El laberinto de los modelos económicos en disputa

El año electoral dio lugar a intensos y controvertidos debates acerca del proyecto de país y el rumbo político y económico que tomaría, si tal o cual candidato ganara las elecciones presidenciales. Los desafíos no son menores para la sociedad. Las discusiones, las dudas y las esperanzas depositadas en el devenir han penetrado en la vida cotidiana: en bulliciosas charlas con amigos, compañeros de trabajo o vecinos mientras esperamos ser atendidos en el almacén del barrio. La discusión se dirime, por lo general, en un esquema binario representado por la disputa de los dos proyectos de país que supuestamente tienen mayores probabilidades de materializarse teniendo en cuenta las principales fuerzas políticas en que se divide la contienda electoral a nivel nacional. En esta nota, hacemos un análisis de esta disputa en términos económicos.

Dos proyectos sobre los pilares del capitalismo

Desde el punto de vista económico, puede decirse que, por un lado, está el proyecto que usualmente se denomina modelo neoliberal y por otro el llamado modelokeynesiano o desarrollista. Ambos plantean y reconocen explícitamente un tipo de organización económica capitalista, con todo lo que implica en términos de organización de la producción y distribución desigual de la riqueza. Pero estos dos modelos, aun defendiendo el capitalismo, poseen raíces y fundamentos en tradiciones diferentes, que dan lugar a distintas formas de organización de la economía y dinámicas de desenvolvimiento, que inciden en el nivel de la actividad económica, la distribución del ingreso, el empleo, las condiciones de vida de los trabajadores y el tipo de vínculos que se establecen con el resto del mundo, entre muchas otras cuestiones.

El modelo neoliberal

El modelo neoliberal, en sus fundamentos, no hace más que reproducir el discurso ortodoxo que opera a escala planetaria desde mediados de los ‘70. En esta línea, representa el proyecto al cual adscriben los organismos multilaterales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Ha sido aplicado en la Argentina durante la última dictadura cívico-militar y también en los ‘90 durante la Convertibilidad. Quienes lo defienden poseen un férreo convencimiento en la benevolencia de los mercados, pues su libre funcionamiento garantizaría una correcta asignación de los recursos. Bajo esta lógica, el Estado, reducido a su mínima expresión,solo debería ocuparse de garantizar la propiedad privada (el cumplimiento de los contratos) y el libre funcionamiento de los mercados, lo cual aseguraría automáticamente una posición de equilibrio, en donde la oferta es igual a la demanda. Lo privado sería siempre racional y eficiente y lo público ineficiente.
En Argentina, este proyecto fue aplicado en asociación con fuertes procesos de apertura económica: reducción de aranceles a la importación de bienes, eliminación de subsidios a las exportaciones, liberalización de los movimientos de capitales y apreciación de la moneda. Todos estos aspectos comprometieron la competitividad de la economía y generaron una entrada masiva de bienes importados. El resultado fue el cierre de fábricas y el fuerte crecimiento de la desocupación, con todo lo que esto implica en términos de condiciones de vida, pobreza y marginación para una amplia franja de los trabajadores. Por ejemplo, hacia el año 1991 la tasa de desocupación era del orden de 6%, y a partir de 1994 ya superaba el doble (12,2%) para mantenerse entre 17% y 18% hacia fines de la Convertibilidad y llegando a picos de 24% en pleno proceso de crisis. Este aspecto no sólo afectó a los trabajadores desocupados, sino también a aquellos que tenían empleo, debido a que la propia desocupación provocó un fuerte disciplinamiento a través del miedo que genera la posibilidad de perder el empleo, abriendo paso a procesos de flexibilización laboral y caídas en el salario: hacia el año 2001 el salario era 9% menor que el existente en el año 1993, al tiempo que cada trabajador producía en promedio 33% más entre esos años.
Este ordenamiento económico generó fuertes y recurrentes déficits comerciales, es decir, que el país terminó comprando más bienes que los que vendía; como en Argentina no tenemos una maquinita de crear dólares, para sostener dicha situación debió lograrse un ingreso de divisas por otra vía, ya sea por la inversión extranjera directa o mediante endeudamiento externo. Inicialmente esta necesidad se cubrió con la venta del patrimonio público mediante un escandaloso proceso de privatizaciones de las empresas del Estado. Una vez vendido este patrimonio, se tuvo que recurrir al endeudamiento externo. Y este accionar fue requiriendo nuevos endeudamientos para garantizar el pago, no sólo de los desajustes que se generaron en el comercio exterior, sino también de los préstamos solicitados con anterioridad, ahora incrementados por los intereses. De esta manera, las necesidades de divisas siguieron aumentando y con ello la dependencia financiera del país. La deuda externa entre el año 1991 y 2001 se incrementó casi 130%.
El sector público fue aumentando su deuda para garantizar el ingreso de divisas y sostener artificialmente el sistema y este accionar jugó en detrimento de obras en infraestructura, educación, salud y subsidios a los más necesitados. Un ajuste del pueblo para garantizarle al capital financiero un reparto mayor de la torta. Dada esta mayor dependencia, los mecanismos de valorización financiera fueron los que predominaron por sobre el resto de las actividades y en detrimento del desarrollo de las capacidades productivas y el empleo.
El proyecto neoliberal en economías subdesarrolladas como la argentina devino en un proceso de desarticulación del entramado productivo interno, una expansión del desempleo y una profundización de las desigualdades. El libre mercado, no hizo más que potenciar el carácter predatorio del mismo, en donde los capitales más grandes (multinacionales, capital financiero y grupos económicos internos concentrados) absorben y destruyen a los más pequeños (pequeñas y medianas empresas y trabajadores). El sostenimiento de este tipo de proyecto de país, en las dos etapas aplicadas en Argentina, pasó a depender del capital financiero internacional. Pero tan pronto como el capital financiero decida que la Argentina es un país muy riesgoso como para prestarle dinero, el edificio entero construido sobre bases endebles –pero bien liberales–, se desploma, provocando severas crisis económicas y sociales, tal como ocurrió hacia fines del año 2001.

El modelo keynesiano

El modelo keynesiano o desarrollista remite a un proyecto de país que en sus diferentes variantes fue construido para dar respuestas, dentro de la lógica capitalista, a las crisis provocadas por el liberalismo económico. Ha sido aplicado en Estados Unidos y en Europa occidental durante el período de la posguerra (1945-1973). En el caso de Argentina fue aplicado también durante la posguerra, con variantes criollas, mediante el denominado modelo de industrialización por sustitución de importaciones, y durante el período de la post-convertibilidad (2003-2015).
Los pilares fundamentales de esta visión se sostienen en la convicción de que los mercados no siempre se equilibran solos, y que cuando no lo hacen el Estado puede participar activamente para generar las condiciones tendientes a su mejor desempeño. A diferencia de las posiciones neoliberales, el Estado ya no es considerado un mero garante para que los privados se desempeñen libremente, sino que interviene para lograr el equilibrio que los privados no pueden alcanzar automáticamente o para incidir en determinados comportamientos de la actividad económica. En sus orígenes tuvo que ver con los intentos de solucionar la crisis de 1930 de las economías capitalistas desarrolladas y luego fue retomado como lógica para emprender dinámicas de crecimiento y desarrollo en los países subdesarrollados, de manera tal que conduzcan a procesos de industrialización, mayor grado de articulación productiva, generación de empleo y menor dependencia económica.
Este modelo se sostiene sobre un tipo de alianza policlasista entre trabajadores y capitales industriales, denominada pacto de la socialdemocracia. Los trabajadores abandonan la pretensión de hacerse del control del proceso productivo a cambio de participar de una parte de los frutos de las mejoras productivas mediante la obtención de incrementos salariales. Este proyecto apunta al desarrollo de actividades productivas y no tanto a los mencionados mecanismos de valorización financiera, aunque esto no quiere decir que el capital financiero tenga pérdidas.
Para sostener estas actividades productivas se busca generar condiciones de expansión del mercado interno. En el caso argentino, una de las políticas que se han adoptado fue la utilización del tipo de cambio alto (depreciación) y restricciones a las importaciones, sustituyéndolas por producción y empleo local. Una vez protegido el mercado interno, su dinámica pasa a depender de la expansión del gasto interno, por lo cual las políticas tendientes a mejorar los salarios reales y a incentivar, directa e indirectamente, la demanda de consumo e inversión pasan a ser de suma importancia. En el período de la post-convertibilidad muchas de las políticas llevadas a cabo forman parte de esta lógica: expansión de la obra pública y mayor gasto social, apertura de paritarias en donde los trabajadores pueden discutir y negociar mejores condiciones laborales y salarios, mejora relativa de las jubilaciones y ampliación de la base de los jubilados, Asignación Universal por Hijo, Planes Procrear, Ahora 12, etc.
Ahora bien, como en todo proceso, la práctica se vuelve un poco más compleja. Conforme se fue reduciendo el desempleo, la puja distributiva entre salarios y ganancias fue acentuándose y con ella se instaló un proceso inflacionario que socava las bases de la estabilidad económica y el mantenimiento del tipo de cambio alto que daba cierta competitividad a la economía. Además, la protección del mercado interno mediante una relativa sustitución de importaciones fue fuertemente aprovechada por las grandes empresas multinacionales que se instalaron en el país para beneficiarse de las ventajas que les confiere el mercado interno. El proceso de protección del mercado como una defensa de “lo nacional”, en realidad devino en un proceso denominado internacionalización del mercado interno. Los beneficios resultantes de estas empresas multinacionales tienden a ser reenviados a sus casas matrices en dólares. De esta forma, las necesidades de divisas no necesariamente se reducen, aunque sí se genera una mayor actividad económica y empleo.
Esta situación conllevó a que apenas las exportaciones se ralentizaron fruto de la crisis mundial a partir de 2008, también se redujo el ingreso de divisas al país. Entonces, para garantizar tanto el flujo de importaciones que no pudieron sustituirse como el envío de las ganancias de las multinacionales hacia sus casas matrices, se recurrió a profundizar las restricciones al uso de divisas para otros fines. También se buscó incentivar la inversión extranjera para recibir divisas, a tal punto que se incurrió en potenciar actividades fuertemente cuestionadas por sus daños medioambientales; por ejemplo, la megaminería, que ha contribuido con cuantiosas divisas para sostener este modelo. Aparte de esta problemática, cabe aclarar que, si las inversiones extranjeras no sustituyen importaciones y no contribuyen a incrementar las exportaciones, el problema seguirá latente y hasta puede incrementarse.

Notas a futuro

Es evidente que ambos proyectos presentan fuertes contradicciones, entre sí y en sí. El neoliberal excluye completamente a los trabajadores y crea un país para muy pocos, mientras que el desarrollista se sustenta sobre algún tipo de alianzas con los trabajadores y en el pasado ha mostrado, tanto a nivel mundial como en Argentina, una mayor articulación social y mejoras en las condiciones de vida para los trabajadores en su conjunto (más empleo y mejores salarios).
La parte no muy optimista de esta nota es que el modelo keynesiano también posee sus propios límites. Límites que no todos ven o quieren ver. Se suele sostener la existencia de círculos virtuosos, en donde la expansión del mercado interno genera mayor demanda, que a su vez es generadora de mayor producción e ingresos, que a su vez generan una mayor demanda, y así sucesivamente. Pero el sostenimiento del mercado interno a partir de la mejora en los salarios reales y la expansión del gasto e inversión pública en cierto momento tensionan la rentabilidad del capital. No debe olvidarse que este modelo se circunscribe a una lógica capitalista, en donde la rentabilidad del capital sigue siendo el motor y el objetivo de la producción. Esta tensión se ha manifestado en la historia cuando el modelo fue aplicado en Argentina, Europa y los Estados Unidos durante el período de la posguerra. Las tensiones desembocaron en pujas distributivas, presiones inflacionarias, inestabilidades económicas y hasta en el uso represivo de la fuerza. Esto condujo a la disolución del pacto socialdemócrata con el firme objetivo de generar nuevamente las condiciones para recuperar la rentabilidad del capital, haciendo emerger de las cenizas, como ave fénix, las posturas neoliberales. Los cambios ocurridos a mediados de los años ‘70 a nivel mundial, y en particular en Argentina, son un buen ejemplo de este cambio de rumbo. El modelo keynesiano fue embestido por la llamada contrarrevolución neoliberal. Las estrategias mediante las cuales ha resurgido el neoliberalismo han sido variadas: elecciones, golpes de mercado, intentos de desestabilización política y social o sangre y fuego. También juega un rol importante el control ideológico de la sociedad civil a través de los medios de comunicación, que pretenden mostrar que la única alternativa viable son las políticas neoliberales. Por esto último, no es de extrañarse que conforme se fueron tensionando las relaciones en Argentina, la opción política que actualmente defiende el proyecto desarrollista se haya inclinado ahora mucho más hacia la derecha del espectro político.
Evidentemente lo que sucedió en el pasado no tiene por qué repetirse, pero para que esto no ocurra debemos aprender de los errores. Tal vez pueda sostenerse durante algún tiempo más el modelo desarrollista, mediante el apoyo a uno de los candidatos que supuestamente viene a consolidar lo realizado en estos años –pues también tiene sus tintes neoliberales– y detener así la plena embestida neoliberal que propone el otro. Pero lo cierto que si como sociedad no logramos modificar algunos aspectos esenciales del sistema, es probable que las tensiones hagan más permeable el modelo desarrollista. Para que ello no ocurra, tal vez debamos mirar con mayor detalle aspectos que hasta el momento no han logrado consolidarse en el marco del pacto de la socialdemocracia. Tal vez se deba abandonar la idea de que los trabajadores renuncien a tener el control del proceso productivo y se deba poner mayor énfasis en consolidar las formas organizativas de producción alternativas que potencian los mecanismos asociativos, cooperativos y públicos, en donde el trabajo no sea un mero apéndice del capital. De esta manera, cuando las tensiones emerjan y se hagan ineludibles, existiría una alternativa consolidada económica y socialmente que evite los retrocesos sociales del neoliberalismo y permita dar un verdadero salto hacia una sociedad cuyo eje central sea el ser humano y no la rentabilidad.

Por Mariano Lanza – Imagenes Jeronimo Zamora. Equipo de Comunicacion Popular Colectivo Al Margen

A %d blogueros les gusta esto: