De la libertad económica a la dependencia financiera

En esta nota abordamos el tipo de configuración económica que se viene llevando a cabo y cuál es el relato por medio del cual es justificado este modelo.

Ya van dos años que el actual gobierno está (des)regulando el país con la validación de los resultados de las elecciones.  ¿Cómo se caracteriza y a quién le conviene realmente este modelo? ¿Qué hay detrás del discurso de la libertad económica? ¿Cuáles son las tensiones, contradicciones y límites del modelo? El Gobierno de la alianza Cambiemos posee una forma de entender la economía y por ende también de conducirla en defensa de ciertos intereses. Pero esa alianza no defiende cualquier interés, sino uno en particular que es una expresión hegemónica netamente de clase, bajo la égida de los grandes grupos económicos concentrados y del capital financiero.

Esta expresión supo reproducir el relato del pensamiento único, propio de los organismos multilaterales, tales como el Banco Mundial, FMI y la OMC, que presionan para generar una liberalización económica y financiera. Es un modelo que fue pensado e ideado desde afuera y en su esencia no hay nada novedoso. Sus bases no son más que la Sociedad de Monte Pelegrino formada por el profesor liberal Von Hayek hacia 1947, cuyo fin fue ejercer influencias en al ámbito político, social y económico para combatir con todos los medios ideológicos posibles (también por la fuerza si fuera necesario) las ideas keynesianas. Es decir, la configuración del llamado pacto de la socialdemocracia y las posiciones más radicales provenientes desde la izquierda.

Entre los emblemas del liberalismo se encuentran la meritocracia, la libertad del mercado, la reducción del Estado en la economía (solo como garante de la propiedad privada), el discurso de una necesidad de austeridad y ajuste (siempre para otras clases) y el férreo sostenimiento dogmático del efecto derrame. En nuestro país se resignificó mediante los llamados brotes verdes y/o los segundos semestres, entre otros.

Pero lo cierto es que a dos años del actual Gobierno, aún nada se ha visto de este prometido futuro próspero, de ese paraíso terrenal en donde “los vicios privados se convierten en bondades públicas”, tal como lo planteara Bernard Mendeville hacia 1729 en La fábula de las abejas. Sobran los trabajos y análisis que remiten al deterioro de las condiciones económicas en general desde que asumió el actual Gobierno. Los datos económicos, aun los oficialistas, muestran que hay una mayor desarticulación productiva y caída en la producción industrial, existe un fuerte y creciente déficit comercial, el déficit fiscal marca récord histórico, la inflación no cede, se sustituye la relación laboral de trabajador en relación de dependencia por un tipo de relación contractual del tipo “autónomo”, hay caídas en el salario real, mayor pobreza y desigualdad social, un proceso de transferencia de recursos hacia los sectores concentrados y un incremento de la deuda externa, que no sólo no deja de crecer sino que lo hace a tasas más que preocupantes.

Conforme con estos resultados puede verse que, en la práctica, las políticas liberales en economías periféricas llevan a una profundización de la dependencia económica. Esto se produce por estar asociadas a un tipo de división internacional del trabajo donde son exportadoras de productos primarios, los cuales disponen en abundancia (por ejemplo el cobre en Chile o el petróleo en Venezuela). Sumado al bajo costo de sus salarios y el hecho de ser importadores de bienes industriales y de tecnología. Asimismo, la liberalización sobre el movimiento de capitales propugna potenciar un vínculo dependiente entre la propia economía y los avatares del gran capital financiero internacional altamente especulativo, dado que en estos modelos el ingreso de capitales y el endeudamiento externo se vuelven condiciones necesarias para su sostenimiento.

Las consecuencias de estas políticas tienden a manifestarse en mayores debilidades y desajustes en las balanzas de pagos, en dependencia tecnológica y financiera, en menor autonomía en las decisiones, en fuertes desigualdades en el ingreso y un bajo desarrollo de las fuerzas productivas. Tal como hace unas décadas resaltó Dos Santos (1978), el retraso en las economías periféricas no se debe a una falta de integración económica a nivel mundial, sino a los obstáculos impuestos por el sistema internacional y sus leyes de desarrollo hacia estas economías. Claro está que esta caracterización necesita de una estructura de poder interna que produzca y reproduzca este tipo de vínculos dependientes. Sobre este último aspecto juegan un rol importante los sectores concentrados del poder en la propia economía, cuya expresión política hoy día es la alianza Cambiemos.

Ahora bien, para imponer estas políticas liberales que benefician a unos pocos, pero llevan al país a una mayor dependencia, se convence a la sociedad mediante la construcción apologética de un futuro prometedor del efecto derrame, tal como quedó demostrado en las recientes elecciones.

Así, la promesa de un futuro próspero se convierte en necesidad para sostener política y socialmente la nueva configuración económica, aunque fuera de este relato las acciones del gobierno van dirigidas a torcer aún más la relación de fuerzas entre clases. No se permite pensar en otro camino posible que no sea el del esfuerzo actual para el futuro “próspero”, negando reivindicaciones y posibles reclamos de los sectores populares. Se busca subsumir, aún más, el trabajo al capital y en particular a los grandes grupos concentrados y al poder de las finanzas internacionales.

No es sólo contra el peronismo o el kirchnerismo. Es contra la clase trabajadora, y toda organización política y social que pretenda ser expresión de los mismos. Es lisa y llanamente una revancha clasista. Si bien las críticas y las persecuciones están dirigidas principalmente a ciertas expresiones partidarias, porque de alguna manera poseen capacidad de torcer políticamente al proyecto económico y social que se está materializando y que, claro está, no se agota ahí.

Límites y contradicciones del devenir

El actual modelo económico avanza en su contradicción. Se sostiene en base a la creencia de un futuro mejor, pero las condiciones objetivas, tanto económicas como sociales, no permiten vaticinar ningún escenario asimilable a esa espera, ya que el propio sistema se dirige vertiginosamente hacia formas de mayores grados de dependencia y fuertes desequilibrios macroeconómicos.

Pero la lógica económica dependiente, en la medida que el contexto internacional lo permita, se seguirá profundizando. La reforma previsional, la flexibilización laboral y los acuerdos de libre comercio con la Unión Europea impulsados son las grandes metas a conseguir en el mediano plazo, para potenciar aún más este tipo de economía dependiente, en donde la tan ansiada rentabilidad del capital se busca mediante la mayor explotación del trabajo –reforma laboral y previsional mediante- y no por el desarrollo de las fuerzas productivas.

Esta avanzada del capital, en el marco de una oposición atomizada que pareciera no estar a la altura de las circunstancias y aunado a la existencia de una burocracia sindical en la CGT no muestra un cuadro muy pintoresco para los próximos años. Pareciera que, una vez más, el límite del modelo de economía dependiente no se da desde el ámbito político, sino más bien por las propias inconsistencias macroeconómicas, en donde, por ejemplo, el creciente endeudamiento externo, habida cuenta los déficits comerciales y el déficit público, se vuelve condición necesaria para mantener el tipo de regulación del sistema económico y así garantizar la lógica de acumulación imperante a la vez que aumenta la dependencia financiera externa que impone sus condiciones.

Pero debe reconocerse que aún hay espacio para seguir endeudándose con el capital financiero internacional y producir y reproducir durante un tiempo esta lógica de desenvolvimiento económico que produce y magnifica el monto de la deuda externa y con ello el peso de los intereses. ¿Hasta dónde puede sostenerse esta dinámica que conduce en el mediano y largo plazo al estrangulamiento externo? Sinceramente, no hay respuesta exacta. Pero la profundización de la debilidad de la economía en el frente externo y la mayor dependencia a los capitales financieros deviene en necesidad de garantizarle a los mismos las condiciones que imponen, profundizando la especulación de corto plazo y magnificando la vulnerabilidad y volatilidad.

Claro está que toda modificación de rumbo en la dinámica económica es susceptible de ser alterada, en tanto que es un proceso social no determinado, pero para que ello ocurra debe haber alguna modificación en el plano político y tal como se vienen sucediendo los hechos, no se avizora en el corto y mediano plazo alguna modificación sustancial. De esta manera, el límite actual parece estar más anclado en las propias inconsistencias macroeconómicas y el mayor grado de vulnerabilidad y fragilidad de la economía, que hace que algún estornudo en cualquier parte del mundo (crisis financiera, elevación de la tasa de interés de referencia, cierre de mercado de capitales) impacte fuertemente en la economía y conduzca casi inexorablemente a una crisis, con las consecuencias devastadoras que por estas latitudes ya son conocidas.

Pero una crisis no resuelve nada en sí. A partir de la misma puede darse una situación de cambio o una mera profundización de las medidas económicas. Grecia y España son claros ejemplos. Debe entenderse que cualquier modificación en el régimen de regulación de la economía sigue siendo netamente político, como un espacio de disputa de sectores y clases por ejercer la hegemonía. Por tal, se hace necesario desarmar el relato apologético liberal del efecto derrame mostrando su contracara, que es la mayor dependencia económica, la polarización y exclusión social.

A modo de conclusión, el relato de la zanahoria delante que supone el efecto derrame por ahora viene teniendo más peso que las condiciones objetivas en las que se desenvuelve la economía. Lástima que pareciera ser necesario llegar a una crisis para que recién ahí se abra la posibilidad de que una buena parte de la población, en particular una parte importante de la clase media, entienda que esta lógica de funcionamiento de economía dependiente es un mecanismo empobrecedor y limitante para sus aspiraciones de ascenso social.

Dos Santos T. (1978). El nuevo carácter de la dependencia. En Marini y Millán – Coomp. (1994). La teoría social Latinoamericana: textos escogidos. Tomo II: La Teoría de la Dependencia. UNAM. México (pp. 95-123).

Por Mariano Lanza. Magister en Economía. Dibujo adreina Poli

Por Equipo de Comunicacion Popular Al margen

 

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