Crónicas del engome

Estas líneas constituyen un registro casero en forma de crónica, de las situaciones cotidianas vividas en la intimidad de una familia barilochense durante la primera semana de la cuarentena. Si bien son párrafos repletos de subjetividad y miradas propias, seguramente tienen muchos denominadores comunes que representen a otras familias.

Dia 1: lunes 16

Festejo la decisión del gobierno y las medidas de aislamiento dictadas por el gobierno nacional, sabiendo que no va a cambiar en mucho algunas aristas de mi vida personal y de mi forma de ser; preferir los lugares alejados por sobre la muchedumbre, el silencio y no el barullo, la tranquilidad y no el quilombo. Entonces propongo salir de vacaciones con la familia con destinos definidos y concretos. Me ubican la fortaleza de comunicar del gobierno, las noticias alarmantes de los medios y mi familia que me tilda de no tener cura y ser incapaz de seguir el orden establecido.

Lo que me motivaba y me servía de justificación a salir de periplo familiar era que estaba con bronca, ya que las últimas tres semanas habíamos trabajado muchas personas, mucho tiempo, en armar el recital de Arbolito que tenía ser el Domingo 15 y que tuvimos que suspender solo tres días antes por un decreto gubernamental a nivel local, regional y nacional por la emergencia sanitaria.

Día 2: martes 17

La lista con las tareas pendientes del laburo y las cuestiones cotidianas a resolver empieza a achicarse. Si ben el día anterior ya otorgaron “licencias de trabajo, y “home office” para el sector público y privado, como buen trabajador independiente fui al centro a trabajar, mantener reuniones, visitas obligadas y trámites inconclusos.

El día está precioso en esta tarde de marzo. En cualquier otro contexto la conjugación de estas dos cosas (tiempo libre más buen clima) me hace mirar mapas de sendas y picadas para irme de trekking. Elijo un destino para ir con mi hija a quién ya se le suspendieron las clases y los talleres y tiene mucho tiempo libre. Imposible. Ese mismo día se cierran refugios y todas las sendas del Parque Nacional. Me quedo en casa muy pendiente de los noticieros y ese contador gráfico lleno de morbo con las estadísticas de infectados y muertos por el COVID 19 que existen en tiempo real en el país y el mundo. Los ánimos personales y familiares ya tienen cimas y abismos que se mueven al unísono del mercado financiero, la bolsa y el humor de Wall Street. Todo estás muy frágil.

Día 3: miércoles 18

Me levanto y confecciono una lista con tareas a realizar en el día. Recorro la casa con lápiz y papel en mano observando aquellas cosas mínimas y cotidianas que quiero arreglar, ordenar, remendar, pegar, buscar y que siempre pateo para otro momento: cocer la ropa, clavar ese contramarco salido, deshollinar la salamandra, llamar a mi primo que vive en Andorra, juntar hojas del parque, tirar manuscritos y papeles mi escritorio de trabajo, ordenar rincones exóticos de mi casa con decisión. En medio día termino todas las tareas registradas. Dedico la otra media jornada a tratar de ver algo rescatable en Netflix. No lo logro. La que tampoco logra dormir con facilidad es Camila, mi niña de 7 años que hace solo un puñado de días atrás había logrado un “encuadre”, respecto a la hora de ir a dormir, durante el puñado de días que tuvo colegio en el año, algo que ya se desdibujó por completo. La socialización y falta de planes alternativos de niñes y grandes comienza a verse en el horizonte como una amenaza peligrosa a la vista.

Día 4: jueves 19

Me despierta a las 8 de la mañana una voz de una compañera en el teléfono diciéndome que “de buena fuente” ese mismo día van a declarar la cuarentena. Con el correr de las horas los rumores llegan por todas las redes sociales. Esa mañana fue adrenalítica; después de una cadena sin fin de wassapp, decidimos en base a estas “informaciones” adelantar la entrega del grupo de compras (donde trabajo) para esa misma jornada. Apuesta arriesgada ya que había que llamar a 40 proveedores y 120 familias de esta decisión. Y comprometerlos en esta coyuntura a que vengan todos en el lapso de 8 horas. En este caso puntual las redes sociales nos jugaron a favor. Así es que compramos, distribuimos, fraccionamos, pesamos, registramos, embolsamos y entregamos más de 4.000 unidades de todo tipo de alimentos en ese tercio de día hasta las 23:00 hs. Fue una jornada épica. No solo por el volumen del trabajo sino que por las nuevas disposiciones que se estaban implementando no podían ingresar a un mismo espacio físico más de 5 personas.

Con la cuarentena ya declarada, las 118 familias que finalmente se acercaron, no querían volverse a sus casas, (con una cuarentena o “aislamiento social preventivo y obligatorio” que comenzaba a regir en horas nada más), sin su compra mensual en este grupo de consumo. Así fue que la cola de personas, dejando el reglamentario metro de distancia) fue creciendo como el silencio de una ciudad que comenzaba a apagarse. Esa vuelta a mi casa por el km 13 quedó grabada como unas de esas imágenes que se te quedan pegadas: el centro desolado, Bustillo Vacía, pocas personas caminando y un silencio que abrumaba.

Día 5: viernes 20.

Me despierto con el ruido de un helicóptero volando muy, muy bajo. Me hizo acordar que hace mucho tiempo no escuchaba uno tan de cerca. ¿Habrá sido aquel que llevó materiales de construcción para rehacer el refugio Jakob?. Después de eso el silencio. No se escucha el bondi. Tampoco el tráfico de la calle asfaltada de la esquina. Solo algunos pájaros resaltaban de manera poco habitual.

Con los mates de la mañana llegó la primera pelea marital y llegó como cuando comienza una tormenta: lenta, sin prisa pero efectiva. Una ráfaga de oraciones fulminantes, unas miradas encendidas, reproches cruzados acerca del tiempo y la producción, un truco, retruco y vale 4 en donde una vez más fue la hija la que ubicó a los “grandes”. Después lo siguió un silencio igualito al del helicóptero. Momentos después fue que hice en forma casera un almanaque que colgué en la pared de mi escritorio, y en algún rincón de mi cabeza con los días que faltaban para el fin del aislamiento: ese número doce me decía que ese tiempo podía ser tan corto como eterno, tan relajado como hacinado. Ni siquiera se jugaba un partido de fútbol en todo el mundo como para distraerse y pasar el tiempo. El cierre de las fronteras internacionales, provinciales y locales sumaban a una sensación de estar atrapado en nuestros propios hogares. Ahí fue cuando escuche un vehículo de la Municipalidad de Bariloche que circulaba a muy baja velocidad, que mediante un parlante, les pedía a los vecinos que no salgan de sus casas. Una de las imágenes de esta pandemia que no había vivido en estos 43 años.

Día 6: sábado 21

 Salgo al parque, riego, junto hojas, podo y trato de imaginar lo que estarán haciendo mis vecines. El ruido a motosierra, martillos, bordeadoras y una pelota de fútbol me dan una idea a la distancia. Se siente el humo de algún fuego que asará una carne. Prendo la compu. Los muertos en Italia superan los 4800 y siguen contando. Le doy de comer al gato por segunda vez en el día. Raro. Riego las plantas con una precisión absoluta. Inédito. Mi niña pide en orden cronológico ver a una amiga, ir de la abuela, ir al supermercado, ver a otra amiga, ir a la playa. Las respuestas son siempre la misma. A cambio hicimos una seguidilla interminable de juegos: escondidas, penales, manchas, hamacas, cosquillas, bicicleteadas en el interior del terreno, etc.

Por la tarde proponemos hacer un yoga grupal entre los tres integrantes de la familia. Dura 10 minutos. Realmente fue una actividad muy potente que resultó un bálsamo por …20 minutos.  Después la sensación de que el tiempo se arrastraba como ese reloj de plastilina que alguna vez pintó Dalí llamado “la persistencia de la memoria”. Y esa misma memoria es la que nos dice que en este instante se terminó el verano y pasamos a un otoño que promete durar décadas en nuestro interior.

Día 7: domingo 22

La primera actividad que hago cuando me levanto es buscar el significado de pandemia: enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región. Después me encomiendo ante la estatuita del Gauchito Gil que tengo en casa, para que nos proteja en este largo camino de los 10 días que faltan hasta el fin de la cuarentena. Como todos los domingos llamé a mi padre que vive en el conurbano. Todo bien. Todo igual que siempre. Hablé 3 minutos más de lo habitual y eso es mucho tiempo. Hasta le pregunté por la tía Norma. “Ahora que me dieron el alta por el problema que tenía de las várices no puedo ir a ningún lado”, me confiesa en tono zen. Lo entiendo. Salvando las distancias recuerdo que en el último mes perdí el celular, me quitaron la licencia de conducir y quedé aislado obligatoriamente, todas situaciones que atentan contra la socialización, la conexión y la comunicación social. ¿Habrá alguna moraleja? No lo sé, pero sí hay señales claras que habría que prestarle atención. Mi hija me grafica uno y nos cuenta que soñó la noche anterior que era un ave migratoria y “se iba de viaje”.

Cuando cae el sol y más aprieta estar encorsetados en esta situación de encierro, son muchos los caminos que llevan sin escalas al consumo de alcohol o la marihuana. Nos inclinamos por el primero. Abrimos un tinto. Pusimos música eligiendo en orden una canción cada unx. Mucho rock nacional, bandas que son parte de nuestra historia y temas que resuenan en alguna parte dentro nuestro. Abrimos el segundo tinto y ya con un parlante enchufado a la compu, se armó el karaoke familiar, en ocasiones con un pogo de tres personas incluido. Todo es válido para mover nuestra energía y licuar los malos pensamientos de nuestras almas ya embriagadas. Antes que se apaguen las luces y cada uno termine durmiendo en una cama ajena, nos quedó grabada una frase que escuchamos en algún lugar esa noche: estamos resistiendo porque el mundo tiene cura.

Por Sebastían Carapezza Carapezza

Fotos: Euge Neme

Equipo de comunicación Popular Colectivo al Margen