Este lunes se cumplen 30 años de la piña que el ex detenido desaparecido Alfredo Chaves le asestó al represor en libertad Alfredo Astiz, en el corazón de Bariloche. Un deshago contra la impunidad. Un acto de libertad contra el fascismo. A las 16 hay un acto conmemorativo a metros del monolito.

Hace 30 años, en la mañana de uno de los inviernos más crudos y nevadores de Bariloche, el represor Alfredo Astiz esperaba un transportefrente al monolito de la avenida Bustillo. El mismo capitán de fragata que se había infiltrado para entregar a Madres de Plaza de Mayo, monjas y familiares de desaparecidos durante la dictadura cívico-militar argentina, aquel 1 de septiembre de 1995 se preparaba para ir a esquiar al cerro Catedral. Nadie recordaría aquella presencia si en ese momento no hubiera pasado por el lugar Alfredo Chaves -sobreviviente de varios centros clandestinos de detención- y no lo hubiera trompeado como lo hizo.
Ese desahogo fue un acto de arrojo: en un mes, Bariloche sería sede de la cumbre Iberoamericana de presidentes y jefes de Estado y la seguridad, el trabajo de inteligencia y los controles se habían intensificado. Carlos Menem había sido reelegido presidente en mayo, regían las leyes de Obediencia Debida y Punto Final y el indulto a los militares condenados en el Juicio a las Juntas. Astiz seguía haciendo carrera en la Marina como si nada hubiese pasado. Reinaba la impunidad.
Argentina atravesaba una tremenda recesión y el desempleo había alcanzado niveles históricos como consecuencia de las políticas de apertura económica, las privatizaciones y la flexibilización laboral. El denominado “efecto tequila”, la devaluación mexicana, había golpeado con fuerza la economía del país. En abril de 1995, una represión a trabajadores que habían quedado en la calle en Tierra del Fuego terminó con la vida de Víctor Choque. Fue el primer muerto durante una protesta social desde el regreso de la democracia. En el mismo mes, pero dos años después matarían a Teresa Rodríguez en Cutral-Co, durante una movilización de docentes.
En Río Negro la situación no era mejor: fuertes ajustes producía consecuencias devastadoras en la salud y la educación y éstas activaban movilizaciones de trabajadores que eran fuertemente reprimidas. En el Hospital Zonal de Bariloche se registraba una situación muy cercana a la cesación de pagos. En la convulsionada provincia se hablaba de la interrupción de la cadena de pagos como un fantasma que se acercaba. La gobernación estaba a cargo de Pablo Verani, que había ganado las elecciones en mayo de 1995 por una escasa diferencia de votos.
Detenido desaparecido y torturado
Chaves estudió en el colegio Carlos Pellegrini de Buenos Aires y fundó su centro de estudiantes. Era militante de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES). Al finalizar los estudios, cumplió 14 meses de servicio militar. Poco después, fue secuestrado de la casa de sus padres, en 1978, cuando transcurría el mundial de fútbol. A partir de ahí, el calvario.
Sufrió torturas físicas y psicológicas y aún recuerda la sensación de quebrarse al medio por hambre. Estuvo detenido desaparecido en el centro clandestino El Vesubio, en una unidad militar y en una comisaría de Ramos Mejía. Luego, pasó por la cárcel de Devoto y una unidad penal de La Plata. El martirio duró ocho meses.
-¿Pensabas que podrías no salir vivo de ahí?
-Sí, claro. Pensaba eso y pensaba que salía y que me volvían a chupar. Porque hacían eso.
Tras ser legalizado como detenido a disposición del Poder Ejecutivo y luego recuperar la libertad, Chaves debió volver al servicio militar durante un mes. “Estaba el conflicto con Chile por el Beagle. Ahí todos sabían que me habían chupado y no podían creer que estuviera vivo. Me miraban como a un fantasma, no me hablaban”, recuerda a Al Margen.
Una vez terminado ese tortuoso mes decidió instalarse en Bariloche, llegó en febrero de 1979. “Vine muy callado sin contar nada de mi historia. Recién en 1984 empecé a declarar”, dijo. Los caprichos del destino quisieron que en 1981 lo viera a Rafael Videla caminando rodeado de gente por la calle Mitre: “Tuve una imagen que le tiraba una trompada en el tumulto y salía corriendo. Pero obviamente no lo hice… Imaginate, no estaría acá. También lo vi a Agosti (Orlando) una vez, en una fila en el cerro Catedral”.
En los días previos al encuentro con Astiz, se rumoreaba que el represor estaba en Bariloche: “Estaba en el hotel Islas Malvinas, que era de la Marina. Con unos pocos compañeros fuimos y colgamos unos carteles expresando rechazo”, detalló. En el Concejo Deliberante se debatió una declaración de repudio, pero los ediles Héctor Bogisic y Norberto Simón del PPR, Juan Carlos Pulleiro y Rubén Alomo del PJ no acompañaron la moción.
Ante la situación las hijas de Chaves, de 12 y 14 años, le preguntaron “qué harías si te encontrás con un represor” y, sin dudar, Chaves respondió “lo golpearía”. Parece que todo se hubiera dispuesto para que lo lograra.

El día del golpe
Chaves era guardaparque en el Llao Llao. La mañana del 1 de septiembre de 1995 llevó a su hija mayor hasta el colegio Ángel Gallardo y, a la vuelta, tomó unos mates con su padre que vivía cerca del monolito. Cuando reanudó su regreso lo vio: “Es como que lo vibré… No estaba seguro si era Astiz, tenía ropa de esquí y estaba con una mujer joven. Seguí como dos kilómetros. Pero pensé ‘tengo que volver, tengo que hacer algo’”. Volvió y el ángel de la muerte todavía estaba allí.
“Dejé la camioneta encendida, por si tenía que salir rápido. Mi gasolerita no encendía bien en aquel invierno tan frío. Bajé y lo observé un buen rato desde atrás del monolito. Tenía que estar seguro de que era él. También miré si tenía guardaespaldas o si portaba un arma. Tenía miedo, temblaba. Me pasaron varias imágenes por la cabeza y lo que les había dicho a mis hijas. Pero la definitiva fue una viejita con un pañuelo blanco sentada en el colectivo y este tipo subiendo y sentándose al lado. Ahí me puse frío y crucé la calle”, dijo.
Chaves lo miró y le preguntó “¿Vos sos Astiz?”. El represor dijo “Si” y antes de terminar la siguiente frase recibió un golpe en la cara que lo desestabilizó y lo dejó contra un cerco. Sin perder tiempo y mientras la mujer que acompañaba a Astiz gritaba, el sobreviviente le recriminó cada uno de sus actos y dio un golpe tras otro; el represor empezó a sangrar.
Ambos estaban en el suelo, sobre la avenida Bustillo en la que había una caravana de autos detenida hacia cada lado. En uno de esos autos había un amigo de Chaves, que fue quien lo sacó de la trifulca y se lo llevó en su vehículo. “Yo estaba muy exaltado y repetía ‘le pegué una piña a Astiz’. Cuando habíamos hecho cuatro kilómetros recordé que mi camioneta estaba estacionada y en marcha. Entonces volvimos. Mi amigo me preguntó si estaba en condiciones de manejar y le dije que sí”, detalla Chaves.
Pero a poco de andar se dio cuenta de que su exaltación y temblor podían ser peligrosos. “Entonces paré en el kilómetro 8 en la casa de un amigo herrero. Él y su mujer me recibieron y tranquilizaron. Ellos tuvieron la idea de difundir el hecho para protegerme, hablaron con Madres de Plaza de Mayo y radio Mascaró. Pero yo no me daba a conocer. No volví a mi casa por una semana por las dudas, Bariloche estaba lleno de servicios por la cumbre de presidentes en el Llao Llao”, dice.
Las horas siguientes transcurrieron entre el miedo y la solidaridad: amigos que le ofrecieron alojamiento y construyeron redes para difundir lo sucedido y evitar que sufriera alguna represalia.
“En el ’95 vivíamos pura impunidad. Alfredo me llamó y me dijo que quería hablar conmigo. Vino a mi casa, en Mitre y Quaglia. De alguna forma nos organizamos para estar solos, mi hijo era bebe. Y grabamos una entrevista de una hora aproximadamente. Él aparecía de espaldas. Era como un resguardo”, relata Carlos Echeverría, director de cine, corresponsal de Canal 9 en aquel momento.
Unos días antes de la piña que pasaría a la historia, en agosto de 1995, Echeverría había interceptado al criminal nazi Erich Priebke saliendo de una misa en una iglesia de Bariloche con la intención de entrevistarlo para su documental Pacto de Silencio. ”Son puntos límite de intolerancia a la impunidad”, dijo respecto del golpe al represor.
Por su parte, Mara Bou, referente de la APDH regional, recordó que “se armó una red para proteger a Alfredo. Había amenazas. A varios nos llamaban a los teléfonos de nuestras casas y nos decían ‘lo del ángel vuelve’. Recuerdo que fueron días que se vivieron con mucha angustia”.
Fue Hebe de Bonafini quien convenció a Chaves de que era más seguro darse a conocer. Así fue como la noticia llegó a cada rincón del país y Astiz y todos los represores ya no pudieron caminar tranquilos por la calle.
Al mismo tiempo Chaves debió enfrentar la denuncia que Astiz le hizo por lesiones. Las pruebas eran las fotos de la cara golpeada del represor. Quisieron resolverla argumentando emoción violenta y falta de control de sus actos. Pero él se negó: “Yo estaba muy consciente de lo que hacía. Me terminaron haciendo una pericia psiquiátrica y me sobreseyeron”, cuenta.
“No me vanaglorio de lo que hice, porque eso no es justicia. Fue un desahogo”, afirma. Sus testimonios en distintas causas ayudaron a hacer justicia: fue uno de los 700 testigos del fiscal Julio Strassera en el Juicio a las Juntas de 1985 y aún continúa declarando; este año lo hizo en la causa que investiga la comisaría de Ramos Mejía.
La memoria tallada en piedra
Un testigo mudo del encuentro entre Chaves y Astiz fue la piedra que parecía estar ahí para marcar un hito. Se la llama la piedra de la memoria y también de la dignidad. Desde aquella piña, cada año se vuelve a pintar un pañuelo blanco y a escribir MEMORIA en su cara más plana. Pero hace unos meses, viendo que se cumplirían tres décadas, artistas plásticos propusieron intervenir.

El escultor Andrés Zerneri en el taller de Federico Marchesi, donde tallaron la piedra.
La piedra fue trasladada al taller que Federico Marchesi tiene en la zona de la estación del ferrocarril, donde la talló junto con el escultor Andrés Zerneri. Ahora el pañuelo, la palabra MEMORIA, la fecha y la leyenda “La piña a Astiz” serán eternos. Este lunes a las 16 será descubierta y se realizará un festival de música para conmemorar el suceso.
Zerneri -autor de esculturas que homenajean a Juana Azurduy y a Ernesto Che Guevara- vive en Villa la Angostura y allí, en la Biblioteca Popular Osvaldo Bayer, presentó la idea de hacer el puño de Chaves para convertirlo en premio para aquellos que trabajan por los Derechos Humanos.
“La iniciativa surgió como una forma de dar ánimo, de hacer volver a las filas a aquellos luchadores que están desanimados. Imagino una entrega de premios muy fashion, con mucha cobertura mediática pero que con premiados que no se enterarían ese día sino con anticipación para que puedan preparar el mejor discurso de sus vidas. Y hacer un libro y divulgar esos discursos y que sea una arenga para seguir. De premio te llevás una copia fiel del puño que le pegó a Astiz, con cada arruguita y con cada detalle”, relata Zerneri.

La memoria sigue viva, treinta años después.
Cuando el escultor fue hasta la casa de Alfredo para tomar el molde de su puño, surgió la idea de hacer algo más permanente en la piedra: “Fue fundamental toda la logística que aportó el gran artista Marchesi. Y como Chaves es humilde y no quiere ser protagonista acordamos tallar la frase La piña a Astiz”, explica.
El escultor comparte con Al Margen otro detalle de la renovada piedra que no estará a la vista: “Le pedí a Alfredo que escribiera con grafito una carta al futuro. La guardamos en un frasco esterilizado y esa cápsula del tiempo está en la base de cemento”.
Si la piña no hubiera existido, Astiz hubiera disfrutado de una mañana de esquí y hubiera paseado por Bariloche sin problemas.
Por Ximena Linares Calvo
Fotos: Gentileza de Andrés Zerneri
Colectivo de Comunicación Popular Al Margen

