De copas y toallitas

En esta nota analizamos las formas en que el mercado patriarcal se metió entre nuestras piernas para decirnos que nuestra sangre es sucia y debe ser ocultada, higienizada, descartada. Y nos acercamos a otra propuesta para contener nuestro ciclo los días de sangrado: la copa menstrual. Mujeres que buscan otras maneras de vivir la menstruación dicen que es ecológica, económica y cómoda.

copita 

Tranquila, vas con OB

Muchas recordarán esa famosa publicidad en donde se la veía a una joven Natalia Oreiro paseando a un perrito por la calle con un short blanco. Entonces una voz en off decía: “tranquila, vas con OB” y Nati, resuelta, dándose cuenta de ese detalle, se animaba a pasar por el medio de un grupo de varones. La cámara hace un buen acercamiento al culo de Nati, y la voz en off sigue “claro, al principio te cuesta creerlo, con OB es como cualquier otro día”. Ahí todos los varones se arrojan a mirarle el culo a Nati y dice la voz en off “con OB nadie se da cuenta, porque ni vos te das cuenta”, y Nati sonríe.

Esta idea de “no darse cuenta” se repite mucho en las publicidades. La propuesta de un cuerpo a-menstrual, sin ciclo, es la que utilizan las empresas de productos de higiene femenina. El tema es que esta propuesta mercantil tiene raíces en la cultura occidental.

Eugenia Tarzibachi, psicóloga e investigadora posdoctoral del Conicet, dice al respecto: “La Industria de “cuidado personal femenino”, productora de toallas y tampones descartables, se apoyó en el discurso de la ciencia médica moderna a lo largo del siglo XX y colaboró de forma sinérgica a difundir la menstruación como algo normal y deseable, pero que debía ocultarse eficientemente para adecuar a esos cuerpos a una norma de aceptabilidad social”. Esto es: lo aceptable socialmente es que menstrúes, pero que no se note, y que no impida el proceso productivo.

Sobre eso avanzó la industria. En asentar en el sentido común colectivo que la menstruación era algo deseable, pero sucio y molesto

Pero la industria no se quedó ahí. Sino que para vendernos sus productos fue incorporando a sus publicidades las banderas de las luchas de mujeres. La marca de toallitas “Nosotras Natural” te dice: “Tener el control, ahora podés tenerlo desde tu celular con la nueva app, Calendario Nosotras” y “Aclará aquí tus dudas sobre los tampones, ¡y que nada detenga tus planes!”. En las publicidades de “Always” te cuentan cosas como: “Cuando estás en esos días, nada te tiene que detener”, dice una voz en off mientras vemos a una mujer bailando, y sigue la mujer que vemos en la pantalla: “siempre interrumpía mis ensayos de baile, pero con Always eso no sucede. Gracias a su malla protectora absorbe al instante, haciéndome sentir seca y confiada. Ahora bailo sin que nada me detenga”, y sigue la voz en off: “Probálos también. Siempre segura. Siempre feliz con Always”. La marca “Siempre Libre” lo dice todo en su nombre.

Ser libre, tener el control, estar segura, tener confianza. Ejes transversales en las luchas de las mujeres.

Eugenia Tarzibachi comenta: “Los discursos comerciales distorsionaron de dos modos los conceptos feministas para venderles a las mujeres: por un lado, transformaron la ética feminista de la independencia económica en poder de consumo y, por el otro, la búsqueda feminista de autodeterminación fue rearticulada como una búsqueda narcisista de embellecimiento y veneración del cuerpo desde patrones estéticos dominantes”.

Los números del negocio

La cuenta la hicieron los empresarios de la higiene cerca de 1920, cuando salieron las primeras toallas femeninas al mercado. En promedio, una mujer utiliza 5 toallitas diarias, por 5 días, durante 35 años de vida fértil. Esta cuenta da un total de 11.375toallitas por mujer. Si esto lo multiplicamos por la cantidad de mujeres en edad fértil en nuestro país (un poco más de 11 millones) nos arroja un total de 125.125.000.000 de toallitas. Toneladas, montañas de toallitas.

En el supermercado encontramos un pack de 32 toallitas marca “Siempre Libre” por $112. En la cuenta promedio, utilizamos un poco menos de uno de estos packs por menstruación. Calculando 13 ciclos de 28 días por año, nuestra inversión en toallitas sube a $1.456 por año. Por 35 años de vida fértil, cada mujer invierte $51.000. Y esto multiplicado por más de 11 millones de mujeres nos da una ganancia de $561.000.000.000, sólo en nuestro país. Son tantos ceros que me cuesta imaginarlo. Pero entiendo que es un negocio que chorrea lucro.

Lo descartable vs lo reusable

La industria patriarcal primero nos convence que menstruar es un asco, y que no tenemos que parar “esos días”, y a continuación nos propone un método: el descartable. Toallitas y tampones que después tiramos a la basura tratando de no mirarlos. Toneladas de basura que se acumulan en los vertederos a lo largo y ancho de nuestro país.

De la copa menstrual casi no se habla. Digo casi, porque por suerte hay cada vez más mujeres que accedemos a estos métodos reusables para encarar los días de sangrado. Pero no es ni por asomo un número significativo, y suelen ser mujeres de clase media quienes acceden a estos métodos.

En la página de Maggacup, empresa nacional que produce la copa menstrual, dice que es un dispositivo de silicona que sirve para contener el sangrado menstrual. Ya la palabra “contener” conceptualiza de otra manera al momento de sangrado de nuestro ciclo.

Los hábitos de cuidado de la copa incluyen: hervirla antes de usarla en la menstruación y al finalizar el sangrado para guardarla. En el medio, cuando es necesario vaciarla, se quita con ayuda de los dedos, se vacía, se enjuaga y se vuelve a colocar. Se puede usar hasta 12 horas seguidas.

Este producto, que se inventó alrededor de 1930, quedó opacado por los productos descartables que también se empezaron a producir por esos años. Claro, una copa menstrual se compra una vez, sale alrededor de $590, y dura 10 años. No es negocio para una multinacional. Pero sí para algunas pymes, y/o emprendedoras/es, que trabajan para generar dinero pero tienen conductas responsables y de respeto por los bienes comunes y los ciclos naturales.

En conversaciones con mujeres que utilizan la copa se destacan comentarios como “las toallitas en el baño me daban mucho asco. Capaz quedaban uno o dos días en el tacho y ahí sí había olor”, “es muy cómoda, y me gusta pensar que no genero toda esa basura”, “hace 3 años que la uso y ya no gasto en toallitas”, “a mí no me resultó cómoda, no le encontré la vuelta de cómo ponérmela y no tuve con quien conversarlo”, “se me hace incómodo cuando no estoy en casa y entro a un baño que no tiene lavatorio”, “los primero días me costó hacerme a la idea, pero ahora estoy copada: entro al baño con una botellita para higienizar la copa y me la vuelvo a poner”, “es cómoda, la uso hasta para dormir”.

No pensar nuestra sangre menstrual como un objeto descartable, sino como parte de un ciclo más amplio. Es un desafío. Empezar a hacernos preguntas sobre nuestra menstruación, sobre lo que nos contaron, sobre lo que vivimos nosotras, sobre los métodos que nos ofrecieron para transitar los días de sangrado, sobre el destino de la sangre menstrual. Quizás las respuestas nos acerquen a una comprensión mayor de nuestra naturaleza cíclica.

Por Florencia Taylor

Equipo de Comunicación Popular Colectivo al Margen

 

 

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