El éxodo de los leones en América.

Alrededor de 5.000 Senegaleses trabajan en Argentina. Unos 10 trabajan feriando en Bariloche. Huyen de la miseria y vinieron a hacerse un futuro mejor. Primera parte de la investigación que realizó Al Margen acerca de esta corriente migratoria que llegó hasta la Patagonia.

Los senegaleses que llegan a Bariloche integran las filas de los trabajadores de la economía popular.

Capitalismo Sin Fronteras

El sol calienta por fin a mediados de octubre y eso lo pone de mejor humor. Quizás por eso Modou es el único Senegalés de la feria que acepta contestar preguntas. Al resto parece molestarles que el periodista les pregunte por su vida, cómo llegaron hasta acá o si encuentran lugar para practicar sus cultos musulmanes en la rutina de comerciantes de feria.  Uno contesta que todos los noticieros mienten y que por eso prefiere sólo hablar de fútbol, otro que un diario local dijo que por participar de la fiesta del inmigrante habían cobrado un dinero que en definitiva nunca les dieron. Otra vez, los medios mienten. Chocolate por la noticia.

Se entiende que no quieran decir nada. Están en una posición ideal como para ser convertidos en carne de cañón de la rapiñera prensa actual. Son extranjeros, migrantes, casi ni siquiera hablan español y lo que generalmente resulta más llamativo: son negros en medio de una sociedad que aspira a ser tan blanca como cualquier sociedad de primer mundo europea.

Es sábado al mediodía en el “Espacio Sin Fronteras” de calle Onelli; la feria creada por el Municipo de Bariloche para alojar a los manteros. La decisión fue una mejora notable para Modou. Antes tenía que, con lonas, bolsas y polyester, protegerse del jodido clima patagónico. “Bariloche es frio, nieve, lluvia. Cuando recién llegué, no aguanté y salí a buscar un lugar más caluroso y volví en invierno de vuelta. Después traté de acostumbrarme, porque me gusta vivir aquí, pero me costaba. Empecé trabajando en la calle. Estaba sobre Onelli donde estuve dos años. Después nos sacaron y nos dieron este lugar. Antes cuando nevaba veníamos con una pala para sacar la nieve para poder armar. Sino no vamos a tener ni para comer ni para el alquiler, ni para mandar plata para ayudar a la familia. Yo trabajo de lunes a lunes” sostiene.

Que tenga que soportar así el frío y que viva en un lugar como éste, es una locura para la familia que dejó hace 3 años en Kébemer, una ciudad del interior de Senegal que tienen más o menos el tamaño de Bariloche. “África, es un continente, pero el país es Senegal”, dice Modou, quizás cansado de explicarles su origen a argentinos que ven en África un territorio salvaje, con elefantes, monos y leones sueltos, y no un continente con países organizados, con ciudades, oficinas, servicios públicos, pese a los desastres que el colonialismo ha hecho en esas regiones. Casi la misma mirada opaca que se repite en europeos o norteamericanos sobre nosotros, los sudakas.

Modou puede alquilar un buen local en la feria que reúne a bolivianos, paraguayos, venezolanos, dominicanos, que vienen como él a Argentina a trabajar para mejorar su porvenir y poder enviar alguna mínima remesa a la familia.

Se acomodan sobre las estanterías cientos de gorras de visera plana, copias de las gorras que se usan en Estados Unidos, fabricadas en China, enviadas por container en un barco ruso y ahora vendidas por un senegales que pasa frío en la Patagonia. Difícil encontrar un mejor ejemplo de cómo el capitalismo global y globalizante empuja la circulación de mercaderías y personas por el mundo. Antes, estas personas eran tratadas como mercancías y eran traídos por la fuerza. Hoy son los resultados del modelo explotador capitalista los que fuerzan a que las personas se trasladen solas, como puedan, para poder hacer un mango en algún otro lado del mundo.  

“Hay muchísimos vínculos entre la esclavitud y esta nueva inmigración. Hay vínculos no solo porque hubo una colonización que ha dejado sus huellas hasta hoy en día y que Senegal tenga un PBI tan bajo tiene que ver con esa colonización”, dice la doctora Gisele Kleidermacher, quien investiga la situación de los vendedores ambulantes senegaleses en Buenos Aires.

Senegal fue hasta 1960 colonia francesa. Su independencia, de la mano de Lèopold Senghor,  no significó la independencia económica. Por ello se sucedieron políticas pensadas por los grandes organismos financieros del primer mundo, que fomentaron, en Senegal y en otras ex colonias de África, el desarrollo de monocultivos para la exportación y endeudamiento como forma de salir de su incesante crisis. La consecuencia fue que muchas personas del campo se quedaron sin trabajo y se fueron a buscarlo a las ciudades, con el consecuente aumento de la miseria urbana. Se estima que en Dakar, la capital de Senegal, hay no menos de 50.000 chicos en indigencia, obligados a mendigar en la calle.

Por otra parte, el gran endeudamiento en el que se vió envuelta la recién nacida república se hizo apremiante a mediados de los ´80, a sólo 20 años de su independencia. Razón por la cual debió aceptar la aplicación de programas de ajuste estructural diseñados por los organismos de crédito internacional. Con ellos se inició un proceso de liberalización y apertura comercial que se intensificó en la década siguiene, de retirada del Estado de la esfera económica y de gran desarrollo del sector informal de la economía –sobre todo en servicios– orientado a la subsistencia. “Los países que se endeudan con las metrópolis, con los países más desarrollados, son países que terminan estando subsumidos, porque sabemos que los préstamos de dinero no son gratuitos. Detrás de eso hay políticas de ajuste estructural, de manejo de la población, que por supuesto generan mayor desigualdad. Lo sabemos”, aclaraKleidermacher. Cualquier semejanza con nuestra realidad no es pura coincidencia.

Democracias serviles a intereses privados como las que vuelven a gobernar en Latinoamérica y las que están gobernando en África producen que las poblaciones se desplacen en búsqueda de mejores condiciones de vida en otra latitudes donde sólo son criminalizados y perseguidos como los enemigos número uno de las economías de los países donde arriban”, resume Nicolás Caropresi,  referente de Movimiento de Trabajadores Excluidos, parte de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), que desde hace unos años abrazó a los Senegaleses que trabajan en Buenos Aires, dentro de su organización.

Migrar es un Derecho

Para Thomas Valenzuela, del Movimiento de Trabajadoras y Trabajadores Migrantes, “la migración, como crisis humanitaria, tiene relación con la crisis del capitalismo, sin duda alguna. Un sistema que no resuelve los problemas porque está basado en la no distribución de la riqueza y en la evidente concentración en un sector privilegiado.” En el mismo sentido agrega Caropresi, “es resultado de lo que el Papa Francisco llama ‘cultura del descarte’. La imposibilidad del sistema capitalista de incluir a todos los seres humanos. Es en la periferia donde se hace más evidente producto del neoliberalismo y neocolonialismo que propone que los grandes capitales trasnacionales se chupen las riquezas de los países periféricos”.  Por último se escucha la indignación de Valenzuela en el teléfono: “Y obvio, la gente se muere de hambre, la gente quiere vivir y lo que hace es buscar una posibilidad en otro lugar. Y cuando llega a ese otro lugar, se encuentra con esas otras barreras que el mismo sistema pone ante la crisis que el propio sistema generó”. Las mismas barreras con las que se encuentra un argentino que está sin visa hace años en Estados Unidos, o el que se fue a Europa y está indocumentado buscando trabajo.

Por Ramiro Sáenz

Fotos; Euge Neme y Ramiro Sáenz

Equipo de Comunicación Popular Colectivo al Margen

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