Semillas quedan

“Podemos seguir quejándonos de Monsanto, siempre y cuando tengamos nuestras propias semillas, que tengamos el respaldo de nuestras fuerzas haciendo semillas. Si no, la lucha queda en la palabra”. Así se presentaba una de las muchas jornadas de intercambio de semillas que poblaron los últimos 30 días en la Comarca Andina.

Esta serie de encuentros se realiza año tras año, y cuenta ya con su propia historia, con un lugar genuinamente apropiado en la agenda anual de nuestra actividad productiva. Cada localidad de ésta región cuenta al menos con un evento de estas características, y de cada uno de ellos participan agricultores, técnicos, instituciones patrocinantes, estudiantes, profesionales del sector y docentes de todos los niveles.

 

El Centro de Educación Agropecuaria Nº 3, del Paraje Mallín Ahogado, fue sede de la Jornada de Intercambio de Semillas y Guiso de la Abundancia, realizado el domingo 23 de agosto pasado, y el cual reunió a más de un centenar de asistentes, quienes tuvieron la oportunidad de intercambiar semillas, saberes y experiencias. Y hubo también un espacio para el análisis y la reflexión colectiva, poniendo especial énfasis en el rol de quienes producen, conservan y comparten los valores representados en la semilla: “La lucha por la semilla no es una lucha individual. Cada uno de nosotros producimos nuestras propias semillas, pero es una lucha global” -manifestaba Alejandro Vautier– “Con que nosotros podamos solucionar el tema de nuestra huerta, no se resuelve el tema de la Humanidad. El 25% de la tierra en el mundo la tienen los campesinos; y produce el 75% de los alimentos del mundo. O sea, con semillas campesinas se produce esa cantidad de alimentos en el mundo. Entonces, más allá de que solucionemos nuestros temas, tenemos que pensar más allá, en la Humanidad; y no quedándonos mirando nuestro propio ombligo”.

 

La actual relación entre muchos Estados latinoamericanos y los laboratorios multinacionales responsables de la manipulación genética de semillas autóctonas, es un tema de honda preocupación para agricultoras y agricultores en cada rincón del continente. En Argentina, la llamada “Ley Monsanto” busca la pronta sanción por parte del Estado nacional, a efectos de lograr el reconocimiento de patentes sobre sus experiencias en la genética aplicadas a diversas semillas. En tanto, organizaciones sociales promueven el desalojo de las plantas que éste laboratorio pretende poner en pleno funcionamiento, en el Barrio Islas Malvinas, en las afueras de Córdoba Capital. Otras organizaciones luchan por ponerle freno al desmonte sistemático de bosques ancestrales, así como a las fumigaciones con agrotóxicos que padecen poblaciones rurales y periurbanas. Este contexto revela claramente que se trata de una problemática extendida en nuestro país, y que pone al Estado nacional en el centro de esa discusión. La pegunta es, ¿en manos de quién o de quiénes deben estar las semillas?

“Desde el CEA venimos trabajando mucho el tema de semillas desde hace algunos años, brindando capacitaciones acá y en otros lugares, como en el Manso Inferior y otros parajes, porque vemos que paulatinamente se ha perdido. Y tenemos que recuperarla”, nos cuenta Vautier. “Las semillas tienen que estar en manos de los campesinos, y no tienen que estar en ninguna institución pública. Es muy peligroso que cualquier institución pública tenga las semillas, porque depende del gobierno. Entonces esa genética puede quedar en manos del gobierno, y de su voluntad al momento de elegir para qué lado juegue. Consideramos que, cuanto más se multipliquen los saberes de la semilla, y estén en manos de los campesinos, esas semillas se van a seguir manteniendo. En este momento en el país hay una ley de semillas que ya fue aprobada en Chile, y se está aprobando en Perú, en México, y es la llamada ‘Ley Monsanto’. Y organizaciones de campesinos de cada país la están frenando, porque si no ya hubiese salido. Y creo que en esa lucha tenemos que estar. Empresas como Monsanto, Syngenta y las demás también necesitan la genética de semillas que tiene el campesino. Por eso las quieren patentar, porque necesitan esa genética nueva”. 

 

Semillas quedan

Quedan. Y circulan, se intercambian, se producen y se preservan.

Nicolás, agricultor: “Se trata de comprometerse cada uno a poner laburo en cuidar las plantas para sacar buenas semillas todos los años, y darle el verdadero valor a eso, que es importantísimo. Y también el tema de la conciencia de hacer semillas, porque imaginen que en un intercambio de semillas –si uno no trae una buena semilla, sabiendo lo que da realmente- le puede causar un daño a quien se la lleva; porque piensa que se va a llevar un brócoli, y hace sesenta plantas al año para consumir en familia, capaz que termina plantando algo que solamente le da hojas, porque esa semilla estaba cruzada con algo.  No todas las plantas que se van en flor son para juntar sus semillas: las plantas de las que juntamos semillas son así, porque nosotros decidimos que son, y las cuidamos para eso”.“El que tiene la semilla tiene la soberanía de elegir qué quiere comer, y no sólo qué eligen las empresas para darnos de comer” -explicaba Javier, uno de los muchos participantes de este encuentro- “hoy se mostró acá: había un montón de variedades desconocidas para muchos de nosotros, había cosas nuevas. Y bueno, hay que probar. Nos parece que es importante empezar a aprender desde la escuela lo que hay acá (muestra un sobrecito conteniendo semillas), y que es un puñado de vida”.

Por (Nodo El Bolsón) – Red de comunicación agricultores familiares del sur / Agencia de noticias

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