Aunque Cora Langbehn no leyó el consejo de la autora Lorrie Moore en su relato “Cómo convertirse en escritora”: Primero trata de ser algo, cualquier cosa, pero otra cosa; eso es lo que hizo. Escaló cuando eran pocas las mujeres que se animaban a la altura, vivió en carpa, guió a alemanes por la Patagonia, cruzó los hielos continentales y mientras tanto se convirtió en artista.

Cora es una mujer alta, fuerte, visceral. Sus convicciones la atan al suelo, se vuelve transparente cuando el viento pasa sobre sus hojas. Entre las normas de la tierra y la inmensidad de la montaña que la deslumbra, se sostiene en un equilibrio mínimo: cede lo imprescindible para no quebrarse, pero conserva intacta su naturaleza para poder representarla en su obra.

Sobre la roca de una catedral

Ya era famosa cuando la conocí -dice Marcela Ceballos, profesora de educación física-. En ese momento no había muchas mujeres escaladoras en la montaña.

Cora escalaba mucho, vías difíciles, era una referente para las mujeres en la roca -dice Gabriel Bondel, guía de montaña.

A fines de los ochenta, sobre las agujas de granito en torno al refugio Frey se edificó la catedral de la escalada. Cora escaló con todos los grandes: los hermanos De la Cruz, Pedro Lutti, Rolando Garibotti, Lucas Kopcke. De pelo largo, con calzas a rayas metalizadas, fumaban porro y escuchaban “Walking on the moon” de The police. Eran bichos raros colgados de las fisuras de la roca volcánica. No fueron los primeros, pero se animaron a vías más altas y armaron de ese deporte un culto.

Cora tenía 18 años, se había escapado de la gran capital, era salvaje y rubia en una comunidad regida por la lógica masculina. Hasta ese momento la escalada era una práctica marginal, trepaban sin casco, ella lo hacía en malla y con un pañuelo rojo como vincha. Desde el barrio de Los Coihues, pedaleaba un par de kilómetros hasta el cruce con la senda a Playa Muñoz, escondía la bici entre los árboles y seguía a pie hasta el refugio. Estaba imantada a ese vuelo rasante, a ascender sin más que una soga y mosquetones, solo con lo justo y necesario para entrar al cielo.

-Persistí en la escalada porque siempre me dio un plus de alegría. El ambiente era muy expulsivo, pero yo no dejé que me corrieran. Por momentos tuve mucho miedo, pero me mantuve escalando, porque estar en la naturaleza, construir una confianza con el otro -se escala de a dos- y ese cansancio al final del día aportó algo a mi estado anímico como ninguna otra cosa.

A sus 55 años lo sigue haciendo.

El reloj de la nieve

La mañana del 1 septiembre del 2002, Cora había subido con las tablas de piel de foca una ladera del Catedral. Sintió que la nieve estaba pesada. “Después de una gran nevada hay que esperar dos días para volver a pisar la nieve”, recordó esa frase que repetía El Chulengo, el montañista. Hizo una sola bajada y guardó los esquís. Amasó el pan. No había mucho más para hacer en el refugio. Podía sacar sus acuarelas y pintar, pero es difícil cuando no se ve un árbol o una piedra que marque un contraste. Volcó harina con abundancia, formó un volcán blanco juntando sus manos sólidas y con los nudillos ahuecó la cima. Dejó que la masa leudara hasta convertirse en un globo terráqueo. En cualquier momento los montañistas podían empujar la polea de la puerta. No eran muchos los que subían al Frey en invierno, intercambiaban cuerdas, crampones, los últimos datos sobre el hielo. Cualquier cambio de temperatura, precipitación o viento afecta la trama de los cristales. Esa información que se traficaba en el refugio era crucial para atreverse a la alta montaña.

Escuchó por radio la llamada de la comisión de auxilio: una avalancha arrastró a quince estudiantes y al profesor guía ladera abajo. El refugiero, que estaba con ella, se fue al rescate. Por primera vez quedó sola a cargo de la cabaña. Cortó con el pie una rama ancha y seca, le dio de comer al fuego. Pasó la noche pegada a la radio, tratando de componer, a través de los mensajes de ayuda, la escena del alud. Ella podría haber estado en esa travesía, en esa salida de montaña de la Universidad del Comahue, donde estudió la carrera de Educación Física, apenas unos años antes. Buscó más ramas, las arrojó dentro de las llamas para que el tiempo ardiera más rápido. Sabía que cada minuto que pasaba disminuían las posibilidades de encontrarlos con vida.

La Asociación de Guías de Montaña investigó si la avalancha había sido causada por la naturaleza o por un error estratégico. Todos firmaron el informe, menos Cora. No estuvo de acuerdo con esa lectura de la nieve -escrita con el diario del lunes- que concluía que todas las alertas estaban encendidas para evitar la tragedia.

Después del accidente del Ventana cambió por completo la forma de guiar -dice la montañista-. Desde ese momento, todo lo que hacíamos estaba atravesado por la pregunta: si pasa algo, ¿cómo se lo explico a un juez? Vos, cada vez que guiás, tenés que hacerlo con eso en la cabeza, pensando cómo lo vería un juez. Ese pensamiento constante hace que el guía sea más conservador.

Tuvo que pasar un juicio y una condena al profesor guía para que la masa recién horneada huela a refugio en lo alto de la montaña.

Bellas artes

Pudo haber estudiado bellas artes en la academia, pero prefirió el camino del autodidacta. Nació en una familia alemana intelectual: su madre, una estudiosa del arte y profesora de literatura alemana de la universidad de Buenos Aires. De chica empezó a jugar con los óleos, fue a muchos museos, aprendió la técnica por ensayo y error y nunca más dejó de pintar. A los dieciocho años se fue de su casa. “Sentía que tenía que pinchar la burbuja, ir hacia el mundo. Viví un montón de aventuras o locuras, según como lo mires. Hice muchas cosas, pero no te las puedo contar en una hora”, dice Cora y estalla en una carcajada.

Vive en una cabaña rodeada de maitenes, cipreses y pinos, con Celeste y Violeta, sus gatas. En la pared exterior cuelgan sus raquetas de nieve y casco, bajo el alero guarda sus esquís de travesía con pieles de foca. Al costado, una puerta alta hasta la cintura abre a su taller de pintura. Con las manos todavía manchadas de humo por la quema de ramas, corre el plástico que cubre sus paisajes en acuarelas. Casi sin tocar los bordes, los expone contra un cajón con las últimas manzanas del otoño. El cerro catedral resplandece entre transparencias. Su pincelada explosiva, el cruce ágil de colores consigue retener el reflejo de la luz que guarda la montaña.

Las acuarelas son parte de su equipo de montaña. Tiene piernas largas, paso rápido y seguro, camina por lugares donde no hay sendero, dibuja su propia ruta en la pendiente. Si una perspectiva del paisaje la atrapa, frena en seco, pero ese ritmo del andar no se detiene: se concentra en la pincelada instintiva, urgente por revelar el secreto cromático de ese instante que captó su atención.

A veces deja que la montaña la sorprenda; otras, sigue con ojos de cazadora la imagen que decidió capturar. La joya del escote fue un cuadro buscado. Cada vez que pasaba en auto por el lago Gutierrez observaba el momento en que la aguja principal de esa gran bóveda de piedra quedaba al descubierto. Un día de verano decidió ir a cazar esa imagen. Puso en primer plano el follaje, agregó unas ramas verdes de coihue o ciprés por encima del escote como queriendo poner un techo a tanta inmensidad, un motivo que insiste en su obra.

Me di cuenta que el boceto tenía una fuerza primigenia -dice Cora- que no tenía la obra terminada. En mi obra busqué la perfección del boceto en un punto, ¿me entendés?

Además de las acuarelas, retrata con óleos a la gente del barrio, a los amigos, a su hija, sentada de piernas cruzadas con un vestido blanco, sobre un fondo de flores. Su autorretrato es el reflejo de su imagen sobre el vidrio de la ventana. Parte del rostro está en sombra, un pañuelo o vincha cubre la frente. La luz se condensa en la mano que pinta, esa mancha clara es la que traza su propia traducción del mundo.

-Cora es una verdadera artista –dice Valeska Baradit, licenciada en Artes-. La pintura es reflejo de lo que ella es, muy espontánea, expresiva. Rompe con la estructura académica. Explora su propia existencia aventurera y eso se ve en su obra. Tiene una búsqueda de un lenguaje muy personal

Coordina un espacio de modelo vivo en la biblioteca popular de Los Coihues. Le interesa reunirse para compartir la conexión con el pintar. Motiva y contagia a otros ese estado de concentración, esa otra frecuencia que se necesita para crear.

Como los que se juntan a hacer música, sin aspirar a ser un Charly García -dice Cora-, nosotros nos juntamos una vez por semana para seguir llevando adelante esta práctica cultural analógica. Se ríe amplia, explosiva.

La risa de todos estos años

En el barrio de Los Coihues se corre el rumor de que Cora se encadenó a un coihue muy antiguo para evitar que lo cortaran. Llegó al barrio cuando eran apenas pocas casas con chimeneas humeantes y calles de tierra alumbradas por las estrellas, un tiempo y un lugar fértiles para leyendas. En realidad no se ató a ningún árbol autóctono, la escena fue otra: En verano, a la sombra de los ñires de la pampita, los vecinos toman mate después del chapuzón en el arroyo. El dueño de esas tierras contrató a una retroexcavadora para sacar los ñires, armar una barrera de ramas y cortar el paso. Cora se plantó frente a la gran pala de metal. No se movió. El maquinista tuvo que bajar los brazos.

-Hay un hombre detrás de la máquina -dice Cora-. Estaba segura de que no iba a avanzar si había una persona en su camino. Es necesario que tengamos otra relación menos demencial con la naturaleza.

Otros árboles de los Coihues contaron con la misma suerte.

Vive con el dinero justo. Tiene un cargo simple como profesora en la carrera de Educación Física de la Universidad del Comahue, participa en el programa Montaña escolar para la escuela pública y en verano trabaja como guía de montaña. Los materiales de arte son caros pero le cuesta vender su obra, no quiere transigir con ciertos modos del circuito comercial del arte.

En la temporada de invierno suma unos pesos extras dando clases de esquí. Está esperando que le coloquen un diente para subir al cerro Catedral. “Así no voy a poder ir al cerro”, dice la instructora con una sonrisa interrumpida que termina en una risotada estruendosa, despreocupada. Se burla de las formalidades, pero entiende que la existencia, cada tanto, exige una negociación con sus reglas.

Cora reconoce que siempre se mantuvo en la línea de supervivencia, como si no hubiera otro lugar posible. En ese filo, entre la norma y la intemperie, encontró un trazo propio: en la pintura, en la montaña, en su manera de estar viva.

Por Verónica Battaglia

Fotografía: Pablo Candamil

Colectivo de Comunicación Popular Al Margen

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