razonable.

 “No es un signo de salud estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma” es la cita famosa de Krishnamurti.  Tratándose de jóvenes en plena formación de su personalidad, aún más.

Por Irene Rasetto

Eqiupo de Comunicación Popular Colectivo Al Margen

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