¿Crisis ambiental o crisis de un modelo?

El modelo de producción y consumo basado en la extracción desmedida de los bienes comunes genera una grave crisis ambiental. En el día del medio ambiente una reflexión acerca del impacto que genera este modelo de desarrollo.

Vertedero Bariloche x Alejandro Palmas

Vertedero de Bariloche. Fotogrfia Alejandro Palmas

Del 5 al 16 de junio de 1972 se celebró la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano (más conocida como Conferencia de Estocolmo). Esta fue la primera gran conferencia de la ONU donde se empezaron a desarrollar políticas en materia de ambiente a nivel internacional. La preocupación por la temática surge como producto del acelerado crecimiento económico registrado en los países industrializados luego de la segunda posguerra, que trajo aparejados una serie de cuestiones ambientales que comenzaron a ser percibidos como problemas. En esta misma conferencia se designó el día 5 de junio como Día Mundial del Medio Ambiente y se hizo como forma de sensibilizar a la opinión pública respecto de las necesidades de preservar y mejorar el ambiente, promover el papel fundamental de las comunidades en el cambio de actitud hacia temas ambientales y fomentar la cooperación para que el ambiente sea sostenible.

La instalación de un modelo de alto consumo y producción implicó un aumento en la extracción y transformación de recursos naturales renovables y no renovables destinados a abastecer los requerimientos de los centros urbano-industriales, al tiempo que, como resultado, se incrementaba la generación de todo tipo de residuos y niveles peligrosos de contaminación del agua, el aire, la tierra provocando una crisis ambiental. Esta crisis ambiental va unida a la crisis económica y social que sufrimos y hoy es agenda de la mayoría de los gobiernos a nivel mundial.

En los medios de comunicación es común escuchar hablar de problemáticas ambientales como el Cambio Climático y sus consecuencias. Mencionan los aumentos de temperatura y su impacto en los deshielos y en el aumento del nivel del mar o los cambios en la temperatura y las precipitaciones que afectan a los cultivos y a la producción de alimentos. Estas ideas están instaladas en el imaginario colectivo y es común escuchar a la gente por la calle hablar de Cambio Climático. El problema es que solo hablan de las consecuencias más visibles, las que permiten mantener este fenómeno en un nivel de culpabilidad compartida entre gobiernos, empresas y ciudadanía. Cuando hablan de sus causas no mencionan a los principales culpables; al contrario, los ocultan en un enredado donde los que tenemos que hacer algo para detener la crisis ambiental somos la ciudadanía mientras se sigue avanzando en la extracción y privatización de los bienes naturales y por consiguiente comunes.

A pesar de las políticas y acuerdos internacionales por revertir la situación, existen fuerzas socio-económicas que reproducen continuamente la degradación y depredación del ambiente externo que también degradan a la propia naturaleza humana. Con el caso del Cambio Climático, una de las particularidades de la problemática es que los impactos tienen lugar independientemente del lugar donde se produce la emisión de Gases de Efecto Invernadero. De esta manera el que más contamina no es necesariamente el más perjudicado. Según las proyecciones previstas por el IPCC (Panel Intergubernamental de Cambio Climático) el Cambio Climático afectará a todas las zonas geográficas del planeta, pero lo hará de manera diferente según las características climáticas, geográficas e institucionales de cada zona. La mayor parte de las zonas más empobrecidas son especialmente vulnerables, pese a no ser las emisoras más importantes, puesto que una parte su economía corresponde a sectores altamente sensibles a variaciones climáticas (mayor peso relativo de la agricultura), y por otro lado la escasez de recursos económicos dificulta realizar políticas adecuadas para disminuir los impactos. Es por ello, que se pone especial énfasis en que  la responsabilidad es compartida pero diferenciada.

La cultura occidental es eminentemente antropocéntrica, se concibe como centro de la naturaleza y su tarea es dominar todas las cosas, tiene una noción de la historia como un proceso civilizatorio en el que se alza gradualmente por encima de la naturaleza. En realidad, esto es un mito más, ya que la naturaleza no está fuera de nosotros y nosotras, sino que es un continuo que surge a través de las acciones de todos los agentes vivientes.

Por otro lado, las comunidades originarias tienen una cosmovisión en la que hombres y mujeres son seres más entre otros de la naturaleza. Algunos de estos pueblos entienden que el entorno no es independiente de ellos; se encentran dentro de él, al igual que él está dentro de ellos. En general, para los pueblos originarios, la naturaleza no es paisaje, no es una propiedad, ni algo utilitario ni ajeno a ellos. La naturaleza está viva. El ser humano es parte integrante de la tierra. Y la tierra y todo lo que contiene es fuente de vida.

Varias son las luchas por la protección del ambiente que están liderando pueblos originarios en la vasta extensión del territorio argentino. El pueblo Mbyá Guaraní de Misiones (noreste) está peleando para mantener la selva paranaense ante el corrimiento de la frontera agropecuaria y la explotación maderera; el Kolla por la preservación de la Quebrada de Humahuaca en Jujuy y la selva de Yungas en Salta (ambas en el noroeste); el Wichí contra la degradación y desaparición del bosque nativo ante el avance de la soja transgénica en Salta, Formosa y Chaco (noroeste y norte argentino). El pueblo Mapuche se moviliza contra la contaminación del suelo y las aguas causada por actividades extractivas (minería y petróleo principalmente) en la Patagonia y la comunidad PotaeNapocnaNavogoh, en la zona de Laguna Blanca, Formosa, sigue luchando por la recuperación de su territorio.

Según el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), las personas consumimos muchos más recursos naturales de los que el planeta puede proporcionar de forma sostenible. Muchos de los ecosistemas de la tierra están llegando a puntos críticos de agotamiento que provoca un cambio irreversible, empujados por un aumento de la población y del desarrollo económico. Para 2050, si continúan las actuales pautas de consumo y producción y con el aumento de la población a 9,6 mil millones, necesitaremos tres planetas para mantener nuestros modos de vida y consumo.

Nuestra Constitución Nacional establece en su Artículo 41:

“Todos los habitantes gozan del derecho a un ambiente sano, equilibrado, apto para el desarrollo humano y para que las actividades productivas satisfagan las necesidades presentes sin comprometer las de las generaciones futuras; y tienen el deber de preservarlo. El daño ambiental generará prioritariamente la obligación de recomponer, según lo establezca la ley. Las autoridades proveerán a la protección de este derecho, a la utilización racional de los recursos naturales, a la preservación del patrimonio natural y cultural y de la diversidad biológica, y a la información y educación ambiental…”

Esto invita a reflexionar respecto de los principales conceptos del Artículo, tomando como “sano” no solo a la salud de la naturaleza como sistema autónomo sino también al entorno ambiental del sistema social, así como también, la idea de “desarrollo humano”, no apunta solo al desarrollo económico, sino el desarrollo de la humanidad en todas sus dimensiones.

Conocer estas realidades debe servirnos para repensar y cambiar el modelo de desarrollo que tenemos. Cada vez se hace más necesario una visión local y ecosistémica que involucre al trabajo de las propias comunidades afectadas en las soluciones de estas problemáticas y un compromiso activo de parte de los organismos de control del Estado que deben atender la demanda y exigir el debido cuidado y/o la reparación eficaz y efectiva del daño producido a quienes lo provocan.

 

*  Carolina Michel.

Equipo de Comunicación Popular Colectivo al Margen.

 

 

 

 

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