Siempre es 26

Las jornadas de insurrección popular de diciembre de 2001 y la masacre de Puente Pueyrredón del 26 de junio de 2002 son dos capítulos de una misma experiencia histórica popular, que ubica en la lucha piquetera de resistencia al menemismo (en su segundo mandato) su afluente fundamental. Crónica en primera persona del día que mataron a Maxi y Dario.

Hubo un antes y despues de la masacre de Avellaneda.

Para quienes iniciamos nuestra militancia en esos años, ese período histórico nos marcó a fuego y el asesinato de Darío y Maxi nos terminó de comprometer -desde el dolor y la indignación- en nuestra decisión militante como perspectiva de vida. 

En lo personal, en esos años llevaba adelante una intensa militancia estudiantil en el conurbano de la academia (Lomas de Zamora). Un compromiso que se transformaba de a poco en una militancia política más amplia, a través de la articulación de distintas agrupaciones estudiantiles que andábamos en la búsqueda de cómo militar y forjar organizaciones de nuevo tipo para la lucha por el socialismo, a pocos años de que se había caído a pedazos en su formato «real».

Desde esa práctica militante colaborábamos con las áreas de prensa de los MTD´s de la zona sur, propiciando la comunicación alternativa con Redacción y apostando por esa vía, claro está, a alguna forma de vinculación política más sólida con esas experiencias que desbordaban potencia histórica, como lo eran los Movimientos de Trabajadores Desocupados (MTD) del conurbano bonaerense.

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Desde este lugar político (ultra lateral y secundario) el 26 de junio de 2002, junto a una compañera, llegamos al Puente Pueyrredón un rato más tarde del horario de convocatoria. Al trote, apurados, apenas pusimos un pie en la base del Puente, se escuchó el ruido seco de las primeras balas (ampliado dramáticamente por la acústica del lugar), que dieron inicio a la represión policial (sonido que hasta el día de hoy guardo como memoria emotiva de aquel día).

De inmediato, corridas y desbande como respuesta inicial, en una reacción que poco a poco empieza a tomar forma de resistencia organizada, a través de la acción de las líneas de seguridad de los Movimientos que van retrasando el avance represivo, que esa jornada combinó policías, prefectura y gendarmería (el dispositivo represivo y su diseño está meticulosamente explicado en el libro Dignidad Piquetera, de autoría colectica aunque con la pluma fundamental de Pablo Fierro).

Allí, de manera desorganizada pero entusiasta, acompañamos el repliegue en una segunda o tercera línea, en una columna que iba luchando y retrocediendo por Pavón, tratando de contener la retirada. En nuestro caso, no ingresamos a la ratonera de la estación de Avellaneda por pura suerte o azar.

Desde esa posición de acompañamiento estuvimos cerca de los compañeros que bancaron la parada con audacia e interpusieron un colectivo cruzado sobre Pavón, en una imagen parida en el Cordobazo, supongo, con el mismo objetivo táctico de obstaculizar el despliegue de los que avanzan para matarnos (elijo esas imágenes para estas líneas porque me interesa destacar que además de cacería policial ese día hubo mucha resistencia popular de la que Darío es la máxima expresión, no por su desenlace sino por su generosidad) .

Cuando no quedó otra que apurar la retirada a paso ligero, fuimos bajando por Pavón hacia el lado de Lanús. Por conocer algo de la zona, evitamos sumarnos al grupo que en su desesperación se refugió en un taller ubicado en una cortada, justo a la vuelta de una comisaría (que luego fue detenido allí, creo) y seguimos camino por la lateral de Pavón, hacia abajo.

Un helicóptero asistía a la represión en el seguimiento de las y los manifestantes que a esa altura sólo huíamos de las balas policiales. A la altura de Gerli cometimos el error de girar para ir a la estación con la idea de tomarnos el tren; cruzamos Pavón y a menos de 100 metros de los andenes, dos o tres camionetas de la Bonaerense nos rodean y detienen. Éramos un grupo de más de 20 compañeros y compañeras, así que para trasladarnos nos amontonaron en las partes traseras de las «lanchas».

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Nos llevan a la 2º de Avellaneda, que por obra de Google Maps hoy me entero que está prácticamente a la vuelta de la Estación Darío y Maxi. Nos meten en un patio chiquito y nos dejan allí. Si la memoria no me juega una mala pasada, el zócalo de TN del televisor de la comisaría ya indicaba que «habría muertos» (si me falla, seguro decía solamente «Incidentes con los manifestantes»).

A la hora o poco más, nos trasladan en un micro a la 1º de Avellaneda, base operativa central del esquema represivo, para reunirnos con el resto de los detenidos. No recuerdo con precisión cómo fue que nos dividieron entre varones y mujeres, sí que los ratis de la 1º nos recibieron con cierto rigor, más verbal que físico, y nos ubicaron en el patio central de la Comisaría (donde ya había decenas de detenidos), mirando la pared y sin dejarnos hablar entre nosotros.

La disciplina inicial impuesta por los dueños de casa fue desdibujándose a medida que la situación política, puertas afuera, iba virando a partir de la confirmación del asesinato de 2 compañeros (dato que adentro desconocíamos) y de la evidente responsabilidad del gobierno de Duhalde en la represión. Fanchiotti mutaba en el discurso oficial de policía ejemplar en cumplimiento de servicio a loco suelto que salió a matar.

En un momento se presenta en la comisaría el diputado Luis Zamora, acompañado de otras personas. Ingresa al patio, protesta por nuestra detención y luego da una arenga frente a los policías (que escuchaban en silencio), generándose una sensación de quiebre de la autoridad policial sobre quienes estábamos detenidos. Al rato estábamos ya caminando sin restricciones por el patio de la Comisaría, charlando, especulando qué estaría pasando afuera y sobre el final, agitando también.

Por las oficinas de la Comisaría se paseaban y gesticulaban varios de los policías de civil que cumplieron un rol destacado en la represión y detenciones, que las cámaras ese día registraron abundantemente.

A eso de las 8 o 9 de la noche nos liberan y al salir nos enteramos de la muerte de 2 compañeros. A Darío lo había visto un par de veces nomás, aunque conocía algo más de él porque tomaba tareas de prensa en el MTD de Lanús y desde allí tenía contacto con nuestro laburo; a Maxi, del más pequeño MTD de Guernica, directamente no lo conocía.

No obstante, en ese momento y ahora, los siento mis compañeros y no olvido quienes son responsables políticos de sus asesinatos: Eduardo Duhalde, Felipe Sola, Aníbal Fernández, Juanjo Alvarez, entre varios otros.

Juicio, castigo y cárcel común será siempre nuestro mensaje para ellos y sus cómplices.  

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Una semana después, el 3 de julio, se marchó a Plaza de Mayo. Cruzamos el Puente Pueyrredón bajo la lluvia, a paso lento, con infinita tristeza (al menos así me sentía yo).

Las líneas de seguridad fueron adelante pero no llevaron capuchas para preservar sus rostros, para que todo nuestro pueblo pudiera ver de frente el dolor y la rabia de esos miles de trabajadores y trabajadoras desocupados, que además de acciones directas de lucha construían mundos nuevos en las barriadas más golpeadas y castigadas de nuestro país.

La «opinión pública» oscilaba entre solidarizarse con las víctimas o justificar la represión. Y esa marcha, entiendo, terminó de torcer a favor del movimiento popular el clima social del momento. A los días, Duhalde -el piloto de tormentas- debió convocar a elecciones anticipadas.  

Ese 3 de julio repartimos gratuitamente unos 300 ejemplares de Redacción, de un único pliego con una crónica de la represión, paridos de emergencia en una imprenta que chorreba tonner por todos lados y que cada 50 ejemplares tenía algún desperfecto que obligaba a repararla.

Su título fue «Gobierno criminal, dignidad piquetera». A 18 años, la impunidad es otra de las pandemias.

#ConDarioyMaxiSiempre

Por Hernán Izurieta

Redacción

Equipo de Comunicación popular Colectivo al Margen