Cuando la desigualdad se electrifica

La medianera entre la comunidad Quijada y el country Arelauquen lleva al extremo la fractura social de Bariloche. El barrio privado cerró el antiguo acceso al territorio de los Quijadas. La comunidad debe atravesar todo un cerro para llegar a sus casas.

Ladera sur del Cerro Otto

El abogado de la familia Quijada nos grabó un audio con indicaciones precisas para llegar al lugar. Subimos con el auto hasta el complejo de esquí nórdico. Ahí debíamos pasar por debajo de una cadena naranja con el cartel de propiedad privada. La cuidadora no debía impedirnos el paso y no lo hizo. A 100 metros encontramos una encrucijada: a la izquierda, un auto abandonado; a la derecha, las tierras del ejército. Doblamos a la izquierda. Unos pasos más y la tranquera debía estar abierta. Y lo estaba. Por un camino de tierra y abrojos, que a cada paso nuestro explotaba en nubes de polvo, nos adentramos en un bosque de lengas y amancays. Y de pronto: el valle. Un valle ocupado en su mayor parte por el barrio privado de Arelauquen y una bandera Mapuche en lo alto de un coihue antiguo.

Los Quijada

Luisa, la inan lonko de la comunidad nos esperaba a la sombra del maitén. Luego se acercó Beatriz, su hermana y su pareja Carlos. Luisa era la que hablaba, su hermana solo acotaba algunos detalles que la lonko había pasado por alto. Nos contó que antes pasaban por la pampa de los álamos para llegar a sus casas. Tan solo 500 metros los separaban de la ruta 40. Después Arelauquen añadió esa pampa a sus 700 hectáreas y les cerró el acceso. Ahora tienen que atravesar el cerro Otto para llegar a su territorio.

Ese mismo camino que hicimos nosotros durante una hora bajo el sol ardiente del verano.

El barrio privado no habilita una servidumbre de paso porque la comunidad no posee el título de propiedad. Los Quijada ocupan tradicionalmente esa ladera sur del cerro desde que José Celestino, el padre de Luisa, llegó a estas tierras hace más de sesenta años. Luisa acompañaba a su padre a trillar a yegua la lenteja, a cuidar a sus vacas, a juntar leña para vender con el permiso correspondiente. Muchos de sus hijos que aprendieron a usar el hacha en este bosque ahora trabajan haciendo volteo de alto riesgo y son reconocidos campeones de los concursos de hacheros de la Fiesta de la nieve. Blanca Quijada fue imbatible -hasta el 2012- en la categoría damas.

La comunidad está llevando a cabo el relevamiento para armar su carpeta técnica y así conseguir el título de propiedad, pero los tiempos burocráticos pueden ser muy lentos para aquellos que tienen que recorrer más de ocho kilómetros para alcanzar la ruta y llevar a las niñas a la escuela, buscar la comida para los chanchos, ir al hospital.

El vecino de al lado

Entrar a Arelauquen es como cruzar la frontera. Te reciben varios guardias, te piden documentos, te revisan el baúl del auto y llaman al socio correspondiente para que autorice tu ingreso.

Un país dentro de otro país. Un valle de mansiones con helipuerto, campo de polo, golf y playa privada; hasta se llegó a imaginar una pista de esquí propia para que los socios no tuvieran que pasar la frontera. Las calles están desiertas, los propietarios circulan en sus 4×4, las únicas que van a pie son las empleadas domésticas -por la zona de servicio-.

Luisa cargando un chapón lleno de alimento para chanchos o Beatriz de la mano de su hija con guardapolvo blanco desentonaría con este paisaje. Tampoco accedieron a darles un paso provisorio de lunes a viernes para que Beatriz pueda llevar a su hija a la escuela.

Lo más curioso es que esta urbanización a manos del grupo belga BURCO elige una palabra de origen mapuche como nombre para este emprendimiento. Es como si la comunidad mapuche se autodenominara Lofche Mohammad Ladjevardian, como uno de los propietarios de una fracción del country y bonista de un fondo buitre.

La medianera

Un doble alambrado divide estos dos mundos. El segundo alambrado está electrificado.

Guardias con perros vigilan las 24 horas. Ahora están construyendo una cancha de fútbol, para que la zona de contacto esté más distante todavía.

Pocas veces se encontraron los de un lado y los de otro lado de la frontera. En una de esas ocasiones el directorio del country que cuenta con gerentes de la filial de Osde y del banco HSBC le ofreció a la comunidad una 4×4 y 1000 litros de gasoil para dejar las cosas como estaban. “La avaricia se cura con yuyos” le contestó Luisa al directorio.

La acción inmediata de la comunidad es pedir a la municipalidad que amplíe el camino que atraviesa el cerro para que pueda pasar un auto y no tener que cargar al hombro lo que necesitan para sobrevivir, pero ahora el Ejército se opone.

Los Quijada quieren vivir en su tierra, con sus animales bajo sus árboles sagrados. No van a bajar los brazos. Este lugar constituye su identidad y recuperar sus formas de habitarlo les da la posibilidad de resistir a la cultura del blanco y crear su propia historia.

Por Verónica Battaglia

Fotografías: Euge Neme

Equipo de Comunicación Popular Colectivo al Margen