Esteban Rodríguez Alzueta: “No hay olfato policial sin olfato social”

 

En el marco de un programa de formación y prevención del delito visitó nuestra ciudad el abogado y especialista en violencia institucional Esteban Rodríguez Alzueta. Conversamos con él acerca de esta problemática que va en aumento en nuestra ciudad.

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Esteban Rodríguez Alzueta disertó en Bariloche acerca de la violencia institucional. Foto: Fabián Viegas Barriga.

Esteban es abogado, miembro del Colectivo de Investigación y Acción Jurídica de La Plata (CIAJ), impulsor de la Campaña Contra la Violencia Institucional, escribió una docena de libros, desde cuestiones de criminología hasta rock, docente universitario en varias universidades y actualmente director de la revista digital “Cuestiones Criminales” de la Universidad de Quilmes. Al Margen lo entrevistó en su visita a Bariloche. Le preguntamos por la violencia institucional y por las estrategias que pueden asumir las organizaciones sociales con la policía en este contexto político.

– ¿Cómo ves el aumento de la violencia policial?

-Bueno, es preocupante. En los últimos dos años se han sucedido casos de violencia de estado que conmovieron a la sociedad, pero también ha aumentado el hostigamiento policial hacia jóvenes de barrios más pobres. En parte, esa violencia se explica en los incentivos políticos que está aportando los funcionarios de Cambiemos. Este gobierno está desplazando la cuestión social por la cuestión policial y lo hace no sólo apelando a viejos y nuevos chivos expiatorios (el “indio” terrorista, el “narcovillero”, el “pibe chorro”, el “activista”), sino azuzando a las fuerzas de seguridad con declaraciones que siembran de pistas falsas la propia labor policial. Porque lo que hay que decir también es que este tipo de declaraciones, las bravatas de la ministra Bullrich por ejemplo, no sólo son un problema para aquellos actores apuntados como “peligrosos”, sino también para muchos policías que saben que la utilización de la violencia letal más allá de los protocolos y las normas, puede costarles demasiado caro.

Digo, no estamos en la década del 90´, en el medio hay más organizaciones sociales y organismos de derechos humanos, más fiscales y jueces también, que referencian a la violencia policial como problema y la siguen de cerca y no van a comprar la legitimidad que está vendiendo el gobierno para congraciarse con su electorado.

Ahora bien, el aumento del hostigamiento sobre determinados actores, sobre todo los jóvenes morochos de barrios populares, en parte es el rebote de las políticas de seguridad desarrolladas en las gestiones anteriores. Si hay más policías en la calle haciendo prevención, habrá más detenciones por averiguación de identidad a contingentes enteros de personas por el solo hecho de ser jóvenes, morochos y vestir ropa deportiva o andar con gorrita. Los operativos de saturación, la multiplicación de los puntos de vigilancia en las principales arterias de las ciudades, la creación de nuevas agencias de seguridad (como la Policía local en la provincia de Buenos Aires) no son un invento de Cambiemos. Entonces, el hostigamiento policial, se explica en las tareas inconclusas de las gestiones pasadas, en lo que no pudieron, no supieron y tampoco quisieron hacer. Por ejemplo, gran parte del hostigamiento actual a los jóvenes bonaerenses es un rebote de las gestiones anteriores, la de Granados o la de Berni. Las gestiones de Ritondo y Bullrich se subieron al derrotero de las gestiones anteriores.

– ¿Qué opciones o estrategias se deben plantear las organizaciones sociales para el trabajo con jóvenes en los barrios en este contexto?

-Me parece que las organizaciones sociales tienen que hacerse una autocrítica, porque no estamos en la década del 90´. Las organizaciones suelen tener una visión muy estereotipada de la violencia policial. No sólo tienden a acotar la violencia a la agresión física, sino que además activan la militancia cuando matan o torturan un pibe. Pero hay un montón de prácticas que no suelen ser agendadas como problema, sobre todo aquellas que ponen en juego una violencia moral. A veces porque las organizaciones están desbordadas con otros problemas, otras veces porque no saben cómo hacerlo, o no tienen espacios de organización para procesar esos problemas; pero otras veces porque les resulta más cómodo aferrarse a determinados lugares comunes dentro del mundo de la izquierda.

En la Campaña Nacional Contra la Violencia Institucional tenemos la siguiente consigna “Ni un pibe menos”, eso quiere decir que hay que llegar antes de que al pibe lo maten, que no hay que esperar un caso de gatillo fácil para activar a la militancia. Y para llegar antes hay que abordar aquellas prácticas a través de las cuales se hostiga sistemáticamente a muchos pibes.

Ahora bien, ¿cómo poner en crisis ese tipo de prácticas policiales “menores”? Es muy difícil hacerlo a través de la justicia, porque los operadores judiciales trabajan también con una definición restrictiva de la violencia. Para ellos la “violencia” es todo aquello que deja marcas en el cuerpo, es decir, la violencia que se puede probar. Pero… ¿cómo probar el deterioro de la identidad, la agresión a la subjetividad de las personas que tiene lugar con las detenciones por averiguación de identidad, los cacheos en la vía pública o las requisas?

Quiero decir, no todo se puede encarar a través de un habeas corpus, y tampoco me parece que el camino de la judicialización sea el más adecuado si se quiere llegar a tiempo. Como ves, la judicialización de la política no es patrimonio de la derecha, también la izquierda tiende a judicializar la política cuando carga los problemas al tratamiento jurídico. Me parece que hay otras estrategias que se pueden ensayar, pero para eso hay que dejar de lado determinados estereotipos que oprimen como una pesadilla el cerebro de los militantes. Por ejemplo el de “la yuta puta”.

Si seguimos pensando que la policía es la “yuta puta”, la policía nos queda demasiado lejos, es decir, el diálogo con ella resulta casi imposible. Así como es un problema la estigmatización de los pibes también me parece un problema la demonización de los policías, porque si a la policía se la demoniza luego es muy difícil identificarla como interlocutor, es inimaginable que podamos integrar o crear mediaciones para dialogar con la policía. Yo siempre les digo a los referentes de un territorio: “¿Cómo puede ser que no tengan agendado en sus teléfonos el número de la Comisaría?” “¿Cómo puede ser que no sepas el nombre del comisario o el subcomisario?” Hay que conocerlos. Cada vez que cambia un comisario en la delegación de tu barrio habría que ir a la comisaría a presentarse como hacen otras organizaciones de la sociedad civil; hay que mantener un contacto frecuente para luego cuestionarle la detención a los pibes, para preguntarle por qué los molestan, para que les sea difícil hostigarlos. Si los policías ven que nosotros estamos encima, pero a través del respeto, del diálogo, no te digo que se resuelve el problema pero vamos a estar en mejores condiciones para llegar antes. Pero si por el contrario para vos la policía es la “yuta puta” ese dialogo te queda demasiado lejos. Y esa distancia es la que luego necesita la policía para pegarles sin culpa. Entonces, si no queremos dejar solos a los pibes no hay que hacerle bullying a la policía y tampoco hay que hacerse autobullying que es uno de los deportes preferidos de muchos militantes que gozan autovictimizándose, porque eso les permite confirmar las lecciones que aprendieron de una vez y para siempre.

– ¿Cuáles son, entonces, las estrategias de las organizaciones sociales con la policía?

Dejame decirte algo más antes: Las organizaciones de derechos humanos somos como los bomberos voluntarios, siempre nos llaman cuando la casa se prendió fuego. Pero como te dije recién, la cuestión es llegar antes de que se incendie, y llegar antes con otras prácticas. Y para desarrollar esas otras prácticas no necesitas a los abogados de los organismos de derechos humanos. Para ir a hablar a la Comisaría no necesitas del acompañamiento de un abogado. Después me parece importante que las organizaciones sociales tienen que involucrar a otras instituciones del barrio. Por ejemplo a las escuelas. Fijate que los referentes muchas veces tampoco conocen a los directivos de la escuela del barrio. Cuantas más organizaciones e instituciones de la sociedad impliquemos tanto mejor. Hay que evitar dejarlos solos a los pibes, porque cuando quedan solos las policías puede moverse a sus anchas.

– ¿Qué sensación te dejó lo que pudiste escuchar del trabajo de las instituciones del estado y organizaciones de la sociedad para con los jóvenes en Bariloche?

-Mirá, me parece que en esta, como en otras materias, no estamos en el grado cero de la historia. Hay mucha experiencia en el haber de las organizaciones, muchos repertorios previos, mucho ensayo y error. Pero me parece que todavía hay mucho voluntarismo tanto en las instituciones como en las organizaciones. En las instituciones sigue creyéndose que una decisión oportuna servirá para cambiar el rumbo de las agencias policiales, y desde las organizaciones se cree que el compromiso alcanza. Son buenos puntos de partida. Pero acá nos estamos midiendo con prácticas que se sostienen en el imaginario social, y para poner en crisis esas prácticas, para cambiar sus rituales y los imaginarios que las sostienen, se necesitan tiempos largos, es decir, desarrollar no solo políticas públicas de largo alcance sino nuevas rutinas militantes como las que te mencionaba recién.

Yo siempre digo “No hay olfato policial sin olfato social”, es decir, no hay brutalidad policial, destrato o maltrato policial sin prejuicio vecinal. Si esto es así eso quiere decir que se duplicaron los problemas para el funcionariado y la militancia. Para poner en crisis la violencia policial ya no alcanza una reforma policial, es decir, no alcanza modificar la formación, no alcanza que se protocolice sus actuaciones y luego se dispongan controles externos. Todo eso hay que hacerlo pero no alcanza, porque si al mismo tiempo no se pone en crisis ese imaginario autoritario que hay en la vecinocracia, que activa las pasiones punitivas, que lleva a los vecinos alertas a reclamar más policías en la calle, a estigmatizar a los más jóvenes, entonces, por más que se hagan las mejores reformas las policías continuaran actuando más o menos de la misma manera por la sencilla razón de que los policías no son un extraterrestre sino un emergente social. Si el policía se mueve en el barrio como pez en el agua es porque la partitura del policía es la partitura compuesta por los vecinos en el barrio. Con esto lo que te quiero decir es que tan importante como mantener diálogos con los policías es importante mantener diálogos con los vecinos. Allí hay una disputa hegemónica cotidiana que todavía no hemos empezado a dar

 

 

Por Fabián Viegas Barriga

Equipo de Comunicación Popular Colectivo al Margen